La obsesión de mi exesposo
no se va a limitar al numerito de un restaurante.
—Oh, no lo dudo ni por un segundo, mi vida. Pero verás, cuanto más me enseñas los dientes, más ganas me entran de ver hasta dónde eres capaz de llegar. ¿Por qué iba a firmar ese divorcio y dejarte marchar ahora que te has convertido, de lejos, en lo más excitante de mi vida? Tus amenazas son como champán para mí.
Elia apretó los dientes. La arrogancia de aquel hombre era ya algo patológico.
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