Un Mango Fue el Final de Nuestro Matrimonio
A los siete años, papá llevó a casa a una mujer hermosa y fue ella quien me regaló una caja de mangos.
Ese mismo día, mamá me vio comerlos con tanto gusto. Firmó los papeles del divorcio sin decir nada y, poco después, se lanzó del edificio.
Desde entonces, el mango se convirtió en la pesadilla que me acompañaría toda la vida.
Por eso, el día de mi boda le dije a mi esposo, Héctor Preciado, que si algún día quería divorciarse, solo tenía que regalarme un mango.
Él me abrazó sin responder y, desde ese momento, el mango también se volvió su tabú.
Cinco años después de casarnos, en Nochebuena, su amiga de la infancia dejó un mango sobre su escritorio.
Ese día, Héctor anunció que cortaba toda relación con Violeta Sánchez y la despidió de la empresa. Y ahí sí creí, sin dudarlo, que él era el hombre indicado para mí.
Hasta que, seis meses después, regresé del extranjero tras cerrar un trato de cien millones de dólares.
En la cena de celebración, Héctor me pasó una bebida. Y, cuando ya me había tomado la mitad del vaso, Violeta, la mujer a la que había despedido de la empresa, apareció detrás de mí con una sonrisa provocadora y preguntó en tono despreocupado:
—¿Está bueno el jugo de mango?
Me giré para mirar a Héctor con incredulidad. Él apenas contenía la risa.
—No te enojes —dijo—. Violeta insistió en que te hiciera esta broma.
—No te di un mango, solo jugo de mango.
Luego añadió, como si nada:
—Pero, creo que Violeta tiene razón: que no comas mango es una manía tuya.
—Mira lo feliz que estabas tomándolo hace un momento.
Mi expresión se endureció. Levanté la mano, le arrojé el resto del jugo en el rostro y me di media vuelta para irme.
Porque hay cosas con las que no se bromea. El mango no lo es. Y mi decisión de divorciarme, tampoco.