Isabella no volvió a Villa Los Olivos.
Después de salir del bufete, tomó un taxi y regresó al viejo edificio del barrio San Miguel, el lugar donde había vivido antes de volver a cruzar esa puerta junto a Gabriel.
Esta vez ni siquiera se había molestado en preparar una maleta.
¿Para qué hacerlo?
Entre Gabriel y ella ya no existía una vida de matrimonio. No había cenas juntos, conversaciones al despertar ni planes para el futuro. Solo quedaba aquel acuerdo absurdo que los mantenía unidos y las noches en las que él aparecía para cumplir su parte del trato.
Cuando abrió la puerta de aquella casa conocida, una sensación de agotamiento cayó finalmente sobre ella.
Solo entonces se permitió respirar.
Durante todo el camino había estado conteniendo algo que ni siquiera sabía cómo describir.
Pero la calma duró muy poco.
En cuanto estuvo sola, la realidad volvió a golpearla.
Thiago.
Su hermano seguía esperando una oportunidad que cada vez parecía más lejana.
Y ahora que había roto con Gabriel, ¿a quién podía acudir?
Isabella ya había intentado contactar con todos los abogados reconocidos de Puerto Azul. Sin embargo, nadie estaba dispuesto a enfrentarse a la familia Herrera.
No importaba cuánto dinero ofreciera ni cuánto suplicara.
Todos conocían el poder de esa familia.
Nadie quería convertirse en su enemigo.
No le quedaba otra opción que buscar ayuda fuera de la ciudad.
Encendió el ordenador y comenzó a contactar con abogados de otras ciudades. Uno tras otro, recibió la misma respuesta.
Rechazo.
Isabella permaneció frente a la pantalla durante largo rato, hasta que una sonrisa amarga apareció en sus labios.
¿De verdad tendría que volver con Gabriel?
¿Tendría que aceptar que Valentina llevara el caso de Thiago?
Solo pensarlo le provocaba una sensación de rechazo.
No podía confiar en Valentina.
Aquella mujer podía mostrarse amable y profesional delante de los demás, pero Isabella sabía que no arriesgaría nada por su hermano. Para ella, el caso de Thiago no era más que una oportunidad para demostrar su capacidad y ganar reconocimiento en una nueva rama del derecho.
Y Gabriel...
Gabriel tampoco estaba intentando salvar a Thiago por ella.
Si realmente le importara su hermano, no habría entregado su caso a alguien sin experiencia penal.
Al final, los dos estaban utilizando la desesperación de Isabella.
Pensar en eso le provocó un dolor sordo en el pecho.
Años atrás, ella también había tenido sus propios sueños.
Cuando decidió cambiarse a Derecho para acercarse a Gabriel, no lo hizo únicamente por amor. También se esforzó por demostrar que podía estar a su altura.
Había estudiado más que nadie.
Había pasado noches enteras leyendo casos y preparándose para los exámenes.
Y al graduarse, consiguió entrar entre los diez mejores estudiantes de su promoción.
Por eso el profesor Lorenzo Salazar, una de las mayores autoridades en derecho penal de Puerto Azul, la invitó personalmente a formar parte de su equipo.
Era una oportunidad que muchos estudiantes habrían deseado.
Pero cuando Gabriel se enteró, la convenció.
En aquel entonces, su voz todavía tenía la capacidad de hacerla abandonar cualquier duda.
—Isabella, ser abogada es demasiado agotador. Además, siempre he sabido que esa profesión no es realmente lo que quieres. ¿Por qué no te casas conmigo y disfrutas de la vida? Puedes quedarte en casa, cuidar tus flores, salir con tus amigas, tomar el té... Yo me encargaré de que seas feliz.
Ella le creyó.
Al día siguiente rechazó la oferta del profesor Salazar.
Incluso él había suspirado con pesar al escuchar su decisión.
—Isabella, tienes un talento excepcional para el derecho penal. Es una pena que renuncies a tu futuro por un hombre.
Y ella, en aquel momento, había respondido sin la menor duda:
—Profesor, Gabriel me ama. Nunca me arrepentiré de haber elegido estar con él.
Pero ahora...
Ahora sí se arrepentía.
Si hubiera aceptado aquella oportunidad, quizá hoy no sería inferior a Valentina.
Quizá tendría la experiencia y la reputación necesarias para enfrentarse a los Herrera sin tener que arrodillarse ante Gabriel.
Quizá él nunca habría podido mirarla con desprecio y decirle que era una mujer inmadura que dependía de otros.
Ese pensamiento hizo que Isabella cerrara los puños con fuerza.
Las uñas se le clavaron en la palma, pero apenas sintió dolor.
Después de tantos años, había perdido demasiadas cosas.
Su matrimonio.
Su familia.
Su hijo.
Y ahora incluso estaba a punto de perder la única persona que todavía quería proteger.
El profesor Salazar ya estaba retirado, pero seguía siendo una figura respetada dentro del derecho penal.
Tal vez él podía ayudarla.
Tal vez todavía existía una posibilidad.
Pero después de tantos años sin verlo...
Le resultaba difícil dar ese paso.
Le daba vergüenza admitir que había desperdiciado aquella oportunidad.
***
Esa noche, justo cuando Isabella empezaba a quedarse dormida, el teléfono sonó de repente.
El ruido la arrancó del sueño de inmediato.
—Aquí habla el centro de detención. Thiago Navarro ha tenido un altercado y ha perdido mucha sangre. Lo hemos trasladado al Hospital Central. Necesitamos que un familiar venga cuanto antes.
En cuanto escuchó el nombre de su hermano, cualquier rastro de sueño desapareció.
—¿Thiago?
Isabella se levantó de la cama a toda prisa, agarró una chaqueta y salió corriendo de la casa sin siquiera molestarse en ponerse los zapatos.
Cuando llegó al hospital, Thiago ya había sido llevado a urgencias. Varios guardias permanecían vigilando la entrada y el ambiente era tan tenso que hasta el aire parecía cargado de una presión insoportable.
Pero Isabella no tenía tiempo para preocuparse por nada más.
Se acercó directamente al guardia.
—¿Cómo está mi hermano? ¿Está muy grave?
El hombre la miró de arriba abajo con una expresión de desprecio apenas disimulada.
—No se va a morir. Pero ese asesino no sabe comportarse. Siempre está metiéndose en problemas. Esta vez incluso dejó a otra persona gravemente herida. Con ese tipo de antecedentes, será mejor que no desperdicies tiempo buscando un abogado. Ya está condenado.
Las palabras cayeron sobre Isabella como un golpe.
¿Thiago había herido gravemente a alguien?
Era imposible.
Ella conocía demasiado bien a su hermano. Sí, Thiago era impulsivo y tenía un carácter fuerte, pero jamás había sido alguien capaz de atacar a otra persona sin motivo. Además, desde que estaba detenido, siempre había intentado ocultarle la gravedad de la situación para no preocuparla.
Solo había una explicación.
Alguien había intentado hacerle daño primero, y Thiago únicamente se había defendido.
Mientras intentaba ordenar sus pensamientos, una mujer apareció de repente frente a ella.
Sin darle siquiera tiempo para reaccionar, la agarró del cabello y empezó a golpearla con furia.
—¡Tú eres la hermana de ese desgraciado que dejó a mi marido así, ¿verdad?! ¡Te voy a matar!
Isabella intentó apartarla, pero la mujer había perdido completamente el control. Los golpes cayeron sobre ella uno tras otro, mientras los guardias que estaban cerca miraban hacia otro lado, como si nada estuviera ocurriendo.
—¡Suficiente!
Una voz masculina, firme y autoritaria, atravesó el caos.
Al segundo siguiente, alguien la apartó de aquella mujer y la protegió entre sus brazos.
Isabella percibió el fuerte olor a desinfectante y, al levantar la mirada, se encontró con un rostro que le resultaba extrañamente familiar. Sus facciones tenían cierto parecido con Gabriel.
—Esto es un hospital, no un lugar para montar un escándalo. Si continúa causando problemas, haré que la saquen de aquí.
La mujer retrocedió al ver que Isabella ya no estaba sola. Sin embargo, antes de marcharse, la señaló con una mirada llena de odio.
—Esto no va a quedar así. Ese asesino no saldrá ileso.
Isabella permaneció inmóvil durante unos segundos.
Tenía las manos heladas y el corazón latiéndole con fuerza.
No hacía falta pensar demasiado para entenderlo.
Alguien estaba intentando acabar con Thiago.
Y los Herrera no iban a detenerse hasta conseguirlo.
—¿Estás bien?
El hombre la ayudó a sentarse y le entregó un vaso de café caliente.
—Bebe un poco. Te ayudará a recuperar el calor.
Isabella lo miró con sorpresa.
Entonces lo reconoció.
Era Emiliano López, el hermanastro de Gabriel, tres años menor que él.
Habían sido compañeros de universidad y se conocían incluso antes de que ella hubiera conocido a Gabriel.
Sin embargo, después de casarse, poco a poco había perdido el contacto con Emiliano. Gabriel nunca había aceptado a su hermanastro y siempre había rechazado cualquier intento de acercamiento entre ellos.
Encontrarse con él en una situación tan lamentable hizo que Isabella se sintiera incómoda. Bajó ligeramente la mirada y respondió con una sonrisa forzada.
—Gracias.
Emiliano negó con suavidad.
—Me enteré de lo que pasó con tu hermano. Es una lástima no ser abogado; si pudiera ayudarte con el caso, lo haría.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Pero al menos mientras Thiago esté en este hospital, nadie volverá a tocarlo.
—Gracias.
Al escucharla responder una vez más con tanta distancia, Emiliano frunció ligeramente el ceño.
—No tienes que ser tan formal conmigo. Antes éramos amigos, y después incluso fuimos familia. Aunque ya no estés con Gabriel, para mí sigues siendo mi cuñada. Si necesitas algo, puedes contar conmigo.
A diferencia de Gabriel, que siempre había tratado a Emiliano como si fuera un extraño, él nunca había dejado de respetar a su hermanastro.
En el pasado, Isabella incluso había intentado acercarlos.
Pero cada vez que mencionaba a Emiliano o intentaba mediar entre ellos, Gabriel reaccionaba con una furia difícil de entender. Incluso llegó a acusarla de ponerse de parte de su hermanastro.
Ahora, mirando atrás, Isabella comprendía que Gabriel siempre había sido una persona complicada.
Solo que en aquel entonces lo amaba demasiado como para verlo con claridad.
—Isabella, ¿por qué estás descalza?
La pregunta de Emiliano la sacó de sus pensamientos.
Él bajó la mirada hacia sus pies desnudos y frunció el ceño.
—Quédate aquí. Voy a buscarte unos zapatos. No puedes seguir así; acabarás enfermándote.
Isabella quiso decirle que no era necesario, pero Emiliano ya se había alejado por el pasillo.
No tuvo más remedio que quedarse allí, frente a la puerta de urgencias, mirando fijamente la luz roja que permanecía encendida.
Thiago era lo único que le quedaba.
No podía perderlo.
Pasaron unos minutos antes de que unos pasos firmes resonaran por el pasillo.
Pensando que Emiliano había regresado con los zapatos, Isabella levantó la mirada con cierta esperanza.
Pero al girarse, se encontró con los ojos oscuros y fríos de Gabriel.
La expresión de su rostro cambió de inmediato. Sin darse cuenta, apartó la mirada.
No quería verlo.
Gabriel notó ese pequeño detalle.
Por un instante, los ojos de Isabella se habían iluminado al pensar que era otra persona. Pero en cuanto descubrió que era él, toda esa luz desapareció.
¿De verdad estaba esperando a alguien más?
Una sensación inexplicable le oprimió el pecho.
Se acercó en silencio y, sin decir una palabra, se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros de Isabella.
—Isabella, esta vez dejaré pasar tu berrinche. Pero si vuelves a repetir algo así, el trato se terminará de verdad.
Ella pensó que solo había venido a burlarse de ella una vez más.
Sin ninguna expresión en el rostro, se quitó la chaqueta y la dejó caer al suelo.
Después levantó la mirada hacia él.
Había una frialdad en sus ojos que Gabriel no veía desde hacía mucho tiempo.
—Gabriel, ¿no estás cansado de seguir jugando conmigo?
Sus labios dibujaron una sonrisa amarga.
—Desde el principio ya habías decidido que Valentina llevaría el caso, ¿verdad?
Gabriel frunció el ceño con impaciencia, pero, por una vez, no la reprendió.
Su voz sonó más tranquila que antes, aunque seguía sin mostrar ninguna emoción.
—Isabella, compórtate. Esto es lo mejor para todos.
¿Comportarse?
Desde la primera reconciliación, eso era exactamente lo que había hecho.
Había contenido su carácter, había tragado cada humillación y había soportado todo en silencio por miedo a perderlo.
¿Y qué había recibido a cambio?
Nada.
La desesperación acumulada durante tantos días finalmente rompió la barrera que había construido.
—¡No quiero!
Su voz tembló por la rabia y la impotencia.
—¡Mi hermano está luchando por su vida y no voy a permitir que Valentina convierta su caso en una simple prueba para demostrar sus capacidades! ¡Si ustedes dos quieren buscar una oportunidad para demostrar algo, háganlo con otra persona!
Antes de que pudiera terminar, una voz conocida interrumpió la discusión.
—Isabella, las tiendas ya están cerradas. Te traje estos.
Ella se quedó en silencio.
Al girar la cabeza, vio a Emiliano acercándose desde el final del pasillo con unas zapatillas en la mano.
Al ver a Gabriel allí, sonrió con naturalidad.
—Gabriel, has venido.
Pero la expresión de Gabriel cambió en cuanto escuchó esas palabras.
Su mirada pasó de Emiliano a Isabella.
De repente, todo encajó en su mente.
Ella no estaba esperando que él apareciera.
Estaba esperando a Emiliano.
La frialdad en sus ojos se hizo aún más profunda.
Una sonrisa irónica apareció lentamente en sus labios.
—Ahora entiendo por qué de repente tienes tanto valor para desafiarme.
Miró a Emiliano con desprecio antes de volver la vista hacia Isabella.
—Parece que ya encontraste a alguien que te proteja.
Su voz estaba cargada de sarcasmo.
—Dime, Isabella... ¿de verdad crees que él puede ayudarte?