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Author: Locus
last update publish date: 2026-10-21 10:44:16

David

La luz atravesaba las cortinas cuando extendí la mano hacia el otro lado de la cama.

Mis dedos encontraron las sábanas frías.

—Ana —murmuré, todavía medio dormido.

Nadie respondió.

Volví a mover la mano, buscando su cuerpo, y abrí los ojos lentamente. El lugar donde ella había dormido estaba vacío. Solo quedaba la marca de su cabeza sobre la almohada y el recuerdo de su perfume mezclado con el mío.

Me incorporé de inmediato.

—Ana.

Esta vez pronuncié su nombre más alto.

Silencio.

Miré hacia la puerta del baño. Estaba abierta y la luz apagada. Su ropa ya no se encontraba esparcida por el suelo. Tampoco estaba su bolso en la sala. La realidad cayó sobre mí con una fuerza absurda.

Se había marchado.

Sin despertarme.

Sin despedirse.

Sin dejarme siquiera la oportunidad de impedirlo.

Sentí que la irritación me recorría el cuerpo mientras apartaba la sábana y me sentaba en el borde de la cama. Fue entonces cuando vi el papel doblado junto a la almohada.

Lo tomé inmediatamente.

> David:

Gracias por la noche. De verdad.

Fuiste increíble conmigo cuando necesitaba olvidar el peor día de mi vida, incluso sin saber casi nada sobre mí. Fue una noche intensa, deliciosa y más importante de lo que debería admitir. Perdóname por marcharme sin despertarte, pero creo que es mejor así.

Ana.

Leí la nota una vez.

Después otra.

Y una tercera.

«Creo que es mejor así».

—¿Mejor para quién? —murmuré.

Me pasé una mano por el rostro y respiré profundamente, intentando contener una sensación que no debería existir. Había conocido a aquella mujer la noche anterior. No tenía derecho a estar enfadado porque se hubiera marchado. No había ninguna promesa entre nosotros.

Aun así, estaba furioso.

Más que eso.

Sentía una inquietud casi física al imaginarla caminando sola por Nueva York, regresando al apartamento donde había encontrado a su novio con su hermana o buscando otro lugar sin tener adónde ir.

—Mierda.

Volví a mirar la nota.

Ana era virgen.

Me había entregado su primera vez durante una noche en la que su vida estaba destruida. No me había pedido nada a cambio. No preguntó quién era yo, cuánto dinero tenía o qué podía ofrecerle. Ni siquiera había intentado permanecer allí por la mañana.

Simplemente desapareció.

Y yo la había dejado hacerlo.

—Maldita sea —mascullé, apretando el papel entre los dedos antes de obligarme a alisarlo.

La culpa me atravesó. Aunque le pregunté varias veces si estaba segura, aunque ella me respondió que sí, seguía pensando que debería haber sido diferente. Debería haber esperado. Debería haber hablado más con ella, descubierto dónde vivía y entendido qué había ocurrido realmente.

Sin embargo, cuando Ana me miró y dijo que me quería a mí, todo el control que había construido durante años desapareció.

Quería haber despertado y encontrado sus ojos azules observándome. Quería verla envuelta en mis sábanas, con el cabello negro desordenado sobre la almohada. Quería preparar el desayuno, escuchar su voz y convencerla de que se quedara algunas horas más.

Quizá días.

La idea debería haberme parecido ridícula.

No me lo pareció.

Cuando entré en aquel bar, no esperaba encontrar a nadie. Solo quería beber algo después de un día interminable y regresar solo al apartamento, como siempre hacía. Entonces la vi sentada frente a la barra, con los ojos llenos de lágrimas y el cabello oscuro cayendo sobre los hombros.

Nunca había visto una mujer tan hermosa de una manera tan natural.

Ana no intentaba llamar la atención. No sonreía para ser observada y ni siquiera parecía consciente de las miradas que despertaba. Estaba destruida, intentando beber más rápido de lo que su cuerpo podía soportar, y algo dentro de mí me empujó hacia ella.

No fue una decisión.

Fue inevitable.

Desde el primer momento sentí que debía acercarme, retirar aquella copa de sus manos y descubrir quién la había hecho llorar. Ella necesitaba ayuda, aunque probablemente no de alguien como yo. Pero cuando sonrió por primera vez, incluso sabiendo que no estaba bien, algo se movió dentro de mí.

Supe que la quería.

En aquel momento pensé que solo se trataba de deseo.

Ahora, sentado en la cama vacía y sujetando el único pedazo de papel que me había dejado, comprendí que era mucho peor.

Necesitaba volver a verla.

Me levanté y recorrí el apartamento desnudo, comprobando cada habitación aunque sabía que se había marchado. La irracionalidad de aquella búsqueda aumentó mi rabia. Me detuve en la sala, donde todavía estaba el vaso de agua que había utilizado.

Lo tomé.

Una pequeña marca de sus labios permanecía en el borde.

En lugar de llevarlo a la cocina, lo dejé exactamente donde estaba.

—Me estoy volviendo loco —dije.

Regresé al dormitorio y tomé mi teléfono. Revisé las llamadas, los mensajes y hasta las cámaras del edificio. En una de las grabaciones vi a Ana entrando sola en el elevador, abrazando su bolso contra el cuerpo. Parecía pequeña dentro de aquel espacio de acero y cristal.

Retrocedí el video.

Lo vi de nuevo.

Después una tercera vez.

Cuando las puertas se cerraron y ella desapareció de la imagen, sentí nuevamente la misma presión en el pecho.

Quería saber qué taxi había tomado. A qué dirección había ido. Si estaba segura. Si había regresado junto a las personas que la habían lastimado.

Marqué el número de seguridad del edificio.

—Quiero las grabaciones de la entrada de esta mañana y la matrícula del taxi que recogió a la mujer que salió de mi apartamento.

Hubo un breve silencio.

—Sí, señor Beckman. ¿Ocurrió algo?

—Se marchó sin dejar sus datos.

—Entendido.

Corté la llamada y entré en la ducha. Dejé que el agua cayera con fuerza sobre mis hombros, intentando pensar con claridad, pero Ana continuaba allí. Recordé sus gemidos, sus manos aferrándose a mí y la forma en que su cuerpo temblaba. Recordé sus labios pronunciando mi nombre y el modo en que se quedó dormida sobre mi pecho.

El deseo regresó con una intensidad violenta.

Apoyé ambas manos contra la pared del baño y cerré los ojos.

—Mierda, Ana.

No se apartaba de mi cabeza.

Cuando entré en el vestidor y comencé a vestirme, comprendí algo todavía más irritante: no sabía prácticamente nada sobre ella.

Solo su nombre.

Ana.

Ni siquiera sabía si era una abreviación.

No tenía su apellido, su número de teléfono ni una dirección. Había estado demasiado concentrado en mantenerla conmigo durante aquella noche y demasiado convencido de que la encontraría a mi lado al despertar.

—Soy un imbécil.

Terminé de vestirme, pero antes de salir volví a sentarme en la cama y tomé la nota. La doblé con cuidado y la guardé dentro de mi cartera.

No iba a tirarla.

No permitiría que nadie la tocara.

Bajé hasta la recepción del edificio. El portero se puso de pie en cuanto me vio.

—Señor Beckman.

—La mujer que salió de mi apartamento esta mañana. Si vuelve, no la deje marcharse sin hablar conmigo.

Él pareció sorprenderse, pero asintió.

—Por supuesto.

Saqué una tarjeta y la coloqué sobre el mostrador.

—Entréguele mi número personal. No el de la oficina.

—Sí, señor.

—Y llámeme inmediatamente. No importa dónde esté ni con quién esté reunido.

—Entendido.

Me alejé algunos pasos, pero regresé.

—Si pregunta por mí, déjela subir. No necesita autorización.

El portero volvió a asentir.

—Gracias, señor Beckman.

Durante el resto del día miré el teléfono más veces de las que estaba dispuesto a admitir. Cada llamada desconocida provocaba una expectativa absurda. Cada vez que la puerta de mi oficina se abría, una parte irracional de mí esperaba verla entrar.

Ana no llamó.

Tampoco regresó.

Por la noche volví al mismo bar.

Me senté en el lugar donde la había encontrado y observé la entrada durante horas. El bartender me reconoció.

—¿Buscas a la chica de ayer?

—Sí.

—Pensé que se había marchado contigo.

—Se marchó después.

Él limpió un vaso y me miró con cierta curiosidad.

—Parecía estar pasando por algo difícil.

—Lo sé.

—¿Tienes su número?

Apreté la mandíbula.

—No.

No necesitaba escuchar en voz alta lo estúpido que había sido.

Regresé al bar durante las noches siguientes. Siempre ocupaba el mismo asiento y vigilaba la puerta, esperando ver aquel cabello largo y oscuro entre la multitud.

Ana nunca apareció.

Contraté a un investigador privado. Después a otro. Les entregué las imágenes de las cámaras, el horario del taxi, una descripción detallada y todo lo que sabía. Una joven llamada Ana, ojos azules, cabello negro, estudiante, traicionada por el novio y por la hermana.

Era demasiado poco.

Nueva York estaba llena de mujeres llamadas Ana.

Pero ninguna era la mía.

El pensamiento apareció de forma tan natural que me dejó inmóvil.

Mía.

No tenía derecho a llamarla así. Habíamos compartido una sola noche y ella había decidido marcharse. Sin embargo, todo dentro de mí rechazaba la posibilidad de aceptar que aquello hubiera terminado.

Pasaron los días.

Comencé a soñar con ella todas las noches. Despertaba de madrugada excitado, tenso y furioso al encontrar la cama vacía. Ninguna otra mujer despertaba mi interés. Las llamadas de Lídia se volvieron insoportables, y cualquier conversación sobre el acuerdo entre nuestras familias me provocaba rechazo.

No me sentía así desde Laura.

Después de la muerte de mi esposa, me había cerrado por completo. Tuve relaciones casuales, pero nunca permití que significaran algo. No prometía nada, no perseguía a ninguna mujer y jamás permitía que permanecieran el tiempo suficiente para convertirse en una necesidad.

Era más seguro.

Si no amaba a nadie, no volvería a experimentar el dolor de perderlo.

Pero Ana era diferente.

Vulnerable y fuerte al mismo tiempo. Entregada entre mis brazos, pero lo bastante decidida para abandonarme antes de que despertara. Durante aquella noche parecía que el mundo exterior no existía y que solo estábamos nosotros dos.

Desde la muerte de Laura, nunca había corrido detrás de una mujer.

Ahora había contratado investigadores, regresado al mismo bar todas las noches y revisado las cámaras hasta memorizar la imagen de Ana entrando en un taxi.

No podía detenerme.

Necesitaba encontrarla.

Necesitaba protegerla, incluso si ella afirmaba que no necesitaba protección. Necesitaba comprender qué la había destruido de aquella forma. Saber si solo se trataba de la traición o si existía algo más.

Y, sobre todo, necesitaba escuchar su voz otra vez.

Los investigadores no encontraron nada durante los primeros días. El taxi había dejado a Ana cerca de otro bar, pero las cámaras de la zona no mostraban con claridad hacia dónde había seguido. No existía un apellido, una universidad confirmada ni una dirección anterior.

Era como perseguir un fantasma.

En la octava noche, permanecí solo en mi dormitorio con la nota abierta entre las manos.

«Creo que es mejor así».

No.

No era mejor.

Ella podía haber decidido marcharse aquella mañana, pero yo también podía decidir buscarla.

Y cuando la encontrara, no permitiría que volviera a desaparecer sin explicaciones.

Me acerqué a la ventana y contemplé las luces de Nueva York. En algún lugar de aquella ciudad estaba la mujer que había devuelto sensaciones que yo creía muertas.

Apreté el billete entre los dedos.

—Voy a encontrarte, Ana —dije en voz baja—. No importa cuánto cueste ni dónde te escondas. Voy a encontrarte.

Y cuando lo hiciera, no volvería a dejarla escapar.

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