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Capítulo 5

Author: Gianna
Dos kilómetros no eran nada; en pocos minutos llegaron a la entrada del residencial.

Nadia le tendió doscientos dólares al hombre, como agradecimiento por haberla rescatado y por desafiar las normas del tráfico en medio de la tormenta.

La voz del hombre era fría y cortante:

—No hace falta, me quedaba de paso.

Al ver que no aceptaba, Nadia no insistió. Al bajarse, le advirtió:

—Es probable que el huracán deje el barrio sin agua ni electricidad. Si todavía estás a tiempo, te recomiendo que compres comida y lo básico para tener en casa.

Abrió la puerta, abrazó el paquete y echó a correr contra el viento hacia el edificio.

Las primeras gotas gruesas comenzaron a caer con fuerza. Nadia se secó la cara con la manga mientras salía del ascensor, y al levantar la vista se encontró con Iván y Camila parados frente a la puerta de su apartamento.

Parecía que llevaban esperando un buen rato. Iván tenía el rostro impaciente, mientras que Camila, la chica más popular del campus, lucía una sonrisa encantadora con su vestido blanco que la hacía ver pura y etérea.

—¿Por qué llegas tan tarde? —dijo Iván con tono irritable—. Te estamos esperando desde hace un montón.

Al verlos, Nadia no pudo evitar recordar todas las humillaciones que sufrió en el apocalipsis, y cómo ellos se quedaron mirando impasibles mientras los salvajes la golpeaban hasta matarla. Se le fue el buen humor y le hirvió la sangre.

En su vida anterior, había sido la tonta y no podía culpar a nadie más. Pero en esta vida, si pretendían seguir chupándole la sangre y robarle el colgante mágico, ¡que esperaran sentados!

Todas las desgracias que ella había pasado, ellos las sufrirían el doble.

Nadia puso cara de indiferencia:

—¿Qué quieres?

Ella siempre lo había tratado con una calidez desbordante. Ahora, con esa indiferencia, Iván se quedó descolocado y preguntó casi sin pensar:

—¿Por qué no viniste a mi cumpleaños?

—No te conozco bien. ¿Por qué habría de ir?

—Tú...

Ella había estado detrás de él todo ese tiempo, y llevaba semanas diciendo que le daría el regalo que tanto deseaba.

Pero claro, él no había ido por el regalo. Era Camila quien estaba interesada en conocerla, y él solo la acompañaba.

Camila observó a Nadia con una sonrisa amable:

—Hola, Nadia.

Nadia respondió con voz cortante:

—No te conozco. No me llames así.

Camila esbozó una sonrisa incómoda, aunque mantuvo su tono dulce:

—Es que hoy es el cumpleaños de Iván. Somos todos del mismo campus, ¿por qué no nos reunimos un rato?

Su cumpleaños ya había pasado al mediodía. Llevarla al octavo piso era solo un pretexto para quitarle el colgante.

—¿Estás sorda? —Nadia soltó una burla—. ¿No oíste que dije que no lo conozco? ¿Qué me importa a mí su cumpleaños?

Nunca esperó que Nadia fuera tan grosera. Iván, sintiéndose humillado, replicó:

—Nadia, ¿qué te pasa?

—Llevan puestos anillos de pareja, y aun así me has invitado a tu casa una y otra vez. ¿Querías tener dos novias al mismo tiempo?

—¡No te hagas ilusiones! ¡Nunca he sentido nada por ti! —Iván estaba furioso, y con la cara colorada, dijo—: Vámonos, Camila.

Pero Camila no quería irse:

—Nadia, en realidad pasó esto: vinimos a celebrar el cumpleaños de Iván, nos pilló el huracán y no podemos volver. ¿Podría quedarme a dormir en tu casa esta noche?

—¿Estás loca? ¡Ya te dije que no te conozco!

Iván puso cara de advertencia:

—Nadia, cuida lo que dices.

—Hablo como me da la gana. Si no te gusta, no te metas conmigo.

Iván tiró de Camila para irse, pero ella se resistía. Forzando una sonrisa, dijo:

—Nadia, qué bonito es ese colgante que llevas. ¿Dónde lo compraste?

Nadia se quitó el colgante:

—¿Lo quieres?

Los ojos de Camila brillaron:

—¿Me lo puedes vender? Me encanta.

Nadia abrió la mano y el colgante cayó al suelo.

Entonces alzó el pie y lo pisoteó con fuerza varias veces, hasta que el jade se hizo añicos.

Desde que el espacio se había vinculado a ella, el colgante había perdido todo su brillo; ya no servía para nada.

Pero la gente era ruin. Si no lo destruía delante de ellos, quién sabía qué podría hacer Camila.

—Tu encanto me da asco.

Al ver el colgante destruido, Camila dio un grito de sorpresa y se quedó paralizada.

Al ver a su novia humillada, Iván estalló en insultos contra Nadia.

Nadia le devolvió una mirada feroz:

—¡Lárgate! Y no vuelvas a ponerte delante de mí.

Se puso lívido de rabia, agarró a Camila del brazo y se fue furioso.

Solo entonces Nadia abrió la puerta de acero, entró y, sin perder un segundo, desenvolvió el paquete.

La ropa polar de expedición era muy gruesa, suave y abrigada. El saco de dormir tipo momia, cosido con varias capas de plumas, era de una calidad impecable. De eso dependería su vida en el frío extremo.

Afuera el viento rugía y el cielo se había vuelto negrísimo.

Cerró bien puertas y ventanas, y sacó unos baldes de plástico blanco para llenarlos de agua. Después de llenarlos, guardó algunos en el baño del espacio.

Con el huracán y la lluvia torrencial, el agua y la electricidad no tardarían en cortarse.

Aunque afuera el mundo se desmoronara, Nadia se movía sin parar en la cocina: lavaba arroz, cocinaba, limpiaba verduras y salteaba.

Preparó varios guisos y sopas: cerdo, pollo con hongos, pescado y res con rábano. Cada ración era enorme. Las sirvió en las fuentes de acero inoxidable que había preparado y, todavía humeantes, las metió en el espacio.

Aprovechando que el huracán acababa de llegar y que todas las casas tenían provisiones, tenía que cocinar ya los platos con olores fuertes. Más adelante no podría encender el fuego tan a la ligera para no atraer miradas ajenas.

Coció panes, bollos y empanadas. La cocina de gas y la hornilla eléctrica iban a pleno rendimiento. No paró hasta pasada la medianoche.

Se cambió la ropa llena de grasa, se dio una ducha caliente y se dejó caer en la cama.

Estaba dormitando cuando la despertó un taladro.

Corrió las cortinas: afuera el cielo seguía gris, y el huracán y la lluvia rugían juntos.

Creyó que aún era de noche, pero al mirar el teléfono vio que eran más de las nueve de la mañana.

WhatsApp no paraba de vibrar. Los grupos del residencial y de la facultad tenían más de noventa y nueve mensajes sin leer. La mayoría celebraban la llegada del huracán “Aurelio”: los oficinistas por fin se libraban de la rutina de oficina, y los estudiantes no tenían clases.

En los grupos no paraban de subir fotos y vídeos de los destrozos: árboles arrancados de raíz, coches de lujo aplastados, un tornado que partía por la mitad una nave de chapa metálica...

Algunos comenzaban a darse cuenta de que la cosa iba en serio, y se lamentaban por no haber comprado comida. Decían que cuando salieron del trabajo y fueron al supermercado, ya no quedaba nada.

El taladro seguía sonando, como si viniera del apartamento de al lado.

Nadia se quedó desconcertada. En su planta había tres apartamentos y los otros dos llevaban vacíos desde siempre.

En su vida anterior, cuando las inundaciones llegaron hasta el segundo piso, los vecinos desalojados, al no recibir ayuda, empezaron a ocupar los pisos vacíos forzando las puertas.

Al principio todo era paz, pero a medida que la comida escaseaba, las miradas se volvían más oscuras y calculadoras; más de una vez intentaron forzar la puerta de Nadia a medianoche.

Esta vez había comprado un hacha de bomberos. Si se atrevían a forzar la puerta, ella estaría lista para usarla.

Pero no era solo el taladro; también se oía la voz de una niña.

Nadia abrió la puerta y salió. Vio que la puerta del 1801 estaba abierta de par en par, con una flamante puerta de acero inoxidable apoyada en la pared. Un hombre joven, vestido con ropa informal de tonos claros, taladraba la pared.

Al oír la puerta abrirse, el hombre se giró.

Nadia se quedó boquiabierta:

—¿Eres tú?

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