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Capítulo 6

Author: Gianna
Nadia jamás imaginó que en el 1801 no solo se hubiera mudado un nuevo vecino, sino que además fuera el joven que la había ayudado en la sucursal de mensajería.

El hombre mostró un leve gesto de sorpresa, le hizo un breve asentimiento con la cabeza y siguió con su trabajo.

Era atractivo y de rasgos fríos, alto y atlético, con la ropa apenas disimulando los músculos, que se notaban firmes.

A Nadia se le erizó la piel. Tras saludarlo, se retiró rápidamente a su apartamento.

Esta vida era distinta. No solo el huracán se había adelantado, sino que además tenía un vecino nuevo.

¿Qué clase de persona instalaría tres puertas de acero inoxidable?

Lo ideal sería que pudieran vivir en paz, pero no debía bajar la guardia.

El hombre la había ayudado, pero eso fue antes. En un mundo donde la moral ya no existe, ¿quién podía saber si seguía siendo el mismo?

Cerró la puerta con el pestillo, se lavó los dientes y desayunó. El cielo se había aclarado un poco, pero seguía tan sombrío como antes.

Nadia se asomó al balcón. El huracán, con sus aullidos infernales, golpeaba sin descanso los muros, y la lluvia torrencial azotaba el vidrio antibalas con fuerza.

En solo una noche, las calles se habían inundado, muchos vehículos estaban sumergidos, y en las zonas bajas y con corrientes fuertes, los coches habían sido arrastrados directamente por la corriente.

La lluvia lo cubría todo. A lo lejos, el horizonte gris y borroso se volvía cada vez más bajo, como una mano oscura e invisible que aplastaba la ciudad entera en su puño, triturándola sin piedad...

Nadia tomó los prismáticos para observar la ciudad desde lo alto. Las calles eran un océano, las nubes se hundían cada vez más, y unos embudos de agua conectaban el cielo y la tierra, girando a toda velocidad y arrastrando lluvia, árboles y vehículos, como si fueran a engullir el mundo entero...

¡Un tornado!

Nadia se quedó helada. Vio cómo el tornado partía un paso elevado en segundos; un rayo cayó sobre un árbol y provocó un incendio, pero la lluvia torrencial lo apagó al instante.

¿Había tornado en su vida anterior?

No lo recordaba. Le daba la sensación de que muchas cosas habían cambiado, y todas para peor.

El teléfono no paraba de vibrar con mensajes. El ruido la hartaba, así que desactivó los datos y entró en la cocina a lavar, cortar y cocinar sin parar.

Primero blanqueó el pecho y el jarrete de res para eliminar las impurezas, luego sacó una selección de especias y puso la carne a brasear. Limpiar las vísceras requería tiempo y mucha paciencia.

Con tanto humo de la cocina, había perdido el apetito. Para el almuerzo se hizo algo sencillo: sopa de fideo con pollo.

Cuando apagó la campana extractora, creyó oír el llanto de una niña.

No le dio importancia. Empaquetó la basura y la sacó a la puerta. Justo cuando iba a entrar, oyó que el llanto venía del apartamento de al lado.

Solo había estudiado un año de Medicina, ni siquiera era una aprendiz, pero sabía más que la mayoría de la gente. Y ese llanto no era normal.

Dudó un momento, y luego llamó a la puerta del 1801:

—Lulú.

Con tres puertas de acero tan gruesas, llamó un buen rato sin obtener respuesta. Justo cuando se disponía a marcharse, oyó un chasquido.

Al otro lado, tras forcejear con la cerradura, la puerta se abrió. Apareció una carita llorosa y asustada, con restos de vómito aún sin limpiar en las comisuras de los labios, y las mejillas sonrojadas de forma poco natural.

—¿Por qué lloras, Lulú?

Nadia le tocó la frente. Quemaba, y una mucosidad clara le escurría por la nariz sin parar. Era un resfriado con fiebre alta.

—¿Dónde está tu papá?

—Mi hermano se fue —respondió con voz ronca y temblorosa, mientras se secaba las lágrimas con las manos—. Hasta mi hermano ya no me quiere.

¿Hasta? Algo en esa palabra le hizo pensar que la niña no estaba bien.

Mirando las tres puertas de acero que protegían aquel piso, Nadia acarició la cabeza de la niña para calmarla:

—No digas eso. Seguro que tuvo que salir a hacer algo. Volverá enseguida. ¿Quieres pasar a mi casa?

La niña, de cinco años, enferma, sentía mucho miedo en un entorno desconocido. Pero recordaba a esta señorita, y tras dudar un momento, asintió.

Nadia la llevó a su casa, le tomó la temperatura: más de treinta y nueve grados. Buscó en sus medicinas algo para niños que tuviera efecto antipirético.

Después de dárselo, escribió una nota en un papelito y la pegó en la puerta del 1801 por si su hermano se preocupaba.

Escuchando el rugido del huracán afuera, Nadia sintió curiosidad por su vecino. ¿Quién salía con este clima si no era para buscarse la muerte?

El huracán venía acompañado de rayos. La televisión ya no tenía señal, y al ver a Lulú acurrucada en el sofá, temblando de miedo, Nadia no pudo evitar recordarse a sí misma de pequeña, cuando veía a otros niños con sus padres y ella, enferma, solo podía abrazar la almohada en la cama y llorar, sintiéndose abandonada por el mundo entero.

No sabía cuidar niños, así que sacó la tableta y le puso dibujos animados.

La magia de los dibujos funcionó. Lulú, que estaba decaída, se animó un poco.

Nadia se sentó a su lado y revisó el teléfono. Varios contactos tenían mensajes nuevos, entre ellos Iván.

“Nadia, ayer estuve mal. No te enfades.”

“Tenía muchas ganas de que vinieras a mi cumpleaños, pero no lo hiciste, por eso me puse así.”

Estaba bien plantado, pero se dobló fácil: ni siquiera aguantó una noche sin comer.

También era verdad: había bastante gente en su cumpleaños, y seguro que todavía quedaban siete u ocho por ahí. En esas fiestas solo hay botanas, cerveza y pastel; nadie cocina, y mucho menos guardan comida.

Aunque tuvieran fideos instantáneos o galletas, no daban para tantas bocas.

Nadia miró la hora del mensaje: hacía una hora. Ya estaba pidiendo comida, claro.

También había varias solicitudes de amistad, todas después del mensaje de Iván. Las ignoró por completo.

Dos padres de sus alumnos le escribieron para agradecerle el aviso; gracias a eso habían llegado a tiempo al supermercado, y su familia no se quedaría sin comer. Uno de ellos incluso le envió un bono como agradecimiento.

Nadia no lo aceptó. Aunque lo hiciera, no tendría dónde gastarlo.

Siguió revisando los grupos. Unos presumían de su banquete de mariscos, otros celebraban el huracán con vino tinto y algo de comer, y otros abrían la nevera para presumir de sus provisiones.

No paraban de competir por ver quién tenía más, y hasta se iban pasando la palabra para seguir alardeando. Nadie parecía darse cuenta del precio que iban a pagar por tanta soberbia.

Quince días de huracán y lluvias torrenciales. Por mucho que el gobierno quisiera ayudar, las condiciones eran tan extremas que lo impedían. Cuando la comida escaseara y la vida peligrara, esa gente sería la primera en convertirse en blanco de los saqueos.

Junto a los que presumían, también había quien pedía ayuda. Y no eran pocos: casi todos jóvenes que vivían de la comida a domicilio, que gastaban sin control y nunca cocinaban en casa, llenos de ropa y mascarillas pero sin un solo grano de arroz.

“Ayer cuando fui al supermercado, ya no quedaban fideos instantáneos. ¿Alguna alma caritativa se apiada de mí?”

“Yo tampoco conseguí, compré dos kilos de harina, pero no tengo olla.”

Uno empezó, y otros siguieron. Hasta hubo quien invitó a una chica a cenar a su casa, pero el problema es que no vivían en el mismo edificio.

Había mucho ruido y poca ayuda de verdad. Hasta que alguien propuso intercambiar objetos: un paquete de mascarillas de cinco unidades por un paquete de fideos instantáneos. Alguien respondió enseguida.

Había tantos mensajes que Nadia apenas podía seguir el hilo. Se topó con un vídeo reenviado: un coche arrastrado por la corriente, un bombero que se lanzaba a rescatarlo bajo el huracán, y en un instante, una ola de la riada lo engullía.

Había muchos vídeos así: unos con rescates exitosos, otros con equipos enteros desaparecidos.

Nadia sintió el peso en el pecho. Iba a cerrar el teléfono cuando el nombre de Iván apareció de nuevo en la pantalla...

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