LOGINRebecca Robinson no era una tonta, aunque hubiera pasado meses fingiendo ser la perfecta muñeca de porcelana para la alta sociedad neoyorquina. Mientras subía las escaleras de la mansión Keller, con los gritos de Eleanor aún resonando en sus oídos y la cobardía de Julian grabada en su retina, una risa histérica y amarga burbujeó en su garganta.«Ese niño no puede nacer», había dicho Eleanor.Rebecca entró en su habitación y cerró la puerta con llave, jadeando. Se tocó el vientre con una posesividad feroz. Sabía algo que Eleanor no sospechaba y que Julian, en su absoluto narcisismo, jamás imaginaría.El imperio Robinson estaba en la ruina. Su padre había apostado el patrimonio familiar en fondos de inversión volátiles en Asia y lo había perdido todo. Ella era, literalmente, la moneda de cambio. Pero no para Julian. Julian era solo el peón, el rostro joven para la prensa. El verdadero trato, el que mantenía a los Robinson a flote con inyecciones de efectivo mensuales, se había firmado e
El aplauso de la élite aún resonaba en el Gran Salón, pero mi mente ya estaba en el balcón VIP. Subí las escaleras de cristal esquivando a la prensa y a los inversores aduladores, guiada únicamente por la magnetismo de una mirada oscura.Dante Hansen me esperaba en la penumbra. De cerca, el esmoquin negro lo hacía ver aún más letal que en el aeropuerto. Sin decir una palabra, me tendió un vaso de cristal tallado con bourbon puro.—Una demolición impecable, Señorita Belfort —ronroneó. Sus nudillos rozaron los míos al entregarme la bebida, y el simple contacto envió una descarga de calor por mis venas—. Pero cometió un error.Fruncí el ceño, bebiendo un sorbo para disimular el latido errático de mi pecho. —¿Cuál?—Dejarlo respirar —Dante dio un paso hacia mí, acorralándome sutilmente contra la barandilla de cristal. Su aroma a madera y pólvora me envolvió—. Un hombre cobarde y humillado es peligroso. Su ego no aceptará la derrota. Intentará arrastrarse de vuelta a su cama creyendo que e
Seis meses después.Nueva York tiene una forma particular de brillar cuando tienes el mundo a tus pies. Pero para llegar a la cima, primero tuve que entender con qué demonios estaba dispuesta a pactar. Aún recordaba el vuelo de ida a Londres, cuando le entregué aquella tarjeta negra a mi asistente. Marcus había tardado apenas diez minutos en palidecer frente a la pantalla. "Señorita, este número pertenece a Dante Hansen... el magnate petrolero. Pero en las sombras, es el rey absoluto del bajo mundo de la Costa Este", me había advertido. Ese día supe que el extraño del aeropuerto me había ofrecido la llave del infierno. Y yo había decidido usarla.Desde la planta 60 de la recién inaugurada Torre Belfort, la ciudad ya no parecía una selva de cemento, sino un tablero de ajedrez donde yo, finalmente, movía las piezas.Me miré en el espejo del vestidor privado. El cambio no era solo el traje sastre de Alexander McQueen en un verde bosque tan oscuro que rozaba el negro, ni el collar de esme
La terminal privada de Teterboro era un santuario de cuero, mármol y silencio. A diferencia de los aeropuertos comerciales, aquí el dinero compraba invisibilidad. Caminaba hacia la pista con el repiqueteo de mis tacones marcando mi nuevo ritmo. Llevaba el traje blanco de diseñador que Marcus había enviado; la tela estructurada se sentía como una armadura. Estaba tan concentrada revisando mi teléfono, esperando ver estallar las acciones de los Keller en el mercado, que no me di cuenta de que iba directo hacia una pared de puro músculo.El impacto fue brutal. Mi teléfono resbaló de mis manos, pero antes de que yo pudiera tropezar y perder mi recién estrenada dignidad, unas manos grandes, ásperas y calientes se cerraron alrededor de mi cintura. Me estabilizaron en el aire con una facilidad aterradora, como si yo no pesara absolutamente nada.La disculpa rutinaria se atascó en mi garganta al alzar la vista.Jamás había visto a un hombre así. No tenía el aspecto pulcro, prefabricado y casi
Me quedé en un hotel esa noche. No podía viajar. Estaba demasiado rota para enfrentar un vuelo transatlántico y demasiado furiosa para alejarme antes de ver el primer ladrillo caer.El taxi me dejó frente al The Mark Hotel. Entré como una aparición: con los ojos inyectados en sangre y una maleta vieja, pero deslicé mi tarjeta negra personal —la que no tenía el nombre de los Keller— sobre el mostrador de mármol.—El Central Park Penthouse, por tiempo indefinido —dije con una voz que no reconocí.Media hora después, estaba sumergida en una bañera de patas de león, rodeada de cristal de Baccarat y el silencio sepulcral de la planta más alta del hotel. Pero el silencio era una mentira, porque en la encimera, mi teléfono no dejaba de vibrar. Era un pulso frenético, una criatura herida que gritaba desde la oscuridad.Julian.23:45 PM: ¿Dónde diablos estás, Olivia? No hagas una escena. Regresa a casa ahora. No me obligues a ir a buscarte.No respondí. Me envolví en una bata de seda blanca y
El ático de la calle 57, ese que durante tres años llamé "hogar", se sentía ahora como una morgue de cristal y mármol. El silencio era tan denso que podía escuchar el eco de mis propios pasos sobre el piso de madera de nogal. Era un espacio diseñado por Julian: minimalista, frío, impecable. Un espacio donde mis colores y mi caos nunca habían terminado de encajar.Entré dejando un rastro de agua sobre la alfombra de seda. No me importó.Fui directo a la habitación. El aroma de la colonia de Julian —madera y ámbar— seguía impregnado en las sábanas. Me senté en el borde de la cama y, por primera vez en la noche, el aire se me escapó de los pulmones en un sollozo desgarrador. Me encogí sobre mí misma, abrazando mis rodillas, y lloré hasta que me dolió la cabeza.Lloré por la chica que creyó que el amor era suficiente para llenar los huecos de la ambición. Lloré por la mujer de treinta años que acababa de ser desechada como un mueble viejo. Pero, sobre todo, lloré por la soledad. No tenía







