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Arrepentimiento: Mi Don heredó a su cuñada

Arrepentimiento: Mi Don heredó a su cuñada

By:  Cecilia SeverianoCompleted
Language: Spanish
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En el quinto aniversario de mi matrimonio con Álvaro Rosales, la tragedia llegó sin aviso: su hermano murió de repente y él tuvo que asumir el papel de Don. Pero la familia impuso una condición cruel… debía tener un hijo con mi cuñada Sara Olmeda para preservar el linaje. Me negué. Álvaro también… o eso creí. Aún recuerdo cómo apretó mi mano y prometió: —Elena, jamás voy a aceptar eso. Solo tú puedes ser la matriarca de la familia Rosales… y nuestro hijo será el único heredero. Pero con los días, algo cambió. Él regresaba cada vez más tarde, consumido por responsabilidades del clan y con un perfume que no era mío. Hasta que un video anónimo lo confirmó todo. Allí estaba él, junto a Sara, en una consulta prenatal. Su mano sobre su vientre… con una ternura que alguna vez fue mía. —Sara… gracias por darme al heredero de la familia Rosales —le dijo. Y en ese instante, mi mundo se rompió. Su promesa ya era ceniza. Así que hice lo único que me quedaba… incendié el hogar que una vez fue nuestro y me fui sin mirar atrás. Después de todo, mi padre —el Don de la familia Velasco— llevaba años esperando mi regreso… y había llegado el momento de reclamar lo que siempre fue mío.

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Chapter 1

Capítulo 1

Vi ese video una y otra vez… quizá diez veces, o más.

Cada repetición dolía más.

La forma en que Álvaro miraba el vientre de Sara… tenía más devoción que cuando pronunció sus votos frente a mí, en aquella iglesia, hace cinco años.

La pantalla del celular se apagó, y en ella quedó reflejado un rostro que apenas reconocí.

Frío. Rígido. Vacío.

Y entonces lo acepté…

El hombre que juró no traicionarme ya no existía.

La puerta del dormitorio se abrió.

Álvaro entró, con el cansancio marcado en cada paso. Pero al verme, su expresión cambió al instante, suavizándose como si nada hubiera pasado.

Como si no me estuviera rompiendo en silencio.

—¿Por qué sigues despierta? Te dije que no me esperaras.

Se acercó, como siempre, dispuesto a besarme.

Giré el rostro.

Sus labios rozaron apenas mi sien.

—Me desperté hace un momento —respondí con frialdad, mientras mis ojos se clavaban en el leve rastro de maquillaje en el cuello de su camisa.

Su mano quedó suspendida en el aire… pero la retiró sin decir nada.

—Elena, perdóname. Los mayores me han estado presionando… y te he descuidado.

Antes, habría cedido.

Antes, habría acariciado ese cansancio.

Ahora, el perfume que llevaba —el mismo que usaba Sara— me revolvía el estómago.

—¿De verdad? —lo miré directo a los ojos.

Apartó la mirada un segundo. Solo uno.

—Claro. Todo lo que hago es para proteger a nuestra familia. Tengo que asumir mi lugar como el Don.

Qué excusa tan perfecta.

Tan noble.

¿Protegerme…? ¿De verdad?

—Ve a bañarte.

No quería escucharlo más.

Cuando salió, se inclinó sobre mí y me besó en los labios.

—Elena… te extrañé.

Me empujó contra la cama con una urgencia casi desesperada.

—Solo contigo puedo ser yo mismo… no ese maldito Don.

Por un segundo…

Solo por un segundo…

Casi creí volver a ver al hombre que amé.

Pero entonces, su celular sonó.

Ese tono.

El de ella.

Álvaro se quedó inmóvil.

El deseo desapareció de sus ojos como si nunca hubiera existido.

Miró la pantalla… y todo en él cambió.

—¿Qué ocurre? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Se vistió a toda prisa.

—Hay un problema en el muelle. Tengo que ir.

Qué mentira tan conveniente.

—¿Es grave? —sostuve su mirada.

—Nada que no pueda resolver.

Besó mi frente con prisa.

—Duerme. Y dile a los guardias que vigilen bien.

El calor de su cuerpo aún estaba sobre mí…

Pero su corazón ya había corrido hacia otra mujer.

—Álvaro.

Se detuvo antes de salir.

—¿Qué pasa?

—Las cosas importantes… cuando se pierden… ¿se pueden recuperar?

Se quedó en silencio un segundo.

Luego sonrió, creyendo que hablaba del trabajo.

Me acarició el cabello.

—Deberías confiar en mí.

Y se fue.

Sin mirar atrás.

Observé el auto alejarse… directo a la casa de Sara.

Y sonreí.

Una sonrisa amarga.

Me giré hacia nuestra foto de boda.

Cinco años atrás…

Cuando Álvaro no era más que el hijo ignorado de los Rosales.

Aquel día tomó mi mano y me dijo:

—Si algún día tengo que elegir entre tú y mi familia… destruiré a los Rosales.

Qué promesa tan absurda.

Tan ingenua.

Porque al final…

Me dejó atrás.

Eligió a su familia.

Eligió al heredero que crecía en el vientre de Sara.

Y eso significaba…

Que yo también debía elegir.

Tomé mi celular.

Marqué un número que no usaba desde hacía cinco años.

Mi padre.

El hombre que intentó separarnos… y al que yo abandoné por amor.

Qué ridículo.

Por amor, fui capaz de romper con mi familia, ocultar mi identidad y vivir como una esposa perfecta durante cinco largos años.

Pero ahora… la hija de la familia Velasco había decidido volver a casa.
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