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Capítulo 4

Author: Cecilia Severiano
El día de la ceremonia… la lluvia no dio tregua.

Caía con fuerza, constante… como si el cielo también supiera que todo estaba a punto de terminar.

Bajé las escaleras arrastrando mi maleta, paso a paso, sintiendo cómo cada sonido retumbaba en el vacío de esa casa que ya no era mía.

Me detuve un instante.

Miré por última vez la habitación… nuestro antiguo hogar.

Y supe que, cuando la boda acabara, me iría para siempre.

Al cruzar el vestíbulo, me encontré con Sara.

Ya estaba lista. Maquillada, perfecta… vestida como la novia que siempre quiso ser.

Al verme, con ropa sencilla y una maleta en la mano, frunció el ceño por un segundo… y luego sonrió.

Una sonrisa venenosa.

—Mira nada más… ¿de dónde salió esta perra abandonada? —su voz destilaba burla—. Debe doler, ¿no? Ver cómo tu esposo tiene un hijo… y se casa con otra.

No respondí.

No valía la pena.

Pero ella se plantó frente a mí, bloqueando el paso.

—Álvaro ya decidió todo. Cuando termine la ceremonia, te enviará al extranjero. No me gusta que nadie se interponga en mi camino.

Suspiré, cansada.

La aparté con la mano, dispuesta a seguir caminando.

Pero en ese mismo instante, ella se dejó caer hacia atrás.

Su expresión cambió por completo.

Miedo. Dolor. Lágrimas.

—Elena… ¿por qué me empujaste?

Mi cuerpo se tensó.

Demasiado tarde.

—¡Elena! ¿Qué estás haciendo?

La voz de Álvaro estalló detrás de mí.

Sara se aferró a su vientre, pálida, temblorosa.

—Álvaro… mi vestido… alguien lo rasgó… yo solo vine a preguntar, pero ella…

Cada palabra suya era un golpe calculado.

Álvaro me miró… y en sus ojos no había duda.

Solo decepción.

—No pensé que fueras capaz de algo así —dijo con dureza—. Pídele perdón a Sara.

Lo miré fijamente.

—No toqué ese vestido. Tampoco la empujé. Si no me crees… revisa las cámaras.

Por primera vez, Sara dudó.

Un destello de pánico cruzó su mirada.

Intentó levantarse, pero en el movimiento golpeó mi maleta.

Se abrió.

Y unas tijeras quedaron a la vista.

Silencio.

El rostro de Álvaro se endureció al instante.

—¿Aún vas a negarlo? —su voz era fría—. Me has decepcionado, Elena.

Sara se aferró a su brazo, fingiendo suavidad.

—Déjalo… seguro está dolida por lo de la boda. Yo estoy bien. Hoy es importante… no lleguemos tarde a la ceremonia.

Claro.

No quería que revisaran nada.

Álvaro la miró con admiración.

—Eres demasiado buena…

Luego me miró a mí.

Como si yo fuera basura.

Dudó un segundo…

Y tomó una decisión.

—No hay tiempo. Quítenle el vestido… y pónganselo a Sara.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Qué…?

Pero él ya no me miraba.

Dos guardaespaldas me sujetaron con fuerza antes de que pudiera reaccionar.

—Suéltenme.

Nadie escuchó.

Las sirvientas se acercaron.

Sus manos tiraban de la tela, desabrochando, arrancando…

Delante de todos.

Sin pudor.

Sin respeto.

Sin alma.

Me despojaron del vestido que alguna vez soñé usar… y lo entregaron, intacto, a Sara.

Álvaro lo tomó.

Se lo colocó él mismo.

Con cuidado.

Con ternura.

—Quédate aquí y reflexiona —dijo sin mirarme—. No salgas de la casa hasta que todo termine.

Y se fue.

Con ella.

Con todos.

La puerta se cerró con un golpe seco.

Y el silencio… lo llenó todo.

Me quedé en el suelo.

Con apenas un top delgado cubriéndome.

El frío se filtraba en mis huesos… pero no era nada comparado con lo que sentía por dentro.

No sé cuánto tiempo pasó.

Tal vez minutos. Tal vez años.

Hasta que la puerta se abrió de golpe.

—¡Princesa!

Diego entró corriendo, seguido de varios hombres.

Al verme, sus ojos se humedecieron.

Sin dudarlo, se quitó la chaqueta y me cubrió.

—Llegamos tarde… pero esto no quedará así. La familia Velasco hará que paguen cada cosa.

Respiré hondo.

Me limpié las lágrimas.

Y miré por última vez ese lugar.

Ese falso hogar.

Me quité el anillo.

Lo lancé al suelo.

Sin mirar dónde caía.

—Vamos —dije, con la voz firme—. Quémalo todo.

Sin esperar respuesta, me giré y caminé hacia el auto.

No volví la vista atrás.

Nunca más.

Mientras tanto…

En la antigua mansión, la ceremonia se celebraba con lujo y excesos.

Invitados, música, sonrisas falsas.

Sara… llevaba mi vestido.

Y sonreía como si hubiera ganado el mundo.

Álvaro estaba a su lado, distraído…

Porque en su mente solo había una imagen.

La mía.

La última que vio.

Vacía.

Rota.

Despojada de todo.

Sintió algo.

Un leve arrepentimiento.

Pensó que en el futuro…

Me daría otra boda.

Como si eso pudiera arreglar algo.

De pronto, el murmullo creció entre los invitados.

—Miren…

—Allá…

—El cielo…

Un incendio iluminaba la distancia.

El sur de la ciudad ardía.

Álvaro sintió un nudo en el pecho.

Porque ahí…

Estaba su casa.

Nuestra casa.

En ese instante, el mayordomo irrumpió, pálido, temblando.

—¡Don! ¡Malas noticias! La villa del sur… está en llamas… ¡no se puede controlar!

El mundo se le vino abajo.

Lo agarró del cuello.

—¿Y Elena? —su voz se quebró—. ¿La sacaron?

El mayordomo no pudo sostener su mirada.

—La señora…

Silencio.

—Sigue adentro.

Y, por primera vez…

Álvaro sintió verdadero miedo.
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