ANMELDENEl agua helada me empapaba la ropa a los pocos segundos de salir de la furgoneta, pero el frío era lo último que tenía en la cabeza. Me pegué a la pared de ladrillo del callejón, avanzando con sigilo entre los charcos hasta alcanzar la parte trasera del almacén de licores.
Dante me seguía a tres pasos de distancia, moviéndose como una sombra grotesca y letal. A pesar de la sutura que tiraba de su costado, llevaba la pistola empuñada con una firmeza aterradora. Sus ojos grises escaneaban las esquinas, listos para abatir a cualquiera que asomara la cabeza antes de tiempo.
Llegué a la unidad externa del sistema de ventilación: una caja metálica ruidosa y oxidada que zumbaba pegada a la pared, protegida apenas por una rejilla sencilla.
Sacó de mi bolsillo una palanca pequeña de acero y forcé los cierres de la tapa con un chasquido seco. El ventilador giraba a toda velocidad, succionando el aire húmedo de la calle para meterlo directamente al interior del local.
—¿Segura de que esa m****a no va a volarnos a todos por los aires? —murmuró Dante cerca de mi oído, su aliento cálido contrastando con la lluvia constante.
—No es inflamable, Moretti. Es ácido sulfhídrico con concentrado de amoniaco —dije, destapando las dos botellas con cuidado de no respirar los vapores directos—. Les va a quemar las mucosas, los ojos y los pulmones en menos de veinte segundos. Van a rogar por un trago de aire limpio.
Vertí el contenido de los dos frascos directamente en la toma de aire. El líquido reaccionó al instante, generando una denso humo blanquecino y acre que fue succionado hacia el interior por las aspas del ventilador.
Pasaron cinco segundos de silencio absoluto.
Luego, comenzaron los gritos.
Dentro del almacén se desató el caos. Se escucharon tosidos violentos, arcadas desesperadas y el choque de cajas de madera al caer al suelo. Las luces del interior se encendieron de golpe y los pasos apresurados resonaron contra el piso de hormigón.
—Ahí vienen —susurró Dante, su voz bajando a un tono gutural, casi animal. Se posicionó al lado de la puerta de salida de emergencia de metal verde.
La barra antipánico de la puerta se golpeó con fuerza. La hoja de metal se abrió de par en par y tres hombres salieron tambaleándose a la lluvia, ahogándose, escupiendo y llevándose las manos a los ojos ensangrentados mientras intentaban respirar el aire de la calle.
Dante no les dio la más mínima oportunidad de recuperarse.
Salió de la sombra como una exhalación. Agarró al primero por el cuello de la chaqueta, le estampó la cara contra el marco de hierro de la puerta con un crujido seco de huesos rotos y lo dejó caer como un saco de papas. Al segundo le metió el cañón de la pistola bajo la barbilla antes de que pudiera alzar su subfusil y apretó el gatillo. El disparo sonó ahogado, una detonación sorda que se perdió entre el ruido de la tormenta.
El tercer tipo, aterrorizado y ciego por el gas, intentó amasar su arma torpemente. Me adelanté antes de que pudiera apretar el gatillo a ciegas. Le clavé la palanca de acero en la parte trasera de la rodilla; el hombre se dobló con un chillido y Dante le descargó un bofetón de revés en la sien con la culata del arma, dejándolo inconsciente en el acto.
Tres hombres neutralizados en menos de seis segundos. Una ejecución limpia, brutal y dolorosamente eficiente.
—Nada mal para una chica que trabaja con productos de limpieza —soltó Dante, respirando con cierta dificultad mientras apartaba el cuerpo del suelo con la bota.
—Te dije que no soy una víctima —le respondi, pasando por encima del charco de sangre que empezaba a mezclarse con el agua de lluvia—. Mueve el culo adentro antes de que el humo se disipe.
Cruzamos el umbral hacia el interior del almacén. El aire adentro seguía siendo insoportable, pero el ventilador empezaba a purgar la mezcla. Nos tapamos la boca con pañuelos empapados mientras inspeccionábamos el lugar.
Era un centro de distribución clandestino impecable. Filas de cajas de whisky importado ocultaban lo verdadero: un arsenal militar que habría envidiado cualquier ejército pequeño. En las paredes colgaban fusiles de asalto, pistolas de alto calibre, chalecos antibalas y maletines de munición. Al fondo, aparcado sobre una plataforma limpia, brillaba un sedán negro de alta gama con los cristales blindados y sin placas de matrícula.
—Ese es el coche personal de patrulla de Salvatore —dijo Dante, caminando hacia el vehículo con una sonrisa enferma—. Motor V8, blindaje de nivel cuatro y un maletero espacioso.
—Y en el armero tienen equipamiento pesado —añadí, abriendo uno de los armarios de metal y sacando dos chalecos tácticos ajustables—. Ponte esto. Si la sutura se te abre en mitad de una balacera, no pienso arrastrarte.
Dante se acercó a mí, tomando el chaleco que le ofrecía. Sus dedos rozaron los míos de nuevo, detenidamente. La adrenalina de la pelea aún nos corría por las venas, acelerando los latidos de nuestros pechos. La distancia entre los dos se redujo a cero en medio de la penumbra del almacén, rodeados de armas y gas residual.
—Sabes que esto nos convierte en enemigos públicos de toda la organización, ¿verdad? —murmuró él, bajando la vista hacia mis labios. Tenía las pupilas encendidas por una llama peligrosa.
—Ellos nos convirtieron en enemigos cuando decidieron que éramos prescindibles —respondí, sintiendo una corriente eléctrica recorrer mi columna cuando su mano libre se posó en el lateral de mi cintura, apretando la tela mojada de mi chaqueta—. Ahora vamos a hacerles pagar el precio por sobrestimar su suerte.
Dante se inclinó, rozando su barbilla áspera contra mi mejilla. El olor a pólvora y lluvia que salía de su piel era embriagador, una droga oscura a la que empezaba a engancharme a pesar del peligro.
—Me gusta cuando te pones sanguinaria, Valentina —susurró contra mi piel—. Me hace querer ver hasta dónde eres capaz de llegar.
—Llegaré hasta el final, Moretti —dije, apoyando la mano firmemente en su pecho para mantener la distancia justa—. Pero primero, necesitamos el mapa de las propiedades de Salvatore. Está en la caja fuerte de la oficina.
Antes de que pudiera responder, un chasquido metálico resonó en la parte superior del altillo del almacén. Las luces principales se apagaron de golpe, sumiendo el lugar en una oscuridad total.
Una voz amplificada por un megáfono resonó desde el piso superior, seca y burlona:
—Vaya, vaya... "El Perro" y la limpia-cadáveres jugando a ser fantasmas. Salvatore sabía que vendrían aquí. La trampa no era el ático, muchachos. La trampa era este lugar.
El sonido de múltiples cerrojos eléctricos bloqueando las puertas de salida retumbó por todo el edificio. Estábamos atrapados.
El agua helada me empapaba la ropa a los pocos segundos de salir de la furgoneta, pero el frío era lo último que tenía en la cabeza. Me pegué a la pared de ladrillo del callejón, avanzando con sigilo entre los charcos hasta alcanzar la parte trasera del almacén de licores.Dante me seguía a tres pasos de distancia, moviéndose como una sombra grotesca y letal. A pesar de la sutura que tiraba de su costado, llevaba la pistola empuñada con una firmeza aterradora. Sus ojos grises escaneaban las esquinas, listos para abatir a cualquiera que asomara la cabeza antes de tiempo.Llegué a la unidad externa del sistema de ventilación: una caja metálica ruidosa y oxidada que zumbaba pegada a la pared, protegida apenas por una rejilla sencilla.Sacó de mi bolsillo una palanca pequeña de acero y forcé los cierres de la tapa con un chasquido seco. El ventilador giraba a toda velocidad, succionando el aire húmedo de la calle para meterlo directamente al interior del local.—¿Segura de que esa mierda
El silencio tras la tormenta duró exactamente tres segundos. El tiempo que tardé en asimilar que Dante no solo estaba proponiendo una locura, sino que me estaba arrastrando al centro de una carnicería con la frialdad de quien invita a tomar un café.—Afloja la mano, Moretti —dije, bajando la vista hacia sus dedos que aún presionaban mi muñeca. La piel se me había puesto roja bajo su agarre—. O el siguiente punto te lo doy en la lengua.Dante me sostuvo la mirada un instante más. Sus pupilas estaban dilatadas por la mezcla de adrenalina, dolor y la fiebre que empezaba a encenderle la piel. Me soltó despacio, dejando caer el brazo con una lentitud que buscaba demostrar que él tenía el control de la situación, incluso cuando estaba sangrando sobre el capó de una furgoneta robada.—No tenemos tiempo para hacernos los difíciles, Valentina —soltó él, recogiendo del suelo una camiseta limpia que había sacado de mi maletín de repuesto. Se la pasó por la cabeza con un quejido sordo al estirar
El sonido de la llamada entrante era un martilleo rítmico en la penumbra del taller. El teléfono no dejaba de vibrar sobre la mesa metálica, justo al lado de las tijeras quirúrgicas manchadas de sangre.Miré la pantalla iluminada desde abajo. Número Privado. Solo tres personas en la cúpula de la Camorra tenían acceso a esa línea cifrada: el Don, su consejero directo y el propio Dante.Dante me soltó la muñeca despacio, aunque sus ojos no se apartaron de los míos ni un solo segundo. Extendió la mano, tomó el teléfono y deslizó el dedo por la pantalla. No se lo llevó a la oreja; presionó el botón del altavoz con una serenidad pasmosa que solo aumentaba la peligrosidad del ambiente.El siseo de la estática llenó el espacio antes de que una voz rasposa, envejecida por el tabaco de liarla y el alcohol barato, hablara desde el otro lado.—Moretti. Me dijeron que el trabajo en el ático se complicó.Era la voz de Salvatore "El Tuerto" Varga, el caporegime que gestionaba el territorio del nort
El metal helado de la escalera de incendios vibraba bajo nuestras botas a medida que bajábamos los escalones de tres en tres. Arriba, el impacto amortiguado de los arietes policiales y los gritos de orden de registro retumbaban por el hueco del edificio como un eco distorsionado.Dante me llevaba sujetada de la muñeca con la fuerza de un grillete. No me soltó ni un solo segundo mientras descendíamos en la penumbra. Su respiración era pesada, áspera, y cada vez que sus botas golpeaban el hierro, una gota de su sangre salpicaba el pasamanos.—Si sigues dejando ese rastro en la barandilla, nos van a seguir sin necesidad de perros —le dije entre dientes, intentando zafar mi brazo sin perder el paso.—Cierra la boca y mueve las piernas, limpiadora —gruñó él sin volverse.Llegamos al nivel del callejón trasero. El aire frío de la madrugada me golpeó el rostro, saturado por el olor a humedad, basura acumulada y el humo distante de los tubos de escape. Dos patrullas de la policía local cruzar
Hay dos cosas que la gente jamás comprende sobre la sangre: huele a hierro viejo y tarda exactamente cuatro minutos en volverse pegajosa. Si dejas que pase de ese punto, el trabajo de un limpiador se convierte en un infierno absoluto.Ajusté la mascarilla con filtro de carbono sobre mi nariz, sintiendo el chasquido seco del elástico contra mis orejas. El aire dentro del ático olía a whisky de malta caro, a tabaco holandés consumido y a esa pesadez metálica que siempre precede a un cobro de cuentas mal ejecutado. Miré la escena sin pestañear, calculando mentalmente los litros de reactivos que necesitaría para dejar el piso como un espejo. Un apartamento de tres millones de dólares en la última planta de un edificio del centro, con paredes de concreto pulido, una alfombra persa destrozada en el centro del salón y tres cadáveres distribuidos con una torpeza espacial exasperante.—El del fondo convulsionó antes de caer —murmuré para mí misma, agachándome junto al primer cuerpo con la calm







