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¿Te arrepientes?

Author: DramaQueen
last update publish date: 2026-09-09 22:49:39

Jane se quedó en el umbral el tiempo justo para que el pastel dejara de ser una celebración y se convirtiera en una prueba. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

La sonrisa se le cayó, los ojos se le abrieron y el color le subió a las mejillas con una velocidad que Esmeralda no le había visto ni en la gala. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

—Dios santo. Yo… perdón, perdón, perdón. No debí entrar así.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Dio media vuelta con el pastel todavía en las manos, murmurando algo que sonó a “más ta
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  • Casada con mi rival.   No te apartes mucho, amor.

    Oliver los alcanzó antes de que Jane pudiera cortarles el paso. Avanzaba con esa sonrisa de quien entrega un regalo envuelto en veneno y, a su lado, Victoria cruzaba el patio como si la casa todavía le debiera algo. El verde oscuro le robaba la luz a los faroles; el cabello cobrizo le caía suelto, demasiado estudiado para una visita que pretendía ser casual.Esmeralda no soltó la mano de Jason. El anillo le pesaba de otra manera esa noche, después de la cama y de haber oído a Jane decirle a su hijo que nunca lo había visto tan enamorado. Frente a Victoria, ese peso se le volvió útil.—Feliz cumpleaños, hermano —dijo Oliver, y ni siquiera esperó respuesta—. Traje compañía. Pensé que faltaba color.—Qué generoso —replicó Esmeralda, antes de que Victoria abriera la boca.Oliver rio encantado.—Cuñada, siempre tan cálida.Victoria no le dio tiempo a Jason de colocar distancia. Se adelantó, le pasó los brazos por el cuello y lo abrazó un segundo de más, con la mejilla demasiado cerca de

  • Casada con mi rival.   No puede ser.

    Esmeralda iba en el asiento del copiloto con las manos sobre el bolso, el vestido blanco cayéndole hasta casi el tobillo y la cabeza demasiado llena para inventar una conversación ligera. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Cada vez que giraba el rostro hacia Jason, el traje de la mañana se le deshacía y volvía la otra imagen: él sobre ella, el terciopelo, la toalla en el suelo, la voz ronca pidiéndole que se quedara. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Apartaba la vista hacia la ventana como si el cristal pudiera devolverle la compostura.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Jason conducía en silencio a propósito. La había sentido tensa desde que subió al auto y sabía que, si abría la boca, cualquier frase iba a sonar a “esta noche” o a “nietos”, y ella iba a cerrarse otra vez.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎ Prefería el silencio a empujarla.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎ Aun así, de reojo le alcanzó el perfil, el vestido blanco, el cuello descubierto, y se le apretó algo en el pecho que no tenía nada de estrategia.‏‏‎‎

  • Casada con mi rival.   Ya está en nuestros planes.

    Esmeralda bajó las escaleras ya duchada, con el cabello recogido y el traje ejecutivo puesto como una armadura: blazer oscuro, pantalón impecable, la versión de sí misma que no se había pasado la mañana desnuda bajo un terciopelo. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Quería creer que el semblante le había vuelto, pero el cuerpo seguía teniendo memoria y cada peldaño le devolvía las imágenes en esa habitación.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Jason ya estaba en la sala, de traje oscuro y camisa blanca, el reloj en su sitio, tan compuesto que cualquiera habría dicho que aquella mañana no había ocurrido. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎A Esmeralda se le atravesó, sin permiso, la imagen de él sin nada encima, y se abofeteó mentalmente con tanta fuerza que casi se le notó en la cara.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Jason la vio bajar y por un segundo se le aflojó la compostura. La había dejado arriba con las mejillas encendidas y una almohada en el suelo; ahora bajaba como si el mundo volviera a pertenecerle, y esa c

  • Casada con mi rival.   ¿Te arrepientes?

    Jane se quedó en el umbral el tiempo justo para que el pastel dejara de ser una celebración y se convirtiera en una prueba. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎La sonrisa se le cayó, los ojos se le abrieron y el color le subió a las mejillas con una velocidad que Esmeralda no le había visto ni en la gala. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎—Dios santo. Yo… perdón, perdón, perdón. No debí entrar así.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Dio media vuelta con el pastel todavía en las manos, murmurando algo que sonó a “más tarde” y a “cierro, cierro”, y la puerta se quedó entreabierta un instante antes de cerrarse del todo.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Esmeralda no se movió y Jason tampoco. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Debajo del terciopelo seguían desnudos, agitados, con el cuerpo todavía en ese punto exacto en el que el deseo no se apaga porque una madre abra la puerta.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎El calor le quemaba la cara a Esmeralda de una forma distinta a la de hacía un minuto.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎ Ya no era s

  • Casada con mi rival.   A la m****a todo.

    Esmeralda se apartó un paso, lo bastante para recuperar el aire y no lo bastante para recuperar el juicio.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Jason seguía frente a ella con la toalla enrollada a su cintura, pecho desnudo, la mano todavía a medio camino de su cintura, mirándola como si el beso no hubiera sido un capricho de cumpleaños.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎—Esto no pasó. Vamos a hacer como si no hubiera pasado. Y deja de jugar conmigo, Russel. No soy un entretenimiento de mañana.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Jason solo la miró con esa calma suya que, otra vez, la que la dejaba sin terreno.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Esmeralda giró y caminó hacia la puerta con la intención clara de salir antes de que el cuerpo le ganara la pelea. La mano ya estaba en el pomo cuando algo dentro de ella —estúpido, caliente, honesto— la detuvo.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎ El corazón le golpeaba tan fuerte que por un segundo creyó que él podía oírlo desde su lugar.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎Entonces se volvió.‏‏‎‎‏‏

  • Casada con mi rival.   Lo tomaré por mi cuenta.

    Esmeralda se incorporó tan rápido que el terciopelo le resbaló de las palmas y el salto le dejó el pulso en la garganta.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎ Jason estaba en el umbral del vestidor, con una toalla oscura anudada a la cadera, el torso desnudo todavía marcado por el agua y el cabello goteándole sobre la frente. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎ Por un segundo, Esmeralda olvidó el cumpleaños, el pastel también y hasta la villa. Solo quedó él, demasiado cerca de su propia cama, y ella de pie en medio como si la hubieran cazado en un delito menor.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎ Se quedó congelada, mientras el cerebro le pedía una frase inteligente y le entregó silencio.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎ El agua le bajaba por la clavícula de Jason en una línea que ella no debería haber seguido y, aun así, siguió. El calor le subió al cuello con una puntualidad ofensiva.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎ «Dios. Habla. Parpadea. Haz cualquier cosa que no sea quedarte mirándole el pecho.»‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏

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