Me quedé enganchada a cada tramo de «La amiga estupenda» y esa sensación se me quedó clavada tiempo después de cerrar el libro.
Al leer la historia, lo que más me atrapó fue la brutal honestidad con la que se muestran la cercanía y la competencia entre dos mujeres. No es una celebración edulcorada de la amistad; es un retrato de cómo se construyen y destruyen vínculos en un entorno donde la clase, la educación y las expectativas de género empujan a cada una en direcciones distintas. La narradora no oculta sus envidias ni sus dependencias; al contrario, las revela con la misma nitidez con la que recuerda juegos, peleas y secretos compartidos. Esa mezcla de ternura y rivalidad hace que la amistad sea creíble, viva y, sobre todo, humana.
También me fascinó el modo en que la voz narrativa moldea lo que entendemos por «amistad femenina». Gran parte del poder del libro está en la subjetividad: a través de los recuerdos y de la mirada íntima, se desnudan detalles que otros relatos suelen omitir, como el resentimiento por el talento del otro, la sensación de abandono cuando una sale adelante o la complicidad silenciosa para sobrevivir en un barrio opresivo. Ferrante no ofrece un manual ni un alegato feminista fácil; ofrece escenas palpables —armarios compartidos, peleas en la calle, noches de conspiración— que permiten ver cómo la amistad sirve tanto de refugio como de campo de batalla.
Por último, no creo que «La amiga estupenda» revele la amistad femenina en sentido absoluto o universal, pero sí la expone en toda su complejidad: vínculo formador, espejo dañino, madera donde encender la propia identidad. Salí del libro con la sensación de que la verdadera revelación es la ambivalencia: la amistad puede salvar y arrastrar, acompañar y definir. Me quedo pensando en lo íntimo de esas escenas y en cómo, a través de ellas, entendí mejor mis propias amistades frustradas y celebradas.