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Capítulo 2

Auteur: Mangonel
Cuando salí del baño, Jimena me clavó la mirada ahí abajo, con los ojos encendidos de deseo.

¿Jimena también tenía esas ideas?

En ese momento, el huracán se intensificó, la luz se fue y la habitación quedó a oscuras.

Mi hija gritó de pánico y se lanzó a mis brazos.

Ese cuerpo suave se me pegó al pecho, firmecito y generoso.

Incluso su parte baja me rozaba el abdomen, y un cosquilleo eléctrico me recorrió todo el cuerpo.

¡Es la amiga de mi hija, por Dios! No puedo pensar en esas cosas.

La aparté, saqué el celular y encendí la linterna. Bajo la tenue luz...

¡Miré que Jimena estaba frente a mí! Me miraba con ojos suplicantes y desvalidos.

Había sido ella la que se había lanzado a mis brazos. Me quedé en shock.

Me picaba todo el cuerpo, no podía quedarme quieto.

—Señor, tengo mucho miedo —dijo con voz delicada y temblorosa.

No alcancé a consolarla. Vi a mi hija acurrucada en el sofá, temblando sin parar.

—Váyanse a su cuarto ya, acuéstense, todo va a estar bien —les dije a las dos.

Las escolté hasta su habitación y las dos se metieron bajo las cobijas.

Yo también volví a mi cuarto, pero no podía dejar de pensar en la imagen de Jimena y en aquella suavidad que había sentido hacía un momento.

No podía dormir.

Ya entrada la madrugada, escuché que del baño venían unos sonidos que subían y bajaban.

Se oían demasiado provocadores.

Me acerqué al baño de puntitas.

La puerta estaba entreabierta y se filtraba una luz débil.

Cuando me asomé, ahí estaba Jimena sentada en el inodoro, con las piernas abiertas. Bajo ese camisón, tal como sospechaba, no traía nada abajo.

¡Era una chica de dieciocho años, por Dios! Todo ahí se veía rosadito y tierno.

Y encima tenía mis calzoncillos pegados a la cara, respirando con avidez.

¡Desde ese ángulo lo veía todo!

Estiró una mano, la deslizó despacio hacia su intimidad, se metió los dedos adentro y empezó a moverlos como loca.

Esa escena... casi me vuelvo loco.

¿Esto no era una invitación a pecar?

¿Debía entrar y ayudarla a resolver el asunto?

Cuando estaba debatiéndome, escuché a mi hija desde la recámara.

—¡Jime! ¿Todavía no sales del baño? Regresa, tengo mucho miedo.

Jimena soltó mis calzoncillos a toda prisa y se acomodó la ropa.

—¡Ya! Ahora salgo.

Se puso de pie y caminó hacia la puerta.

Estaba a punto de descubrirme. Me retiré de un salto y regresé a mi cuarto sin hacer ruido.

Me acosté en la cama con el corazón descontrolado.

Jamás imaginé que yo, el viejo Ernesto, a mis cuarenta años, iba a tener a una jovencita de dieciocho oliendo mi ropa interior.

Cuando pensé que por fin mi vida sexual tenía esperanza, sentí una felicidad enorme.

Al día siguiente, apenas clareando, me levanté a preparar el desayuno.

Afuera el huracán seguía soplando, las provisiones en casa ya no alcanzaban y cada comida había que racionarla.

A la hora de comer, Jimena se sentó frente a mí.

De pronto, deslizó un pie por debajo de la mesa y empezó a frotarme la pierna.

Me sobresalté y volteé a ver a mi hija. Estaba concentrada comiendo, sin notar lo que pasaba debajo de la mesa.

Entonces me relajé y me dejé llevar, sintiendo la suavidad de los dedos de Jimena contra mi pierna.

Me hacía cosquillas.

Comía con la cara agachada sobre el plato; apenas asomaba los ojos y me miraba con una sonrisita provocadora.

Yo también le sonreí, algo incómodo.

En ese momento, se le cayó el tenedor al piso y se agachó debajo de la mesa a recogerlo.

Pensé que lo levantaría y ya, así que no le di importancia y seguí comiendo.

Pero de pronto, Jimena me abrazó la pierna y me lamió la pantorrilla con la lengua.

Fue subiendo desde la pantorrilla hasta el muslo, y se quedó en la ingle, dándole vueltas con la lengua sin parar.
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