ログイン—¡Me voy a llevar a mi hermana a casa!Justo cuando Eduardo estaba a punto de decir algo que habría puesto a Leonardo en alerta, este lo interrumpió a tiempo.Eduardo se soltó de un tirón de la mano con la que Leonardo lo sujetaba del cuello de la camisa y, con calma, se negó.—No, Liliana es mi esposa. Ahora que está así, tengo la responsabilidad de hacerme cargo de ella. Buscaré a los mejores psiquiatras para que la traten.Eduardo volvió a mirarlo con indiferencia.—Tú mejor ocúpate de tu madre. Su salud está muy delicada y no soportaría otro golpe. Si ve a su hija en este estado, solo conseguirás que sufra aún más.Lo que decía tenía sentido.Leonardo vaciló.Aunque su madre seguía con vida, apenas se mantenía con un último aliento. El menor sobresalto podía acabar con cualquier esperanza de salvarla.Volvió a mirar a Liliana. Ella había empezado a gritar de nuevo dentro de la habitación. En esas condiciones, no era conveniente que viviera bajo el mismo techo que su madre.—Si toda
Liliana volvió a llevarse las manos a la cabeza y lanzó otro grito de terror.Eduardo se acercó.—No sirve de nada. Llevo medio día intentando hablar con ella, pero no recuerda a nadie. El trauma que sufrió fue demasiado fuerte. Por ahora, será mejor que dejemos de presionarla y esperemos un tiempo para ver si mejora.Leonardo se puso de pie, furioso.—¿Ya encontraron a esos malditos? ¿Dónde están? ¿Por qué se llevaron a mi hermana?—Son unos delincuentes de poca monta, unos matones que andan por las calles. Hace un tiempo emprendí una ofensiva contra las bandas criminales de la zona para acabar con el crimen organizado. Esos sujetos lograron escapar y, llenos de rencor, buscaron la oportunidad de vengarse de mi familia.Cecilia permanecía en un rincón de la sala, sin apartar la mirada de Liliana ni un solo instante.Era difícil imaginar que, en apenas unos días, la hubieran torturado hasta dejarla en semejante estado.Liliana siempre había sido orgullosa y creída. Si no la hubieran to
Cecilia ni siquiera se despidió de la familia Salas. Salió apresuradamente y se dirigió a casa de los Sánchez.De camino, llamó a Leonardo. Apenas él contestó, se adelantó a hablar antes de que ella pudiera decir una palabra.—Cecilia, encontramos a mi hermana. Justo iba a avisarte. Estoy yendo a casa de los Sánchez. ¿Vas a venir?—Sí, voy para allá.—Perfecto. Nos vemos allá.Cecilia llegó a la mansión de los Sánchez antes que Leonardo. Esperó unos cinco o seis minutos frente a la entrada hasta que él llegó, con el rostro muy serio. Ambos entraron apresuradamente y, mientras caminaban, Cecilia le preguntó:—¿Quién te avisó que la habían encontrado?—Eduardo.—¿Te dijo cómo está Liliana? ¿Dónde estuvo todos estos días?Leonardo negó con la cabeza.—No me dijo nada. Solo me pidió que fuera y que habláramos cuando llegara.Cecilia llevaba todo el camino dándole vueltas al asunto. ¿Por qué Don Suárez había dejado la frase a medias? Si Liliana seguía con vida, ¿qué podía haber salido mal?
Todo el tiempo se empeñaba en aparentar ser un hombre íntegro y justo, pero en el fondo no era más que alguien hipócrita e interesado.Mientras escuchaba aquellas palabras tan ridículas y pensaba cómo responder, Cecilia oyó que Diego volvía a hablar.—Mañana lleva a tu prima a ver autos y, de paso, busquen una casa.Cecilia se quedó desconcertada.—¿Para qué vamos a ver autos y casas?Diego la miró de reojo.—Ahora tienes dinero de sobra. Tu prima está a punto de casarse, ¿no crees que deberías prepararle una buena dote? Primero cómprale un buen auto y una casa. Después, cuando hayamos discutido qué más incluir en la lista de regalos, nos pondremos en contacto contigo para que lo compres.Esta vez, Cecilia no pudo contenerse y soltó una risa cargada de ironía.—Abuelo, ¿me estás tomando el pelo? Alicia se va a casar. ¿Desde cuándo me corresponde a mí pagar su dote?Rosalinda intervino con una sonrisa incómoda, intentando suavizar la situación.—Cecilia, no lo veas así. Lo normal es que
La primera en verla fue Rosalinda, quien, a diferencia de las veces anteriores, cuando no perdía oportunidad de lanzarle indirectas y burlarse de ella, se acercó personalmente a recibirla desde lejos, colmándola de halagos.—Pero mira quién volvió. ¡Cecilia, hace tanto que no vienes a casa! ¡Te he extrañado muchísimo!Cecilia mantuvo el rostro inexpresivo y estaba a punto de entrar en la sala principal cuando Rosalinda la tomó del brazo.—Todos están en el comedor. Ya casi vamos a comer. Vamos juntas.Cecilia observó su sonrisa y le preguntó lo que llevaba un rato sin entender.—¿Cómo es que aceptaron que Alicia se casara con Samuel? ¿Ya se les olvidó que él intentó drogarme?Rosalinda agitó la mano con despreocupación.—Ay, Samuel no es malo en el fondo. Lo que pasa es que está demasiado enamorado de Alicia y, por un impulso, se equivocó de camino, pero ya se arrodilló ante nosotros y nos juró que no volvería a cometer un error semejante y que trataría bien a Alicia de ahora en adelan
—Cuídame al perrito un momento. Voy a bajar a recoger algo.Cecilia le entregó a Gloria el perro que llevaba en brazos.Luego tomó el ascensor hasta la planta baja y salió de la empresa. Miró a su alrededor y enseguida divisó a Alicia, que estaba de pie junto a la puerta de un auto, no muy lejos de allí.Cecilia se acercó directamente a ella y, al llegar, le preguntó con indiferencia:—¿Para qué me buscas?—Vine a entregarte esto.Alicia se dio la vuelta, metió el brazo por la ventanilla abierta del auto y sacó una invitación de boda de color rojo intenso. Luego se la tendió a Cecilia.Cecilia la miró con suspicacia, tomó la invitación y la abrió. Al leerla, soltó una risa de incredulidad.—Alicia, ¿hablas en serio? ¿Te vas a casar con Samuel dentro de tres días? ¿Qué crees que es el matrimonio, un juego de niños? ¿Así de fácil es decidir casarse con alguien?—Llevo cuatro años enamorada de Samuel. No me importa que la boda sea dentro de tres días. Si me pidiera que me casara con él ah







