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Capítulo 3

Ariana del Sol
Al salir del salón de bodas, tomé una decisión. Esta vez mi hijo y yo viviríamos bien. No regresé a mi departamento en el centro de Altavista. En cambio fui directamente al aeropuerto.

En el pasado, fue precisamente por quedarme en esta ciudad que ellos me arrinconaron hasta no dejarme salida. En esta vida, tenía que huir lejos, antes de que volvieran a poner sus manos sobre mi hijo. Ellos eran muy despiadados y yo ya no tenía nada que me atara.

Pero subestimé la capacidad de Leo. Cuando descubrió que había desaparecido, congeló mis tarjetas bancarias, rastreó mi teléfono e incluso canceló el vuelo que había reservado con anticipación. Era como un pájaro enjaulado que no tenía a dónde ir.

Al final, solo pude esconderme en una pequeña casa de alquiler en las afueras de la ciudad. La dueña era una anciana; al verme sola y embarazada, le di lástima, así que me cobró solo la mitad del alquiler. Pero sabía que aquella calma no duraría mucho.

Y, tal como imaginé, dos días después, Leo me encontró.

—Renata, ¿qué haces escondida en un lugar como este?

Estaba de pie en la puerta, con una expresión serena en el rostro. Vestido con un traje impecable, desentonaba por completo con aquel viejo edificio en ruinas. Lo miré con indiferencia.

—¿Señor Velasco, para qué buscas?

—¿Por qué hablas así? ¡Todos estábamos preocupados por ti! —y fingió una expresión dolida, como si estuviera triste. —Vine a llevarte a casa. Podemos vivir juntos como una familia.

Mi corazón se estremeció. ¿Una familia…? ¿Será que esta vez, por haber cedido y ser sensata, logré despertar algo de humanidad en ellos? Pero justo cuando vacilé, sus siguientes palabras me dejaron helada.

—En realidad… —una incomodidad cruzó por su rostro— necesitamos que ayudes a Julieta. Encontró una receta antigua, la cual dice que, si se combina con la sangre de un bebé prematuro, puede curar su enfermedad.

Todo mi cuerpo tembló. Los recuerdos de mi vida pasada vinieron a mí inmediatamente, como si me golpearan. La cegadora luz del quirófano, el insoportable olor a desinfectante, los gritos desesperados de los médicos y luego… la oscuridad.

—¡Lárgate! —grité mientras lo empujaba—. ¡Ni se les ocurra tocar a mi hijo!

¿Cómo pude tener aunque fuera un segundo de esperanza en ellos? Que ridícula. Luego Leo frunció el ceño y, me dijo:

—¿Por qué estás actuando como una loca? Solo adelantaríamos el parto y le sacaríamos un poco de sangre. Eso no le hará ningún daño. ¿Por qué eres tan egoísta?

—¿Egoísta?

Solté una risa mientras las lágrimas caían sin control por mi rostro.

—¡Leo! ¡Ese también es tu hijo! ¿Cómo puedes…?

Antes de que terminara de hablar, mis padres salieron corriendo de las escaleras.

—¡Renata! —mi madre se lanzó y se aferró a mis piernas—. ¡Te lo suplico! ¡Salva a Julieta! ¡Eres su hermana!

La aparté con brusquedad.

—¿Su hermana? ¿Y cuándo ustedes me trataron como a una hija?

—¡Tú…! —mi padre se llenó de furia—. ¡Te trajimos de vuelta a casa y te dimos una vida llena de lujos! ¿Cómo puedes ser tan cruel?

—La cruel no soy yo, ¡los crueles son ustedes! —grité con el corazón hecho pedazos.

Ya había cedido una y otra vez. Incluso me escondí para no interferir en su feliz vida familiar. Entonces, ¿por qué seguían acorralándome? ¿Por qué querían la vida de mi hijo?

—Rena… —Julieta subió lentamente por las escaleras—. Perdóname… todo es culpa de esta extraña enfermedad…

Su rostro estaba pálido y, estaba tan delgada como una rama sacudida por el viento, como si pudiera desplomarse en cualquier momento. Al verla así, mis padres corrieron a sostenerla.

—¡No digas eso! —mi madre la abrazó mientras lloraba, pero me fulminó con la mira—. ¡Todo fue culpa nuestra por traer de vuelta a esta desgraciada! ¡Tiene dinero y aun así no le basta! ¡Todavía quiere quitarte lo que es tuyo! ¡Ella te hizo esto! ¡Debería morir en tu lugar!

Una sonrisa llena de burla se dibujó en mis labios. Pues esos eran mis padres biológicos. Me acababan de llamar desgraciada, me despreciaban y maldecían hasta desear mi muerte. Pero, ¿qué había hecho yo para merecerlo? Comparados conmigo, ¿no eran ellos los verdaderos miserables?

—Ya basta, Renata. No hagas más escándalo. —dijo Leo y, me sujetó la mano.
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