ANMELDENJusto cuando Thiago estaba a punto de ponerme el anillo, las puertas del salón se abrieron de golpe.—¡Alto! ¡Esta boda no puede continuar!Era Leo. Entró tambaleándose, con la mano derecha colgando sin fuerza a un lado. Su traje olía a alcohol, como si acabara de salir de un bar, y detrás de él, mis padres también irrumpieron.—¡Hija… mi hija! —mi madre gritó entre sollozos—. ¡Gracias a Dios… estás viva!En ese instante, Leo vio a Mateo, que estaba a mi lado. Fue como si un rayo lo atravesara, ese rostro, esos ojos eran exactamente iguales a los suyos de joven.—Es… —su voz temblaba— ¿es… mi hijo?En estos cinco años, esta era la primera vez que veía a su propio hijo. En mi vida pasada, en aquella clínica corrupta y sin ética, ni siquiera lo miró antes de irse. Solo le importaba llevarle la sangre a Julieta. Por lo que dejó a un bebé tan pequeño e indefenso, morir lentamente en sus primeras horas de vida.—¡Me engañaste! —gritó furioso—. ¡El niño nunca murió!Se lanzó como un
—Todos estos años te he buscado por todo el mundo… —dijo, alterado, avanzando hacia mí como si quisiera abrazarme—. ¡Yo sabía que no habías muerto!Di un paso atrás con frialdad.—Se está equivocando de persona.—Renata, no hagas esto… ¿cómo podría no reconocerte…? —su voz se volvió suplicante—. Te he extrañado tanto…Lo miré con indiferencia.—Sé que me odias… ¡todo fue culpa de esa mentirosa de Julieta! ¡Nos engañó con sus mentiras y nos hizo hacerte daño! —su cuerpo se encorvó, casi como si fuera a arrodillarse, entre la alegría y el dolor—. ¡Renata… el Grupo Velasco ya quebró!Me quedé sorprendida. ¿Quebró? ¿Cómo podía un imperio familiar tan grande colapsar tan rápido?—Pero ahora entiendo, es lo que te debía, el precio por encontrarte —se arrodilló y abrazó mis piernas, llorando desconsoladamente—. ¡Vuelve conmigo! ¡Quiero enmendar todo lo que hice!Fruncí el ceño con rechazo y traté de cerrar la puerta.—Señor Velasco, ya estamos divorciados.—Llámame Leo, como antes.
—Seguridad, hay alguien causando problemas. —dijo mirándola con una frialdad que imponía.Después de que se llevaran a Julieta por la fuerza, miré la comida sobre la mesa y de pronto, perdí el apetito. Para ellos, yo ya estaba muerta; así que no podía volver a tener ningún tipo de relación con ellos. Pues de todo lo que acababa de ocurrir, lo que más me preocupaba no era que mi identidad quedara expuesta, sino Mateo.Pensé en mi hijo. Si Leo lo descubría, seguro intentaría arrebatármelo. ¡No podía permitir que Mateo regresara a ese ambiente tan tóxico! Me quedé en silencio durante mucho tiempo. De pronto, unas manos cálidas tomaron las mías.—Somos una familia. No tengas miedo.Thiago me miró directamente a los ojos y me habló con suavidad:—No voy a dejar que te hagan daño… ni a ti ni a Mateo.Mi corazón tembló.—Tú… ¿ya sabes lo que me pasó?Él sonrió levemente y apretó mi mano.—Después de que te fuiste, te buscaron por todo el país. Casi pusieron la ciudad de Altavista pat
—¿Por qué sigues aquí? —pregunté, sorprendida.—Te estaba esperando para ir por algo de comer.—Puso un fino abrigo de lana sobre mis hombros—. Sabía que otra vez olvidaste cenar.Fue entonces cuando noté que el café sobre mi escritorio ya estaba completamente frío y que a su lado, se había acumulado una enorme pila de documentos ya revisados. Esa noche, me llevó al mejor restaurante de la ciudad.La nieve caía sin parar. Caminábamos hombro a hombro por una calle empedrada. Él sostenía el paraguas sobre mí, mientras la nieve se acumulaba silenciosamente sobre sus hombros.—¿Sabes? —dijo de repente—. Creo que podríamos intentarlo.Me quedé helada. Pero él siguió caminando como si nada, dejando solo una hilera de huellas superficiales sobre la nieve. Después de eso, contrató a la mejor niñera. Y muchas veces acompañaba personalmente a mi hijo, Mateo, a jugar.Aquel hombre impecable y perfeccionista, todo un magnate de élite era capaz de tirarse en la alfombra para jugar y armar bloq
Julieta lloraba desconsoladamente, casi sin poder respirar.—¡De verdad estoy enferma…!Mi madre vio la culpa reflejada en su rostro y en ese instante lo entendió todo.—¡Te tratamos como si fueras nuestra propia hija! ¡Ocupaste el lugar de Renata durante más de veinte años! ¿Y aun así no te bastó? ¿Por qué tuviste que hacerle esto?Julieta entró en pánico.—¡Mamá! ¡No quiero morir…! ¡Solo Renata puede salvarme!—¿Qué clase de remedio necesita la sangre del hijo de tu hermana? ¡Nos manipulaste a propósito para que, en nuestra desesperación, creyéramos cualquier cosa! —dijo mi padre, dando en el clavo.—¡Llévensela! —ordenó Leo con frialdad—. Si dices que estás enferma, y que sin la sangre del bebé morirás en tres días, entonces te encerraremos hasta ver si de verdad mueres.Julieta perdió la fuerza en las piernas.—¡No! ¡Papá, mamá! ¡Soy su Julieta! ¡Ustedes dijeron que a la que más aman es a mí, que yo soy su favorita!—Ya no lo eres… —los ojos de mi padre se llenaron de lág
—Renata… Renata, ella…El primero en reaccionar fue Leo; sus ojos se enrojecieron al momento.—¡Voy a buscar a Renata! ¡Esto no puede ser verdad!—¡Sí, sí! Leo, vamos a buscarla ahora mismo. Esa niña siempre arma su teatrito, vamos a buscarla ahora mismo.Movilizaron todos los recursos posibles para encontrarme. Pero cuando llegaron al almacén abandonado en el que yo había estado, lo único que encontraron fue un charco de sangre en el suelo, el pequeño cadáver de un feto y mi abrigo cubierto de sangre.Leo se quedó paralizado. Negó con la cabeza una y otra vez, temblando.—No… esto no puede ser verdad.Las lágrimas empezaron a correr en silencio por su rostro. El dolor fue tan intenso que se aflojaron sus piernas y se escuchó un golpe seco, era el sonido se rodillas al caer y chocar el suelo. Y luego gateó como un perro hasta alcanzar y abrazar mi abrigo ensangrentado.—¡Leo! —le gritó Julieta.—¿Dónde está mi Renata…? ¿Dónde está mi hijo…?Luego se abalanzó sobre aquel peque







