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DESEOS PROHIBIDOS: LOS DADDIES SABEN MEJOR
DESEOS PROHIBIDOS: LOS DADDIES SABEN MEJOR
Autor: Nancy Grey

CAPÍTULO 1

Autor: Nancy Grey
last update Data de publicação: 2026-09-03 06:22:08

El sueño siempre empezaba igual.

Un hombre entraba en mi habitación. La puerta se abría despacio, con un chirrido. Oía sus pasos en el suelo de madera. Pasos pesados que hacían crujir las tablas. Nunca le veía la cara: siempre quedaba escondida en la sombra, como si la oscuridad lo tapara a propósito. Pero se notaba que era alto y grande. Los hombros anchos, llenando el marco de la puerta. Su cuerpo tapaba la luz suave de la ventana, esa luz de luna que normalmente hacía brillar mi cuarto.

Caminaba hacia mi cama sin decir nada. Ni un sonido, solo aquellos pasos pesados acercándose. El corazón se me disparaba, latía tan fuerte que dolía. Quería moverme, decir algo, pero no podía. El cuerpo no me hacía caso.

Se metía en la cama y el colchón se hundía bajo su peso. Los muelles crujían. Sentía el calor de su cuerpo antes incluso de que me tocara. Llenaba todo el espacio, todo el aire de la habitación.

Sus manos grandes iban a parar a mis muslos. Eran ásperas y calientes, mucho más grandes que las mías. Me los abría, despacio pero con firmeza, separándome las piernas. El contacto me subía por la espalda en un escalofrío. El cuerpo entero se me erizaba y cobraba vida. La piel se me volvía demasiado sensible, como si cada nervio estuviera despierto y esperando. El corazón me martilleaba tan fuerte que lo oía en los oídos: tum-tum-tum.

La respiración se me aceleraba. El pecho subía y bajaba rápido. Quería verle la cara, saber quién era, pero las sombras lo escondían. Solo percibía su tamaño, su forma, la sensación de sus manos en mi piel.

La otra mano subía a mi garganta. Primero sentía la palma, tibia y un poco áspera contra el cuello. Luego los dedos se cerraban alrededor, sujetándome ahí. No lo bastante fuerte como para hacerme daño, no me ahogaba, pero sí lo suficiente para que no pudiera moverme. No pudiera girar la cabeza. No pudiera hablar. Apenas respirar, solo jadeos cortos y rápidos.

La piel me ardía donde me tocaba. Su mano en la garganta me hacía sentir completamente atrapada, completamente suya. El pulso latía contra su palma. Tenía que sentirlo. Tenía que saber lo que me estaba haciendo.

Tenía miedo y ganas al mismo tiempo. El cuerpo entero me temblaba de necesidad. Un calor se iba acumulando entre las piernas, un dolorcillo que casi dolía de verdad.

Sin esperar, sin avisar, se colocó. Sentí primero la presión, cómo empujaba contra mí. El calor de él. Lo grande que era. El cuerpo se me tensó, pero no había a dónde ir. Su mano en la garganta me tenía clavada.

Entonces empujó dentro de un solo golpe duro, llenándome por completo. Estirándome. Fue tan intenso, tan abrumador, que me dejó sin aire. Sentí cada centímetro de él. El dolor y el placer se mezclaban hasta que ya no sabía distinguirlos.

Ahí era donde el sueño siempre se cortaba. Todas las veces. Justo en ese momento perfecto y terrible. Empezaba igual y terminaba igual, justo cuando yo quería más, necesitaba más. Justo cuando el cuerpo me gritaba que quería correrme.

Me desperté con un jadeo, los ojos abiertos de golpe en la oscuridad. El cuarto se veía normal: ningún hombre, ninguna sombra, solo mis muebles iluminados por la farola de la calle. Pero el cuerpo no se sentía normal en absoluto.

Respiraba agitada, el pecho subiendo y bajando como si hubiera estado corriendo. El corazón seguía disparado. Todo el cuerpo me ardía y hormigueaba, como si la piel me quedara estrecha. Tenía sudor en la frente, en el pecho, entre las tetas.

Bajé la mano entre las piernas y me la retiré mojada. Revisé las bragas y estaban empapadas, chorreando del todo. La tela se me pegaba, húmeda e incómoda. El dolor entre los muslos era casi insoportable. Los apreté, buscando un alivio que no llegó. Lo empeoró.

Volví la cabeza para mirar a Rob, mi novio de un año. Dormía a pierna suelta a mi lado, de espaldas como siempre. Su respiración era lenta y regular, de esas que significan que está muy lejos, metido en sus propios sueños. Probablemente soñando con el trabajo o con videojuegos o con cualquier cosa aburrida. Se veía tan tranquilo, la cara relajada, el cuerpo quieto. Como si no tuviera ni una preocupación. Como si no tuviera ni idea de lo que yo sentía justo a su lado.

El espacio entre nosotros se sentía enorme aunque apenas midiera medio metro.

Seguía tan caliente por el sueño. El cuerpo entero me ardía. Lo necesitaba. Necesitaba sentir sus manos en mí, su cuerpo contra el mío. Necesitaba que me quisiera como me quería el hombre de mis sueños.

Alargué la mano despacio y le toqué el hombro. Los dedos apenas le rozaron la piel. Estaba caliente y suave.

Luego me incliné y le besé el cuello, apoyando los labios debajo de la oreja. Besos suaves, pequeños, llenos de esperanza. Lo besé una y otra vez, bajando hacia el hombro. La mano se me deslizó por el pecho, sintiendo cómo respiraba.

Por favor despierta, pensé. Por favor quiéreme. Por favor quítame este dolor.

Se removió un poco. El cuerpo se movió. Soltó un sonido bajo. Luego abrió los ojos, pero apenas. Se veían cansados y molestos, como si lo hubiera sacado de algo importante.

—¿Qué estás haciendo? —murmuró, la voz ronca de sueño. Se le oía la irritación.

—Te quiero —susurré, la mano todavía en su hombro. La voz me salió más pequeña de lo que pretendía, casi suplicando.

Soltó un suspiro pesado, de esos que dicen que lo estás jodiendo. Que estás siendo insoportable.

—Vuelve a dormir —dijo, seco. Ni un ápice de calor en la voz. Ni cariño. Nada.

Pero no me rendí. No podía. La necesidad era demasiado fuerte, el dolor demasiado intenso. Quizá si lo tocaba más, cambiaría de opinión. Quizá solo necesitaba despertarse del todo.

Pasé la mano por su pecho, la palma deslizándose por su piel, bajando. Sintiendo el calor, la suavidad de su vientre, dirigiéndome hacia los calzoncillos.

Pero antes de llegar, me agarró la mano. El agarre era fuerte, casi brusco, los dedos cerrándose alrededor de mi muñeca y deteniéndome.

—Deja de comportarte como una putita —dijo, la voz fría y dura.

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