LOGINC122 — SONRÍEME, VICTORIAEn la oficina de Cristian en APEX, Marcus había desplegado una línea temporal detallada con marcadores y documentos impresos que conectaban, paso a paso, cada eslabón de la pesadilla que los había perseguido durante las últimas semanas.Sergio se cruzó de brazos, observando el tablero con el ceño fruncido.—Una coincidencia es mala suerte, dos ya son sospechas, pero esto... —señaló con el dedo toda la línea de documentos—, esto ya parece una mujer extremadamente ocupada y con muchísimo tiempo libre.—Parece —respondió Cristian con voz neutra, recostado contra el respaldo de su sillón.Sergio lo miró de reojo, conociendo de memoria la furia sorda que su amigo guardaba bajo control.—Y en el mundo corporativo y legal, «parece» no sirve para meter a nadie tras las rejas.Fijar ese objetivo era lo único que importaba: necesitaban pruebas tangibles y, para conseguirlas, iban a tener que jugar el juego más sucio y peligroso de sus vidas.Marcus señaló el último tra
C121 — UNA LÍNEA DIRECTAPara cuando Cristian y Evie cruzaron por fin la puerta del ático en Manhattan pasadas las dos de la tarde, los dos sentían que llevaban una semana entera sin dormir.No tocaron ni un solo papel de trabajo al entrar.Evie se quitó el abrigo pesado, dejó caer la cartera en el sillón y caminó arrastrando los pies hasta sentarse en uno de los taburetes altos de la isla de la cocina, apoyando los codos sobre el mármol y la cabeza entre las manos.Cristian se quitó el saco arrugado, se arremangó la camisa hasta los codos y fue directo hacia el refrigerador de dos puertas, abriéndolo de par en par y quedándose allí parado mirando los estantes en silencio.Evie levantó la cabeza despacio y lo observó desde su silla.—¿Qué haces ahí parado?—Estoy buscando algo en esta cocina que puedas comer sin que te den ganas de vomitar a los cinco minutos —respondió él sin darse la vuelta, apartando un recipiente de vidrio con el ceño fruncido.Evie apoyó la mejilla sobre su palma
C120 — PRUEBAS EN LA MANOAntes de entrar a la sala de espera privada que la dirección del hospital les había habilitado, el cirujano volvió a acercarse a ellos para ponerlos al tanto del avance de Gustavo.—Traigo noticias un poco más alentadoras dentro de la gravedad del cuadro —informó el médico consultando la planilla clínica—. Su padre acaba de superar las primeras dos horas críticas posteriores a la descompresión craneal. La presión arterial se estabilizó sin necesidad de medicación extra, la cirugía respondió bien y, en los últimos controles bajo sedación controlada, registramos reflejos neurológicos compatibles con una recuperación favorable.Evie cerró los ojos un segundo y soltó un suspiro largo que le aflojó la rigidez de los hombros. Sin embargo, apenas sintió ese alivio recorrerle el cuerpo, apretó la mandíbula con fuerza, furiosa consigo misma por seguir gastando lágrimas y angustia en aquel hombre.Cristian, parado justo a su lado, notó de inmediato el gesto duro en la
C119 — DEJARON UN RASTROCristian se apoyó de espaldas contra la pared justo frente a ella, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo.—No intentes sentir una sola cosa, Evie.Ella levantó la cabeza despacio, frunciendo el ceño entre las lágrimas.—¿Me dices que lo resuelva así de fácil?—No. Te lo digo precisamente porque no tiene nada de fácil. Puedes odiarlo por lo que te hizo y, al mismo tiempo, agradecer que no lo hayan matado en un callejón. No tienes que elegir hoy.Evie lo miró un segundo más, dejó el vaso en la silla de al lado y se puso de pie para hundir la cara directamente contra el pecho de su marido. Cristian abrió los brazos y la encerró entre ellos al instante, sosteniéndole todo el peso del cuerpo en medio del pasillo frío del hospital hasta que ella dejó de temblar.Cinco minutos más tarde, los pasos rápidos de dos hombres acercándose por el corredor anunciaron la llegada de Marcus, quien venía acompañado por el detective Hudson, el oficial de la policía local
C118 — TE VENDISTE POR CUATRO MONEDASEl sedán negro se detuvo de un frenazo frente a las puertas corredizas de urgencias del Centro Médico Regional.El silencio que había reinado dentro del vehículo desde la última llamada de Marcus se rompió en cuanto Cristian abrió la puerta y pisó el asfalto.Las tres horas de carretera sin dormir le habían dejado a Cristian cero paciencia y la mirada clavada en la entrada del hospital, como si fuera a derribar las paredes a patadas. A su lado, Evie bajó del vehículo con el rostro pálido, sintiendo el peso del agotamiento físico, el revuelo silencioso de su embarazo reciente y una saturación emocional que le hacía temblar las piernas bajo el abrigo.Marcus todavía no había llegado; había salido de Manhattan una hora después que ellos tras dejar aseguradas las órdenes judiciales con su equipo informático, por lo que tuvieron que atravesar solos el pasillo blanco con olor a antiséptico hasta el sector restringido de terapia intensiva.Un agente de l
C117 — NO FUE UN ASALTO—Sí, sigue vivo —respondió el abogado, dándoles apenas un segundo para respirar antes de dejar caer el resto de la realidad—. Pero su estado es crítico, Cristian. Acaban de meterlo a quirófano de urgencia porque tiene una hemorragia que no pueden controlar.No esperaron ni un minuto más.A las cuatro y cuarto de la madrugada, con el cielo todavía cerrado en una oscuridad negra, Cristian ya había organizado la salida inmediata en su sedán principal con el chofer de confianza al volante.No había atajos mágicos ni forma de acortar los kilómetros; tenían por delante un par de horas largas de carretera atravesando Nueva Jersey y el límite estatal a toda velocidad.En el vestidor del ático, mientras Evie se cambiaba rápidamente la blusa por un suéter abrigado de cuello alto, Cristian entró abrochándose su camisa oscura.Al verle la cara pálida en el espejo y recordar que llevaba a su hijo de apenas unas semanas en el vientre, el instinto de cuidarla le ganó por medi







