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CAPÍTULO 106 – PIEZAS EN MOVIMIENTO - 2

작가: Joe Paz
last update 게시일: 2026-10-06 03:39:06

El acuerdo por el estadio había dado un giro decisivo. El concejal firmó la autorización provisional para la cesión del uso operativo y el banco local, finalmente, accedió a renegociar la deuda estructural bajo la garantía de Vittoria Group S.A.S. Todo se estaba alineando… pero faltaba una pieza: Peter Lockridge, el aún propietario técnico del Kingsport Athletic, el hombre que durante años había sostenido el escudo entre préstamos, excusas y malas decisiones.

A las 16:00 en punto, Peter llegó a
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  • DUEÑOS DEL JUEGO   CAPÍTULO 106 – PIEZAS EN MOVIMIENTO - 2

    El acuerdo por el estadio había dado un giro decisivo. El concejal firmó la autorización provisional para la cesión del uso operativo y el banco local, finalmente, accedió a renegociar la deuda estructural bajo la garantía de Vittoria Group S.A.S. Todo se estaba alineando… pero faltaba una pieza: Peter Lockridge, el aún propietario técnico del Kingsport Athletic, el hombre que durante años había sostenido el escudo entre préstamos, excusas y malas decisiones.A las 16:00 en punto, Peter llegó al estadio. Iba solo, sin abogados, con un abrigo largo de lana y una carpeta que ya parecía pesarle más que los hombros. Isabella y Leo lo esperaban en la sala de reuniones, junto a uno de los abogados del grupo. Ninguna prensa, ninguna ceremonia.—Señor Lockridge —saludó Isabella, cordial pero firme.—Señorita Marchetti. Señor Moretti —respondió él, con voz algo más baja de lo habitual—. Me disculpo por la demora. Necesitaba... tiempo para asumir.Leo no lo juzgó. No aún.—¿Trajo el documento f

  • DUEÑOS DEL JUEGO   CAPÍTULO 105 – PIEZAS EN MOVIMIENTO

    Londres amaneció envuelta en una neblina baja, casi melancólica. El cielo no prometía nada nuevo, pero Leo Moretti sí.Se había levantado temprano, con la carpeta de la propuesta definitiva ya corregida, y una reunión marcada para media mañana. No con Lockridge, ni con Doménico, ni con algún abogado más. Esta vez, quien llegaba era Isabella.La esperaba en el café de un hotel discreto, frente al río. La música era tenue, el ambiente sobrio. Había pedido un espresso que se había enfriado sin tocarlo cuando la vio cruzar la puerta.Venía sola, sin guardaespaldas ni asistentes, enfundada en un abrigo gris claro, el cabello recogido con precisión y la mirada limpia. Se sentó frente a él como si no hubiera océanos familiares entre ambos.—Ciao, Leo —saludó, sin rodeos ni tonos maternales.—Llegaste puntual. No sé si sorprenderme o agradecerlo —bromeó él.—Soy vicepresidenta, no hada madrina —contestó con una leve sonrisa.Leo le acercó la carpeta con los documentos que había preparado. Isa

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    Hotel – AtardecerEsa noche, de vuelta en el hotel, Leo se sentó frente a la ventana mientras las luces de Londres parpadeaban al otro lado del cristal. Camila le había escrito más temprano: “Tu hijo pateó fuerte hoy. Parece que ya quiere ir contigo.”Él sonrió y respondió simplemente: “Estoy construyendo algo para él. Para los tres.”Abrió su portátil y comenzó a redactar la propuesta formal para Lockridge. Tres fases, cláusulas de rescisión, y una nota final donde decía, sin adornos: “Cualquier intento de interferir o dilatar el proceso activará el respaldo legal completo del equipo de asesoría.”Luego marcó a Isabella. Contestó al instante.—¿Y bien?—Le di donde duele —respondió Leo—. Va a aceptar. Porque no tiene a dónde más mirar.—Bien hecho. ¿Te sientes mejor?—Me siento distinto. Como si, por primera vez, estuviera empujando algo que realmente es mío.—Lo es —dijo ella, y por primera vez su voz sonó más suave que aguda—. Lo será.Cortaron.Leo cerró el portátil, se recostó co

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    Leo repasaba cada línea. Había visto balances de clubes complicados en Vittoria, pero esto era otra cosa: aquí el problema no era sólo deportivo o financiero. Era estructural. El Kingsport, más que un club, era un paciente terminal sostenido por la memoria del barrio.—¿Cuánto está pidiendo? —preguntó Leo.Lockridge dudó un segundo, luego soltó la cifra.—Cuatro millones de libras. Por la totalidad del club, instalaciones y ficha federativa.Leo lo miró sin disimular la incredulidad.—Está pidiendo más por un club quebrado que lo que vale una escuadra de mitad de tabla en segunda —dijo con frialdad.—La ficha tiene valor. Y esto es Londres. El terreno donde está el estadio es cotizado. Si usted no compra, vendrán constructores —respondió Lockridge, apretando las manos entre sí.Leo cerró el cuaderno con cuidado. Sabía que esto era parte de la negociación: inflar, presionar, tantear la desesperación del otro.—¿De quién es el club, en realidad? —preguntó de pronto.Peter parpadeó.—Soy

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    El tren Eurostar se detuvo con un ligero chirrido en St Pancras a las 8:42. Leo Moretti bajó al andén con la mochila al hombro; llevaba apenas un portatrajes y un cuaderno de tapas negras. Había dejado Milán con la sensación de que, por primera vez, viajaba sin escolta emocional: ni Luca, ni Adriano, ni el apellido a modo de salvavidas.Frente a la escalera mecánica lo esperaba un hombre de cabello gris peinado hacia atrás, impecable en un abrigo azul marino. Levantó la mano en un saludo sobrio.—Doménico Mancini —se presentó, aunque los dos ya sabían quién era quién—. Bienvenido a Londres.El gerente de Moretti Enterprise en la capital británica tendía un puente, no cadenas. Así lo había explicado Isabella en la última llamada: “Doménico te abrirá la puerta, pero caminarás solo. Esa es la condición”.Camino al surSubieron a un Volvo gris oscuro. La radio emitía noticias sobre la primera nevada en el norte; a Leo le recordó los inviernos en Lombardía. Observó la ciudad a través de la

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    Trattoria Da Michelina, Navigli – 21:05Las luces amarillas de los faroles se reflejaban en el canal cuando Luca aparcó junto al puente de hierro. El toldo burdeos de Da Michelina seguía igual que hace años, ahora con una terraza cubierta de plástico transparente que dejaba pasar el murmullo del agua.Isabella ya lo esperaba dentro, en una mesa pegada a la pared de ladrillo. Había dejado el blazer y lucía un suéter de lana fina; el pelo suelto le caía sobre los hombros. Cuando él llegó, levantó dos copas vacías y sonrió con naturalidad.—Temía que el papeleo te secuestrara —bromeó.—El papeleo siempre secuestra, pero esta vez escapé a tiempo —respondió Luca, colgando el abrigo.Un camarero veterano apareció sin preguntar y llenó las copas con un Chianti joven. El aroma de salsa de tomate y albahaca flotaba en la sala pequeña, entre estanterías de vino y fotografías en blanco y negro.—Por tu nuevo cargo —brindó él.—Por el primer triunfo y por lo que viene —corrigió ella, chocando sua

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