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Capítulo 4

Author: Ríoocaso
A la mañana siguiente terminé de entregar mis tareas en la estación de trabajo.

Al regresar a casa, me encontré con Beatriz y Ramón. Sobre la mesa destacaban dos actas de matrimonio. Beatriz estaba recostada sobre su hombro.

—Ramón, ¿no estoy siendo muy egoísta? Si no fuera por el bebé, nunca nos habríamos casado legalmente...

—Después de todo, Aurora es tu verdadera esposa...

Ramón la atrajo hacia su pecho.

—Entonces tendremos que ser mucho más amables con ella de ahora en adelante.

Entré apretando los puños. Al verme, ellos se separaron de inmediato. Beatriz se puso de pie y se apresuró a dar explicaciones.

—Aurora, no lo malinterpretes, yo...

No le presté atención. Me dirigí directamente a la habitación por mi equipaje.

Beatriz entró detrás de mí, me sujetó la mano y volvió a llorar.

—Aurora, ¿a dónde vas? Me voy yo, no hagas esto...

Me zafé de su agarre y arrastré la maleta hacia la salida. Pero ella me persiguió y se puso delante para bloquearme el paso.

—Aurora, deseo tu felicidad más que nadie, pero no puedo soltar a Ramón. Lo siento, dame un poco de tiempo...

Ella se había acostado a mis espaldas con el hombre que iba a ser mi esposo y había quedado embarazada, y ahora me pedía que le diera tiempo.

Me reí de la rabia hasta que se me salieron las lágrimas.

—Quítate.

Pero ella seguía insistiendo, hasta que terminamos forcejeando cerca de la escalera.

—Aurora, tú...

Ya no aguanté más y la aparté con todas mis fuerzas.

—¡Lárgate! ¡No quiero escucharte!

Beatriz perdió el equilibrio sobre el escalón y cayó hacia atrás. Rodó escaleras abajo, y pronto la sangre empezó a extenderse debajo de su cuerpo.

Ramón corrió en un instante y me empujó con furia, dejándome desorientada.

—¿Estás loca?

Me gritó, luego la alzó en brazos y salió corriendo hacia afuera.

Caí sentada en el suelo por el empujón; el dolor me nubló la vista.

El bebé de Beatriz se había perdido. Ella lloraba desgarradoramente en el hospital, rodeada por toda la familia que intentaba consolarla.

Apenas entré a la habitación, mi madre me propinó una bofetada fuerte en la cara.

—¿Cómo pude dar a luz a una hija tan malvada?

Ramón sostenía a Beatriz entre sus brazos y me clavó una mirada fría.

—Aurora, me has decepcionado muchísimo. ¿No eres capaz de tolerar ni siquiera a un bebé?

La madre de Ramón también me recriminó: —Bea ya había prometido divorciarse, ¿qué más querías? Ese era mi nieto...

Iba a decir que yo no la había empujado, pero Beatriz respondió por mí antes de que abriera la boca.

—No culpen a Aurora, fue que yo perdí el equilibrio por mi cuenta...

Ramón le tomó la mano para consolarla. —Bea, no sigas defendiéndola. ¿No has hecho suficiente por ella todos estos años?

Sus ojos solo reflejaban compasión y parcialidad. En cambio, cuando mi madre me dio la bofetada, él no hizo absolutamente nada.

Mi madre me clavó una mirada feroz: —Pídele perdón a Bea ahora mismo.

—Mamá, realmente lo malentienden. Aurora no me empujó. —insistió Beatriz.

Pero cuánto más ella lo negaba, más convencidos estaban todos de que yo era la culpable. Porque nunca me creerían a mí.

Levanté la mirada y hablé con cada palabra marcada: —¿Por qué tendría que pedir perdón?

Mi madre se quedó sorprendida, y se lanzó hacia mí para golpearme de nuevo.

Contuve las lágrimas con todas mis fuerzas y le respondí por primera vez, con los ojos ardiendo:

—Te lo repito: yo no empujé a Beatriz. Yo soy tu hija de sangre, ¿por qué no me crees?

—Tú...

El rostro de mi madre se puso rojo de la rabia. Me señaló con los dedos temblorosos y perdió el conocimiento de repente.

Todo el cuarto reinó el caos. Mi madre fue trasladada a urgencias.

Mi padrastro no aguantó más y me reprochó: —Aurora… ¿tienes que meter a toda la familia en problemas? Tu madre cayó enferma por tu culpa.

La puerta de la habitación no estaba cerrada. Varias personas que pasaban asomaban la cabeza y cuchicheaban entre sí.

Alcancé a escuchar que me llamaban hija desagradecida, que decían que me merecía no tener amor de nadie.

Todas esas miradas de rechazo me dolían como puñales.

Apreté los puños hasta que el dolor me quitó la voz.

Ramón, con la mirada cansada, no hizo más que culparme: —Aurora, no debes contradecir a los mayores. Tú no eras así antes…

Es verdad. Antes yo era silenciosa como una estatua.

No replicaba, no me atrevía a molestar a nadie, solo me quedaba quieta recibiendo los reproches. Pero ya no quería callarme más.

Me di la vuelta, me abrí paso entre la gente y salí. Escuché algunos gritos detrás de mí, pero no miré atrás.

Paré un taxi y me dirigí directo al aeropuerto.

Mi compañero de la asignación en el extranjero me mandó un mensaje: "Aurora, el vuelo sale en una hora, no llegues tarde".

Me sequé las lágrimas y le contesté: "Está bien". Después activé el modo avión y no volví a tocar el celular.

Cuando el avión aterrizó, encendí el equipo y las llamadas y mensajes empezaron a llover sin parar.

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