LOGINNathan
—Pasa —dije, sin molestarme en levantar la mirada de mis documentos.
Mantuve la voz fría, con ese toque de desprecio que solía usar. Quería que sintiera el peso de su error desde el primer segundo.
—Las condiciones siguen siendo las mismas, Claire. Le pides disculpas a Isabella y tal vez, solo tal vez, hablemos de tu regreso...
—¿Nathan?
Esa no era su voz. Era demasiado empalagosa.
Levanté la mirada. Isabella estaba parada ahí con una taza humeante. La dejó en la esquina de mi escritorio con esa sonrisa de mosquita muerta que me estaba empezando a hartar.
—Te ves tenso, mi amor. Te preparé un café. Como a ti te gusta —se paró detrás de mi silla y empezó a masajearme los hombros—. Estás hecho un nudo. Relájate.
No respondí. Le di un sorbo al dichoso café. Una completa porquería. Estaba ácido y tenía un retrogusto horrible, como a perfume barato. Seguro era una de esas marcas de lujo carísimas que ella solía comprar. El café de Claire siempre era negro, cargado, perfecto; este sabía a aromatizante de baño.
Dejé la taza en la mesa. Solo había una palabra para describirlo: imbebible.
—¡Nathan! ¡Isabella! ¡Ya llegó! —gritó Ben desde el comedor.
Isabella recuperó su sonrisa ensayada.
—¿Vamos?La mesa del comedor estaba repleta de cajas de pizza de cartón barato. Un olor nauseabundo a grasa vieja y ajo en polvo me golpeó la nariz. Ben saltaba en su silla, listo para tragarse la mitad del pedido.
Normalmente, con Claire, esperábamos a que todos estuvieran sentados. Pero a Isabella no le importó un carajo, solo le hizo una seña con la mano. —¡Adelante, campeón, sírvete!Ben no esperó. Le dio un enorme morderisco a una rebanada con la orilla rellena de queso. Medio segundo después, la cara se le deformó. Escupió todo en el plato, con un hilo de queso de plástico colgándole del labio.
—¡Guácala! ¡Esto sabe asqueroso! ¡Sabe a cartón!—¡Benjamin! —le grité por puro reflejo.
El niño dio un brinco en su silla y el labio le empezó a temblar.
—¡Pero es la verdad! ¡Es una porquería!Isabella se puso pálida.
—Ben, mi cielo... si es del mejor restaurante italiano de...—¡Es falso! —chilló, perdiendo por completo los estribos.
En un arranque de furia, aventó la rebanada de pizza. Se estrelló contra la vitrina de la vajilla con un sonido seco antes de resbalar y quedar tirada en el suelo.
La sangre me hirvió en las venas.
—¡YA BASTA!Fue el peor error que pude cometer. Ben विस्फोटó en una crisis de histeria total. El tipo de berrinche que normalmente me daba ganas de salir corriendo al otro lado de la ciudad. Claire siempre controlaba esto en dos minutos; tenía sus trucos, usaba una voz calmada, sabía exactamente cómo desactivar la bomba.
Yo, en cambio, no tenía nada. Solo ese maldito ruido insoportable que me perforaba los tímpanos.
Agarré un pan de ajo para poner el ejemplo y le di un mordisco. Estaba frío por dentro, masudo y apestaba a ajo químico. Estuve a punto de escupirlo, se me revolvió el estómago, pero me obligué a tragar. Una maldita tortura.
Ben, al verme comer, guardó un poco de silencio. Agarró una alita de pollo, esperanzado.
—¡ESTO ES BASURA!La alita de pollo terminó en el piso junto a la pizza.
—¡Está toda aguada! ¡Lo odio!And los gritos empezaron otra vez, peor que antes.
Fue la gota que derramó el vaso. Empujé mi silla con brusquedad.
—A tu cuarto. Ahora mismo. Te quedas sin cenar. Si te vas a comportar como un salvaje, te vas a quedar con hambre.—¡TENGO HAMBRE! —berreó, con los mocos escurriendo y la cara empapada en lágrimas—. ¡Pero esto es VENENO!
Dio media vuelta y subió las escaleras corriendo mientras gritaba como loco.
Isabella me miró, ofendida.
—No entiendo... siempre pedimos de este lugar en los sets de grabación...No tenía las malditas fuerzas para explicarle que un equipo de filmación muerto de hambre se tragaría cualquier porquería a las dos de la mañana, pero que un niño de seis años —y yo— teníamos estándares muy diferentes. Regresar a mi casa se suponía que significaba comodidad, no comida chatarra fría.
—Voy a ir a verlo —solté, con un sabor a ceniza en la boca.
—Voy contigo...
—No.
En el segundo piso, los sollozos de Ben se escuchaban a través de la puerta. Entré. Estaba hecho bolita sobre la alfombra persa que valía lo mismo que un auto de lujo.
—Deja de hacer tu numerito —le ordené.Mi voz era un témpano de hielo.
—La semana pasada te tragaste la comida del avión sin quejarte.—¡Eso es para los viajes! —chilló, mirándome como si yo fuera un idiota—. ¡En la casa la comida tiene que saber BIEN!
Me pellizqué el puente de la nariz. Ya sentía venir la migraña. Entendía perfectamente cómo se sentía, y eso me ponía de peor humor. Claire hacía que todo ese bienestar fuera invisible; todo funcionaba tan perfecto que creíamos que se hacía solo. Ahora que no estaba, todo se estaba cayendo a pedazos.
Pero mi orgullo no me dejaba admitirlo.
—Suficiente —sentencié con mi voz de jefe—. O te callas ya, o te quedas encerrado bajo llave. Tú decides.Salí del cuarto azotando la puerta. Sus sollozos seguían persiguiéndome por el pasillo. Una verdadera tortura.
De regreso en mi oficina, el silencio fue peor. El café asqueroso ya se había enfriado y el olor a grasa flotaba en todo el lugar.
Agarré mi teléfono. Sentía que estaba haciendo una estupidez, algo de débiles. Normalmente, yo soy al que le ruegan.
Ella contestó al segundo tono. Ni una pizca de duda.
—Si ya estás lista para ser razonable... —empecé, tratando de sonar seguro de mí mismo.Pero su voz me congeló la sangre.
—Nathan. ¿Me estás llamando para el divorcio? Si quieres, le puedo mandar los datos de mi abogado a tu secretaria.La maldita audacia de esta mujer... Sentí que la ira me cegaba.
—No seas ridícula —solté con una risa burlona—. Cada joya, cada maldito bolso que tienes en ese clóset lo pagué yo. Te vas a largar con lo que traes puesto, Claire. Con nada más —me recliné en mi silla, recuperando el control—. Métetelo en la cabeza: no vas a sobrevivir sin mí. No tienes nada. No eres nadie sin mi dinero.Hubo un silencio. Un breve instante. Y luego ella respondió con una calma que me desquició por completo.
—Mi supervivencia ya no es tu problema, Nathan. Si no es para hablar del divorcio, no vuelvas a llamar. No me gustaría que Isabella se haga falsas ilusiones.Click.
Me colgó en la cara. Claire me había colgado en la maldita cara.
Un rugido de furia me nació del pecho. Aventé el teléfono con todas mis fuerzas al otro lado de la habitación. Se estrelló contra la pata de la biblioteca, destrozándose por completo. La pantalla quedó hecha trizas.
Muy bien. Que lo intente. Que vea lo que es la vida real sin mis millones.
Va a regresar arrastrándose.
Es solo cuestión de tiempo.
ClaireEn la penumbra del coche, veía el perfil de Carter: tenso, con la mandíbula apretada. Sus ojos se cruzaron con los míos una fracción de segundo antes de fijarse de nuevo en los sujetos que nos perseguían.—Suban.Una orden. Sin pensarlo, arranqué la puerta y me tiré dentro, arrastrando a Leo conmigo. En el momento en que cerré la puerta de un golpe, una maza se estrelló contra el cristal, justo donde un segundo antes estaba mi cabeza. El vidrio blindado resistió con un "poc" sordo y asqueroso.Luego, el mundo exterior se convirtió en un torbellino. Carter pisó el acelerador y las siluetas de los hombres se hicieron pequeñas en el retrovisor hasta desaparecer.El silencio dentro del coche era ensordecedor, solo roto por la respiración agitada de Leo y los latidos de mi propio corazón, que amenazaba con estallar. El olor a cuero y el perfume discreto de Carter reemplazaron el hedor acre de la gasolina. Sentirme a salvo era extraño; casi me provocaba vértigo.Apreté a Leo aún más
ClaireA la mañana siguiente, tras la firma en Goldcrest, por fin pude respirar. Una batalla ganada. Ahora, camino a casa de Monica Reed para ocuparme de las cosas agradables.En el taxi, Leo era pura electricidad.—Mamá, ¿crees que le voy a caer bien a la señora Reed?Le acaricié el cabello con el corazón ligero.—¿Cómo podría no quererte? Llevas alegría a dondequiera que vas.Él era mi ancla. Todo sonrisas, sacó del bolsillo una rosa hecha de plastilina, algo aplastada pero muy roja.—La hice para ella. Para saludarla.Mi sonrisa era tan grande que casi me dolía.—Es perfecta, cariño. Le va a encantar.Ese momento de dulzura se hizo añicos.Una sacudida violenta. El taxi se desvió bruscamente. No me dio tiempo ni a pensar; mi cuerpo reaccionó por instinto. Me lancé sobre Leo para protegerlo justo antes de que saliéramos despedidos hacia adelante.Un chirrido de chapa contra chapa. Silencio.Mi corazón martilleaba en mi pecho. Estoy bien. Solo es un choque. Me incorporé, temblando.—
CarterClaire estaba en el umbral, con un dosier en la mano. Su sonrisa profesional se congeló al escanear la habitación.Sus ojos se posaron primero en Caspian, que estaba casi desplomado sobre mi escritorio, demasiado cerca. Caspian lucía esa sonrisa conspiradora que contrastaba con mi propia postura, rígida como una sentencia. El aire aún vibraba tras nuestra discusión; ella acababa de irrumpir en medio de la tormenta.Sus ojos se abrieron de par en par. Vi cómo sus pensamientos se atropellaban en su rostro: la proximidad, la sonrisa de Caspian, mi mirada intensa...Y entonces, el clic. La incomodidad. Oh.Mi reputación de tipo que no se interesa por las mujeres, el encanto de Caspian... Podía ver casi cómo se formaba el cuadro en su cabeza: una imagen completamente falsa, pero muy dramática.—¿Interrumpo algo?Su voz era neutra, forzada. Todo su cuerpo decía "estoy lista para salir huyendo".Antes de que pudiera decir nada, Caspian se movió. Se deslizó del escritorio y se giró hac
CarterSus palabras fueron simples, directas: No importa si te quiere o no. Ya eres el mejor.Algo se movió en mi pecho. Como una grieta en el hielo. Durante un segundo, ese viejo rencor que arrastro cada vez que pienso en esa casa, en ese hombre, se quedó callado. Me sentí… comprendido. No como el heredero, no como el rival, no como la decepción. Solo como un tipo que había sobrevivido.Fue desestabilizador. Parpadeé. Cuando miré a Claire, la luz cruda de la oficina iluminaba su determinación de otra forma.—Cierra el contrato con el departamento legal —me oí decir. Mi voz no era una orden; era… una invitación a colaborar—. Acompáñame mañana.Ella se tensó de inmediato. El modo profesional tomó el mando.—Eso no entra en mis competencias.Ella era diseñadora. Yo le estaba pidiendo que saltara a un campo de minas.—Considérelo una misión temporal —sentencié.La necesitaba. No solo por su instinto frente a mi familia; su presencia cambiaba las reglas del juego. De una forma que todavía
Diane se quedó lívida. Agarró el brazo de Mason, cortándole de raíz cualquier intento de protesta.—Sí. Sí, por supuesto. Mason debe concentrarse en sus estudios. Queremos que triunfe, como su hermano.Mason soltó una carcajada burlona.—¿Quién quiere ser un pingüino de traje como él?Diane le pellizcó el brazo con fuerza. Él dio un chillido y se calló, quedándose en un rincón con un mohín de rabia.—¿Eso es todo? —susurró Claire, como si hablara para sí misma.Esperaba una pelea real, pero aquel pequeño tirón de orejas le parecía casi un insulto. Dejó que una pizca de preocupación, bien calculada, se filtrara en su voz:—Pero… ¿y la policía? Ya hemos presentado la denuncia.Giró sus grandes ojos hacia Carter.—Carter, ¿van a… van a detener a Mason? ¿Por lo que seguramente no fue más que un terrible accidente?Parpadeó, fingiendo ingenuidad. El mensaje era claro: vamos, sigue mi juego.Sus ojos chispeaban con una picardía que él no le conocía. Sus dedos se habían crispado sobre la man
Diane estaba sentada, rígida como un palo en el sofá de terciopelo, completamente aturdida. El plan no debía haber salido así. Robert tenía que haber enterrado el asunto, Carter tenía que haber perdido los estribos y salido dando un portazo, rompiendo toda relación definitivamente. En su rabia, Carter habría arremetido contra el restaurante que Robert financió, y Robert, ofendido por la pérdida de dinero y la supuesta "traición" de su hijo, no habría tenido más remedio que desheredar a Carter en favor de Mason.El envenenamiento no era el objetivo final; era solo el primer peón para provocar una reacción en cadena.Y ahora, aquella… aquella intrusa, con su teatro y sus lágrimas, acababa de arruinarlo todo. Un odio puro y visceral hacia Claire cristalizó en el corazón de Diane.—¿Papá? ¿Me has hecho llamar?Mason Thorne entró en el salón con las manos en los bolsillos. Llevaba una chaqueta de cuero desgastado, vaqueros de diseño y tres diamantes brillantes en la oreja. No se parecía en
ClaireSeguí al mesero entre las mesas, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no trastabillar. Mi mente era un completo caos. Iba repasando las preguntas típicas en mi cabeza: ¿Por qué usted? ¿Cuáles son sus fortalezas?... Sentía que estaba a punto de presentar un examen final sin haber abierto un
ClaireQué pedazo de idiota.Aventé el teléfono sobre la barra de la cocina y el silencio regresó de golpe. Un silencio pesado, de esos que se te pegan al cuerpo.Me quedé ahí parada en la oscuridad de la cocina, dándole vueltas a sus estúpidas amenazas sobre mi supervivencia. Me daba asco. Me arra
NathanHabía algo que no cuadraba en cuanto crucé la puerta.Me quedé un segundo en el recibidor, sintiendo el maletín de piel pesándome en el brazo. Normalmente, lo primero que te golpea al entrar es ese olor a limpio, una mezcla de cera cara y las orquídeas de Claire. Ahora, nada. El departamento
ClaireEl Uber arrancó a toda velocidad. A través del cristal polarizado, eché un último vistazo por el retrovisor. Nathan ni siquiera esperó a que el auto se perdiera de vista para darnos la espalda.Ya no podía escucharlos, pero me sabía el libreto de memoria. Vi a Ben saltar de alegría y jalar l







