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El affaire de Mandy 3

Autor: Samster_x
last update Data de publicação: 2026-09-15 14:47:31

Punto de vista de Mandy.

De cerca se veía aún más guapo, y sentí las venas disparadas de adrenalina con él tan cerca.

«Vamos, Mandy. Di algo. Deja de quedarte mirando como si acabaras de ver un fantasma», me gritaba la cabeza, apretándome los labios.

Abrí la boca, pero no salió nada que sonara a palabras. Estaba tan cerca, olía tan bien y no podía dejar de mirarlo.

Como si supiera el efecto que me hacía, rompió él el silencio.

—Hola —dijo, y esa voz grave me recorrió la espalda de verdad.

Lo oí nítido a pesar de los altavoces reventando música a ambos lados. Tasha estaba perdida frotándose contra un desconocido; ni se enteró de lo que pasaba.

Si se enterara, no pararía de vacilarme.

—Ho… hola —conseguí al fin, forzando una sonrisa torpe.

—¿Estás bien? Pareces alucinada —señaló, con un deje de preocupación.

Intenté fruncir el ceño al instante y me crucé de brazos.

—¿Esto es lo que haces? ¿Andar preguntándole a las chicas si están bien como si te importara?

Se le curvó la boca en la sonrisa más leve que he visto nunca. Se inclinó, acercándome la cara, y que Dios me pille confesada: el corazón me iba a mil.

—Al contrario de lo que piensas, eres la primera mujer de la que me he preocupado —me susurró al oído, y un temblor me recorrió la piel.

Esto no estaba bien. No debería hacerme eso. Acababa de conocerlo.

Con ese pensamiento di un paso atrás, con los ojos abiertos.

—Bueno, gracias por fijarte. Estoy bien, así que aléjate de mí.

—¿Y si no quiero? —replicó, con esos ojos oscuros clavados en mi cara.

Las mejillas casi me ardieron, pero lo disimulé.

—Pues yo sí quiero.

En vez de hacerme caso, dio un paso atrás y me tendió la mano.

—¿Puedo bailar contigo?

La mirada me iba de su mano a su cara y se me cortó la respiración un segundo. El cerebro gritaba que no; el cuerpo, que sí.

Sabía cómo se bailaba en un club. Nunca era un baile seguro. Era tentador y exactamente lo que una mujer casada no debería hacer. Aun así, no conseguí hacerle caso al cerebro.

—Que las manos no pasen de la cintura, ¿vale? No me gusta el contacto físico de más —dije en tono firme. Él asintió.

Puse la mano en la suya y el calor de su palma se me extendió de inmediato, removíéndome otra vez por dentro. Subí las manos a sus hombros mientras él me rodeaba la cintura.

Empezó como un baile normal, nada exagerado, con los ojos clavados el uno en el otro.

En esos ojos oscuros asomó algo que yo habría llamado deseo, pero desapareció antes de que pudiera ponerle nombre.

No sé si fue la forma en que me miraba o cómo tenía las manos en la cintura, pero la piel me ardía con un deseo que no debería estar sintiendo.

La respiración se me hizo más lenta cuando me dio la vuelta, sin soltar la cintura. Me guió las caderas en círculos y el culo se me frotó contra su entrepierna.

Mientras bailábamos sentí cómo se le endurecía entre las piernas. Empezó a moverme la cintura de lado a lado, pero el cuerpo me pedía otro tipo de contacto.

Poco a poco fui frotando el culo contra él, notándole el bulto entre las nalgas al moverme.

Entonces me dio la vuelta otra vez para que lo mirara de frente.

—Cuidado, princesa. Estás jugando con fuego —susurró, pasando ahora las manos al redondeo de mi culo.

—No me llames así. Me llamo Mandy —repliqué, con una voz demasiado entrecortada para sonar seria.

—Aún mejor —sonrió, bajando las manos.

Me volví hiperconsciente de esas manos y de cómo me acariciaban el culo con suavidad. Era caliente, era tentador, era algo que no debería estar permitiendo. Y aun así lo permití.

Nos miramos a los ojos y esta vez solo vi hambre pura. Me quería, y que Dios me perdone, yo también lo quería a él.

Noté cómo se le tensaba la polla contra el pantalón, justo frente a mi entrepierna, y la idea de esa grosor dentro de mí hizo que se me contrajera y se me aflojara el centro.

¿En qué demonios estaba pensando?

¿Esto formaba parte de la “diversión” que se suponía que quería? ¿Bailar así con un extraño?

Mientras esas preguntas me estallaban en la cabeza, las ganas de apartarme de él se hicieron más fuertes. Cuando lo intenté, él me atrajo de nuevo y me estrelló contra su dureza.

Jadeé, agarrándome a sus brazos en vez de a los hombros.

—¿Adónde crees que vas?

—Lejos de ti —respondí, aunque no hice el menor intento de separarme.

Inclínó la cabeza, acercó los labios a mi cuello y lo siguiente que sentí fue un contacto cálido. No con los labios: con la lengua.

Me estremecí. El cuerpo se me llenó de más calor. Me recorrió el cuello con la lengua en movimientos irregulares y las chispas me llegaron directo a los pliegues.

—¿Segura que quieres alejarte de mí? —murmuró, ahora sembrándome besos del cuello a la mandíbula.

Apreté más los brazos, intentando agarrarme a la cabeza.

—Sí. Aléjate de mí.

Esperaba que hiciera lo contrario: que siguiera hasta que yo admitiera que lo quería. Pero dio un paso atrás.

Se metió las manos en los bolsillos, con la cara vacía de expresión.

—Buen baile. De verdad sabes mover esas caderas.

Parpadeé, juntando los dedos, sin saber qué responder. Se dio la vuelta y empezó a abrirse paso entre la gente.

La idea de no volver a verlo, de no explorar lo que acabábamos de tener minutos antes, me apretó el pecho y me empujó a detenerlo.

Sin pensarlo di unos pasos rápidos, le agarré la mano y lo paré.

Miró por encima del hombro, sorprendido.

—¿Qué estás…?

Le estrellé los labios contra los suyos antes de que terminara la frase.

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