FAZER LOGINPunto de vista de Mandy.
Tenía los labios tan suaves y tan calientes que no pude contenerme. Al principio no reaccionó, pero al segundo siguiente sentí una mano en la cintura y la otra en la cara.
Se adueñó del beso al instante, besándome con tanta fuerza que me arqueé contra él. Le pasé una mano por el brazo y la otra por el cuello, queriendo más de esos labios.
Cuando me mordió el labio inferior, me apretó el culo y se me escapó un sonido indefenso de la garganta. En ese momento olvidé todo lo que importaba: el trabajo, Tasha, Derek. Solo quería esas manos recorriéndome el cuerpo. No quería que pararan.
—Mhmm —gruñó al pasar la mano de mi cara a uno de mis pechos.
Ya tenía los pezones duros y los pliegues empapados. El cuerpo se me inundaba de tanto calor que cada vez me costaba más pensar.
Entonces me agarró la mano y la guió hacia abajo hasta que noté su dureza. Rompió el beso y se acercó.
—Mira lo que me estás haciendo, Mandy —dijo con voz entrecortada, y ese sonido me hizo latir el clítoris.
Joder.
Estaba duro por mí, y por alguna razón me pregunté qué más podía hacerle sentir. Pero en ese instante la mente se me fue a un recuerdo cualquiera.
«Tú me pones duro enseguida, Mandy», resonó la voz de Derek en mi cabeza y me atravesó la piel de culpa.
Miré al extraño, miré mi mano sobre su bulto y me aparté, con el corazón todavía desbocado.
El extraño me puso un dedo bajo la mandíbula y me inclinó la cara para retomar el beso, pero yo eché la cabeza atrás de golpe, negando.
—Lo siento, no puedo —dije, con el pecho subiendo y bajando.
Frunció un poco el ceño.
—¿Por qué?
—Estoy… estoy… —se me formó un nudo duro en la garganta, pero no me callé—. Estoy casada.
Cerró la distancia, me tomó un pecho con la mano y se le dibujó una sonrisa ladeada.
—Si eso fuera cierto, no me habrías dejado tocarte así, y llevarías un anillo en el dedo —señaló.
¿Cómo iba a explicarle que ni yo entendía por qué le había permitido tocarme de esa forma?
Había algo en él que obligaba a mi cuerpo a rendirse sin pelear. No sabía explicarlo, y por eso necesitaba alejarme.
Solo Derek debería hacerme eso. No un extraño en un club.
Entonces el extraño me apretó los pechos con más fuerza y me pellizcó los pezones de un modo que se me cortó la respiración.
Usé lo que me quedaba de voluntad para empujarlo, intentando aplastar el efecto de su contacto.
—Ha estado bien, pero de verdad tengo que irme. Estoy casada y no puedo seguir haciendo esto contigo —dije, abriéndome paso fuera de la pista.
No me importaba hacia dónde iba mientras me apartaba de la gente, con tal de no estar cerca de él. Tras unos metros me encontré al fondo de la sala, con unos cuantos que ya estaban muy borrachos y adormilados.
Iba a sentarme cuando sentí un tirón en la mano y me arrastraron.
Reconocí el olor al instante. Era él. Me estaba sacando de la sala. Una parte de mí quería gritarle por haberme arrancado de allí de golpe; la otra se excitaba pensando en lo que planeaba hacerme.
No paramos de andar hasta un rincón apartado del club, donde la música se oía apagada y nuestras voces eran el único ruido.
Me recostó contra la pared, me subió las manos por encima de la cabeza y me miró con cara dura.
Los ojos le bajaron de los míos a los labios y luego más abajo. Cuando terminó de hartarse de mirarme, rompió el silencio.
—¿Te parece bien provocarme y largarte? —preguntó, apretándome más las muñecas contra la pared.
—No es eso. Yo… el beso fue un error. No debería haber pasado. Estoy casada —expliqué, con la voz cada vez más fina.
Acercó la cara.
—¿Importa? A mí me da igual que estés casada, pero ya que a ti te importa tanto, voy a hacerte sentir lo mismo que me hiciste sentir a mí.
Antes de que pudiera protestar, su mano libre me agarró un pecho. Apretó y pellizcó, y luego lo mismo con el otro.
El cuerpo me ardía. La respiración me salía a ráfagas cortas mientras las sensaciones me recorrían.
Me rozó los dos pezones a la vez y junté los muslos ante las chispas de placer que me inundaron los pliegues.
—Eh… oye… pa… para —saqué la voz en jadidos temblorosos; la orden apenas sonó a palabra.
—Me llamo Nate, y así no se dice por favor —corrigió, bajando ya las manos por mi cuerpo.
El pecho me subía y bajaba mientras su mano serpenteaba con suavidad, dejando deseo en cada rincón. Cuando llegó al bajo del vestido, lo subió y dejó al aire las bragas húmedas.
Notaba lo mojada que estaba, y la idea de que él supiera cuánto me encendía me quemó por dentro, entre vergüenza y excitación.
Me rozó los dedos por encima de las bragas y tarareó despacio.
—Para alguien que no quiere engañar a su marido, estás terriblemente mojada.
Cerré los ojos, odiando cómo esas palabras me hacían resbalar la vergüenza por la espalda. Pero por alguna razón no lo detuve. Quería que siguiera.
—Mírame, princesa. Mira quién te está tocando —ordenó, y el corazón me dio un vuelco.
Abrí los ojos despacio y se los clavé en la cara mientras él apartaba las bragas. En cuanto sus dedos tocaron mis pliegues, aspiré con fuerza; el centro se me contraía y se me aflojaba alrededor de nada.
Pasó los dedos adelante y atrás, empapándolos con mi jugo, y yo le apreté los muslos alrededor, amando cada movimiento.
—Joder, Nate —gemí, jadeando con una súplica muda de que me metiera los dedos.
Pero no lo hizo. En su lugar rodeó el clítoris en círculos, jugueteando con ese botón sensible.
—Ay… mhmm… ungh —gimoteé cuando aceleró.
—Mírate, retorciéndote con el toque de un extraño. Eres una putita sucia —me provocó, pero ninguna de esas palabras me dio vergüenza.
Si acaso, quería que me tocara más.
Como si lo supiera, los dedos bajaron hasta la entrada. No los metió; los hizo rodar alrededor y las contracciones se me hicieron más fuertes, con ganas de que me llenara.
Mientras hacía eso, bajó la cabeza a mi pecho y jugueteó con las tetas a través del vestido.
Me mordisqueó los pezones mientras los dedos me recorrían los pliegues, y la combinación me cortocircuitó el cerebro.
—Mhmmm, Nate, por favor —suspiré, con la voz quebrada por el placer.
—Putita sucia, ¿quieres mis dedos dentro? —murmuró, sin dejar de tentarme la entrada.
Cerré los ojos.
—Sí, por favor, sí. Mételos.
—Como quieras, princesa —respondió, y me metió un dedo.
El interior se le cerró alrededor con hambre y las caderas empezaron a moverse sobre ese dedo largo y fino.
La voz se me rompió en gemidos entrecortados; empujaba las caderas contra sus dedos persiguiendo el placer.
Giró el dedo dentro de mí y me mordí el labio con fuerza: un dedo no bastaba, pero igual estaba bien apretarlo.
El centro se me empapó más mientras Nate metía y sacaba el dedo más rápido.
—Sí, por favor, no pares —supliqué, con la respiración cada vez más corta al sentir la presión acumulándose bajo el vientre.
Estaba cerca.
Los pliegues se me volvieron aún más sensibles, las paredes internas me ardían y las piernas se me aflojaban.
—Na… Nate, estoy… estoy… —tartamudeé, intentando avisarle de que estaba al borde.
Nate sacó el dedo en ese momento y también me soltó las manos de encima de la cabeza. Se llevó el dedo a los labios y se lamió mi jugo.
El cuerpo me dolió por el corte de golpe; los pliegues se me agitaron al perder aquella subida. Inhalé hondo, con el ceño fruncido.
—¿Por qué paraste? —pregunté.
—Solo te he enseñado lo que se siente cuando te juegan a tu propio juego. ¿Te gustó? —preguntó, curvando los labios en una sonrisa malvada.
Apreté la mandíbula, pero disimulé la rabia. ¿Y qué si me había tentado y no quería seguir? Ya me buscaría el desahogo de otra forma.
Le devolví la sonrisa.
—No me gustó nada. Aunque el intento no está mal —dije, cruzándome de brazos.
Se acercó y me dio la vuelta de un golpe, apretándome las mejillas contra la pared fría. Noté su bulto tensándose contra el pantalón, y eso me hizo latir el clítoris.
—¿Ahora te pones brava, eh? Pues tendré que hacerte admitir que te gustó —susurró, metiendo los dedos en la pretina de las bragas.
Punto de vista de Mandy.Se me cortó la respiración al instante.—¿Qué estás…?—Shhh… —murmuró contra mi oído, con el aliento caliente en la piel mientras me aplastaba aún más contra la pared.Aguanté las ganas de gemir y me aparté un poco, pero él me inmovilizó con fuerza; el bulto se me rozó el culo.Apreté los dientes.—Creía que querías tentarme… Parece que tú estás más desesperado que yo.No supe cuándo se me escaparon esas palabras.Me di un golpe mental, maldiciéndome por haberle dejado ver lo que me estaba haciendo.Él no dijo nada durante unos segundos sin aire.La mano se le quedó quieta en la pretina de las bragas y el sonido de su respiración bastaba para que el corazón me latiera a mil.—Hmm… —murmuró al fin, y soltó una risa baja que resonó en la habitación callada.Estiró la pretina de las bragas y la soltó, dejándola chocar contra la piel.—¡Ah! —se me escapó un grito agudo. Intenté apartarme para frotarme la zona, pero él me aplastó más contra la pared y me impidió mo
Punto de vista de Mandy.Tenía los labios tan suaves y tan calientes que no pude contenerme. Al principio no reaccionó, pero al segundo siguiente sentí una mano en la cintura y la otra en la cara.Se adueñó del beso al instante, besándome con tanta fuerza que me arqueé contra él. Le pasé una mano por el brazo y la otra por el cuello, queriendo más de esos labios.Cuando me mordió el labio inferior, me apretó el culo y se me escapó un sonido indefenso de la garganta. En ese momento olvidé todo lo que importaba: el trabajo, Tasha, Derek. Solo quería esas manos recorriéndome el cuerpo. No quería que pararan.—Mhmm —gruñó al pasar la mano de mi cara a uno de mis pechos.Ya tenía los pezones duros y los pliegues empapados. El cuerpo se me inundaba de tanto calor que cada vez me costaba más pensar.Entonces me agarró la mano y la guió hacia abajo hasta que noté su dureza. Rompió el beso y se acercó.—Mira lo que me estás haciendo, Mandy —dijo con voz entrecortada, y ese sonido me hizo latir
Punto de vista de Mandy.De cerca se veía aún más guapo, y sentí las venas disparadas de adrenalina con él tan cerca.«Vamos, Mandy. Di algo. Deja de quedarte mirando como si acabaras de ver un fantasma», me gritaba la cabeza, apretándome los labios.Abrí la boca, pero no salió nada que sonara a palabras. Estaba tan cerca, olía tan bien y no podía dejar de mirarlo.Como si supiera el efecto que me hacía, rompió él el silencio.—Hola —dijo, y esa voz grave me recorrió la espalda de verdad.Lo oí nítido a pesar de los altavoces reventando música a ambos lados. Tasha estaba perdida frotándose contra un desconocido; ni se enteró de lo que pasaba.Si se enterara, no pararía de vacilarme.—Ho… hola —conseguí al fin, forzando una sonrisa torpe.—¿Estás bien? Pareces alucinada —señaló, con un deje de preocupación.Intenté fruncir el ceño al instante y me crucé de brazos.—¿Esto es lo que haces? ¿Andar preguntándole a las chicas si están bien como si te importara?Se le curvó la boca en la son
Punto de vista de Mandy.—No —respondí al instante.Tasha frunció el ceño y se cruzó de brazos.—No te pongas tan seria. Sabes que te va a ayudar. Además, ¿quién se va a enterar?Dios, esta mujer iba a ser mi perdición. Sabía que yo era de las que se agarran a la moral, y que ir a antros o meterme en una noche con un desconocido era algo que yo no hacía.Sobre todo siendo una mujer casada. Todavía quería a Derek y no iba a destrozar mi matrimonio solo porque el sexo no me llegaba.—¿Te das cuenta de que estoy casada? —le recordé, moviendo el dedo frente a su cara.Ella resopló.—Un matrimonio con un hombre que no te folla bien no es un matrimonio, en mi opinión. Métete el anillo en el bolso o lo que sea —hizo un gesto en el aire, como si el anillo no importara.—¿Crees que engañarlo soluciona esto? Ni de coña, Tasha. Sabes que yo no soy esa persona —aparté la silla del escritorio y negué con la cabeza.Tasha levantó las dos manos.—No te estoy diciendo que tengas que engañarlo. Solo q
Punto de vista de Mandy. —Ah… sí, justo ahí. Las palabras se me escaparon en un susurro entrecortado mientras Derek —mi marido— se hundía en mí. Apretó con más fuerza mi cintura y jadeó: —¿Te gusta, eh? Se movía a un ritmo que a mí se me antojaba demasiado lento. —Ay, sí, bebé —gemí, aunque no sentía nada. Así había sido siempre: gemidos falsos, orgasmos fingidos, todo fingido. Lo único real entre nosotros era el amor, y, dolorosamente, no bastaba. Clavé más las uñas en sus hombros y solté gemidos entrecortados y fingidos mientras él gruñía encima de mí. Cerré los ojos para que no notara que lo que sentía no era placer. —Joder… estoy… estoy cerca, bebé —gruñó, echando la cabeza atrás y acelerando las embestidas. —Lo sé. Déjalo todo salir —lo empujé, forzando la voz para que sonara tensa, como si yo también estuviera a punto. —Ah, eso… eso… —balbuceó palabras incoherentes mientras daba sus tres mejores embestidas, las que hicieron que mi interior se cerrara a su alrededor.







