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El affaire de Mandy 5

Autor: Samster_x
last update Data de publicação: 2026-09-15 14:48:33

Punto de vista de Mandy.

Se me cortó la respiración al instante.

—¿Qué estás…?

—Shhh… —murmuró contra mi oído, con el aliento caliente en la piel mientras me aplastaba aún más contra la pared.

Aguanté las ganas de gemir y me aparté un poco, pero él me inmovilizó con fuerza; el bulto se me rozó el culo.

Apreté los dientes.

—Creía que querías tentarme… Parece que tú estás más desesperado que yo.

No supe cuándo se me escaparon esas palabras.

Me di un golpe mental, maldiciéndome por haberle dejado ver lo que me estaba haciendo.

Él no dijo nada durante unos segundos sin aire.

La mano se le quedó quieta en la pretina de las bragas y el sonido de su respiración bastaba para que el corazón me latiera a mil.

—Hmm… —murmuró al fin, y soltó una risa baja que resonó en la habitación callada.

Estiró la pretina de las bragas y la soltó, dejándola chocar contra la piel.

—¡Ah! —se me escapó un grito agudo. Intenté apartarme para frotarme la zona, pero él me aplastó más contra la pared y me impidió moverme.

—Mira quién habla.

Fruncí el ceño, levantando una ceja.

¿A qué se refería?

—Quiero decir… desde aquí huelo lo excitada que estás. Estás chorreando, Mandy.

El corazón se me disparó, como si me hubieran volcado un cubo de agua helada.

¿Podía oler mi excitación?

Apreté los muslos con fuerza, esperando que eso lo detuviera.

En vez de eso, sentí el resbalar de mi propio flujo bajándome por las piernas.

Pero eso era lo de menos.

Sus palabras se me repetían una y otra vez.

«Mandy». «Mandy». «Mandy».

La forma en que decía mi nombre… como si lo adorara. Y la forma en que me tocaba el cuerpo…

Esas manos tan calientes en la piel. Joder.

Como si me adorara a mí.

Derek jamás.

—N-Nate… —susurré, con las piernas temblando mientras le deslizaba la mano a una nalga y me la apretaba con fuerza.

Luego me la azotó.

—¡Ah!

Volvió a reírse.

—Me encanta cómo gritas y gimes a la vez.

Joder, sí que lo hacía.

Apenas podía prestar atención a lo que decía.

Se apartó despacio, me agarró del brazo y me arrastró hasta parar frente a una puerta de madera.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó una llave y, con la mandíbula tensa, la metió en la cerradura.

Fruncí el ceño y me tragué las ganas de preguntarle por qué diablos ya tenía una llave.

Nate abrió la puerta de un empujón que casi arranca las bisagras. Antes de que yo reaccionara me levantó, me rodeó las piernas en su torso y la puerta se cerró de un golpe a nuestras espaldas.

Respiraba a trompicones; las manos se me fueron solas a su cuello.

Me bajó igual de rápido y me puso en la misma postura que en el club.

Ahora las piernas me temblaban sin control, los muslos no conseguían quedarse juntos y sentía la excitación acumulándose en el bajo vientre.

Ya no podía aguantarlo más.

—P-por favor… —las palabras me salieron rotas, destrozadas.

Nate se rió por lo bajo y me agarró la otra nalga, apretándola otra vez.

—No te oigo bien. Habla más alto.

Clavé las uñas en la pared recién pintada y me mordí el interior de las mejillas hasta saborear sangre.

Era terriblemente irritante y, al mismo tiempo, dolorosamente excitante.

Nunca había sentido nada igual.

Tragué el nudo de la garganta.

—Por favor, Nate, ¡por favor! Me estás matando. Por favor…

Me acarició la nalga donde me había azotado y me recorrió con la lengua el punto sensible de la oreja.

—¿Por favor qué?

Solté un gemido bajo y froté el culo contra su pantalón.

No quería otra cosa que tener la mano alrededor de esa polla enorme.

No hacía falta verla para saber lo grande que era.

Se me escapó un jadeo roto.

—Fóllame, por favor.

Nate dejó de torturarme la oreja y se apartó lo justo para que el aire me rozara la piel.

—Tus deseos son órdenes, princesa.

No esperó.

Me dio la vuelta, me agarró los muslos y me clavó las uñas en la carne.

Las manos se me fueron solas a su cuello y las piernas le rodearon el torso.

Me acerqué y le rozé los labios con los míos.

—Joder, Mandy. Eres una provocadora —susurró, subiéndome una mano al cuello.

Sin dudar, estrelló los labios contra los míos. La lengua se enredó con la mía y se metió en mi boca.

—Ummm… —gemí en el beso, aferrándome a él y cerrándolo contra mí mientras intensificaba el contacto, clavándole los dientes en el labio inferior.

Él no se inmutó ni me apartó.

Al contrario: me atrajo aún más y soltó un gruñido bajo, besándome con la misma intensidad con la que yo lo besaba a él.

Noté el sabor metálico de su sangre en la boca y casi lloro de lo sexualmente hambrienta que había estado.

Imagínate follar todo el rato y no sentir nada.

O aquella vez que pensé en cortar de raíz lo de Derek y mi vida sexual e introduje juguetes.

Me regañó enseguida y desde entonces se quedaron encerrados en el armario.

Incluso cuando él estaba en el trabajo, no me atrevía a usarlos por miedo a estar desobedeciéndolo o engañándolo.

¡Pero joder! Engañar era mucho más divertido de lo que habría imaginado.

Nate me bajó y me recostó de espaldas contra la cama mullida.

No dejó de besarme.

La mano le bajó de los muslos directo al bajo del vestido y me lo subió hasta el cuello, dejándome al aire las tetas y las bragas.

Jadeé al sentir el aire fresco en la piel.

Nate se apartó despacio. Los ojos se le clavaron en mi piel desnuda. Y por primera vez en la vida me sentí hiperconsciente de lo que me rodeaba, de mi propia piel.

Me costaba admitirlo, pero me sentí insegura, poco atractiva.

Aparté las manos de su cuello y las llevé a taparme.

Él me las detuvo a medio camino.

—No hagas eso. Estás jodidamente preciosa.

El corazón me dio un vuelco y me mordí el labio inferior.

—Eso tampoco. ¿Sabes lo sexy que te pones cuando lo haces? Lo he notado: lo haces mucho.

Se me escapó una sonrisa pequeña y luché contra las ganas de volver a morderme el labio.

Quizá sí lo hacía mucho.

Me incorporé de golpe.

—Claro que lo sé…

Él levantó una ceja.

—Que soy preciosa —terminé.

Se rió. Los ojos le dejaron el cuerpo y por fin se posaron en mi cara.

Luego la mano izquierda me recorrió desde el ombligo hasta las tetas, el pecho… y se cerró alrededor de mi cuello.

Joder.

Esto era todo lo que había querido.

Me estremecí, respirando a trompicones, mientras la otra mano se le metía entre los muslos.

—Estás tan jodidamente mojada que podría destrozarte ahora mismo —roncó, con la voz tensa—. ¿Quieres eso?

Se me trabó la respiración.

—Sííí, fóllame, sííí.

—Bien. Primero quitemos esto de en medio.

Antes de que pudiera decir otra palabra, un rasgado fuerte resonó en la habitación.

¡Joder!

Me había destrozado las bragas.

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