LOGINPunto de vista del profesor Alex La mañana empezó como prefería: idéntica a la anterior. Apagué el despertador, me levanté de la cama y me duché. Quince minutos después estaba vestido y listo. La rutina dejaba poco margen para pensamientos innecesarios, y eso me venía bien. El campus ya estaba animado cuando llegué. Cerca de la puerta principal vi a Maya y a Mariam de pie entre un grupo de estudiantes. Estaban hablando. Para dos personas que el día anterior habían discutido con tanta intensidad en mi despacho, se veían sorprendentemente civilizadas. La comisura de la boca se me levantó ligeramente. La gente era predecible. Con suficiente presión, la mayoría se adaptaba. Pasé de largo sin reconocerlas y fui directo a mi despacho. Apenas me había sentado cuando sonó un golpe en la puerta. —Pasa. La puerta se abrió y Vanessa entró. Una de las profesoras jóvenes. Persistente. Cómoda tomándose libertades que no le habían dado. —Buenas tardes, señor. —¿Sí, Vanessa? Cerró la puerta
Punto de vista de Maya Vestirme fue más difícil de lo que debería haber sido. Los dedos se me trababan con la cremallera de la falda. A mi lado, Mariam mantenía la espalda vuelta mientras se abrochaba el sujetador y se ponía la camiseta por la cabeza. Ninguna de las dos miraba a la otra. El único sonido en el despacho era el suave roce de la ropa y el profesor Alex acomodando los papeles sobre el escritorio como si no hubiera pasado nada inusual. Cuando las dos estuvimos decentes, por fin habló. —Podéis iros. —Su voz era calmada, casi aburrida—. Recordad las condiciones. Cuando os contacte, respondéis. Fuera de eso, no nos conocemos. Asentí una vez. Mariam hizo lo mismo, aunque tenía la mandíbula tensa. Volvió a su silla y abrió el portátil, despidiéndonos de hecho. Yo alcancé la puerta primero. Mariam me siguió. El pasillo de fuera se sentía demasiado brillante y demasiado normal. Unos cuantos estudiantes pasaban al fondo, riéndose de algo completamente ajeno. El contraste me
Punto de vista de Maya No se acercó de inmediato. Se quedó de pie un momento, los ojos moviéndose despacio entre mi cuerpo y el de Mariam, como si estuviera decidiendo por dónde empezar. El aire del despacho se sentía denso. Las piernas seguían abiertas desde la última vez que había estado dentro de mí, y el aire fresco contra mi humedad me hizo estremecer. Por fin dio un paso más cerca. Fue primero a mí. Sin una palabra, enganchó las manos bajo mis muslos y me atrajo hasta el mismo borde del escritorio. Apenas tuve tiempo de incorporarme sobre los codos antes de que se arrodillara entre mis piernas. El primer roce de su lengua por mis pliegues fue lento y deliberado, saboreándome de abajo arriba. Un sonido roto se me escapó de la garganta. Lo hizo otra vez, más firme esta vez, y luego se concentró en el clítoris: rodeándolo con la punta de la lengua y después chupándolo entre los labios. Las caderas se me sacudieron. Una de sus manos se presionó en el bajo vientre, sujetándome e
Punto de vista de Maya El golpe sonó otra vez, más fuerte esta vez. —¿Profesor Alex? Nos congelamos. Su polla seguía enterrada dentro de mí, los dos respirando con fuerza. Durante un segundo ninguno se movió. Luego se retiró rápido; el vacío repentino me hizo morder un sonido. —Vístete —ordenó en voz baja—. Ahora. Rebusqué la ropa a toda prisa. Las manos me fallaban. Falda, camiseta, ropa interior… todo parecía tardar demasiado. Él ya se estaba acomodando y alisando la camisa con la misma eficiencia calmada que usaba al corregir exámenes. Señaló debajo del escritorio. —Escóndete. No hagas ningún ruido. Caí de rodillas y me metí a gatas bajo el pesado escritorio de madera, arrastrando la silla lo justo para cubrirme. El espacio era estrecho y oscuro. Todavía lo sentía entre las piernas, resbaladizo y latiendo. El corazón me martilleaba tan fuerte que tenía miedo de que me delatara. Esperó a que estuviera completamente escondida antes de abrir la puerta. —Pasa. Entraron pasos.
Punto de vista de Maya —¿Qué haces aquí? Su voz llegó desde detrás de mí, baja y controlada. Me giré despacio. El profesor Alex estaba justo dentro del umbral, una mano todavía en el pomo. Se veía igual que siempre —compuesto, ilegible—, pero los ojos le brillaban más afilados de lo habitual. —Yo… —La voz se me trabó—. Te estaba buscando. Cerró la puerta a sus espaldas. El clic suave del pestillo le siguió. —Buscándome —repitió. Dio un paso más dentro de la habitación—. Podrías haber enviado un mensaje. —Lo sé. Solo… —Me callé, de repente consciente de lo poco espacio que había entre el escritorio y la pared—. Quería preguntar por el acuerdo. Siguió caminando. Di un paso atrás sin querer. —El acuerdo está claro —dijo—. Yo te contacto cuando te necesito. No al revés. Otro paso adelante. Otro paso atrás. Los hombros me tocaron la pared. Apoyó una palma en la pared junto a mi cabeza, acorralándome sin llegar a tocarme del todo. De cerca se sentía más alto. Más ancho. El leve ol
Punto de vista de Maya Los siguientes días pasaron con normalidad, excepto por el hecho de que Mariam se negaba a hablarme. No intenté forzarla. Había hecho lo que necesitaba para evitar pasar otro año en la universidad. Eso bastaba. Ella simplemente tendría que aceptarlo. A ella quizás le parecía bien quedarse un año más aquí, pero a mí no. Seguí con mi día como de costumbre, pero algo que no esperaba era lo mucho que mi cuerpo recordaba al profesor Alex y aquella noche. Esperaba recordarla con asco, pero no fue así. Cada vez que pensaba en esa noche —la forma en que me sujetaba, la forma en que se embestía dentro de mí, la forma en que me apretaba a su alrededor—, el estómago se me tensaba y el calor se acumulaba bajo entre las piernas. La nota ya estaba solucionada. Lo sabía. Y aun así, quería sentirlo dentro de mí otra vez. La forma en que me había follado se había sentido tan bien. Ningún otro hombre me había hecho sentir así. Odiaba quererlo. Sacudí la cabeza. No. No volverí







