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Capítulo 10

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2021-12-22 02:04:00

La brisa removía su cabello negro bien cortado, pero también le hacía cerrar los ojos y sentir un momento de tranquilidad.

George necesitaba estar así, tranquilo, al ras de sus sentidos. La hermosa secretaria de una de las personas en las que más confiaba, Lenis Evans, le había devuelto la llamada para decirle que sí a un almuerzo. Y por increíble que pareciera, eso lo había puesto muy nervioso.

Max le había relatado lo sucedido en el despacho del consorcio, desde entonces, la preocupación no había amainado. Estaba más que seguro (los tres, Max, Peter y él) de que a ella le había ocurrido algo muy malo. Pero para averiguarlo y saber si sus sospechas eran ciertas, debía seguir con el plan.

El Plan A se daba, si él aseguraba que ella no sabía quién era él y quiénes eran los otros dos caballeros en la vida de Ferit Turgut. De ser así, entonces él intentaría todo lo que estuviese a su alcance para que ella depositara plena confianza en él y así averiguar el paradero del turco y m****r a “la gente” de Peter a hacer justicia.

«Él tiene que pagar por todo lo que nos hizo», pensó una vez más. «Y si me entero que ella también ha sido víctima, yo…»

Suspiró, interrumpiendo así sus propios pensamientos. Cualquier persona creería que la situación se trataba de un pacto con la muerte, pero no era así. El abogado sabía que el único pacto que existía, era el que Ferit tuvo que hacer con los altos cargos políticos para conseguir su exilio.

«¿Cuál habrá sido el trato? ¿Será solamente una cuestión de dinero?», pensaba.

Por ese hecho, Maximiliano Bastidas, empresario de gran renombre, se había armado un proyecto urbano de gran envergadura que necesitara la aprobación de las entidades gubernamentales, personalidades que desde el escándalo del turco, habían cambiado mucho sus modos de operar.

“Si deseas averiguar qué tantas manos ha mojado tu enemigo, debes estar cerca de esa lista”, Peter siempre decía.

«Como estar lo más cerca posible de Ferit», pensó George. «La cereza del pastel…»

Sus pensamientos fueron interrumpidos por una suave voz.

—Hola. —Él volteó su rostro y miró hacia arriba. De su boca no salió palabra alguna por al menos diez segundos—. ¿Señor Miller?

Y el “señor Miller” cerró sus ojos. Se tomó otro segundo más para sonreír (y para calmarse). Negó con la cabeza, imperceptiblemente, por no poderse creer sus nervios, y se levantó.

—Bienvenida, gracias por aceptar. —Movió una silla para ella y Lenis accedió a sentarse.

Entonces, él volvió a su puesto.

George había reservado en la terraza de uno de los edificios más altos de la ciudad. A esa hora de almuerzo, el clima era perfecto, ni muy caluroso, ni muy frío, ideal para comer al aire libre. Además, ese día el sol estaba a media asta, idóneo para no necesitar estar bajo techo. Pero lo que él no se esperaba era que ese clima y esa altura, ese paisaje y esos colores, le dieran vida a las tonalidades negras del cabello de la señorita Evans, que sus ojos tomaran un brillo arrollador y mucho menos, que ella se vistiera tan adecuadamente hermosa, con ese atuendo de oficina de tonos perla, negro y dorado que le quedaban… estupendamente. Sus nervios tocarían las nubes si eso fuese posible, pero sus ganas de estar más cerca de ella, el cielo.

—Antes de pedir, debo exigirte algo —le dijo él. Lenis ladeó la cabeza, expectante—. Prohibido llamarme por mi apellido, ¿entendido?

Ella tragó grueso, asintió y sonrió.

Lenis se había ido a trabajar ese día con la mejor prenda de su guardarropa para la ocasión, pero el verdadero objetivo era asistir, así vestida, al almuerzo con el gran abogado George J. Miller.

Había tomado una decisión y no se echaría para atrás, pero los nervios estaban por acabar con ella. Además, no sabía si era por el sitio o las vistas, pero no se esperó sentir lo que sintió al verle mirando el horizonte y esperándola. Ese día se veía inmensamente guapo, y eso que apenas estaba sentado, solo veía parte de su anatomía. George cargaba un traje azul mar de tres piezas. Su cabello negro había sido recién cortado, sin embargo, ese mismo corte dejaba en libertad algunos mechones que chocaban con su frente gracias al viento.

No llevaba barba, se había afeitado. Mostraba la forma casi cuadrada y seductora de su rostro varonil. George J. Miller era todo un adonis, y ella comprendía lo consciente que él estaba de poseer todos esos atributos físicos. Además, él actuaba siempre natural. La mayoría de las veces le veía en su guisa, como si, al contrario de su cuerpo, no fuese consciente de lo seductor que era y lo que su presencia causaba en los demás.

«Increíble», pensó ella, mientras lo detallaba.

Cada uno pidió su almuerzo, pero lo cierto es que ninguno tenía hambre. Ella, una sopa ligera acompañada de un pescado y verduras. Él, una ensalada pequeña con un té turco. Ella frunció el ceño por la elección del té frutal.

—Creo que es la primera vez que veo a una persona de esta ciudad beber té turco —opinó ella.

La expresión serena de George amainó un segundo, dándose cuenta de su error, el cual arregló rápidamente.

—Viajo mucho a Ankara y Estambul… por trabajo —recalcó.

Ella recordó a Maximiliano contarle algo parecido y sonrió, asintiendo.

—Y cuéntame, Lenis —él quiso despistar el tema del té—, ¿naciste acá en la ciudad?

Ella lo miró fijo. «¿Maximiliano no le ha contado quién soy?», se preguntó mentalmente. Ciertamente, ella pensaba que su jefe no le guardaría el secreto, y menos con su abogado personal.

—Sí, soy de aquí —mintió, porque así decían los pocos documentos que Sian le había falsificado.

—Ah, pensaba ofrecerme a servirte de guía. Igual, preguntaré: ¿conoces el parque principal? ¿El que está cerca del ayuntamiento.

—Sí, por supuesto. He pasado ratos increíbles de mi vida allí —volvió a mentir.

Él asintió y siguió comiendo.

—Me gusta ir a trotar allí. Si te animas —la miró— y si te gusta la idea, claro, podemos ir un día. Una tarde, tal vez. Como debes saber, las aves sobrevuelan la laguna y es un espectáculo hermoso.

 —Sí, así es. Lo he visto. —Ella quería esconderse tras el pescado.

—Imagino que Max te satura de trabajo, pero, aparte de ser su asistente, ¿qué otra cosa te gusta hacer? ¿Algo en tu tiempo libre?

Ella sonrió apenas.

«Mentir, huir, esconderme, a eso me dedico en mi tiempo libre».

Lenis suspiró.

—A veces leo, otras veces salgo a caminar —algo cierto debía decirle—, otras veces veo la televisión hasta conciliar el sueño. Llevo una vida sencilla. —Tomó un sorbo de agua—. Imagino que es muy diferente para ti. —Necesitaba que se enfocara en sí mismo y no en ella—. Ser uno de los abogados más reconocidos no debe ser algo aburrido.

Él sonrió y suspiró.

—No imaginas las veces que he anhelado estar aburrido. —Ella sonríe, pero entendió que él habla en serio y lo escuchó atentamente—. Es cierto, no es fácil hacer mi trabajo, pero no creas que lo hago solo, uno en este empleo siempre recurre a terceros para mil cosas, lo que hace que uno nunca esté solo del todo. De igual forma, el trabajo a veces puede llegar a ser abrumador y es ahí cuando anhelo un momento de quietud.

Ella asintió.

—Pero eres el jefe, ¿no? —Él dijo sí con su cabeza—. Como jefe, puedes darte el lujo de una escapada. Deberías darte de baja un día. Al menos un día a la semana, o dos días por semana. Tal vez, elegir no hacer nada sea bueno para tu salud. —Ambos rieron—. ¿Qué es lo que más te gusta hacer?

Él entrecerró los ojos y se sobó la barbilla. No podría decirle lo que más le gustaba hacer.

—Me gusta leer también —prefirió contestar—, aunque desde que empecé a litigar, lo único que leo son los datos de mis casos.

Ella pensó en el suyo… No sabía bien si era el momento o el lugar para darle “play” a su decisión. 

—¿Qué pasa? —preguntó él. La notó cabizbaja de repente.

Ella no respondió de inmediato.

—¿Alguna vez has mentido? —preguntó por fin.

George arrugó el entrecejo, quedando sorprendido por la pregunta de Lenis.

La miró por unos segundos.

—Siempre trato de ser lo más sincero posible.

—Pero en tu trabajo mientes, ¿cierto?

Al abogado no le gustó mucho la pregunta, pero no le refutaría nada. La idea era acercarla a él, no alejarla.

George pensó bien su respuesta, mientras servía agua para ambos de la jarra que hace poco el mesonero dejó para ellos.

—La transparencia es primordial, pero en ocasiones, cambiar la visión sobre algo trae muchos beneficios.

Ella asintió ante la respuesta entendiendo perfectamente lo que quería decir, captando la idea de decir una verdad camuflada con engalanadas palabras, comprobando lo inteligente y sagaz que él era.

Miró el horizonte. Y así, sin dejar de contemplar la inmensidad de aquella metrópolis, decidió que ya era hora de relatar su historia.

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Comentarios (1)
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Nesa Rodriguez
Es más obvia cuando quiere jaja
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