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Capítulo 9 segunda parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2021-12-22 02:03:06

Lenis se había quedado paralizada. Había dejado caer la tablet sobre la mesa.

Un extraño pitido sonaba desde algún lugar, ella no sabía de dónde, pero si se concentraba, tal vez se diera cuenta que venía desde lo más profundo de su cabeza. Quizás, desde los recuerdos frescos que navegaban dentro de sí. O de repente, el odioso sonido nacía desde esas memorias que había intentado poner en pausa y (pensaba ella) aún permanecían congeladas.

—¿Lenis?

La asistente de Maximiliano Bastidas parecía no respirar. Tan solo fue escuchar aquel cargo político, aquel nombre, y todo comenzó a atropellarse.

—Lenis...

La señorita Evans simplemente no podía funcionar. Ella conocía muy bien a ese hombre.

—¡Lenis!

«Tu madre se fue con él…»

«Quédate quieta… De aquí sales muerta.»

—Lenis, reacciona.

«Él fue exiliado, no tienes salida.»

«Quédate quieta… ¡Quédate quieta! ¡QUÉDATE QUIETA!»

—Lenis, por favor, por Dios…

«Déjame en paz. ¡Ayuda! ¡Ayúdenme!»

«¡Nadie puede escucharte! Nadie quiere escucharte…»

—¡Lenis!

Maximiliano corrió a llenar un vaso de agua. Se acercó a ella, pudo girarla hacia sí. Se colocó de cuclillas y le fue ofreciendo el agua sorbo a sorbo, como niña, porque literalmente ella no se movía.

—Lenis, por Dios, estás demasiado pálida, reacciona. Bebe poco a poco, te hará sentir bien. —Calculó a quién llamar, qué hacer. Era ella a quién llamaría en un caso parecido—. Traeré a un médico. O mejor, vamos al hospital...

—No —logró articular. Que una tercera persona la viera así, le hizo reaccionar—. No es necesario, señor Bastidas, ya se me pasará, estoy bien.

—¡¿Que ya estás bien?! —Él quedó anonadado—. Bebe un poco más, en seguida regreso.

Ella quiso agarrarle el brazo, retenerlo. Lo vio salir de la oficina e imaginó que no le haría caso, llamaría al médico.

Lenis intentó respirar. Uno, dos, tres... Necesitaba reponerse e irse a casa, eso era lo único que la haría volver por completo en sí. También necesitaba huir.

Huir, huir… «Huir a todo escape», esa era la frase que recorría cada recoveco de cerebro que tenía.

«¿Qué voy a hacer ahora? ¿A dónde iré? Él no me puede encontrar. Tenía que haberle hecho caso a Sias, tenía que haber salido del país, irme más lejos. ¿Qué hago aquí, qué hago en esta ciudad?», eran alguna de las preguntas que Lenis se formulaba.

Maximiliano entró de nuevo al despacho y se acercó a ella.

—El carro está preparado, ven, vamos a la clínica.

—No, no, por favor. —Ella tomó su mano, lo miró a los ojos y le suplicó—: Déjeme irme a casa, es lo único que me hará sentir bien. Por favor, se lo pido.

Max exhaló sin poder creer todo lo que estaba pasando allí. Ella insistía que la dejara ir luego de ese ataque de pánico. Él quería recordar el punto exacto, qué estaba diciendo para ver si encontraba la razón que la hizo entrar en ese terrible estado.

Se sentó y arrastró una silla hacia ella.

—Lenis, mírame. Conmigo puedes ser sincera. No te veo bien y estoy muy preocupado. Dime cómo te sientes.

—Estoy bien. —El corazón que casi explota hace segundos, iba tranquilizándose poco a poco. Sin embargo, la tensión era arrolladora.

Él hizo silencio por un momento.

—Eso que te pasó fue un ataque de pánico. Los he visto antes. ¿Fue por algo que dije?

Ella lo miró de repente y detuvo cada uno de sus movimientos.

—¿Qué? No, para nada, esto no es su culpa. —«Dios santo, ¿este hombre cree que me hizo algo malo», pensó—. Yo... —Miró las bolsas de papel del delivery que les había traído la cena y dijo lo primero que se le ocurrió—: No indiqué en el restaurante que me prepararan la cena diferente a la suya, soy alérgica a uno de los ingredientes.

Él pestañó una sola vez y muy lento. La observó por un instante.

—Ya, entiendo… Entonces, con más razón debes ir al médico si todo esto se trata de una reacción… alérgica. Y puedes llamarme Max, lo sabes.

—No hace falta, señ… No hace falta, tengo el medicamento en casa, solo es cuestión de tomarlo y recostarme un poco.

Él se enderezó y asintió, no le quedaba de otra que aceptar su explicación. En su mente negaba mil veces. Se imaginó decirle cosas como, “¿acaso tengo cara de idiota?”, pero vivir un susto así e insistir estar bien, debía llevar una razón de mucho peso.

Sonó el celular de Max. Se levantó, lo tomó del escritorio y contestó.

—Ya no hace falta, Jacinto, solo llévala a su casa. En minutos baja. —Y colgó. Lenis intentó levantarse—. Espera.

Aceptando la ayuda de su jefe, y ya estabilizada, se percató de la mirada de Maximiliano sobre ella. Él escaneaba su rostro, tal vez buscando algo que le indicara su estado de salud. Así que Lenis optó por sonreírle.

—Me siento mucho mejor, gracias.

Él la sostenía de los hombros y no la soltó mientras se daba el pequeño lujo de observar el gris de sus ojos, un gris brillante, lleno de tantos secretos que él quería develar justo en ese momento.

«¿Por qué te has puesto así?, Lenis», se preguntó mentalmente, recordando lo que George le había contado en la terraza hace varios días.

Bajó los brazos y le indicó con una leve señal de manos que podían salir.

La mujer se volteó para revisar si no dejaba nada sobre el escritorio de su jefe.

—Deja todo eso para mañana —le dijo él—. Si te sientes mal, solo avísame. Aún falta una semana para el evento.

Lenis tragó grueso y asintió.

«El evento…», pensó ella. «No puedo estar en ese evento.»

¿Cómo sería capaz de organizar un encuentro con su peor pesadilla?, era una de sus interrogantes.

Se dirigió a su escritorio y sacó su bolso de la gaveta donde siempre lo guardaba. Corroboró que todo estaba en orden, que no dejaba nada, y se dirigió a los ascensores, acompañada por Maximiliano en todo momento. Se despidieron cordialmente, él aún preocupado y haciéndoselo saber. Las puertas se cerraron para comenzar a transportar a una Lenis que intentaba no morir de ansiedad.

Contuvo su nerviosismo en el auto y también al bajarse y recorrer la cortita acera que la dirigía hasta la puerta de su casa, pero al abrirla, comenzó a correr.

Lanzó el bolso sobre uno de los muebles y entró a su habitación.

Abrió se súbito el armario y de puntillas, sacó el mismo pequeño maletín que la había llevado hasta allí. Comenzó a rellenarlo de ropa, zapatos y enseres de aseo personal, así como un cargador de teléfono y sus documentos, los mismos que establecían que ella era Lenis Evans.

Su corazón iba a estallar, pero no podía detenerse, debía escapar de inmediato. No organizaría un nuevo encierro, no se lanzaría al vacío para regalarle la vida a ese bastardo de Jeferson Smith. No podía contarle a nadie la verdad, porque bien recordaba la amenaza: “arruinaré la vida de todos los que intenten separarnos”. Sentía repugnancia recordarlo todo, pero eran esas palabras, esas que olían mal, las mismas que se asemejaban a sabores sucios y en mal estado. Literalmente sentía náuseas al recordar.

No aguantó por mucho tiempo y corrió al baño para descargar la deliciosa cena que ella había compartido con su jefe en la oficina. A pesar de ser la empresa quien costeaba todo allí, ella sintió esa cena como una forma de compensarle a Bastidas el haber permitido que trabajara con él, sobre todo después de enterarse de quién era ella y de quién era familia. Se había preguntado varias veces por qué lo había hecho, por qué ella le había dicho esa media verdad a alguien que acababa de conocer. Cuando surgían interrogantes así, ella misma se respondía cosas sobre el control de las mentiras, que las mismas podían acabar con una persona; mentiras convertidas en una enfermedad silenciosa que algún día debía soltar para no volverse loca. Además, su jefe era un sujeto a quien ella respetaba, le caía muy bien. Alguna vez sintió que él gustaba de ella, cosa que le incomodó al principio. Sí, él era muy apuesto. Sí, era sexy. Sin embargo, ya no le causaba molestia ningún hecho parecido, la caballerosidad de Max era agradable, no quería perjudicarlo en nada. Entonces, ¿cómo contarle el resto de las cosas y meterlo  a él en sus problemas?

Se lavó la cara y se miró en el espejo. ¿Quién era esa mujer de ojos rojos, enferma y asustada? ¿Tan mala era la vida que hasta a su propio personaje había convertido en mártir? Lenis Evans no era alguien sufrida, Lenis no era Lisa.

Sonó su teléfono celular y salió de la habitación para ubicarlo dentro de su bolso.

“George J. Miller llamando”, decía el aviso de notificación.

Cerró los ojos y se dejó caer sobre el sillón. Entonces, las lágrimas comenzaron a salir a borbotones, imparables. Pensaba que su vida era un desastre, no por culpa de Jefferson, sino más bien, por culpa de su padrastro y de su madre. En ocasiones se convencía que ella misma también llevaba culpa por no haber luchado más, con más fuerza, con más vigor.

La rabia salía a través de ese llanto ahogado que la fue arrastrando al suelo, mientras en sus manos, envolvía el móvil que parecía no querer dejar de sonar. Si no quería dañar a Maximiliano, mucho menos a George. Aquella llamada era la que estaba esperando y ella estaba a punto de desaparecer.

«¿Debo contestarle? ¿No debo contestarle?»

Suspiró profundo. Secó sus lágrimas y así, en el suelo, miró durante mucho tiempo el celular. Lo hizo incluso luego de que las llamadas se habían perdido.

Arrastró sus pies al cuarto y vio todo el desastre: la maleta medio hecha, algunas cosas en el suelo… Estaba cansada de mentir y de huir. Quizás no deseaba ser más nunca Lisa Díaz, pero no podía convertir a Lenis en un correcaminos. Además, su hermanastro ya no la ayudaría. Sias no se había comunicado de nuevo con ella, estaba bastante segura que no se encontraba ya en el país luego de ella haberle contado sobre la confesión a su jefe.

Se acostó en la cama y miró el techo. Cerró sus ojos y pensó en su vida allí, en lo que la ciudad le ofrecía. ¿Por cuánto tiempo se ocultaría?

Miró el celular, ahí estaban las llamadas perdidas del abogado quien había sido insistente. Recordó sus ojos, su mirada penetrante, el olor de su perfume, su altura, ese rostro varonil tan hermoso y esa inteligencia que sin alardear, lo engalanaba por completo. Por supuesto, rememoró nuevamente su toque fallido y cerró los ojos, suspirando, sintiéndose cansada de sentir temores y de sentirse estancada. Entonces, fue en ese momento en el que, de su cabeza, afloró algo nuevo.

—George es abogado… —se dijo, pensativa, mirando a través de la ventana de su habitación—. Sé que es uno de los buenos. ¿Y si tal vez le cuento todo?

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Nesa Rodriguez
Y sigue pensando en confesar. ...
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