FAZER LOGIN—Jefferson Smith. Asesor del gobernador desde el primer mandato. Tiene fama de mujeriego, aunque… espera… Sí, tu madre no se equivoca, aquí dice que se casó hace dos años. —Peter leía un informe que le habían enviado a su email personal desde una de sus oficinas donde operaba su agencia de seguridad.
Maximiliano escuchaba atentamente la información y todas las interrogantes que iban surgiendo, mientras esperaba que George le devolviera la llamada. No había podido hablar con él, ya que se encontraba en los juzgados.
Peter hizo un sonido raro con su voz.
—¿Qué? —preguntó Max.
El rubio negó con pesar.
—No creerás lo que acaban de enviarme.
Ambos se habían reunido en el apartamento de Peter y se sentaron en la sala, como casi siempre hacían.
El agente de seguridad se quedó contemplando algo en su pantalla, serio, ojos afilados. Max sabía que analizaba lo que veía y vio cómo el jefe de seguridad de su compañía transformaba su cara en una de pena o lástima.
—¿Me vas a decir qué sucede, Peter?
—Míralo tú mismo. —Giró la laptop hacia Max.
El CEO tomó el aparato y observó la fotografía que le habían enviado al agente. En gran parte de la pantalla, una pareja de novios celebraban su día de bodas. En una imagen común de ese estilo, ambos protagonistas sonreirían, pero dicha foto no parecía ser una imagen ordinaria, tampoco parecía ser un día esperado para los retratados. Analizándola, quizás sí lo era para el caballero retratado, un sujeto rubio de cabellos algo largos, extra lisos y brillantes, de rostro cincelado y mirada afilada; vestido de smoking negro y pajarita, revelaba una sonrisa sin igual, a diferencia de la novia en cuestión, quien no llevaba sonrisa alguna en su hermoso rostro, solo dejaba ver una extrema seriedad, angustia casi. A leguas se notaba que ella no deseaba ser fotografiada, haberse casado, o estar allí, mientras le daba la espalda a un backing artificial conmemorativo usando un lindo traje que parecía querer escapar de su cuerpo, o al revés.
Lisa Díaz no se sentía feliz con esa boda, tanto Max como Peter lo percibieron así.
Y Jefferson… Sí, Max seguía observando. Ahí estaba el asesor del gobernador, feliz por haberla desposado. Eso también fue algo que ambos notaron.
—En el informe apuntan que fue una boda rápida, pocos invitados —agregó Peter—. Se realizó un mes después del exilio de Turgut, así que él no estuvo presente —seguía explicando Peter, mientras Max contemplaba la fotografía.
Sonó el timbre del apartamento, ambos sabían de quién se trataba.
Peter dejó entrar a George, quien se quitó la chaqueta de traje, dejándola colgada en un aparador a un lado de la entrada.
—¿Cerveza? —preguntó el anfitrión.
El abogado asintió. Se acercó a Max y se sentó frente a él. Miró la mesa baja, estaba un poco desordenada, con chapas de cerveza, servilletas, algunos documentos, los teléfonos celulares de Max y Peter y una laptop que en ese momento sostenía el CEO sobre sus piernas.
—¿Qué sucedió? —preguntó el abogado—. Últimamente vivo corriendo gracias a ustedes.
Max hizo lo mismo que Peter, le cedió la laptop y George miró la pantalla.
El abogado había aprendido muy bien a ocultar sus emociones, su cara de póker iba arraigada a su ser. Fue difícil para los otros dos hombres interpretar la expresión del abogado mientras observaba y escuchaba los mismos datos que hace momentos Peter compartió con Max.
—No quería casarse… —fue el comentario de George al soltar la laptop sobre la mesa.
—Y eso no es todo —dijo Peter. —¿Max?
El mencionado asintió y atendió a la petición.
—Mamá llegó de viaje, fue hoy a la oficina y la reconoció. —George regresó de sus divagaciones, prestando atención al empresario—. Tuve que hablar con ella para que no arruinara todo. Sinceramente, estoy cada vez más convencido que Lenis no conoce nuestra historia.
George lo miró atentamente, pero su pensamiento estaba enfocado en las palabras de Lenis en el almuerzo, ella quería su asesoría para «algo» legal.
«¿Esta fotografía tendrá algo que ver con lo que ella quiere consultarme?», pensó.
—Necesitamos enfrentarla de una buena vez…
—No —interrumpió George a Peter. Él apretó la mandíbula—. Yo me encargo de este tema.
—¿Qué estás queriendo decir? —saltó el agente—. ¿Estás hablando de ese plan tuyo, George? ¿Todavía? ¿Sabiendo que estuvo casada con ese tipo, aún quieres seguir con el plan de averiguar si está del lado correcto?
—Peter tiene razón —dijo Max—. No puedo creer que ella no sepa quiénes somos. Nos quiere ver la cara de tontos. Es lógico que no sigue casada y que algo tuvo que pasar con Smith para que le diera aquel ataque de pánico en mi oficina. Eso no fue fingido, como dice mamá, créanme. ¡Pero se casaron un mes después del exilio de Ferit! ¿Quién celebra una boda en tales circunstancias? ¿Quién?
—¡Alguien que está pidiendo ayuda a gritos! —exclamó George, de pie, con el cuerpo alterado. Se permitió por un momento salirse de control.
—Pero ¿por qué te alteras? —indagó Peter—. Además, ¿por qué estás tan convencido de eso?
George asintió y les contó que ella había aprovechado el almuerzo para pedirle asesoría legal.
—Como les dije, yo me encargo de este asunto —zanjó el abogado. —Luego de decir aquello, se levantó, fue directo al aparador por su chaqueta…
—¿Para dónde vas? —lo detuvo Max—. ¿Vas a dejarnos así con algo tan delicado?
George lo miró serio. Demasiado serio. No dijo nada, Max entendió que no debía presionar con el tema. Enseñó las palmas en señal de rendición y de no molestar más. Luego, lo vio salir del apartamento.
El abogado caminó por el pasillo y se metió en el ascensor. Necesitaba salir de allí urgente, respirar… Necesitaba aire, ¡ya!
Bajó, entró a su auto, lo encendió y manejó unos pocos kilómetros cuándo tuvo que detenerse a un lado de la carretera. No se estaba sintiendo bien.
Abrazó el volante y exhaló bastante aire. Tenía el cerebro funcionando a toda máquina. No le gustó nada ver esa imagen de Lenis celebrando una boda con ese sujeto. La fotografía le causó una impresión para nada esperada.
No lo conocía personalmente, pero el nombre del sujeto que contraía matrimonio en esa fotografía, había sido mencionado durante su ejercicio en los juzgados en varias ocasiones, lo que significaba que era un individuo con influencias dentro de las entidades defensoras de la ley.
Ahí estaba la respuesta a una de las tantas interrogantes que se habían hecho los tres jefes: quién había ayudado a salir a Ferit del país.
«Jefferson Smith. Fue él», se respondió George, por fin.
Tomó su teléfono para llamar a Lenis y concertar con ella la famosa cita de asesoría legal de una vez por todas, cuando recibió un email de Peter.
«De @PeterEmbert»
«Para: @georgejmiller»
«Asunto: Ya sabemos qué le pasó a Lenis.»
«Mensaje: George, me acaba de llegar esto. Abre la imagen.»
Él dio click obedeciendo a lo que indicaba Peter en el correo, y si antes se había sentido abrumado por el semblante de Lenis siendo Lisa y casándose con aquel hombre..., no solo por contraer matrimonio, sino por la expresión de ella, vacía, entregada a la nada, infeliz…, lo que Peter le había enviado a la bandeja privada que compartía con los otros dos, estuvo a punto de acabar con él.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







