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Capítulo 14 primera parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-01-09 14:00:17

—Buenos días, Lenis. Adelante, toma asiento. —George sostuvo la puerta de su despacho para la hermosa secretaria de Maximiliano Bastidas.

—Gracias.

—Muy bien. ¿Para qué soy bueno? —preguntó el abogado, con una sonrisa amena, ya cuando se encontraba sentado tras su escritorio.

Él había visto demasiado en una sola fotografía hace tan solo unos días. Cuando eso sucedió, luego de ver lo que Peter le había enviado, George decidió no llamar a Lenis esa tarde, sino esperar que ella misma le contactase. No era buena idea presionar, tampoco estar frente a ella sintiendo todo aquello que la imagen le había provocado. Tenía que primero, calmarse un poco para hacer bien su trabajo.

Lenis miró su alrededor. Era la primera vez que visitaba la oficina de aquel abogado. Se trataba de un precioso espacio decorado con colores blanco, gris y azul claro. Se parecía mucho al jefe del lugar. George J. Miller siempre se veía impoluto, así como esa oficina, limpia, arreglada, ordenada y bien decorada. El abogado mantenía siempre su cabello negro cortado por un profesional del estilismo, solía usar siempre trajes grises o de colores azules, así como en ese momento, azul intenso, aunque se notara en su elemento, ya que la corbata azul seguía en su cuello, pero él había enrollado las mangas de su camisa blanca haciéndole lucir relajado.

—¿Qué sucede? ¿Pasa algo malo con la oficina? ¿Mucha luz? —preguntó él—. Puedo cerrar las persianas, si así lo deseas. Tenemos suerte que el clima esté fresco y no tengamos que usar la calefacción todo el rato…

—No hay ningún problema con la oficina —interrumpió ella y suspiró. Sentía que no era el lugar ni el momento de contar nada, así estuviesen solos. Sentía que la vigilaban, aunque esa era una sensación regular en su vida después de todo por lo que había pasado.

Pero ya estaba allí, ella misma abrió esa puerta.

Sobó, con la yema de sus dedos, el talón de una mano, tragó grueso… Un chasquido de lengua interrumpió su momento de ansiedad.

—Oh, no, disculpa —exhaló él por lo bajo. Ella frunció el ceño—. No te ofrecí nada de tomar, discúlpame, por favor. ¿Ya desayunaste? No suelo ser tan descortés…

—No, no, no, por favor, estoy… Lo siento, es que…

—Lenis —él la miró con calidez—, tómate el tiempo que necesites. Estoy aquí para servirte.

—Bueno… está bien, sí, quiero tomar algo —dijo de pronto—. Un poco de agua, por favor.

Él asintió y mandó a traer algo de agua. Ella agradeció cuando se la llevaron y tomó largos sorbos. George la observaba con el corazón empezando a correr un tanto desbocado: era la curiosidad haciendo estragos dentro de sí.

—Lo siento —dijo ella al ver que se había acabado el vaso de agua. Beberse todo de un solo trago le pareció una falta de cortesía por su parte.

—Tranquila. —Él sonrió, pero pensó en qué decirle para que ella pudiese sentirse en confianza y hablara de una vez.

—George, te pediré, por favor, que todo lo que diga no salga de esta sala.

Él la miró por un instante en silencio.

—Claro, por supuesto, entiendo. Es así con todos mis clientes, tranquila, de aquí no saldrá nada.

—Esto es muy serio, George, y puede atentar contra mi seguridad. Y tal vez la tuya.

Él acentuó sus facciones a una de curiosa preocupación.

—Está bien, escucho.

Lenis abrió su bolso y sacó de él una carpeta amarilla. Luego, se la entregó a él, quien procedió a abrirla.

Él leyó, la miró y escuchó.

—Mi nombre no es Lenis Evans —desanudó soberana información con un nerviosismo que parecía irse evaporando a medida que hablaba—. Ahí puedes ver mi partida de nacimiento y mi DNI verdadero como prueba de lo que estoy diciendo.

Y así de esa manera, ella comenzó a decirlo todo.

Él siguió escuchando atentamente.

—Mi nombre es Lisa Díaz. En la planilla dice de dónde vengo. Mi apellido es de mi padre biológico, Leonardo Díaz, latino, falleció cuando yo era niña. Soy la hija de Francis de Turgut, casada con el empresario exiliado Ferit Turgut. Por supuesto, ella tomó ese apellido. Yo no. En la planilla de abajo podrás ver una copia de un acta de matrimonio. Es mía. —Tragó grueso—. Estoy casada solo en documentos con el asesor del gobernador, llamado Jefferson Smith. Dicho matrimonio duró doce meses en cercanía. —Ella tuvo que detenerse. Parecía fácil, pero no lo era; contar las cosas de esa forma le estaba costando sobremanera. Él solo esperó pacientemente a que ella lo sacara todo—. Fui… Fui engañada. Mi padrastro, el señor Ferit Turgut, como tal vez puedas saber, estafó a muchas personas en este país. Él y mi madre apenas tenían muy poco tiempo de casados, yo a él no lo conocí a profundidad, a pesar de que él era amigo de mi padre. Solo conocí bien, por decirlo así, a su hijo consanguíneo.

»No sé si el señor Turgut tiene hermanos, si sus padres siguen vivos o si tiene algún otro pariente. Mi madre y él se casaron sin invitarme a la boda, porque no hubo boda, ¿me comprende? Al menos, no fue una gran celebración, que yo sepa. Mamá llegó un día a casa y me lo presentó como su marido. —Lisa apretó los labios—. De hecho, pensaba que Turgut solo se dedicaba de lleno a su empresa de construcción, cuando supe luego, a través de la prensa, que estaba metido en todo… en todo tipo de empresas, subrayo, empresas de maletín. Ese día, cuando me enteré de esa verdad, sentí como si una roca gigante cayera sobre mí. —Tomó aire y continuó—: Conocí al señor Smith gracias a Turgut. Ambos eran… “amigos”. —Exhaló—. Al principio, durante nuestro corto noviazgo, todo iba excelente. Luego Jefferson me pidió matrimonio, allí fue cuando explotó el escándalo de mi padrastro. Me sentía… desubicada, pero como no era hija consanguínea de Turgut, pensé que nada malo caería sobre nosotras… Sí, lógicamente nos investigarían, claro que lo pensé —aclaró, al ver que George se acomodó en su silla tras lo dicho anteriormente—, sin embargo, tenía plena confianza que no pasaría nada malo, que saldríamos airadas, pero mi madre estaba nerviosa con todo lo que sucedía y por el futuro legal de su esposo, así que la escuché, luego escuché a Jefferson, atendí ambos consejos, los mismos que recomendaban que me casara con ese político y así poder sacudirme el apellido Turgut y todo lo malo que le cubría.

Ella hizo silencio. Miró el vaso y él entendió lo que quería. Se levantó, salió y trajo una nueva jarra de agua.

Llenó el vaso de vidrio y se lo dio. Regresó a su puesto y la vio beberse trago a trago, posesa.

—Lo siento —dijo ella tras beberse todo el contenido casi de un solo trago.

—Tranquila. Continúa —pidió él, amablemente.

Lisa inhaló profundamente y exhaló antes de continuar.

—Me casé con Jefferson, pero no quería hacerlo. Algo me decía que era una muy mala idea. Sabía que era demasiado pronto también, solo lo hice por mi madre —explicó con la voz apretada, era evidente la rabia—. Justo después de nuestra boda, todo cambió… —Su voz desfalleció, pero a ella no le gustaba llorar delante de la gente, así que aguantó—. El señor Smith sacó su verdadera cara. Me negó el divorcio, me negó la salida de suhogar”, me lo negó todo. Lo único que no me negó fue su «especial» trato hacia mí y la… terrible información que me tenía guardada.

Otro silencio. George esperaba. Lenis comenzó el verdadero viaje al pasado, perdió su mirada entre los recuerdos mientras relataba.

—No supe de mi madre ni de mi padrastro durante un mes luego de haberme casado. Jefferson contactaba a mi madre y me ponía en contacto con ella, ya que, yo no tenía permitido llamarla. Ni llamar a nadie, de hecho. Bueno… Hubo veces donde pedí hablar con ella. Nunca supe dónde estuvieron ellos escondidos ese tiempo, me enteré luego que se fueron del país dejándome sola con Jefferson.

El nudo en la garganta de Lenis era doloroso, no pudo evitar que se notaran sus ganas de llorar. George no podía mover un solo músculo.

La secretaria de Max  sacó otro documento, pero no se lo dio de inmediato. George presentía saber lo guardaba aquel folio.

Y no se equivocó. Cuando ella se lo cedió, el abogado por fin lo abrió.

El corazón le iba a estallar, era la misma imagen que le había enviado Peter, con la diferencia del tamaño. La que sostenía sus manos era más grande, física, podía tocarla y detallarla. No dejó de mirarla mientras ella retomaba la palabra.

—Eso que vez allí es tan solo una muestra de las consecuencias de haberme quedado con ese hombre. —Él estaba absolutamente asombrado por la valentía de esa mujer al contar aquel relato—. Mi padrastro tiene la culpa de lo que me pasó. —Su voz fue sombría. George le preguntó con la mirada por qué dijo eso último. Ella miró a la nada, luego directo a su rostro—. Mi padrastro, el actual esposo de mi madre, me utilizó como pago por el exilio que el asesor del gobernador le consiguió. —George apretó sus puños sin que ella se diera cuenta. No esperaba escuchar eso—. La noche que Jefferson me hizo eso —señaló con la boca la imagen que él aún sostenía—, yo había huido del apartamento que compartíamos. Él me encontró. De esa forma me di cuenta que ya no podía escaparme de su lado. Y fue esa misma noche donde me lo dijo todo: “Tu madre te debe despreciar. Igual o más que tu padrastro” me dijo él. También recuerdo que me dijo: “¿Cómo crees que le cobré el haberlo salvado de la cárcel?”

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