FAZER LOGIN—George… —Lenis intentaba reaccionar, ordenar las cosas—. George, por favor…
En otras circunstancias, ese «por favor» sería un ruego tan distinto… Él estaba dispuesto a complacerla en todo, a darle el mundo de placer, a adorarla como bien sabía él que ella se merecía, pero ya estaba entendiendo que ese «por favor» intentaba detenerlos.
George culminó el beso, colocó ambas manos en su cara, pegó su frente a la de ella, cerró los ojos y suspiró.
Se quedaron así por un largo minuto, hasta que la sintió temblar un poco.
Separó la cara y la miró.
—Tienes frío —aseguró él.
A ella no le dio tiempo corroborarlo con palabras. Él la presionó contra sí para que no pasara por la incomodidad de no poder taparse bien con la pequeña toalla que él le había puesto encima. Estiró el brazo y le acercó un albornoz que, gracias a Dios, estaban muy cerca de ellos.
—Ten —le dijo él.
Ambos maniobraron para que ella se pudiera cubrir bien sin que él la mirara.
Por supuesto, él deseaba verla, claro que sí, pero no quería irrespetarla y mucho menos que ella sintiera que él se aprovechaba de la situación para lograr más intimidad entre los dos.
Cuando Lenis ya estaba tapada con el albornoz, él la ayudó a colocarse de pie. Soltó su mano y la miró de nuevo.
—¿Te sientes bien?
Lenis tenía las mejillas sonrojadas. Sentía vergüenza por lo sucedido.
George le alzó el rostro con un dedo.
—Mírame. —Ella apretó los labios y obedeció—. No tienes que sentirte avergonzada. Ese beso ha sido… fue… —Él exhaló bastante aire.
Entonces, ella se dio cuenta que a su modo, él también había quedado sorprendido y sin aliento por lo ocurrido.
—Me ha encantado besarte, George, no lo voy a negar —se envalentonó a decir—, pero te pido disculpas por haberlo hecho. No… Yo… no estoy bien. —Sus palabras falsearon.
Él la atrajo hacia así de nuevo, abrazándola otra vez, pero más que fuerza, con la clara idea de que ella se diera cuenta que se podía apoyar en él.
—¿Carl está muerto, verdad? —lloró ella esas palabras.
Él apretó los dientes y la separó de su pecho para que lo mirase.
Entonces, asintió.
La cara de Lenis se arrugó y se la tapó con sus manos.
—No puede ser, George, no puede ser…
—Hey, hey, hey… —El abogado tomó sus manos, las bajó de su cara y las apretó—. Lenis, mírame. Entiendo perfecto lo que sientes —ella, entre lágrimas, miró sus ojos—, pero quiero asegurarme que comprendes que todo lo que sucedió fue en defensa propia. Si no hubiese sido así… —Él apretó la mandíbula más fuerte que antes.
«Si no hubiese sido así, ella habría sido violada por ese sujeto»,
pensó él.Él no quería ni pensarlo. No sabría qué hubiese hecho él de haber sido esa la realidad.
Lenis asintió y miró sus manos dentro de las de él. Volvió a penetrar en sus ojos. Apretó fuerte sus dedos, quería darle a entender que necesitaba y aceptaba su apoyo como nunca antes lo requirió de nadie.
—No aguanto todo esto —soltó ella—. El año que viví con Jefferson no dejará de rondar mi vida. Ahora esto, yo… no sé cómo pude dispararle a alguien…
—Lenis, lo que te sucedió fue una m****a, sí. Hay cosas innegables en esta vida y una de esas son las desgracias. Es lamentable, pero no podemos dejar que nos definan. ¿Vas a dejar que esto te arrastre? ¿A ti? —Él volvió a apretar sus manos y la miró fijo, susurrando las palabras—: ¿Quién dijo que una mujer como tú no puede con esto y más? Lenis, tú puedes con todo.
Las miradas y el silencio danzaron entre sí. Ella esnifó, retiró las manos y secó sus lágrimas, acomodándose mejor el albornoz.
Miró la bañera, la toalla lanzada como cualquier cosa a un lado de la tina.
—Disculpa todo este desorden.
—No te preocupes por eso. Lo importante es que estás bien. Me asusté mucho cuando te encontré bajo el agua.
—No pasa nada, no estaba haciendo nada malo, solo quería… pensar las cosas.
Él asintió no muy convencido por su explicación.
—Peter se encargó de todo en tu apartamento.
—¿Sias…? —susurró ella.
Él se puso serio y arrugó el entrecejo.
—Creo que está en la morgue —explicó con mucho tacto—. Lenis, no debes culparte por nada.
—Él sabía que estábamos en peligro, me lo advirtió. Él fue a mi casa a decirme que nos fuéramos porque Smith estaba en la ciudad…
—Lo sé.
Ella arrugó la cara.
—¿Cómo lo sabes?
Él no le podía decir que había escuchado parte de la conversación por haber estado afuera de su casa espiando como un psicópata.
—Vimos el boleto de avión sobre la mesa baja de tu sala e imaginamos lo demás —explicó.
Ella asintió y exhaló.
—Aún no puedo creer que Sias esté muerto. Era la única persona que me había apoyado en todo este tiempo. Gracias a él pude escapar.
—Entiendo. Es lamentable, pero no te puedes culpar.
Ella se separó del todo y empezó a caminar por el recinto, renovando sus preguntas y preocupaciones.
—Aun no entiendo por qué Smith, de haberme encontrado, no fue él mismo a buscarme. Envió a Carl, ¿por qué? No es un movimiento propio de él.
—Esta vez sí lograste escapar de él. Su rabia por eso no debe ser igual a las que sintió cuando lo intentaste las otras veces. Tal vez quiso hacer las cosas distintas y por eso lo envió a él.
Ella miraba a la nada, pensando… Manos en la cintura y a veces, en su frente, intentando comprenderlo todo.
—Y yo que pensaba enfrentando en una denuncia. —Lo miró—. ¿Ahora cómo haré eso? La policía investigará, él puede condenarme por haber matado a su hombre. ¿Y qué pasó con Carl, qué hicieron con él? —Cada vez que ella pensaba en ello, se le revolvía un poco el estómago.
—Peter se encargó.
Ella negó con la cabeza, lamentando todo, angustiada.
—¿Ya sabes que Sias era mi hermanastro, verdad? El único hijo consanguíneo de mi padrastro y del que te hablé.
George asintió, apartando un poco la mirada. «Si ella supiera lo que yo sé…», pensó él.
—Sí, Lenis. Sabemos quién era Sias Turgut. —Enfatizó el apellido para remarcar que sí, claro que lo sabía.
Ella lo miró fijo, tragando grueso.
—¿El señor Bastidas tiene conocimiento de todo? —Lo preguntó con sus movimientos totalmente detenidos.
George no respondió de inmediato. Mientras Lenis descansaba en un profundo sueño, los tres jefes discutieron la situación. ¿Qué hacer?, era el tema de la reunión. Peter, Max y él, tomaron algunas decisiones nuevas, que obviamente no las compartiría con Lenis.
Él terminó por asentir.
—Sí, Max lo sabe.
—Entonces él… ya él sabe el resto de mi historia.
George apretó la mandíbula.
—Te dije en mi oficina que él debía saberlo, ¿lo recuerdas? Con todo esto fue inevitable ocultárselo. Hoy es día laboral, estabas indispuesta, alguien debía aviarle. Además…, somos amigos. —«Casi hermanos», pensó él—. Lenis, puedes quedarte tranquila. Smith ya debe haberse enterado de lo que le sucedió a su hombre de confianza, pero Peter se encargó de dejar claro que lo que sucedió en tu casa fue producto de una pelea entre Sias y Carl, ¿entiendes lo que quiero decir? Así que tu ex esposo retrocederá un poco, no te buscará.
Ella bajó la cabeza y luego lo miró.
—¿Sí confías en mí cuando te digo que él es aún es mi esposo, pero solo en documentos, ¿verdad?
Él apretó los dientes y respiró por la nariz. Se acercó a ella en dos pasos y se detuvo cuando sus caras estaban casi frente a frente.
—El que no te hayas divorciado, no es importante para mí… Para mí, él es tu ex marido. Quiero que ya mismo te lo grabes en la cabeza.
Lenis quedó paralizada por la demanda y por la forma cómo él la había lanzado.
—Sé que me has salvado, que tú y Peter me han salvado y sé que me apoyarán, lo sé. Por lo menos de ti lo sé. Confío en ti, George. Pero no por eso te permitiré que me hables así…
—¿Cómo te hablé?
—¿Exigente? ¿Un poco soez?
—No, no fui ninguna de esas dos cosas, Lenis. Soy tu abogado. Te he hablado como tal. Y como tal, quiero que entiendas, ¡que te hagas a la idea que ya no tienes nada que ver con ese imbécil! —Gruñó las últimas palabras.
Ella lo miró sorprendida y desafiante.
—Como abogado… —repitió ella—. Claro que me hablas como abogado —terminó diciendo, ocultando su ligera decepción, una que no pensaba admitir. Por un momento anheló que le hablase como hombre, como «su hombre», y no entendía de lleno cómo era posible querer percibir eso de él.
«Tal vez, el haberlo besado no ha sido tan buena idea», pensó.
Ambos escucharon el timbre del apartamento.
—Debo atender. ¿Estarás bien?
Ella asintió. Él salió del tocador y ella no se movió hasta que él desapareció.
Entonces, exhaló todo el aire contenido y pasó sus manos por el rostro. Sentía tanta presión, toda esa excitación, la adrenalina haciendo juicios sobre su cuerpo y mente… El susto, todo se estampaba sobre sí.
George caminó rápido hasta la puerta principal. La abrió y vio de quién se trataba.
Maximiliano Bastidas se encontraba parado esperando que lo dejaran pasar. George bajó la mirada hasta sus manos, el empresario traía un paquete.
—¿Trajiste comida? —le preguntó el anfitrión, sumamente extrañado por eso.
—Esto le va a gustar —explicó, sin dar más detalles.
George alzó las cejas, entendió perfecto que él hablaba de su invitada. No le gustó lo que sintió y lo peor, no era la primera vez que lo sentía.
Luego, se apartó del umbral y Maximiliano pasó directo a la encimera de la cocina, que luego de atravesar un pequeño recibidor, era lo primero que te encontrabas: una gran cocina abierta y entarimada. Desde allí se podía ver la gran y acogedora sala de estar y posterior a ello, una terraza con puertas de vidrio y muchas plantas.
—¿Dónde está ella? —preguntó Max.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







