FAZER LOGINCopado de gente, el sitio donde George y Maximiliano habían cuadrado verse, pertenecía a uno de los clientes del abogado, por lo que se le hizo fácil conseguir reserva.
George acababa de llegar de su viaje. Iría directo a su departamento, pero el mensaje de texto de Max le hizo desviarse del camino.
Al cabo de un rato, el jefe de Lenis llegaba al sitio. Maximiliano también conocía a los dueños, por lo que los mesoneros le dieron una cálida bienvenida y una joven lo dirigió a la mesa donde se encontraba su amigo.
Max se sentó frente a él. La mujer le entregó la carta a ambos y se retiró.
—Estás raro, ¿qué sucede? —George le preguntó sin mirarle a la cara, el abogado estaba concentrado en el menú.
—¿Raro? ¿Yo? Cuéntame tú.
George despegó la mirara de la carta y comenzó a relatar lo que pensaba Max deseaba saber.
—Peter aún no ha llegado, porque se le ha explotado un pequeño tornillo. Hemos descubierto que Smith tiene un hijo. —Max alzó las cejas—. Una mujer en la capital le ha puesto una demanda por incumplimiento de manutención. Extraño que no existan denuncias diferentes, pero ya estamos averiguando eso.
Maximiliano no se esperó nada de aquello.
—¿Y qué fue lo que le pasó a Peter, qué hizo, por qué se volvió loco?
—Ah… Creo que le gusta alguien. —Max arqueño mucho más las cejas—. Es alguien cercano a la madre del hijo de Smith, por lo que… ya sabes…
—Sí… Debe estar un poco paranoico investigando…
—Exacto.
—Interesante… —dijo, pensativo.
—La demanda será fácil, todos los cargos están en su contra. Con pruebas. Ni siquiera tendremos que llegar a la corte si todo procede como lo espero. Abandono de hogar, fallas en la manutención… El hijo de Smith tiene tres años de edad, lo que significa que cometió adulterio. —Maximiliano oía atentamente, asombrado por lo que escuchaba—. Peter me encontró dos testimonios más de mujeres que han sido maltratadas por él.
—¿Violadas?
George asintió con pesar. Maximiliano apretó la mandíbula y siguió escuchando.
—El viaje fue fructífero, logré cuadrar el traslado de ambas testigos y protección para ellas. Así como protección para la casa de la madre del hijo de Smith, quien, según ella, la acosa de vez en cuando, le hace psicoterror, todo un desastre. De todas formas, no me fio completamente. Mandé a intervenir la línea fija de la vivienda y la de su móvil. La mujer trabaja en su casa, así que no hubo necesidad de rastrearla hasta el trabajo.
Max asintió.
—Todo suena alentador. ¿Cuándo emitirás la demanda de divorcio y la denuncia por acoso?
—Debo hablar con Lenis. Smith aún no se ha ido de la ciudad, planea algo y me temo que es algo grande. Suponemos que aconsejó al gobernador para quedarse y juntarse con estos inversionistas extranjeros muertos de sed…
—Sí, conozco a esa gente —le interrumpió, sabiendo perfectamente de qué hablaba.
En ese momento, el mesonero se acercó y ambos intentaron ser amables con él, pidiéndole lo más rápido del menú, aunque Maximiliano indicó que solo pediría postre, ya que había almorzado temprano.
El mesonero llenó sus vasos de agua, tomó las órdenes y se retiró.
George tomó un sorbo del líquido.
—Me alegra que te haya ido bien en el viaje, es buena información. Eventualmente te pediría que me la contaras, pero no te convoqué para eso. —George lo miró con una mueca interrogadora—. Te convoqué para preguntarte, ¿por qué mi secretaria, desde mañana, estará buscando piso para alquilar?
George quedó colgado por un momento.
—¿Perdón?
Maximiliano quiso echarse a reír, pero nada que le causara gracia.
—Lenis y yo almorzamos juntos hoy. —George se quedó muy quieto, escuchándole atentamente—. Me contó que se canceló su contrato de alquiler, pero no me dijo cómo. —Silencio. Seriedad. Segundos—. ¿Cómo sucedió eso y por qué?
George lo miró fijo, su cara no podía leerse fácilmente.
—¿Estás queriendo decir que yo hice algo?
—No sé, solo te pregunto.
«¿Cómo lo supo Lenis?», se preguntó el abogado mentalmente, intentando responderse rápidamente, sin poder dar en una suposición concreta.
—¿Ha pasado algo malo entre tú y mi secretaria?
—¿Cómo así, qué quieres decir?
Maximiliano estaba casi seguro que su abogado había hecho algo, dicho algo, impuesto algo para que Lenis quisiera mudarse. Lo mezclaba con la cancelación del contrato de alquiler de su secretaria. No se lo preguntaría de frente. Siendo testigo de algo novedoso, algo impresionante, algo que jamás pensó ver, empujaría sus sospechas sobre una carreta minera, la llevaría hasta la orilla desde dónde ver qué rayos estaba sucediendo.
—La invité a almorzar porque la he notado rara —dijo el empresario.
—¿Rara?
—Ha estado inusualmente alegre, no sé si me explico. —George no comprendía bien. Colocó los codos sobre la mesa y apoyó su barbilla y labios entre dos de sus dedos—. Se viste diferente, habla diferente. Desde ayer y hoy lo he notado. Pero me ha llamado la atención, cuando compartíamos el almuerzo, que ella parecía creer que yo sabía algo de eso…
—¿De qué?
—De la cancelación de su alquiler… No, mejor dicho, me ha preguntado si tú no me habías informado de su plan de buscar piso.
—No sabía que quería buscar piso, ¿cómo coño te lo iba a contar?
—Yo tampoco sabía, pero ella pensaba que sí —dijo, articulando con sus dedos índice—. Tú no sabías sobre esa decisión, pero ella me pregunta si me lo has contado tú… ¿Qué quería averiguar exactamente?
George estaba muy quieto, con su cara de póker, una que por primera vez intentaba mantener, sin mucho éxito.
—Llega al grano, Max.
—No, llega al grano tú, Miller. ¿Qué m****a pasó?
George sabía que no tenía escapatoria, pero no quería discutir, y menos con Max.
—¿En qué momento nos hemos olvidado de nuestro objetivo de traer de vuelta a Ferit? —preguntó George.
—Nadie se ha olvidado de nada, no me cambies el tema.
—No lo cambio. No lo hago. Todo lo que he hecho ha sido para un fin…
Las órdenes llegaron, pero ambos hombres no despegaron sus retadoras miradas entre sí.
Al retirarse el mesonero, Maximiliano se inclinó hacia delante, haciendo confidencia entre su acompañante.
—¿Qué fue lo que hiciste? ¿Y por qué?
George, luego de unos segundos y suspirando profundamente, le contó a Max lo que había hecho.
El CEO después de escuchar, miraba su postre, el mantel, el suelo, a George, negaba ligeramente con la cabeza, todo, intentando darle sentido a las acciones de su abogado.
—¿Por qué lo hiciste?
—Para protegerla.
—¿Obligándola a vivir en un lugar que no es suyo? —George no dijo nada—. Ya entiendo por qué está molesta —susurró. George no emitió palabra alguna—. Ahora entiendo por qué ella pensaba que yo sabía algo. Piensa que tengo que ver con este… despropósito de plan tuyo de quererla amarrar a tu casa —terminó diciendo con los dientes apretados.
—No es nada del otro mundo.
Max levantó el rostro y lo apuntó hacia él.
—¿Hay algo que yo no sé? —El abogado suspiró, se apoyó en su espaldar, se acomodó en el asiento y se preparó para intentar comer un almuerzo que ya debía estar frío—. ¡Responde!
George lo miró serio. Luego, barrió su mirada sobre su alrededor, comprobando que nadie se había dado cuenta de aquel intercambio de palabras.
—Smith es más peligroso de lo que pensamos —dijo el abogado—. Lenis es una mujer escurridiza, terca. Pensando que no lo hace a posta, puede poner en peligro su vida otra vez. No quiero darle la opción de hacer una locura. Ella se quedará en mi apartamento. Punto.
Maximiliano se había quedado tan sorprendido, que solo se limitó a observarle comer, porque —como solía ser normal en su abogado—, le había vuelto el apetito al cuerpo como si allí no estuviese pasando nada.
—No puedo creerlo… —susurró el empresario.
George levantó la mirada hacia él y le dijo con ella que no le dijera nada de lo que estaba pensando, porque así de conectados estaban el CEO y su abogado.
Maximiliano acaba de descubrir (o tal vez corroborar) que el serio, amante del humor negro, amante de las mujeres de una noche, se había enamorado de Lenis Evans, de Lisa Díaz, de la hijastra de Ferit, su enemigo número uno, de la secretaria y escurridiza mujer…, de la misma que él, Maximiliano Bastidas, no podía dejar de ver con ojos más allá del profesionalismo.
—Cuando la enfrentes, no le gustará tu decisión —aseguró Maximiliano en voz baja, mirando a la nada.
Su semblante había cambiado. No se sentía derrotado, solo tal vez preocupado de que las cosas no salieran bien ante aquella novedad.
George lo miró durante un largo segundo. Sin palabras dichas ni discurso corporal develado, siguió comiendo.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







