بيت / Romance / EL PLAN DE LOS JEFES / Capítulo 26 primera parte

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Capítulo 26 primera parte

مؤلف: Ranacien
last update تاريخ النشر: 2022-03-06 12:00:01

El apartamento estaba en total silencio, por lo que fue fácil para Lenis escuchar la puerta principal abrir y cerrarse.  

La noche estaba cayendo, la luz del ocaso entrando desde la terraza, penetraba las puertas de vidrio. Ella no despegó la mirada de aquel espectáculo, sentada con los pies bajo sus muslos en el mueble de tres plazas, descalza y con la ropa del trabajo aún puesta.

George entró, la vio y quedó ensimismado. Él no sabía si se trataba de algo mágico, pero sí presentía que alrededor de aquella mujer debía existir un aura indivisible a su figura, a su personalidad, a sus ojos y a su cabello, el cual llevaba suelto, que la definían como una fémina casi mística, no podía ser verdad su existencia, al conocerla era posible que cayeras rendido a sus pies. Él, conociéndose como un hombre rudo de corazón en cuanto a temas amatorios, era raro el poder estar seguro de cuándo amar y cuándo no. O tal vez (había pensado alguna vez), esa dureza hacía más fácil para él identificar cualquier sentimiento, el que fuese, bien sea por una mujer, por un amigo o por un objetivo de vida.

Verla allí, contemplando la luz del sol ocultándose, en su propio aposento, el mismo que no solía compartir con mucha gente, en el hogar familiar, el de su madre, el de su nostálgica historia, significaba el escenario y momento perfecto para permitirse sentir algo por ella, permitírselo desde que lo supo, desde que la conoció, desde que armó un plan para utilizarla con un solo objetivo: exigir justicia, un hecho que le quitaba la libertad de comprender que ciertamente ya se estaba enamorando de Lenis Evans.

Se quitó la chaqueta del traje y la colocó sobre el espaldar de una de las sillas altas que rodeaba la encimera de la cocina abierta. Descendió el par de escalones que daban la bienvenida a la sala y quedó de pie detrás de uno de los sillones.

Nadie dijo nada por unos segundos.

—¿Por qué lo hiciste? —rompió ella el silencio.

—Por tu seguridad —respondió de inmediato, rostro serio, a la expectativa de lo que ella le diría.

Lenis negó con la cabeza. Sacó los pies debajo de su cuerpo y se levantó.

George no pudo tragar, solo sentir cómo el aliento se le iba. Lenis se veía estupenda con aquellas prendas y la luz del lugar le aportaba absoluta belleza. Ella ni siquiera se daba cuenta.

Pero su rostro… Al mirarle el rostro, se percató del dolor que ella sentía.

—Lenis, no…

—Hablaré yo, luego tú podrás decirme lo que quieras. —Él apretó los dientes y asintió. También guardó las manos en sus bolsillos—. Voy a mudarme —informó—. Una compañera de trabajo me ha recomendado una agencia de bienes raíces…

—No, Lenis, no entiendes…

—Déjame hablar… ¿Puedo hacerlo? —Él bufó bastante aire y apretó los labios, asintiendo nuevamente—. No te lo estoy preguntando, te lo estoy informando. Puede que parezca malagradecida, pero no es así. Estoy muy agradecida por todo lo que has hecho por mí, no sabes cuánto, pero no te voy a permitir que hagas las cosas a mis espaldas, cosas así de…

—¡Fue por tu seguridad! —George se acercó a ella, colocándose bien cerca de su rostro—. No entiendo por qué tengo que excusarme con esto, no lo entiendo. Sé que no pudiste saberlo todo, pero en un año, ¿no fuiste testigo del tipo de hombre que fue ese sujeto? ¿A caso estuviste ciega ante la especie de negocios en los que tu ex esposo está metido?

—¿Qué tiene que ver eso con haberme cancelado mi contrato de alquiler sin decirme nada?

—¡Todo! ¡Tiene todo que ver! Te pueden matar, Lenis. No puedes mudarte a dónde sea y menos devolverte para allá...

—No discutiré contigo, no vale la pena.

Lenis comenzó a dar unos pasos, pasándolo de largo, pero él no la dejó.

—Esto no va a quedar así. —La tomó del brazo y la giró para ver su cara.

—Suéltame —pidió ella, con voz de advertencia.

George obedeció de inmediato, pero solo le faltaba botar fuego por la nariz. Estaba molesto, no entendía por qué ella quería mudarse, ¡no quería que ella se mudara! Los planes no le estaban saliendo como él quería.

Lenis caminó de prisa hacia el pasillo de habitaciones donde él la alcanzó y sin poderlo evitar, la volteó tomándola de nuevo del antebrazo.

—¡Suéltame!

—¡No lo voy a hacer! —gritó él con sus rostros muy cerca uno del otro—. No te voy a soltar —susurró y separó un poco la cara, quería verla mejor. Sus respiraciones iban a mil por hora—. Smith es muy peligroso, tiene gente en todos lados, aún no se ha ido de la ciudad. No puedes mudarte, tienes que confiar en mí…

—Entiendo tu punto —interrumpió—, pero tenías que consultarme antes de hacer algo así. ¿Es que no lo entiendes? —Se miraban directo a los ojos—. Desde que mi padrastro llegó a mi vida, he vivido bajo la sombra de alguien, bajo el mandato de alguien más. Sias me ayudó a escapar y me permitió tener la oportunidad de sentirme libre, así fuese bajo un disfraz. —Él fue soltándola casi sin darse cuenta—. Libre para decidir qué hacer, dónde y con quién. —George sintió la piel de gallina al escucharle—. Por primera vez había alquilado un piso por mis propios medios. ¿De dónde crees que saqué el dinero? ¿Crees que todo me lo dio Sias o que se lo saqué a Smith? ¡No! La gran mayoría de las cosas las hice con mi dinero, el que me gané trabajando como asistente personal antes de que el imbécil de Smith llegara a mi vida, ¡antes de que mi madre apareciera por la puerta de mi casa casada con ese turco! Con mi dinero alquilé ese piso, mi piso, ¡una casa! Y aunado a todo lo que me había sucedido, no te imaginas cuánto me dolía el saber que no podía volver a vivir allí, por lo menos por un buen tiempo; porque no soy loca, sé que estoy en peligro; no soy tonta, sé que en cualquier momento me tendré que enfrentar a un divorcio complicadísimo, pero era mí decisión terminar con el contrato de alquiler, mía, total y absolutamente mía. —Golpeaba el dorso de su mano contra la palma de la otra—. Era yo quien debía cancelar el alquiler y si tú ya tenías esa idea, debías decirme. No me habría enterado por boca de la señora Grace. —George solo la escuchaba sin siquiera querer interrumpirla—. Eres… ¡Grrr! —gruñó su frustración—. No puedo soportar una nueva imposición, no lo podré soportar.

Lenis se dio la vuelta y comenzó a caminar —casi correr— hacia su habitación.

George vio que se le escapaba de las manos aquella situación, no podía permitirlo.

Se adelantó velozmente, bloqueó su paso, tomó una de sus muñecas y la atrajo hasta su pecho.

El aliento de Lenis se fue al cielo, e inmóvil, no pudo defenderse del agarre de aquel hombre.

—¡Escúchame! —gritó él, dándose cuenta que la estaba asuntando.

Liberó un poco el agarre, que ya no era solo de su muñeca, ni de su mano o su antebrazo, George había rodeado por completo la cintura de Lenis y la tuvo bien sujeta contra sí. A pesar de haber aflojado sus toques, aún la tenía bien cerca.

Sus bocas se enfrentaban, demasiado cerca una de la otra. La respiración de cada uno a punto de ser una sola, tan cercanas, al ritmo de los desenfrenados latidos de sus corazones.

—Escúchame —repitió él, más suave esta vez, pero con la voz ronca por el deseo y la desesperación—. No quiero… —tuvo que tragar— No quiero que te vayas —confesó y sintió las más grandes ganas de besar que haya experimentado en toda su vida.

El abogado acercó su boca a la de ella y lentamente, fue sobando, muy ligeramente, los sensuales labios de Lenis Evans.

La secretaria solo se dejó llevar, sintiendo sus poros erizarse a medida que las caricias de George iban y venían tenuemente sobre sus labios. Arriba, abajo, lento, pausado, disfrutable, anhelante.

—Eres tan hermosa…—susurró.

George hizo que ambos se movieran un poco, tan solo un giro, y cayeran sobre una de las paredes del pasillo.

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lynda mogollon
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