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Capítulo 24

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-03-04 12:00:26

La secretaria de la corporación de Maximiliano Bastidas presionó el botón de respuesta a una llamada entrante desde la oficina de su jefe.

—¿Lenis?

—Dígame, señor.

—Necesito que… —Maximiliano se detuvo en seco y bufó. Puso cara de aburrimiento—. ¿En serio?

Max escuchó una risa suave que le indicaba que ella bromeaba con él.

Lenis había llegado temprano ese viernes al trabajo, al igual que el día anterior. La reunión acostumbrada de los jueves resultó ser un éxito. Se mantenía ocupada desde entonces, se comportaba muy eficiente, cargándose de todo el trabajo posible, adelantándose a los requerimientos de su jefe y todo aquello lo había notado el CEO, no extrañado por la eficiencia de su secretaria, que era una genial característica suya, sino por algo que él sumaba a toda esa buena actitud: alegría. Después de lo ocurrido, la mujer volvía a la carga laboral con todos los hierros, algo que él admiraba, pero le olía muy extraño.

Max tenía razones para que le pareciera aquello un poco raro. Primero, casi sin analizarlo, solo dejando correr sus suposiciones, había notado a Lenis más alegre de lo normal desde el día anterior, a diferencia del miércoles.

Segundo, estaba lanzando pequeñas bromas que, si no fuese porque la conocía, pensaría que eran pícaras, casi seductoras y provocadoras aquellas bromas; como la de llamarlo de nuevo «señor», cuando reiteradas veces él le había pedido que lo tuteara y de hecho, ya lo había conseguido.

Tercero, el día anterior se había ido vestida impecable, como siempre, por supuesto, pero este día se esmeró como nunca. Se había colocado una camisa rosada con botones al frente y manga sisa, una prenda común de oficina, pero con colores que ella jamás había usado. Sin embargo, lo más raro era la falda: blanca, impolutamente blanca, pegada al cuerpo y por encima de las rodillas.

Lenis nunca usaba prendas por encima de las rodillas.

No era la primera vez que se colocaba tacones, pero estos zapatos de verdad que eran de infarto, tacones bastante altos y eran del mismo color de la camisa. Le quedaban estupendos.

Y su cabello… Lo llevaba suelto, como muy pocas veces, y quien pudiese notarlo de veras podía saber claramente que le había crecido, que ya le llegaba por debajo de los hombros, cayéndole en cascada, frondoso…, cascada oscura y brillante. ¿Y se lo había pintado? Al parecer, ciertamente sí, ocultando de nuevo el rubio natural de su cabellera.

Su maquillaje era visiblemente diferente y eso de verdad tenía impresionado al CEO. Seguía manteniendo la misma sencillez, pero con la clara diferencia de que esa simplicidad había sido perfectamente aplicada. Lenis mostraba un rostro que parecía de porcelana. Y por supuesto, para Maximiliano, era porcelana de la más fina.  

Todos esos colores y detalles parecían luz en los ojos grises de Lenis Evans. Ese par de acuarelas se veían más impresionantes que nunca, brillosos y despiertos, aunque él seguía insistiendo que algo escondían.

Tenía muchas preguntas, algo había pasado. Alguna cosa había sucedido que a ella le hacía esconderse detrás de esa repentina felicidad.

Miró su reloj, ya estaba cerca la hora de almuerzo. Estando sentado detrás de su escritorio, se inclinó y presionó el botón. 

—Lenis, pídeme una ensalada y un té para el almuerzo. Si no saldrás en tu hora libre, pide algo para ti.

—Enseguida.

El CEO esperó lo justo. Lenis entró con una bandeja con el almuerzo de su jefe, la colocó sobre la mesa baja de la pequeña sala de estar ubicada a un costado del despacho.

—Con permiso… —se excusó ella, dirigiéndose a la puerta.

—¿Qué haces? —preguntó él, haciendo que ella se detuviera.

—¿Disculpa?

—¿A dónde vas?

Ella arrugó ligeramente las cejas.

—A almorzar.

Él sonrió, con las cejas arrugadas también. Se levantó de su silla y se dirigió hacia la sala.

—Pensé que habías pedido almuerzo.

—Y así fue.

—Entonces, ¿qué haces? ¿Para dónde vas?

Ella se veía contrariada, pero viéndole hacer espacio en la mesa, ella entendió a lo que él se refería.

«Ahh… Quiere que le acompañe», acertó Lenis.

—Está bien, enseguida vuelvo —anunció ella, saliendo del despacho y regresando con su almuerzo.

Se sentó en uno de los sillones monoplaza. Él estaba sentado en el de tres asientos.  

—Pedí lo mismo —informó ella, con una sonrisa teñida de ligera pena.

Él sonrió.

—Es la mejor ensalada de la cuadra. Bien por ellos, ¿no?

—Son los mismos dueños de la pizzería de la esquina. Era obvio que serían exitosos.

—¿Mmm? No lo sabía —dijo él con una mueca de labios y algunos bocados en su boca—. Debería invertir en el negocio de la gastronomía. Capaz y les escriba ofreciéndoles comprar su negocio. ¿Te imaginas? —Ella sonreía y comía. Sabía que estaba claramente bromeando, pero le divertía—. ¿Me imaginas a mí siendo el rey de las ensaladas de pollo, o de las pizzas? —terminó diciendo, subiendo y bajando las cejas.

A lo que ella se echó a reír con ganas.

—Claro que sí, ¿por qué no? La comida es un negocio muy exitoso.

—Lenis Evans, como siempre, tienes mucha razón.

Ambos disfrutaron de su almuerzo entre otros temas de interés del consorcio, hasta que un silencio los cubrió mientras terminaban de comer; silencio que Max rompió.

—¿Qué harás este fin de semana? —Ella lo miró bien extrañada por la pregunta—. Es solo curiosidad.

Lenis masticó, tragó y tomó un sorbo de su té helado.

—Buscaré piso —le informó escuetamente.

Y sin él notar la intensión de dar aquella información, Lenis lo miró, observadora de su reacción ante lo dicho.

Maximiliano quedó con el cubierto congelado en el aire.

—¿Buscarás piso? ¿Pasó algo?

Lenis, con su rostro impertérrito, respondió:

—¿Por qué piensas que algo sucedió? —Ella lo miró de nuevo muy fijo al rostro y por un breve instante, él pudo ver molestia.

—¿Qué sucede, Lenis? —preguntó, colocando el cubierto dentro de su envase de ensalada—. Te he estado notando rara desde el jueves y puedo pensar que se trata de todo lo has tenido que vivir, pero algo me dice que no es así.

Ella siguió comiendo, pero su rostro ya estaba serio, parecía que algo se estaba empezando a develar.

Lenis probó otro sorbo de té.

—Sé que me aconsejó quedarme un tiempo más en el apartamento del señor Miller, pero extraño mucho mi propio espacio. Por eso busco piso.

—Te lo aconsejé, porque su apartamento es muy seguro. Es por tu seguridad.

—Sí, la misma seguridad que evitaba que viniera a trabajar —susurró para sí.

«Owww…», pensó Maximiliano. La había escuchado muy bien.

—¿Estás molesta por algo? —Silencio en la sala—. ¿Por qué estás molesta? —Para ese punto, él ya había parado de comer.

—No estoy molesta. Disculpa si te he hablado de mala manera —zanjó y siguió terminándose su ensalada.

Max la miró por unos segundos, viéndola arrastrar su cubierto por la bandeja de comida que ya estaba vacía.

Suspiró.

—A ver, ¿por qué no me explicas qué cambió desde el miércoles? Estás extraña, no lo niegues. —Ella lo miró. Parecía que pensaba si responderle o no—. ¿Qué rayos pasó, vas a decírmelo?

«No me creo que no lo sepa», se dijo ella mentalmente. «Cree que soy tonta».

—He perdido mi contrato de alquiler, ¿George no se lo ha contado?

—¿Qué? No… Yo… Lo siento, Lenis, no lo sabía. —Ella se puso seria, muy seria—. ¡En serio! —Lenis miró para otro lado sin creerle demasiado—. ¿Pero qué pasó? ¿Se enteró tu casera de lo sucedido y por eso no te permite continuar viviendo allí? —Max miró hacia ningún lugar, pensativo—. Creí que Peter se había encargado de todo…

—¿Peter? —Él frunció el ceño al escucharla—. ¿Dónde se encuentra en este momento el señor Embert? He querido comunicarme con él desde el miércoles en la noche, pero no lo he logrado. ¿No se supone que él me cuidaría?

—Me informó que haría un trabajo especial para un cliente…, pero te puso a alguien a disposición, ¿no es así?

Ella arrugó los labios, evitó bufar y también colocar los ojos en blanco.

—Sí —confirmó, diciéndolo entre dientes—. Bueno, me gustaría poder informarle sobre la búsqueda de alquiler. En agradecimiento, prometí mantenerle al tanto de todos mis pasos.

—Entiendo. Intentaré dar con él. De todos modos, puedes informarle a su hombre de confianza.

Maximiliano se levantó y buscó su teléfono celular. Escribió un mensaje.

“Tenemos que hablar. En persona. ¿Llegaste?”

El receptor le respondió casi de inmediato:

“Sí. Hace unos minutos apenas. Nos vemos en quince en el restaurante nuevo.”

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