INICIAR SESIÓNGeorge no dijo nada por unos segundos.
—Revisen las cámaras, tuvo que haber salido, aquí no está. Habla con la seguridad del estacionamiento, ¡comunícate con ellos!
—Enseguida, señor.
El abogado trancó y miró el bowl de las llaves, allí estaban las de su carro y su camioneta.
Corrió hasta su recámara. Buscó su celular y marcó el número de T.C.
Mientras el agente contestaba, Miller daba vueltas, no podía quedarse quieto. Se rascaba la nuca, resoplaba, era demasiada la impaciencia.
—¿Señor?
—¿Lenis está contigo?
T.C se extrañó muchísimo por la pregunta.
—No, señor.
Ya no era molestia por creer que se fue de su apartamento, era miedo puro, alerta total era lo que sentía en ese momento.
—Lenis no está aquí… ¿Peter?
—Acá está, señor.
No hizo falta que George pidiera que se lo pasara.
—¿Qué pasó? —habló Peter.
—Lenis no está en el apartamento.
Silencio.
—¿Se llevó sus cosas?
—No. —George arrugó la cara por completo, le parecía demasiado extraño, estaba muy asustado.
—¿Y Seguridad? —preguntó el agente.
—Están revisando las cámaras. Coordina con ellos, por favor.
—¿Estás seguro que no está? Ese jodido apartamento es gigante, Miller.
—¿Crees que me he vuelto tonto? ¡Claro que no está! No te llamaría de no sab…
«El apartamento es gigante…», repitió en su mente.
Una luz intermitente desde un lado profundo de su cabeza encendió un aviso que le hizo detenerse.
Cortó la llamada sin despedirse y en automático, llevado por algo que aún no comprendía, volvió a salir a la terraza y miró los muebles de madera, los mismos que había visto hace rato, de hecho, una de las primeras zonas que revisó.
Cuando estuvo allí la primera vez, sus ojos vieron un trozo de tela ondeando al viento a un costado del sillón de tres plazas, algo a lo que evidentemente no le prestó atención.
El sillón le daba la espalda y ni siquiera se acercó para checarlo, asegurando que ella no estaba.
Esos ojos suyos vieron la fulana tela moviéndose por la brisa, pero su cerebro no la registró.
Dio sus respectivos pasos, sin quitar la mirada de la tela, que entre más se acercaba a ella, se iba haciendo turquesa.
Y como si de un balde de agua bendita se tratase, pesado el balde, sintió un enorme alivio caer sobre sí al ver a la hermosa Lenis Evans acostada sobre los cojines, arropada con la pashmina que él le había regalado (la misma que era de su madre), en una especie de posición fetal, profundamente dormida.
Se dejó caer sobre el escalón y recostó gran parte de su cuerpo al sillón, exhalando profuso.
Abrió la boca para tomar aire, como si acabara de salir del agua.
Sus brazos cayeron abiertos sobre sus rodillas flexionadas, separadas una de la otra y en medio de ellas dejó colgada su cabeza.
Apretó los ojos y exhaló todo el aire. Tocó su tabique, restregó sus párpados…
—Qué estupidez —susurró, sin podérselo creer.
Negó con la cabeza y miró a la mujer, inocente de todo por lo que él había pasado. Se sentía muy avergonzado, jamás le había sucedido algo tan tonto en la vida.
George pegó un brinco y el celular casi se escapa de sus manos cuando comenzó a vibrar.
Antes de que ella despertara por el alboroto, se levantó rápidamente y se alejó para contestar la llamada.
—Todo bien, aquí está conmigo —informó el abogado nada más contestar. George escuchó el suspiro de Peter—. Debo avisar a la gente de seguridad…
—Yo lo hago.
George asintió como si Peter le pudiese ver.
Ambos colgaron.
El abogado guardó el celular en el bolsillo de su pantalón de pijama y suspiró. Dejó caer la cabeza hacia atrás y exhaló.
«¿Qué rayos pasa conmigo?», dejó escapar dentro de su mente.
George se sentó en el suelo y recostó de nuevo su espalda al sillón.
Se dedicó a observar a Lenis. Sus labios, su frente, sus largas pestañas, ese suave perfil… Se enderezó un poco al ver que se removía.
Lenis fue desperezándose, tratando de entender dónde se encontraba y al ver a George, intentó sentarse.
—No te levantes —pidió él, tocándole el brazo.
Dejó la mano allí.
Lenis no respiró. Miró los dedos anclados en su brazo y luego a él, quien la miraba con una expresión difícil de descifrar.
George poco a poco fue moviendo la palma, con suavidad, subiéndola lentamente hasta tocar su rostro.
Lenis exhaló un poco y dejó caer los párpados por un breve momento, sintiendo su piel erizarse de pies a cabeza. Él le provocaba cosas increíbles a su cuerpo, a su corazón, a su vientre…
Él acarició la espectacular piel del rostro de Lenis con el dorso de dos de sus dedos. Acercó más el suyo, hasta tener el increíble gris del que se había enamorado justo como lo quería.
—Perdóname —susurró él, serio, diciéndoselo con el corazón en un puño.
Se miraron por algunos segundos. Ella no dijo nada de inmediato, pero bajó la mirada y se acomodó mejor para poder sentarse.
Él hizo lo propio y la siguió, sentándose a su lado. El cabello de Lenis se removía con la brisa. Lo llevaba suelto, rulos libres, como ese mismo viento. George estaba casi hipnotizado. Luego del vergonzoso episodio donde pensó que ella se había ido, el verla dormida y ahora, el magnetismo de aquellos ojos grises, le hizo olvidar por un momento el porqué salió de su habitación para hablar con ella.
Lenis miró bien su cara. El cabello, que siempre estaba acomodado y bien peinado, el viento se lo desordenaba, embelleciéndolo mucho más. Él era capaz, solo posándose en medio de su campo de visión, de secarle la boca. Su barba incipiente le confería dureza, pero ella sabía que por dentro guardaba a un ser humano muy increíble.
Lenis tomó su mano y la apretó contra el espacio de asiento que había entre los dos.
—He entregado mi cuerpo solo a tres hombres —él frunció el ceño al escucharla— y con ninguno de los dos anteriores sentí lo que tú me haces sentir —soltó, como si no acabara de regalar una gran confesión.
George tragó grueso, no podía dejar de mirarla. Parecía congelado por fuera, mientras por dentro sentía toda una revolución.
—No tienes por qué pedirme perdón —continuó ella—. No debí hacer lo que hice, no estoy acostumbrada a todo esto. Y sinceramente, estaba cansada de huir de él, debía enfrentarlo, pero sé que así no era la manera, mucho menos con una audiencia en camino. No tienes que pedirme perdón por nada.
Él mantenía ahora una completa seriedad, mientras ella soltaba su mano y se levantaba.
Se acercó a los bloques de baranda y él hizo lo mismo, colocándose detrás de ella.
Lenis cerró y abrió sus ojos, cubriéndose mejor con la pashmina, contemplando el paisaje, admirando la tranquilidad del lugar, mientras veía desde allí la muestra en luces de una ciudad que en ese momento vivía todo lo contrario a ellos: dos muestras del comportamiento humano confluyendo bajo ese mismo cielo, compartiendo la misma tierra, tan lejos y tan cerca a la vez.
Él miró lo que ella, pero él estaba claro: Lenis era el mejor paisaje. Fue entonces cuando (sin poder dejar de pensar en lo que ella le había confesado) cayó en cuenta verdaderamente del porqué estaba allí afuera y su propósito de buscarla, cuando antes había batallado consigo mismo para dejarla tranquila luego de aquella discusión.
Comenzó a sentir alrededor de su cuello una presión extraña, pero tenía que seguir adelante, la información era poder y allí estaba la oportunidad de oro.
Acercó todo su cuerpo a ella y pasó sus brazos alrededor de su cintura. Había llegado la oportunidad.
Lenis no se contuvo. Se dejó caer sobre su pecho, pegando toda su espalda contra él y sintiendo cómo sus poros se abrían.
George alcanzó el cuello de Lenis con su boca y plantó un beso que fue calentando su piel como lo haría una llama encendida. Acarició delicadamente aquella zona con los labios, despertando otras que a esa hora ya se habían dormido.
Lenis tocó los brazos de George, los acarició con sus uñas, sosteniéndose con ellos al sentir cómo él apretaba el abrazo un poco más.
El abogado dejó de besarla y metió su cara en el hueco entre su cuello y el hombro, haciendo que se quedaran así por un momento que pareció largo, contemplando el paisaje, escuchando una algazara lejana, algún bullicio que el viento traía y se llevaba.
El lado más duro de George J. Miller se había encendido y se dejó caer al vacío, peligroso. Ya la tenía como quería.
Y debía seguir, sencillamente así.
—¿No tienes frío? —le preguntó él. Ella negó con la cabeza. No pudo responder con palabras, se sentía muy a gusto entre aquellos brazos—. No quise molestarte hace rato, venía a disculparme, a decirte que te metieras al apartamento para que te calentaras, pero te vi hablar por teléfono. Me dio corte, no quería interrumpir. —Se hizo el silencio—. ¿Pasó algo malo? Fue una llamada tardía.
Ella se quedó en la misma posición por unos segundos, pensando.
Eventualmente, se giró entre sus brazos y miró su rostro.
—¿Escuchaste la conversación?
Él se quedó paralizado ante su pregunta.
—¿Qué? No —pudo responder después de mirar sus ojos y comprobar que en ella no hubiese molestia alguna o sospechas de ningún tipo. Sin embargo, seguía extrañado. Arrugó mucho la cara—. ¿A caso piensa usted que escucho tras las puertas, señorita Evans? —Lanzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Él no podía verse a sí mismo, pero de hacerlo, notaría que la miel de sus ojos brillaba.
Ella lanzó otra sonrisa, pero mezclada con tristeza. Se giró de nuevo y de la misma manera, recostó su cuerpo al de él.
—Dentro de unos días volveré a ser Lisa Díaz.
Él ya tenía la tensión anclada a su cuerpo, pero aumentó un poco más al escucharla decir eso. Era la misma tensión que no le permitía hablar de inmediato, decir las cosas rápidamente. Además, presentía que en ese momento, lo mejor era escucharla, así que no dijo nada respecto a esa sentencia.
Ella continuó:
—Me divorciaré del hombre con el que mi madre me dejó. —Se tomó una pausa—. Quiero decírselo —casi susurró. Se volteó de nuevo y lo miró, seria, con algo en los ojos parecido al fuego—. Quiero contárselo, George. Quiero que ella sepa que me liberé, que lo logré y que su presencia no hizo falta para nada.
Él la contempló por un instante. Se había quedado absolutamente sorprendido. Sentía que esas ganas de vengarse por el abandono de su madre, o al menos, esas ganas de echarle en cara lo que había logrado, provenían del miedo que podía estar experimentando al estar cada vez más cerca de la audiencia; también, el haber enfrentado a Smith, decirle aquellas palabras frente al consorcio…, todo eso podía ser responsable de que ella quisiera decirle a su madre tales cosas. Sin embargo, a George le fascinaba ese lado de Lenis, valiente, como roca irrompible, inquebrantable, como ya había demostrado ser. Cada vez se sorprendía más de ella.
El abogado estudiaba con alevosía la profundidad de los ojos de la mujer que tenía entre sus brazos. Entenderla bien era primordial, así que haría sus preguntas.
—¿Para qué quieres eso? Sé que es tu madre, que siempre lo será, pero se fue con un delincuente y no miró atrás. Además, me contaste que Jefferson era quien te ponía en contacto con ella, no al revés. ¿Alguna vez la comunicación entre ustedes se dio de forma contraria?
Ella negó con la cabeza, pero luego detuvo la negación.
—Lo cierto es que Jefferson me pasaba el teléfono, no me decía quién había marcado a quién; a menos que yo le hubiese pedido llamarla.
—Entonces, ¿para qué deseas contactarla ahora? No sabes ni siquiera si ella te llamó en aquella oportunidad.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







