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Capítulo 31 tercera parte

مؤلف: Ranacien
last update تاريخ النشر: 2022-03-13 12:00:12

Jefferson acababa de colgar la llamada con su superior, quien ni siquiera se había molestado en encontrarse con él, estando hospedados en el mismo hotel.

Debían devolverse a la capital del país. Por más que recomendó y dio sus puntos de vista, como era su trabajo, asesorar, esta vez no logró su cometido, la decisión de regresarse estaba tomada.

No tenían más nada qué hacer allí, las reuniones se habían dado en absoluto. Tampoco sirvió de mucho la existencia de una futura audiencia, el Gobernador era partidario de las juntas online, cuando le convenía. ¿Por qué no exigirle a su asesor que asistiera a su compromiso de la misma manera? Aparte de no querer darle demasiada importancia al hecho de que su asesor político estaba bajo demanda.

De todos modos, Smith logró convencerlo de irse de allí justo el mismo día de finalizada la audiencia. Al parecer, todos esperaban que se celebrara una sola reunión. 

Irse a la capital del país no suponía una gran distancia. Aquella metrópolis quedaba al pasar la línea fronteriza. Con un traslado en tren era posible llegar en menor tiempo. Sin embargo, irse en ese momento, estar allá y no aquí, significaba para él una gran diferencia logística. Jefferson no solo deseaba salir aireado de la denuncia por acoso (confiaba plenamente en la pericia de su abogado), también quería hacer una cosa muy importante antes de irse.

El ceño fruncido y la mirada perdida decían lo mucho que le desagradaba aquella noticia, irse no podía estar en sus planes inmediatos. Jefferson consideraba que se había ablandado un poco, debía cambiar ese estatus.

La noche que recibió la demanda de divorcio de la mano del abogado de su esposa, cuando delegó a Donald la tarea de asustarla, tanto a ella como a su defensor, se había retractado, deteniéndolo en seco, diciéndole que prefería él mismo hacerle una corta visita a la “clienta” de Miller, lo que debería significar algo natural: visitaría a su mujer.

Sí, Jefferson deseaba una sola cosa, pero antes, quería conversar con Lenis, conversar de veras, no se lo creía ni él mismo. No recordaba cuándo fue la última vez que había mantenido una plática con ella.

El rubio ya no quería asustar a nadie, la verdad. Estaba cansado de ser el fantasma de la ópera. A pesar de amar la acción, sus amenazas no eran del todo ciertas, habían sido tan solo juegos. Él únicamente deseaba compartir algún tiempo a solas con Lenis, nada más.

Sentado en los muebles de cuero ubicados frente a la chimenea artificial que aquel hotel tenía en su salón privado, giraba en ida y vuelta su estilográfica de lujo color gris, acción que hacía aparecer y desaparecer la punta del bolígrafo, casi al ritmo de sus pensamientos, como un ejercicio que ayudaba a ordenar todas las cosas en su cabeza.

Lisa…

Ellos habían podido verse en aquella acera, mirarse a los ojos…

La mujer estaba más hermosa que nunca. Y más retadora también. Smith lamentaba mucho que las cosas fuesen de esa manera, demasiada compañía. Bien sabía él que ahora le costaría quedarse a solas con ella.

La extrañaba, extrañaba mucho a Lisa. Si no lo hiciera, no estaría allí.

No podía mentirse en nada respeto a ella. De hecho, reconocía que había sido muy duro durante el año de casados. Jamás una mujer se le había escapado, porque jamás había convivido con otra tanto tiempo. Él se había casado una sola vez y ella llevaba esa b****a. ¿Existían otras féminas en su vida? Sí. Pero Lisa era un regalo divino, con ninguna otra quiso compartir su vida. El precio que pagó por ella, ese absurdo exilio que le pudo conseguir a su padrastro, además de lograr evitar un gran show mediático en el momento que Turgut salió del país…, no fue nada, ella era el premio mayor, la perla.

A Jefferson, si la vida le daba otra oportunidad de volver a estar en un mismo lugar con Lisa, no la desaprovecharía. Mantener de nuevo intimidad con ella, tocar su bellísima piel, traspasarla una y otra vez, adueñarse de cada una de sus curvas, ver sus ojos grises oscurecerse, llorosos, suplicantes, evidenciar cómo sus carnes se enrojecen al tocar los límites, amarla de tantas formas que la improvisación comenzaría a liderar cada encuentro, obsequiándose «ella» a sí mismo, como regalo sin envoltura, encima, dentro, para ella, con ella, todo por ella… No, él no desaprovecharía ni la más mínima oportunidad, eso lo tenía muy claro.

Pero esas ocasiones amenazaban con desaparecer incluso antes de ser creadas. La muerte de su mano derecha era evidencia de ello.

Miró los documentos que estaban sobre la mesa baja. Su abogado le había recomendado optar por un divorcio exitoso y rápido, ya que no podía negarse o batallar. La señora Díaz de Smith le dejaba todo lo adquirido durante el matrimonio, ella no quería dinero ni bienes materiales. No habían tenido hijos ni mascotas, por lo que no existía pelea por custodia alguna. Ella pretendía seguir con su vida como si no hubiese dejado una historia a medias, un vacío en el pecho, un espacio en la cama.

Cuando Jefferson supo de su paradero, que Lisa había logrado establecerse en otra ciudad con otra identidad, de inmediato quiso hacerle una visita. Se sentía orgulloso de ella, porque era una mujer muy ingeniosa. En sus escapes lograba cosas impresionantes, como tener la osadía de denunciarle por acoso, contarle todo a la policía como si no le respetara, como si ella no hubiese gemido, saltado o disfrutado con ninguna de las cosas que él le hacía. Lisa era ingeniosa y ahora, logrando por fin escabullirse de él, además de haber buscado aquella soberana ayuda con los hijastros de Turgut, tenía que darle crédito. Y más allá de molestarse por su rebeldía, se sentía feliz porque su mujer fuese así.

Tragó grueso, mirando de nuevo la cláusula de divorcio. En algunos días ella dejaría de ser su esposa. Le estaba empezando a afectar la noticia, comenzaba a sopesar la idea de que más nunca estaría casado con ella.

Bebió un trago de su vodka. Limpió sus labios con el dorso de sus dedos. Siguió girando la estilográfica, un objeto que, irónicamente, ella le había regalado antes de casarse.

Sin querer reconocerlo, el nudo en la garganta no tenía remedio, estaba perdiendo a Lisa para siempre, en definitiva… y dolía como el infierno.

Se había hecho el duro tantas veces… Se hizo el duro delante de ella esa misma tarde frente al consorcio. Verla un día antes bajar del carro de aquel abogaducho no le sentó bien al organismo. Sus hombres le habían averiguado algo: al parecer, el famoso abogado le había montado una buena vigilancia a su mujer y con una de las mejores agencias de seguridad del país, quizás, del continente entero.

Smith pensaba que por mucha clienta que ella pudiese ser, por mucha empatía que existiese hacia su persona, por mucho apoyo hacia el nuevo nombre que ella llevaba ahora, Lisa no podía significar, para nadie, una taza de oro. De esa manera, como vajilla de porcelana fina, parecía que George J. Miller la estaba tratando. Y él, como marido, se sentía indignado.

Pero Jefferson conocía bien ese tipo de tratos, ella se los ganaba. Smith fue testigo de cómo George la miraba, casi de la misma forma como él la miró cuando el bandido de Turgut se la presentó.

«Ellos tienen algo», pensó Smith. Lisa estaba teniendo un romance con ese hombre, le estaba engañando, según Jefferson.

Él exhaló bastante aire por la boca y se acomodó en el asiento. Jefferson podía ser capaz de dejarla tranquila. Su cargo estaba en juego y dicho rol no solo llevaba consigo el nombre de asesor, era mucho más, no podía darse el lujo de manchar ese nombre. Estaba preparado para cualquier calumnia que el abogado sacara en su contra. Le preocupaba un poco no tener demasiado éxito en lo legal, pero confiaba en su gente, les pagaba mucho dinero para conseguir buenos resultados.

Lo que verdaderamente quitaba su sueño, era no tener tiempo para encontrarse a solas de nuevo con su esposa antes de que dejara de serlo. Y buscaba, férreamente buscaba, como loco, la brecha, la manera de conseguirlo, la oportunidad. Estaba tan arrepentido de haber enviado a Carl…

«Si tan solo hubiese ido yo mismo…» Apretó los dientes con aquel pensamiento. Le quedaban pocos días, debía apurarse. Una despedida en el nombre del amor era lo que Jefferson Smith necesitaba, solamente eso, para estar tranquilo.

***

George tocó la puerta de la habitación de Lenis. Sin obtener respuesta, se atrevió a entrar.

La cama estaba armada y vacía. Asomó su cabeza en el tocador… Vacío también, aunque existía un leve olor a perfume y jabón que le agradó y el cual decía que ella había estado allí, dejando huella, como con todo lo que ella tocaba.

Recorrió al pasillo de habitaciones hasta llegar al área principal del apartamento, espacio abierto, pudiendo observar desde allí que la cocina también estaba vacía.

Casi todas las luces habían sido apagadas, solo quedaba la lámpara de piso encendida en una esquina cerca de las puertas de vidrio y la iluminación que traspasaba esas mismas puertas y que provenía de la terraza.

Salió al exterior convencido de encontrar a Lenis recostada en alguno de los bloques y al no verla, se paralizó.

El corazón dio un fuerte pulso.

Como un adolescente inexperto por la vida, no pudo moverse del sitio por un largo momento.

«¿Se fue?», se preguntó.

La respiración acelerada solo podía confirmarle que si no buscaba, enloquecería de un momento a otro.

Caminó de prisa hasta los muebles de la terraza y no vio nada. ¿Para qué subir el escalón? Desde allí claramente podía ver que Lenis no estaba.

Oficialmente se desesperó. No podía creer que se había ido.

«¿Y cuándo lo hizo? ¡¿Cómo lo hizo sin que la seguridad me avisara?!», se preguntó, alarmado.

Se devolvió al pasillo de habitaciones y recordó su despacho.

Estampó la puerta contra la pared del modo en que la abrió.

Lo que temía, Lenis no estaba.

Apretó mucho los dientes, respiró fuerte. «¿Cómo es posible que se haya ido?», se preguntaba una y otra vez.

Revisó el armario de la mujer, la peinadora, las gavetas del tocador…, todo estaba en su lugar.

—¿Qué diablos…?

Ya estaba asustado. Pensó seriamente en Lenis y riesgo, Lenis y peligro, Lenis y rapto, ¡Lenis y ese desgraciado de Smith burlando su propia seguridad!

Revisó las demás salas de baño del apartamento, el área de lavado, la parte frontal del piso… Nada, ella no estaba.

Corrió hasta el corto pasillo de la entrada y marcó el intercomunicador, el primero que encontró en su camino; existían varios por todo el apartamento.

—Diga, señor Miller.

—¿La señorita Evans salió?

—Negativo, señor.

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