Mag-log inLenis se separó del todo y se alejó unos pasos, mirando a la nada, negando con la cabeza.
Lo miró de vuelta.
—Siento que es hora de buscarla, George. Creo que el miedo a… a todo, siempre me paralizó, siempre me congeló. Nunca más intenté saber de ella, solamente pensaba en desaparecerme de la vida de mi esposo, de escapar y ser otra. De huir. Ya estoy cansada de huir. Me cansé hace rato.
Él mordió su labio inferior, pensando bien sus palabras.
—Entiendo. —Hizo una pausa—. ¿No tienes idea de dónde pueda estar tu madre? —preguntó él con una pizca de inocencia, intentando no dejar que se notase nada fingido.
Ella bufó y lanzó una risa sardónica.
—Si lo supiera, querido J. Miller, no estaría buscándola, ¿no lo crees?
Él no mostró signos de ningún sentimiento, pero quiso sonreír. Lenis le había tapado la boca.
Ella suspiró profundamente. Caminó de vuelta al sillón, seguida por él. Se dejó caer y lo pensó bien, porque a fin de cuentas, él era su abogado y debía tener cada detalle que rodeara su caso, y uno de ellos era su pasado y todo lo que le rodeara.
—Tengo una tía de parte de padre —informó ella—. La estuve llamando y le pregunté por el paradero de mi mamá.
Él hizo señas de entender. Asintió y alentó a que continuara con un gesto de cabeza.
—No fue una conversación agradable —agregó Lenis.
—¿Y eso por qué?
—Porque desde que salió a la luz el caso de Ferit Turgut, ella se desligó de todo. O al menos, es lo que ha intentado hacer desde entonces. Se desligó de mi madre y de mí, pero mi madre era su amiga.
—Y la entiendo, entiendo a tu tía. Es normal que no quiera que la mezclen con esta situación tan delicada, Lenis.
La secretaria lo miró.
—Exacto, sí, lo comprendo —suspiró de nuevo—, pero es mi tía, George. Al final, es mi familia. No debió apartarse tanto, al menos, no de mí. Sin embargo, me parece extraño que haya sido así, ella y mamá eran uña y carne. Sé que tía Carmen debe saber dónde está mi madre, lo sé. Más allá de cuñadas, eran grandes amigas, las mejores amigas del mundo. De hecho, tía estuvo presente en la boda… en la boda de mi madre con Ferit. Ni siquiera estuve yo, pero ella sí.
Miller siguió emitiendo señales de entenderla, de comprenderla, fingiendo ser el hombre más tolerante e idóneo para conversar al respecto, abierto a todo, consejero.
—¿Crees que ellas aún mantengan contacto? —preguntó el abogado—. Sabes que tu mamá se fue del país con un individuo considerado delincuente, Lenis. Y no solo eso, salió del territorio en calidad de exiliado. Te parecerá terrible, te sonará feísimo y quizás te molestes conmigo, pero debo decírtelo: tu madre está involucrada en todo este asunto, Lenis. El hecho de haberse ido con ese hombre demuestra que es su celestina. —Lenis lo miró con un poco de aprehensión—. No me mires así. ¿Crees que tu tía, sabiendo dónde se encuentran ambos, dé esa información de buenas a primera, así seas tú quien se lo pide? No lo creo, Lenis, déjame decirte. Mucho menos sabiendo con quién te casaste. Además, si está enterada de tu divorcio con Smith…
—No lo sabe —cortó ella.
—Entonces, digámoslo así: que tu tía esté enterada de tu actual matrimonio con un político… Porque lo sabe, ¿no? —Lenis asintió. La voz de George fue disminuyendo al ver a Lenis colocar una expresión de haber recordado algo—. ¿Qué sucede?
—Yo… no había pensado en eso.
—¿En qué?
Lenis, recuperando su momentánea mirada perdida, giró su rostro hacia él.
—Mi querida tía sabe para dónde se fueron mi madre y ese hombre —aseguró ella, mirándolo directo a sus ojos. Si Lenis supiera lo que él estaba sintiendo escuchándola decir eso, pararía de hablar—. Estoy segura, George, ella lo sabe. Por lo que debe saber también quién le dio el exilio a mi padrastro. De hecho, estoy segura que tía Carmen sabe que fue Jefferson quien los ayudó a escapar, tiene toda la lógica del mundo, ¿por qué no había pensado en eso? —Lenis emitió una exhalación, sonriendo sin nada de gracia y negando con la cabeza, casi incrédula e impresionada. Luego, cambió su expresión a una resignada—. Cielos, tía Carmen jamás me lo va a decir —terminó susurrando y concluyendo para sí misma.
George se sentía desatado y contenido a la vez. Aún guardaba secretos, pero conversaba con ella de esa manera tan ligera sobre un tema que le ha estaba estresando sobremanera, como si nadara entre aguas calmadas, dando expertas brazadas, sin esfuerzo alguno, pero con demasiada precaución, como si la piscina estuviese infectada de tiburones al asecho.
—Lenis, escúchame bien. —La sostuvo de los brazos suavemente—. Me preocupa que este tema te quite el sueño.
Ella lo miró de nuevo. Se había quedado en silencio y estaba muy pensativa. George casi podía ver cómo los engranajes cerebrales de Lenis emprendían una marcha sin igual en su cabeza.
—Tú puedes hacerlo… —dijo ella en un susurro, de nuevo, como para sí misma.
Pero, por supuesto, su abogado la escuchó.
—¿De qué hablas?
—Tienes contactos. Sé que sí. —Lenis parecía estar navegando entre ideas.
George entrecerró los ojos, no entendía lo que ella quería decirle.
—No te estoy captando…
—Ayúdame a buscarla —soltó de pronto.
Si antes había sentido tensión, lo que experimentaba George en ese momento no tenía comparación con nada.
—¿Perdón?
—Ayúdame a buscar a mi madre.
George y Lenis se miraron por un momento largo. Él no sabía muy bien cómo reaccionar, qué decir. Estaba entre una espada filosa, que era el deseo de Lenis por saber sobre su progenitora, y la verdad que él ocultaba, una dura pared, donde debió haber dejado escrita su verdad, su plan también, a la vista, porque en ese momento se sentía como un perro tras su más preciado hueso, rabioso…, que si se lo tocaban, mordía.
Y allí estaba ella, tan hermosa e inocente, luchadora y decidida, pidiéndole con toda la confianza del mundo que le ayudase a ubicar a quien Peter, Max y él habían estado buscando sin éxito alguno. Ellos habían invertido tiempo y dinero tratando de encontrar personas como la mamá de Lenis, gente que los conectara con Turgut directamente. Enterarse que la secretaria de Maximiliano Bastidas era la hijastra del turco fue un regalo místico, no sabían ellos si uno infernal o divino. En bandeja de plata fue colocado ese regalo: Lenis Evans. Ella, para los tres jefes, suponía un obsequio efímero y delicado, envuelto con la cinta de un papel muy fino y lujoso, la cereza del pastel. De ahí el plan de George, resultando ser la mejor opción para lograr extraer la idónea y veraz información de todo lo que necesitaban saber.
Ahora, reaparecía un nuevo brillo en el horizonte. Esa bandeja en la que se montaba Lenis con su petición parecía ser muy cara, de vidrio, George debía tener cuidado al dar cualquier paso durante el desarrollo de todo lo planeado.
Antes de decir alguna cosa, el abogado apretó sus labios, mordió el inferior y pasó su lengua sobre ellos.
—No soy un espía, Lenis. No tengo tanto alcance entre mis contactos.
—Pero sabes cómo crearlos. Y tienes a Peter, que te ama con locura. —A George, eso le hizo reír. Ella también sonrió, pero se puso seria de nuevo—. No me acercaré a mi esposo solo para sacarle esa información, porque sé que la tiene, pero esa no es opción.
El abogado escuchó, y de inmediato sintió un frenazo interior.
—Tu ex esposo —le dijo él entre dientes, saltando del carril de pensamientos y las dudas, para aterrizar en tierra firme—. Tu ex esposo —repitió con un bajo gruñido—. Métetelo en la cabeza desde ya, Lenis Evans. La única conexión que tienes y tendrás con Jefferson Smith, es que será tu ex esposo.
Ella no movió un solo músculo por un instante, pero tuvo que sonreír, algo muy ligero, casi triste.
Acercó su boca a la de él y dejó sobre sus labios un tierno y lento beso, que hizo que ambos cerraran sus ojos al sentir sus pechos apretarse por el gesto.
—Ya no hablemos de nada más, ¿está bien? —pidió ella en un susurro.
George exhaló todo el aire, asintió y la abrazó de inmediato, como aliviado.
Porque sí, precisamente, eso era lo que él sentía: alivio.
La apretó fuerte y la besó profundo, demostrando ese alivio sin decirlo.
Fue allí donde él se dio cuenta que necesitaba de ella para liberar toda la tensión que (de alguna forma) ella misma le había provocado.
Quitar y dar. Alejar y acercar. Estar con Lenis ahora sería como caminar sobre cuerda floja, lo sabía. Ella no le había pedido cualquier tontería. Defenderla en un juzgado era poca cosa en comparación.
Enterró los dedos tras su nuca y tomó en un puño, un manojo de la cascada negra del precioso cabello que Lenis se gastaba. No quería hacerle daño, en absoluto. George solo comenzaba a sentir más ganas de apretarla contra sí, locas ganas de devorarla de inmediato. Aquello, vendría siendo para él como una especie de celebración por sentirse cada vez más cerca de lograr sus objetivos, a pesar de los obstáculos que aún existían.
Y lo hizo, le devoró la boca.
Luego, el cuerpo entero sobre su cama, después de que —casi sin poder soltarse— se dirigieron a su recámara.
George lo intentó esa noche. Con cada penetración, parecía querer borrar las verdades ocultas, los nuevos miedos. Con cada beso en las zonas más íntimas, quiso atraer el olvido, lobotomía para lo terrenal, dejando solamente los sentidos, las almohadas, los cuerpos y gemidos, nada más que eso, sobre las sábanas.
Pero al terminar, y luego de verla dormida junto a él, relajada y feliz, el mundo de George se oscureció. No logró conciliar el sueño de inmediato, pensando una y otra vez en cómo decirle quién era él. Ya se acercaba la audiencia, debía hacerlo pronto, pero ahora existía otra razón de peso. No podía ayudarla a ubicar a esa mujer sin informarle que entre Max, Peter y él, existía una infame conexión con Ferit Turgut.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







