FAZER LOGINLenis realizaba su habitual trabajo de oficina, un día después de la reconciliación con George.
Su jefe le había avisado que tardaría en llegar, cumpliría con un compromiso temprano, almorzaría con su madre después y luego pasaría por la oficina para reunirse con el departamento de proyecto.
La secretaria estaba descubriendo el nivel de aguante que tenía. A pesar de recuperar energía en el momento que durmió en la terraza, la noche anterior George casi no la deja dormir. No sabía muy bien cuándo exactamente pudo conciliar el sueño, tuvo que haber sido muy tarde, ya que al despertar con la alarma de su teléfono, el abogado seguía durmiendo. Imaginó que él había tardado en dormirse, o tal vez tenía trabajo por hacer.
Pensar en George le sonrojaba. Él era tan apuesto, tan dedicado, tan atento…, aunque descabellado a veces. Un poco osado y prepotente, ella podía decir. Pero en definitiva, lo que vivía con él era un milagro. Había transcurrido poco tiempo, agreste, extraño, con inconvenientes, pero valoraba cada toque suyo, cada hora o minuto a su lado.
El espacio de trabajo de Lenis a esa hora de medio día se encontraba en absoluto silencio, cosa que ella agradecía. Lo único que se escuchaba era la presión de las teclas de su computadora, mientras guardaba datos laborales que serían usados en la próxima junta.
Miró el reloj y luego al frente. T.C, su chofer y guardaespaldas, estaba sentado en la cómoda sala de espera, leyendo algo en su celular, muy concentrado. Era lo normal, desde que el trabajo de ese hombre se resumía en estar a disposición de ella durante todo el horario laboral.
—¿A caso no vas a almorzar? —le preguntó Lenis con esa voz suave que hacía eco en medio del salón.
Al mismo tiempo, se removió en su asiento para aliviar el dolor en su espalda. El tiempo había pasado veloz y ella no descansaba. Gracias a Dios, ese día decidió ir cómoda, con un pantalón negro de vestir de tela holgada, una camisa manga larga de un precioso color perla y sandalias de corcho con tiras blancas de tela gruesa.
—Comí algo hace rato, no se preocupe. —Él no diría más, pensaba que no sería apropiado agregar algún comentario, pero ya estaba empezando a sentir una especie de empatía hacia ella, además de respetarla y sentir admiración luego del episodio del día anterior con el señor Smith. T.C estaba enterado de absolutamente todo lo que sucedía entre sus jefes y la señorita Evans, ya que no era nuevo en la nómina de Peter. El chofer y guardaespaldas de Lenis conocía muy bien a su jefe, sabía quién era él y había sido asignado a dicha misión con todos los datos de la señorita Evans, incluyendo el famoso plan de localizar a Turgut—. Usted tampoco ha comido. Debería ir ahora, antes de que llegue el señor Bastidas —fue el comentario que decidió agregar el agente, a modo de sugerencia.
Lenis sonrió, mientras ordenaba algunas carpetas.
—Gracias por recomendarme comer, es bueno que se preocupen por uno. Es lo que yo hago. —T.C sonrió de vuelta—. ¿Sabías que puedes tutearme, verdad? Recuerda que me comí un sándwich durante el viaje hasta acá y un café gigante hace rato. No tengo demasiada hambre, puedo aguantar, pero si tú deseas almorzar, eres libre de hacerlo. Total, no me moveré de aquí…
Lenis no había terminado de hablar, cuando sonó el aviso del ascensor llegando.
Elegante, aunque esta vez con prendas más ligeras que la última vez que Lenis la vio (el mismo día que la conoció), caminaba hacia el interior de aquel espacio de recepción del piso de Presidencia la señora Seda Bastidas, madre del CEO de aquella compañía, enalteciendo aún su cabello rojo, pero en esta ocasión, luciendo un arreglo alto en su pelo que la hacía ver estilizada.
Con una expresión de seriedad, lentes negros de marca, pantalón blanco y una camisa manga sisa color pastel, se acercó al escritorio de Lenis, quien estaba poniéndose de pie para recibirla de forma apropiada, con la mejor educación que se merecía aquella dama.
T.C también se puso de pie. La señora Seda lo miró de pies a cabeza. El moreno de ojos claros estaba de civil, pero ese traje negro y un pinganillo en el oído color negro también, más el arma que ella estaba segura él cargaba en su espalda, le hizo saber que en la sala se encontraba un agente de seguridad y que ese mismo agente acompañaba a la secretaria de su hijo.
Seda sintió extrema curiosidad por la situación, puesto que la pelirroja sabía un poco la historia de la asistente personal de su hijo.
A parte de ella haberla reconocido como la hijastra de Turgut y esposa de un político, su hijo también le comentó que la propia Lenis había buscado a George J. Miller para, por fin, divorciarse de Smith. Entonces, requiriendo aquella necesaria asesoría legal, la secretaria contó pormenores del porqué su cambio de nombre y la mudanza: al parecer, el matrimonio con Jefferson no había sido ni bueno, ni exitoso. Seda quiso saber detalles, pero Max le aseguró que el resto de los datos se habían quedado bajo la confidencialidad cliente-abogado.
Cuando Seda escuchó esos datos de Maximiliano, recordó su propio casamiento. «Otra más que se ilusiona en esta vida y le va mal en su intento de ser feliz», pensó ella en aquel momento.
Ahora, Seda podía intuir que las cosas eran más terribles de lo que imaginaba, sobre todo, al ver al guardaespaldas acompañando a la secretaria.
Ya lo averiguaría, estaba segura. Pero, por lo pronto, la madre de Maximiliano no había acudido al consorcio para hablar precisamente con Lenis Evans.
—Señora Bastidas, es bueno verla.
—Gracias, querida. También es bueno verte. —Miró de nuevo al guardaespaldas, a quien Lenis le hizo una seña casi imperceptible con la cabeza para que tomara asiento.
—¿Y mi hijo?
Lenis arrugó las cejas.
—¿Su hijo? Eh… El señor Maximiliano no se encuentra en este momento. Tenía entendido que almorzarían juntos.
—Pues, nunca llegó —informó la señora Seda secamente y mostrando evidente molestia por ese hecho.
Lenis alzó las cejas, le pareció muy extraño escuchar eso.
—Oh…, lo siento mucho, señora Bastidas. Por favor, acompáñeme al despacho del señor. —Seda sonrió y asintió—. Contactaré a su hijo de inmediato, de seguro se complicó en su primer compromiso y no ha podido avisar… —fue diciendo Lenis, mientras se dirigían al interior de la oficina de su jefe. A la señora Bastidas le causaba gracia esa carencia de tuteo en el común discurso de la secretaria. Algo le decía que su trato hacia ella iba más allá de querer ser diligente por temas laborales—. ¿Desea algo de tomar? ¿Logró almorzar? ¿Quiere que le mande a pedir alguna cosa?
—Aquí, aquí, me sentaré aquí —cortó la señora, señalando las sillas ubicadas frente al escritorio del CEO, en vista de que Lenis estaba por dirigirla hacia la salita de estar pegada al ventanal.
Lenis asintió. La señora Seda se sentó y respondió a las preguntas de la muchacha:
—No logré almorzar, no me gusta hacerlo sola. No es la primera vez que mi hijo, desde que es un gran empresario, me deja embarcada; aunque la última vez que lo hizo fue hace mucho tiempo. —La señora Seda se perdió un brevísimo instante en sus recuerdos—. Pero bueno, esta vez no me responde el teléfono. Vine a ver si estaba aquí. —Se quitó los lentes de sol, dejándolos sobre el escritorio y se cruzó de piernas—. Tráeme un té helado pequeño, querida. Prepáralo con poca azúcar y mucho limón, por favor.
—Enseguida.
Luego de cumplir con la petición, Lenis anunció de nuevo que contactaría con el hijo de la señora Seda de inmediato.
La secretaria hizo lo primero que había qué hacer: llamar a Maximiliano a su celular. Sin respuesta, se comunicó con su chofer, el cual informó que éste se encontraba en el edificio, ya que su jefe decidió salir en su vehículo particular, por lo que no requirió de sus servicios.
Ella miró a T.C, quien había estado observando lo que hacía, disimuladamente.
—¿Sabes dónde se encuentra el jefe? No es común dejar embarcada a la gente, menos a su madre.
T.C, con su rostro inmutable, respondió:
—Negativo. ¿Desea que contacte al señor Embert?
Lenis lo pensó. No quería alarmar a nadie y menos molestar al cascarrabias de Peter.
Inevitablemente pensó en George. No había hablado con él en lo que iba de día, ya que ella salió temprano a trabajar y él todavía dormía. Esta era una buena excusa para hablar con él.
—Yo me encargo. Gracias de todos modos —le dijo ella al guardaespaldas, quien se regresó a su lectura.
Luego de dos repiques, escuchó que contestaba.
—Hey… —saludó él casi en un susurro.
A ella le fascinaba la voz de George. Le parecía que su tono era sexy.
Lenis pudo escuchar un ruido de fondo, como pasos alejándose. Supo que era eso cuando se filtró el silencio en la línea.
—Hola —saludó ella con voz suave—. Disculpa que me haya ido sin despedirme…
—Tranquila. Anoche, luego de que te quedaras dormida, me puse a trabajar —siguió él hablando en un tono bajo, aunque ya no susurraba—. Asuntos de último minuto, como siempre suelen surgir. Casi amanezco en la oficina, no me di cuenta la hora. —Ella asintió como si él la pudiese ver—. Es bueno saber de ti. Tu voz al teléfono se escucha increíble.
Lenis sonrió. «¿Por qué lo he llamado desde el teléfono fijo?», se preguntó mentalmente. Culpaba a la cláusula de no usar celulares en horas de trabajo, pero tenía a T.C de frente, le daba extremadamente pena hablar con George delante de cualquier persona, mucho más si se trataba de su chofer. Conociéndose, ella debía tener un increíble sonrojo en las mejillas.
—Disculpa si te molesto —dijo ella—. Sé que debes estar ocupado, pero busco a mi jefe, no logro encontrarlo. ¿Por casualidad sabes de él? Su señora madre está aquí, en su despacho, y no he podido contactarlo. —Se escuchó un silencio casi absoluto en la línea—. ¿George?
—Él está conmigo.
Lenis alzó las cejas, luego las arrugó, hizo rápidas muecas de extrañeza.
—¿Ok? Eh… ¿todo bien? —preguntó ella. La forma cómo él le respondió, le indicó que algo sucedía.
—Sí, sí, todo bien. —Él suspiró—. Solo es este asunto de su proyecto, sabes que no se le ha hecho fácil conseguir los permisos de construcción… Ya él te dará más información. Lo ayudo con protocolo legal, no te preocupes.
Para una asistente versada como ella, era de lógica saber que el abogado de su jefe no estaba autorizado a revelarle a ella detalles de ningún tipo referente a aspectos legales en base a ninguna índole, a menos que se viera involucrada. En este caso, George no podía brindarle a ella ni siquiera adelantos o ápices de información, porque eran datos ajenos. Lenis se sentía privilegiada en cierto sentido solamente porque George le informó que él y Maximiliano estaban juntos.
—Bien. Le informaré a la señora Seda que Maximiliano no vendrá pronto. —Ella hizo una pausa. A pesar de haberse dejado llevar con George, la pena seguía teniendo un puesto dentro de su consciencia, algo que no le permitía hacerle demasiadas insinuaciones sexuales o eróticas, sin embargo, deseaba crear una excepción. Lenis, de verdad, se sentía muy a gusto con él. Y ciertamente a esa hora, lo extrañaba.
Tragó grueso y se fijó que T.C no estuviese mirando.
—No veo la hora de que llegue la tarde —le dijo a George, y mordió su labio inferior.
Ella no podía verlo, pero por alguna razón sabía que él intentaba no sucumbir a la sonrisa.
—¿A sí? ¿Para qué exactamente desea usted que llegue la tarde, señorita Evans?
Ella observó a T.C. Aquel estaba concentrado en su teléfono, aunque constantemente la miraba.
Lenis mordió sus labios de nuevo y miró a ningún punto específico, aunque las imágenes rellenaron su cabeza y se proyectaron invisibles para el resto de las miradas.
—Me gustaría ver el atardecer en tu terraza… contigo —miró a T.C, sonrojada— desnudo a mi lado, mientras ves cómo me quito prenda a prenda. —Ella no podía creer que le había dicho todo aquello.
Por su parte, George no habló por un par de segundos.
—¿Solo a tu lado? —preguntó él.
—Bueno —respondió ella—, si me dejas colocarme encima de ti después de desnudarme, no me quejaré.
Ella pudo escuchar ese suspiro de placer del que ya se estaba acostumbrado, una especie de bufido que mostraba la impotencia de no estar junto a ella en ese momento. Lenis tuvo que cruzar las piernas, intentando hacerlo sin que se notara.
—Interesante —dijo él—, pero déjame decirte algo. Bien sea encima, debajo, en la terraza, completamente desnuda…, debo estar dentro de ti, ¿entendido? —decía él con la voz ronca—. A la hora que sea, en la tarde o en la noche, no me importa, Lenis, como sea. —Ella evitó tomar de lleno ese aire faltante de una buena vez. Lo único que se permitió hacer, fue entreabrir la boca y pasar su lengua por su labio inferior, el cual volvió a morder, imaginando que ese ardor que sentía en las mejillas ahora sí era evidente—. Sí…, ciertamente sería bueno que nos encontremos en mi terraza.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







