FAZER LOGINGeorge se encontraba en la terraza nuevamente. Le habían avisado que Lenis y la señora Seda ya no se encontraban en el restaurante. Y antes de eso, que su «ex esposo» se había ido.
La tarde estaba por caer, el fresco había llegado y el clima no dejaba que él entrase, sintiéndose a gusto allí afuera; se estaba mejor allí.
—Ten —le dijo Maximiliano, entregándole otra botella de cerveza. George había dejado la suya a medias, mientras Peter con su gente, informaban todo momento de lo que sucedía en el restaurante.
El abogado tomó la cerveza y agradeció con un asentimiento de cabeza.
El CEO tomó de la suya con la mano derecha, mientras que metía la izquierda en el bolsillo de su pantalón de vestir. George seguía recostado con una de sus palmas sobre los ladrillos que bordeaban el balcón. La derecha, al igual que su compañero, era con la que sostenía la botella.
Bastidas miró al frente, posiblemente a los mismos rincones del paisaje que observaba George: los jardines, algunos edificios entre flores y palmeras, más allá, la ciudad, imponente e inocente de todo lo demás. El cielo estaba pintado de nubes pesadas, parecía que en cualquier momento llovería, pero aún no se había nublado del todo.
—Mamá no le contó nada. No lo haría, me lo prometió. Creo que —Maximiliano suspiró— se siente solidaria. La ha invitado a su celebración.
George no recordó de inmediato de qué hablaba Max. Luego cambió su expresión, había recordado.
—¿La invitó a su cumpleaños?
Max asintió.
—Así es. Y… si no te importa, me gustaría llevarla.
George intentó colocarse su máscara de póker, sin mucho éxito, ante las palabras de Max, quien se rió un poco tras la reacción del abogado.
—¿Quieres invitarla a salir? —preguntó Miller.
El jefe de Lenis negó con la cabeza, pero claramente no como respuesta a la pregunta de su amigo, más bien, como un gesto de incredulidad.
Se tomó un trago de la cerveza que aún cargaba en su mano y miró de nuevo el horizonte.
—Mira todo lo que tienes frente a ti, Miller. Eso de allá… Sin ir muy lejos, todo esto de aquí, desde aquí hasta allá, hasta la costa, incluso, significa el mundo que te comes a diario. En tu trabajo, en tu vida, has sido el defensor de quienes han levantado esta metrópolis. Lo has tenido todo, luego nada, luego nuevamente todo… —Se giró para mirarlo—. A pesar de la debacle, lograste salir adelante porque en cierto modo, visto desde dentro de ese mundo de allá, has mostrado algo que nadie ha visto, tocaste la canción del éxito convirtiéndote en un gran abogado. —Le dio un trago a su cerveza. George lo escuchaba atentamente—. Fuiste tú, quien a tan corta edad pudo mostrarme que la perfección existe. —Se tomó una pausa, ambos hombres sin apartar sus miradas, embonadas entre sí—. Pero debo decirte algo, Miller: hasta la perfección es imperfecta, suele quebrarse. Creo que ya lo debes saber. Todo caduca. Todo. Tarde o temprano algo pasa. Hoy lo he visto. —Puso una mano sobre su hombro y lo palmeó un par de veces—. Y vaya…, tengo que decirlo: George J. Miller ha cometido un error. Es como para no creerlo. —Rió carente de gracia y negó de nuevo con la cabeza.
George no quería reconocer de qué error hablaba Max, pero lo intuía. Aun así, no dijo nada.
Maximiliano volvió a mirar el horizonte y tras un silencio, le dijo a George:
—No sé cuándo ni cómo lo harás, Miller, pero lo harás tú. Dijiste que lo harías y dejaré que así sea. Tú serás quien le cuente todo a Lenis, ya es hora. ¿Qué más vas a esperar, que sea el mismo Jefferson quien le diga? —Volvió a meter su mano en el bolsillo de su pantalón. El viento se estaba intensificando, trayendo un leve rocío consigo—. Cuando le cuentes a Lenis quiénes somos y por qué se lo hemos ocultado todo, asegúrate de decirle primero lo que sientes por ella. —Dicho aquello, Maximiliano giró su cuerpo y caminó al interior del apartamento, dejó la botella de cerveza sobre la encimera de la cocina y se fue, sin tan siquiera decirle algo a Peter, quien le observó caminar directo a la puerta, como en automático, sin una palabra de despedida.
***
Lenis subía por el ascensor acompañada por T.C, quien tenía órdenes de permanecer junto a ella hasta la puerta del apartamento.
Ya la noche había caído. Gracias al almuerzo tardío y todo el rato que estuvieron ella, T.C y Seda allí, el trabajo para Lenis se acumuló y no se iría a casa hasta no ordenar su agenda y la de su jefe, a quien no vio en ningún momento de lo que quedaba de tarde. Al parecer, éste logró reunirse con su madre luego del corto episodio con Jefferson Smith en el restaurante del hotel. La secretaria tuvo curiosidad por saber cómo sería el encuentro entre madre e hijo.
Mostrando cansancio, abrió la puerta, se despidió de T.C hasta el próximo día y entró, cerrando lentamente la madera tras de sí.
Las puertas de vidrio de la terraza estaban cerradas, luces apagadas, a excepción de la eterna lámpara de pie colocada en la esquina.
El apartamento olía a comida y aquello le abrió un poco el apetito, pero decidió cocinar para ella misma luego de darse una buena ducha.
Se quitó los zapatos de tacón y entró al pasillo de habitaciones. Al pasar frente a la puerta del despacho, escuchó ruido.
Se detuvo…, parecía música. Se trataba la misma canción que ella estaba escuchando hace días, Gesi bağları de Jehan Barbur.
Sonrió ladeado. Quiso entrar de inmediato, compartir esa canción con él, saludarlo en ese momento, pero prefirió cambiarse de ropa primero, darse el famoso baño… Tenía que hacerle una pregunta a George, pero había sido un día largo, el cansancio apremiaba.
Ya desnuda, colocó la cabeza bajo la ducha y se dejó acariciar por el agua. Lo necesitaba.
Al principio, se sintió molesta con George y hasta con su jefe, de hecho con Peter y su agente de seguridad también, por no ahorrarles el mal trago que pasaron al ver a Smith.
Sin embargo, Lenis decidió que no valía la pena discutir, además, T.C las había cuidado muy bien, intimidando calladamente a un hombre que parecía querer seguir molestando en cuanto se le presentara oportunidad.
Cerró los ojos y sintió de lleno el agua caer desde la lujosa mampara del baño de huéspedes. Pensó en todo lo que había ocurrido. Le dio chance pensar en su deseo por encontrarse frente a frente con su madre. Recordó a Seda y su forma de consolarla cuando Jefferson asomó su rostro por el restaurante.
En ese momento se puso seria. Seda le había dicho que la entendía, contándole que había sido víctima de maltrato en un pasado que pretendía convencerse de haber sanado ya, creciendo entonces su curiosidad de si el padre de Maximiliano había sido «ese» hombre, si existía relación con la razón por la cual el apellido paterno no figurase entre madre e hijo.
Pero de pronto, Lenis sonrió; cualquiera pensaría que se estaba volviendo loca, desacelerando sonrisas y aumentándolas como si nada.
El gesto también fue por Seda y su forma divertida de ser. Parecía la mujer más estirada del mundo, pero como siempre creía Lenis, nada es lo que parece. La secretaria estaba convencida de que la gente siempre guarda al menos un secreto en su vida. Para ella, el más común era la forma de ser, bien lo sabía ella.
«¿Quién es transparente hoy en día?», se preguntó mentalmente allí, bajo el agua.
Ella misma se respondió: «muy pocos lo son, porque bien se sabe que es muy difícil revelarlo todo de uno mismo, o al menos, es difícil encontrar un motivo para hacerlo».
A pesar del ruido que generaba la caída de agua contra los azulejos, Lenis pudo escuchar que George entró al baño.
Sin moverse ni un poco, supo que él había cruzado la puerta entreabierta del tocador y se había quedado ahí, de pie, mirándola.
Lenis no quiso girarse. De hecho, mantuvo sus ojos cerrados, recibiendo el agua sobre su anatomía, tibia, relajante, con ligera fuerza.
—¿Por qué? —Ella suspiró posterior a su pregunta—. ¿Por qué T.C tuvo órdenes de no decirnos qué lugar era ese?
George no dijo nada de inmediato, parecía pensar qué responder.
—Tardamos en contestarle —respondió con voz gruesa. Lenis detectó cansancio en el tono—. Nos había avisado que Seda le exigió ir hasta ese hotel, pero no quiso sugerirle otro lugar, no antes contárnoslo. Cuando le respondimos, ya prácticamente estaban llegando. Nos pareció que sería demasiado revuelo el sacarlas de allí.
Lenis, por alguna razón, no se movió ni abrió los ojos, tampoco dijo alguna cosa más, conformándose con esa explicación, pero a la espera de que el abogado se acercase a ella, con ropa, sin ropa, o como quisiera.
La secretaria frunció el ceño. Abrió los ojos porque había pasado un buen rato y George no se acercaba. Vio cómo él se despegó del marco de la puerta y salió del baño, después escuchó que salía de la habitación.
«¿A caso está molesto?», se preguntó.
Se terminó de bañar, se secó, se vistió y fue en su búsqueda.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







