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Capítulo 35 segunda parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-03-17 17:00:31

Lenis se extrañó muchísimo.

—¿Quiere que le ayude con algo en específico dentro de la fiesta?

Seda sonrió, exhalando una ligera risa nasal.

—No, eso no. Lo que quiero es que vayas como una invitada más. Así que, en la lista que me pasarás, anotarás tus datos también. Necesitaremos enviarte formalmente la invitación junto a tu pase de asistencia.

Lenis no lo podía creer, sentía desconfianza ante aquella estupenda invitación, pero ya estaba empezando a entender que casi todos los días de su vida, desde hace dos años, se arropaba con esa palabra, «desconfianza», y que la lucha en ese instante era combatir cualquier obstáculo que el mismo término pusiese en su camino.

Sin embargo, sospechaba la razón por la cual Seda la estaba invitando.

—Me siento halagada por la invitación, señora Seda, pero… debo confesarle que ya no tengo conexiones con la política. De hecho, nunca la tuve.

—¿Qué? —Seda arrugó sus bien (y casi perfectas) arregladas cejas—. No comprendo lo que me estás diciendo, querida. ¿De qué conexión estás hablando?

Lenis respondería, pero se detuvo un momento a pensar bien las cosas. La señora Seda le había revelado saber con quién estaba casada, de quien había sido hijastra, su nombre verdadero, pero no parecía ser una dama interesada por el dinero, ni una caza fortunas, aunque sí una señora que le gustaba estar rodeada de la crema y nata citadina.

Por un momento, Lenis pensó que la invitaba por el historial que «Lisa» tenía detrás: casada con un político de renombre, alguien quien debía estar en su fiesta. Lenis solo quería aclararle que ella ya no pertenecía a ese mundo y que, de hecho, nunca perteneció de lleno, pero la extrañeza en la voz de la madre de su jefe le hizo entender que no debía seguir aclarando nada porque al parecer, Seda en verdad sí la estaba invitando. «Pero ¿por qué?» se preguntó.

—Disculpe la desconfianza, pero… ¿cuál es el motivo de su invitación, señora Seda?

La pelirroja sonrió abiertamente.

—En definitiva, me caes bien.

Lenis no supo si aquello fue una respuesta a su pregunta o un mero comentario. Se agudizó su extrañeza.

—Eh… ¿Gracias? —dijo la secretaria casi en un hilo de voz y evitando que su cara de circunstancias no se notara demasiado—. ¿Puedo saber cuál es el motivo de la recaudación?

—Oh, por supuesto. Se trata de la creación de una nueva ONG que velará por la protección y ayuda de la mujer víctima de maltrato patriarcal, así como también, de las víctimas de casos especiales y familiares. —El corazón de Lenis dio un fuerte pulso—. Recuerda, pasé por eso —le dijo en una voz baja y directa—. La idea no solo es protegerlas, también es darles la oportunidad de que puedan tener un puesto digno en la sociedad, que emprendan y se empoderen, que sea una coyuntura que trabaje en función de seguir adelante.

Lenis recordó de súbito una de las cosas que George le había pedido hacer como abogado, cuando ella por primera vez le contó quién era y lo que deseaba obtener al contarle todo.

El abogado George J. Miller le recomendó buscar ayuda, le sugirió que fuese parte de un grupo de ayuda para personas que hayan pasado por lo mismo que ella, algo a lo que Lenis aún no daba inicio. Pensó que ésta era una gran oportunidad para cumplir con esa tarea.

—Es una buena causa —le dijo Lenis a Seda en un apretado susurro—. Muchas gracias por la invitación. No le fallaré, allí estaré.

Seda sonrió amable y triunfante, mientras Lenis tomaba un sorbo de su café.

—Es bueno escuchar eso, querida. —Hizo una pausa. Tomó un sorbo de café y a través de la porcelana de la taza, le sugirió—: El pase es para dos personas. Puedes ir como pareja de mi hijo.

Una repentina tos hizo que Lenis soltara la taza y se atragantara un poco con la bebida.

—¿Cómo dijo? Discul… —La secretaria intentaba tragar sin dificultad en medio de la tos.

—¡Ay, dios! —Seda se levantó de inmediato, T.C se acercó a la mesa—. Respira lentamente… ¡Ay Dios! Vamos, levanta los brazos…

—Estoy bien, estoy bien. —Lenis carraspeó la garganta y miró a su lado, donde la mole de su guardaespaldas le cubría y le miraba con expresión preocupada—. Estoy bien, no se preocupen.

—¿Segura? —preguntó T.C.

Lenis asintió, carraspeando aún y secándose algunas lágrimas que la tos y el atragantamiento le provocaron.

Seda se regresó a su asiento sin perderla de vista y T.C no se alejó del todo, él siguió caminando lentamente por toda la sala. Lenis, mientras seguía recuperándose del susto que acababa de pasar, le dio tiempo a pensar que aún no se explicaba cómo era que nadie se molestaba con la presencia de ese hombre paseándose por todo el lugar como una sombra, o por qué nadie del personal del restaurante o del hotel le decía alguna cosa.

—Disculpe, señora Seda. Quizás fue el café…

—No, discúlpame tú, creo que entendí todo mal… Ay, por Dios, no… ¡Qué avergonzada estoy! —Ahora, quien carraspeaba era ella, pero de la pena.

Lenis arrugó las cejas y negó con la cabeza, como si necesitara disipar una nube sobre sí. Tomó un pequeño sorbo de agua, al principio para mojar su garganta, pero luego para calmarse por completo, bebiéndosela toda.

—Lo siento, pero debo preguntar: ¿qué fue lo que entendió mal?

Seda suspiró y la miró ladeada; una expresión de resignación se asomaba sobre sus facciones.

—Pensé que tú y mi hijo…, pues…, que entre ustedes dos existía algo… ¿íntimo?

La boca de Lenis cayó abierta de par en par, sus ojos se habían abierto tanto, que parecían dos huevos fritos.

—Pero… Pero… ¿por qué pensó eso?

Seda se echó a reír mirando para ningún lugar en específico. Aunque era ligera la risa, siempre conservó su compostura.

La miró de nuevo y estuvo a punto de responderle, quería decirle que su error se basaba en la manera cómo se trataban, la camaradería y la forma cómo se miraban, pero no logró hacerlo. En ese momento, mientras Lenis esperaba la contestación, pudo ver por la esquina de su ojo un extraño movimiento en su lado derecho.

Lenis entonces, dirigió completamente su mirada hacia aquella dirección y algo lejos, pero sintiéndolo demasiado cerca, se encontraba la mirada penetrante, sarcástica, burlona, osada, lujuriosa y prepotente de una de las personas que ella jamás pensó ver allí, la misma que Lenis no quería ver más nunca en su vida.

Se asustó de repente, lo que hizo que su corazón comenzara a bombear desbocado y frenético.

Jefferson Smith, con su altura, altivez, buena ropa, su eterno cabello lacio y rubio, el cual caía con un mechón en su frente y una barba de varios días, la contemplaba, estando él parado justo afuera del área del comedor, de perfil a la gran puerta principal del hotel, desde donde entraba la luz de la tarde, iluminando su rostro perverso, encerrándolo dentro de un aura rara, molesta, un resplandor indeseable.

Seda se extrañó sobremanera, porque Lenis se había quedado completamente pálida de repente. Miró la dirección que apuntaban los ojos grises de la secretaria. Al ver quién estaba de pie, sus cejas se arquearon e inmediatamente miró a la chica.

La vio respirar con dificultad y confirmó lo que hace un momento había deducido: su esposo era el maltratador, no Ferit. Entonces, todas las piezas del rompecabezas llamado «Lenis Evans» encajaban entre sí: el rostro de Lisa Díaz aquel año cuando la vio al lado de su marido, quien la alardeaba como un trofeo insípido; el cambio de nombre y la escapada; el querer emprender a como diera lugar pidiendo una nueva oportunidad de trabajo; el no soportar por mucho más tiempo las mentiras, contándole a su hijo parte de la verdad; Maximiliano queriéndola ayudar, George queriéndola ayudar, Peter queriéndola ayudar; Lenis y su forma casi introvertida de ser junto al miedo perenne en su mirada…, todo encajó y se unió a su reacción de ese momento, donde Seda pudo evidenciar la repugnancia que Lenis le tenía a ese hombre parado allí afuera.

Pero existía una pieza faltante. Lenis aún no se había enterado de quiénes eran los que la apoyaban.

Seda sintió severo dolor por la chica. Más que dolor, preocupación; como un augurio de guerra. Así que su mano se fue sola directo a la de Lenis, que sobre el mantel, parecía empuñarse.

—No le des el gusto de que te vea débil —le dijo firme—. No eres débil, Lenis, para nada lo eres. Has llegado hasta aquí por tu esfuerzo, por tu valentía… —Las palabra eran fuertes susurros, salían unas a otras con premeditación y buenas pinceladas que intentaban sanar a una mujer con dolor.

Lenis apretó la mano y miró a Seda justo a los ojos.

T.C, junto a otros hombres que no se habían mostrado hasta ese momento, flanquearon el lugar y se detuvieron frente al asesor del gobernador y su personal de seguridad, incluyendo a Donald, la nueva mano derecha del rubio, quien no lo dejaba ni a sol, ni a sombra.

T.C pudo haber asesinado a Jefferson con la mirada si se lo hubiese propuesto.

—No pretendo entrar al restaurante. Dile a ella que no se preocupe, voy de salida —le dijo Smith al agente, con una serena expresión.

T.C no acotó nada. Solo miró detrás del rubio y su gente, hacia otro hombre de seguridad pero vestido de civil, quien estaba de pie al teléfono y bien cerca de la entrada principal.

Esta persona recibió la imperceptible señal del guardaespaldas de Lenis y sin colgar la “supuesta” llamada, salió del hotel.

—¿Qué hace T.C? —susurró Lenis. Ella solo podía ver desde allí a su chofer, de pie, como un yunque de acero, con la solapa de su chaqueta echada ligeramente para atrás, su mano derecha muy cerca de su arma y a su esposo diciéndole algo directo en su cara.

—Él está haciendo su trabajo —respondió Seda sin soltar la mano de la secretaria—. Todos están haciendo su trabajo —susurró, inspeccionando el panorama.

Con ojo de águila, la pelirroja pudo notar que gran parte del personal de seguridad, tanto del restaurante como del hotel, se habían articulado con T.C.

Cada vez se sorprendía más con la experticia de la gente de Peter Embert: ni Lenis ni Seda se habían dado cuenta de esa jugada maestra. Y algo muy dentro de sí le indicaba que su hijo también se encontraba cerca.

Jefferson Smith no solo notó lo mismo que Seda, fue notificado por su personal que su «esposa» se encontraba almorzando allí junto a Seda Bastidas.

Cuidándose bastante de no cometer errores antes de la audiencia, había decidido no provocar las aguas, sin embargo, tenía que ver con sus propios ojos aquel chiste. Ver, cómo el abogado de su mujer le ocultaba cosas a ella misma, porque era evidente que Miller no le había informado que ese restaurante pertenecía al hotel donde él y su jefe, el gobernador, se hospedaban.

—Dile también que estoy ansioso porque llegue el gran día —le dijo el rubio a la mole de T.C., quien no abandonaba su taladradora mirada—. Y dile también que no se preocupe por nada, que es bienvenida a comer aquí cuántas veces lo desee y con quien quiera. —Dicho aquello, le hizo señas a Donald y salió por fin de aquel lugar.

Afuera, el agente de seguridad que estaba de civil, notificó todos los pasos de Jefferson y su gente hasta que se fueron, mientras T.C. se acercaba hacia la mesa de las comensales para informarles el estatus de la situación.

—El señor Smith se ha retirado —informó él, como si ellas necesitaran saber el itinerario de Jefferson desde un principio.

—¡¿Y por qué nos lo notificas ahora?! No entiendo qué te costaba decirnos que el restaurante que elegí pertenecía al hotel donde ese hombre…

—Señora Seda —cortó Lenis, apretando de nuevo la mano que en un momento dado había soltado—, él no tiene culpa de nada, fue una orden, ¿no es así? —Miró al agente al lanzar esa pregunta.

T.C no respondió de inmediato. La miró primero y luego dijo:

—Más que una orden, fue una decisión, señorita Evans —respondió él, y miró hacia el frente.

Seda siguió protestando mientras pedían la cuenta, cancelaban, se levantaban y salían del sitio.

Al poner un pie en la acera, Lenis sintió cómo una ráfaga de aire caliente chocó contra ellas. Ella sabía que no era producto del clima, aquello no era más que un presentimiento hecho viento. La seguridad que las rodeaba, gente que ambas ni siquiera vieron llegar, para la secretaria, no significó nada bueno. Los días tenían aroma a tormenta, a lluvia gruesa. Un siniestro pronóstico que parecía poner endebles los caminos, se asomaba.

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