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Capítulo 37

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-03-19 12:00:02

Lenis se había colocado una bata corta de dormir color dorado y se había calzado sus pantuflas de gamuza que ya comenzaba a amar.

Empujó lentamente la puerta del despacho de George. Ya estaba entreabierta y supo que él había regresado allí.

El abogado aún no se había colocado su pijama, que generalmente consistía solamente en un pantalón de cordón en la parte frontal de la cintura. En cambio, seguía con sus prendas del trabajo, con solo el pantalón y la camisa blanca.

Iba descalzo, estaba sentado en una de las sillas de invitados, de espalda a la entrada, con un vaso de whisky en la mano, escuchando una canción. Lenis no podía saber si tenía los ojos abiertos o cerrados, mucho menos su expresión, pero su cuerpo daba lectura a una severa concentración, tensión casi, y se preguntó si tenía tiempo bebiendo. Durante la ducha que ella había tomado, no pudo saberlo.

Tocó la puerta abierta con sus nudillos.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó a él.

George se volteó y le sonrió. Lenis, en vez de sentirse aliviada con el gesto, se sintió extrañada y alerta. Algo había pasado, puesto que la sonrisa no había llegado a la miel de sus ojos.

George no era un hombre absolutamente serio, tenía sus momentos. Ella ya había notado que a él gustaba ser directo y a la vez, sarcástico, por lo que se prestaba para mantenerse jugando, sobre todo, con las personas de mayor confianza. Él solía hacerle bromas a la gente más cercana. Él podía llegar a ser muy divertido si se lo proponía.

Pero algo en esa sonrisa no le gustó. Parecía que George intentaba ocultar un mal día, sonriéndole de una manera que podría asustar a cualquiera.

El abogado le hizo señas con la mano para que se acercara. La secretaria obedeció, a tientas, sintiendo que la extrañeza y la curiosidad la acompañaban en cada paso que daba.

—Ven —pidió él, tomándola delicadamente de la mano, atrayéndola a su regazo y sentándola encima de él.

Lenis colocó las piernas colgadas a un lado cuando se acomodó sobre los muslos de George y ambos se miraron.

El abogado cerró los ojos cuando ella metió sus uñas dentro de la masa de cabello negro, haciendo masajes en el cuero cabelludo, disfrutando, tanto él como ella, de la sensación.

Lenis movió la cabeza de George lentamente, hasta posicionar sus miradas de nuevo.

—¿Estás molesto conmigo? —La voz dulce de Lenis hizo eco en la habitación de oficina, a pesar del ruido bajo que emanaba del equipo de sonido.

Él separó sus párpados, sintiendo la piel de gallina. Arrugó el entrecejo, negó con la cabeza lentamente, sin entender muy bien por qué ella creía eso.

—No estoy molesto, Lenis —le dijo con voz gruesa—. De hecho, discúlpame por no recibirte cuando llegaste.

Ella sonrió de lado y lo contempló con la mirada.

—Te esperé en la ducha —susurró, acariciando de nuevo el cabello del abogado—. Pensé que me acompañarías.

Él suspiró por la agradable sensación que le provocaban sus caricias.

—Hoy viste a Jefferson —le dijo, evitando lo que ella acababa de decir—, ¿cómo te sientes?

Ella ladeó la cabeza y se encogió ligeramente de hombros.  

—Ya me siento mejor. Estoy aquí contigo.

George abrió bien los ojos y tragó grueso.

La miró por largos segundos, serio, con su engranaje cerebral en marcha, estudiando el gris de los ojos de Lenis, definiendo que en ese momento se veían claros, amorosos y fieles.

Él había tomado una decisión y ya empezaba a sentir el golpe, la herida que le causaría a Lenis dicha sentencia.

Exhaló bastante aire. Sonrió. Y la secretaria intentó corresponderle, sin embargo, la sonrisa de George nuevamente no rellenaba sus ojos como otras veces que, afortunadamente, logró verle.

Lenis alineó la mirada con la suya, buscándola, y le volvió a preguntar:

—¿Estás bien, George? ¿Pasó algo malo?

El abogado siguió mirándola y Lenis sintió la piel de gallina cuando pudo ver cómo sus ojos se pusieron acuosos de repente.

—George… —susurró, alarmada.

Lenis tocó su cara, acarició un poco la piel de sus mejillas, el rastrojo de barba y luego, lo abrazó.

El abogado respiró pesado, muy tenso al principio de ese abrazo, pero después se dejó llevar y alzó sus brazos para rodear la delicada cintura de Lenis.

El abrazo se apretó. Fuerte. Lenis colocó su mejilla sobre el hombro de George y miró a ningún punto en específico del despacho, consternada y asustada, presintiendo que algo muy malo le había ocurrido en el trabajo.

No sabía si preguntarle qué le pasaba, no sabía muy bien cómo manejar esa muestra de tristeza o frustración que él intentaba ocultar, solo podía abrazarlo y reconfortarlo, así como él había hecho aquella vez que la encontró en medio de una crisis en el tocador de la habitación de invitados, el mismo día que se besaron por primera vez.

George, por su parte, cerró los ojos. Apretó los párpados porque se sentía mal, muy mal, terriblemente mal. Las cosas no andaban bien y se pondrían peor, él lo sabía muy bien.

Acarició la espalda de Lenis, arriba y abajo, lentamente, con las palmas abiertas y dejando estelas de cariño, como el esparcir de un delicioso caramelo sobre un fino postre y adornando ese postre con lo más bello que podía darle.

El abogado sintió cómo se endurecía allá debajo. La deseaba más que nunca y estaba seguro que ella también lo había notado, pero él tenía miedo de lastimarla, no sabía muy bien cómo manejar sus toques para que éstos fuesen tiernos y no fieros. Estaba luchando consigo mismo para no verse derrotado.

Lenis sonrió y esta vez sí bajó sus párpados. Sintió la dureza allá debajo, incitadora, y al mismo tiempo pudo identificar lo que decía la canción turca que George escuchaba en ese momento.

Ella se separó un poco y lo miró, con un gesto de interrogación. Quería preguntarle sobre ese gusto por las canciones turcas, pero la tonada ya se había introducido en su sistema.

Volvió a abrazarlo con los ojos cerrados nuevamente. La letra de Hoşgeldin (Bienvenido) del enigmático intérprete Cem Adrian, recitaba en su coro: “Hoşgeldin, çalmadan gir içeri. Sen geldin, tanıdım gözlerini”. (Bienvenido, entra sin robar. Viniste, reconocí tus ojos).

A Lenis le pareció una letra precisa para ese momento, justa, sintiendo que nada se daba por casualidad. Se preguntó si él la estaba escuchando con el propósito de demostrarle a ella que le daba la bienvenida no solo a su casa, sino a su vida. La secretaria quiso creer eso, como aliciente a lo que fuese que estaba sucediendo con él y su estado actual de ánimo.

Entonces, sintió ganas de besarlo.

Llevó sus labios a los de él y plantó un beso, luego otro, besos sin detenerse, con todas las ganas de hacerle sentir mejor, de curarle cualquier mal que estuviese sintiendo, rogándole a Dios que no se tratara de ella.

George se dejó llevar por un momento, pero la detuvo con delicadeza.

Se quedó mirándola por unos segundos, quería contemplarla mientras en su cabeza, sus pensamientos, decisiones e ideas seguían dando vueltas.

Pero vio extrañeza en sus facciones, supo que la razón fue el haberla separado de sus labios. También notó decepción dentro de aquel precioso gris en sus ojos, así que no se aguantó, no pudo más. Dejó entonces caer sus labios sobre los de esa hermosa mujer que tenía sentada en su regazo.

George la tomó de la nuca, enterró sus poderosos dedos en su cabello y profundizó el beso, haciendo que sus lenguas se tocaran, deliciosas, deseosas y mucho más.

Lenis gimió y se dejó llevar, todos sus poros se abrieron. Sintió un remalazo de placer muy fuerte en sus partes, sus pezones se endurecieron al instante, necesitaba un contacto más íntimo, empezando a removerse para sentir mejor aquella dureza que ya había percibido.

Ella inició sus giros contra el cuerpo del hombre debajo de sí, acomodándose cada vez mejor, poco a poco, hasta conseguir estar a horcajadas sobre él.

«Perfecto…», maquinó el subconsciente de George, al poder posar sus manos sobre el trasero de Lenis, apretarlo, mientras seguía besándola; sobarlo a consciencia para luego arrastrar las manos hasta las piernas descubiertas, suaves, suyas, hermosas piernas que él bien podía comerse de una vez por todas.

Toda acción comenzó a intensificarse dentro del despacho. Lenis no se aguantaba, luchaba por contenerse, pareciendo un volcán que, después de haber estar dormido durante mucho tiempo, comenzaba a activarse.

Él tampoco podía aguantarse. Ambos sentían lo mismo, necesitaban contacto directo, ya, conexión inmediata, de una vez.

El abogado se levantó con ella en su regazo haciéndola gritar por la sorpresa. La silla hizo un sonido extraño sobre la alfombra, un ruido seco al caer de espaldas detrás de ellos, algo de lo que ninguno se preocupó en revisar. Luego, colocó a Lenis con urgencia sobre el escritorio y ambos lucharon por desatar el cinturón de cuero, abrir la cremallera del pantalón, lanzar el bikini lejos de allí, posicionar el miembro corporal más deseado del momento en el centro del mayor placer sentido, y entrar, de estoque, de un solo empujón y seguir, seguir hacia adelante, como si la idea fuese cavar, encontrar novedad, sin parar, con las piernas alrededor de la cintura de él, con el sudor apareciendo en las frentes, perlando cada rincón de piel, dándose ambos, contundentes, muy fuerte, con gruñidos sobre el escritorio de madera.

George se impulsó aún más y tomó el rostro de Lenis con ambas manos, sin salirse de ella, ralentizando un poco sus estocadas, respirando con dificultad para luego retomar y desacelerar, contemplando de veras a la persona con quien hacía el amor.

Lenis miró sus ojos. La miel: oscura. Ella pudo comprobar cuán ennegrecidos estaban los ojos de Miller. En cambio, el gris de ella parecía ser hierro, metal del bueno. George estaba hipnotizado, sentía todo poderoso, pensaba que aquello era demasiado, pensaba que moriría de placer allí mismo, nunca se había sentido tan excitado.

Se levantó y con maestría, se llevó a ambos a su habitación. Ayudó a Lenis a desvestirse por completo, ella hizo lo mismo con él.

Desnudos completamente, él encima, mirándola fijamente con el ceño fruncido y concentrado, separó las blancas, torneadas y sexys piernas de Lenis, se posicionó de nuevo y entró, haciendo que ella se arqueara del fuerte placer que sintió con semejante estocada.

George comenzó a taladrarla de nuevo, pero con una libertad sin precedentes. Usó todas sus extremidades para hacer el amor con esa mujer, para disfrutarla a plenitud, firmando ese momento con una rúbrica caliente y muy sexual.

La hacía girar boca abajo, luego ladeaba su cuerpo para volverla a colocar mirando las almohadas y el espaldar de la cama, comiéndosela con manos, boca, penetraciones casi dolorosas, pero repletas se implícita sexualidad, sonidos guarros que rellenaban todos los rincones a su alrededor sin dejar espacio alguno. George se follaba a esa hembra queriendo atravesarle todos sus lados, los fuertes y débiles, marcarla, una y otra vez, de mil maneras marcarla, para que jamás se le olvidara todo el deseo que era capaz de sentir por ella.

Boca abajo, George ralentizó el paso y metió su cara entre su trasero y se encontró de nuevo con esa horrenda cicatriz.

Apretó la mandíbula muy fuerte, sus dientes dolieron por la presión. Quería borrarle a Lenis su historia de vida, quería que ella pudiese contar relatos llenos de alegría, no escapadas de gente mala o situaciones de terror. George no se explicaba cómo es que un ser humano podía ser capaz de herir a un inocente, mucho menos cómo pudieron hacerle daño a ella de tal manera, siendo Lenis una de las féminas más hermosas e increíblemente fuertes que hubiese conocido jamás.

Subió su cara hasta colocar sus labios sobre su oído.

—Eres brillante, Lenis, ¿me escuchas? Sumamente hermosa. —La mencionada jadeó con desespero y excitación, mientras George le regalaba palabras que intentaban agraciar su alma, metiendo sus manos en su centro de placer y más allá, removiendo los dedos, volviéndola loca—. No había conocido una mujer como tú. Eres increíblemente sexy y fuerte, preciosa, inteligente… —Lenis sentía que su climax estaba cada vez más cerca. Dejó caer la cabeza sobre la almohada, la cual arrugó como servilleta, apretándola al igual que sus labios, ojos cerrados, la explosión del volcán a punto de hacerse realidad.

George la penetró de nuevo.

—¡Ahhh! —El grito de Lenis retumbó en las paredes.

El abogado acomodó los cuerpos para tener mayor alcance y fuerza. Hizo que Lenis girara la cara, tomándola del cabello sin hacerle ningún daño, con un sostén bien compenetrado y afanoso de manos.

Con las plantas de los pies sobre el colchón, en cuclillas, comenzó a taladrar el cuerpo de Lenis con toda la fuerza y todas las ganas que tenía de hacerlo, provocando sonidos que llegaban hasta el pasillo y que los excitaba demasiado.

Lenis jadeó casi en grito. George gruñó sus propios jadeos. Penetró, se clavó, emanando sudor y enrojeciendo las pieles, una y otra vez y otra vez, hasta explotar… ¡Temblor en la cama, EXPLOTAR! Temblor sobre almohadas, espasmos, al unísono, puntos rojos y mareos consecutivos, corazones desacelerando, sed, plumas blancas mentales cayendo desde algún universo paralelo, alivianando la situación, desacelerando el tren, mientras George… cambiaba.

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