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Capítulo 38 primera parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-03-20 12:00:01

El abogado se salió del cuerpo de Lenis y la giró, tragando saliva para quitarse la terrible sequedad en su garganta.

Lenis había quedado aletargada y sonriente. Él miró sus senos, estaban rojos, cada uno tenía marcas de tela doblada y dedos, ni siquiera él recordaba en qué momento los presionó, pero ella no parecía adolorida o molesta, al contrario, parecía haber encontrado la tierra prometida.

George pasó la lengua por sus propios labios y retiró unos mechones negros y ondulados de cabello sobre el hermoso rostro de ella, hasta chocar con aquellos ojos grises de párpados entrecerrados, cansados por el maratón sexual que acababan de protagonizar.

Él no estaba bien, su ánimo anterior regresó intacto, pero esta vez traía consigo algo peor: aridez. La decisión tomada lo cambiaría todo. La hora había llegado.

Sin embargo, el abogado tenía miedo de perderla, no podía negárselo. No sabía muy bien qué podría hacer él, si ella se alejaba completamente y no lo perdonaba, pero llevaba un plan en mente, un deseo viejo en el corazón. Pensaba que doblegarse ahora sería estúpido.

Lenis lo miró y poco a poco recuperó fuerzas, acomodándose mejor hasta colocarse de lado.

Desnudos aún y sin cubrirse con ninguna sábana o edredón, hicieron silencio por un momento que pareció demasiado largo pero disfrutable. La música ya no sonaba, se había escuchado lejana durante su reproducción, por lo que el ambiente que les rodeaba parecía haber enmudecido.

George fue buscando y buscando hasta dar con ese rostro de juego que siempre usaba, serio, calculador, una expresión difícil de leer.

Y así, serio, fue acariciando las mejillas de Lenis, luego sus labios, su cabello, la silueta de su barbilla, fina, preciosa, femenina; la moldura de sus curvas, sus magníficas piernas, haciéndola sonreír y suspirar, sin ella notar que algo estaba sucediendo frente a sus ojos y que lo peor estaba por venir.

George la miró.

—Vístete.

Ella arrugó un poco su cara al escuchar su demanda, no le había entendido bien, no comprendía nada todavía. Su sangre aún hervía, su entrepierna cargaba ese dolor placentero el cual no quería que se curase.

—Lenis —volvió a llamarla. Su voz y el tono de advertencia, provocó que ella se desperezara—. Vístete. Tenemos que hablar. —Y dicho eso, él se levantó para colocarse también algunas prendas.

Lenis se sentó en la cama y cubrió sus senos con el edredón blanco, mientras lo veía dirigirse a su armario, sacar un pantalón de pijama, una camiseta gris sin nada estampado y de mangas cortas, y calzarse con unas deportivas blancas de marca.

Él regresó a la cama y la miró desde su altura, estando de pie.

—Lenis, ve a vestirte —volvió a demandar.

Ella ya no sonreía, se sentía muy extrañada. Pero sin querer exigir una explicación, se levantó y recogió la bata de tela suave que cargaba puesta en el momento que entraron allí, apresurados.

Luego, salió de la habitación de George en búsqueda de su bikini, el cual encontró en el suelo.

Resopló.

Caminó hasta su habitación para reemplazarlo por otro y a punto de salir, vio a George entrar a la habitación de huéspedes.

—Hablemos aquí —propuso él, mirando algunos rincones de aquella recámara.

—Ok… —dijo ella, con una mezcla en su rostro de circunstancia e interrogación.

Él se sentó en la cama e invitó, con un gesto de mano, a que ella se acercara.

Así lo hizo. Alerta, con la curiosidad pintando sus neuronas, Lenis se sentó al lado de George. Juntó sus piernas, rodilla con rodilla y colocó sus manos sobre su regazo, esperando que él dijese alguna cosa.

—Imagino que te has preguntado cómo nos conocimos Peter, Max y yo. —Ella lanzó una sonrisa estereotipada, no esperaba que él hablara de ese tema. Asintió—. Pues, quizás no lo creas, pero alguna vez en el pasado Peter y yo fuimos rivales.

Lenis se quedó absolutamente quieta, atenta. George por su parte, quería continuar de sopetón, decirlo todo de tajo, pero era bien consciente que lo que diría a continuación abriría el portal hacia un nuevo camino, y no precisamente bueno.

Él tenía miedo, pero no lo demostraba. Quería hacer las cosas bien, al menos intentarlo.

Tragó grueso, exhaló y continuó:

—¿Recuerdas que te mencioné que hace años abrí otro bufete? —Ella asintió—. Yo era muy joven para ese tiempo, menos de treinta años tenía. Pude crear un bufete de abogados con no más de cinco profesionales, algo pequeño, pero lo veía demasiado grande en ese entonces. —Ella no quiso interrumpirle—. Fue en aquellos años donde llegué a ser el abogado de Ferit Turgut.

El mundo de Lenis frenó. Una pesada tabla cayó e hizo un ruido seco en su cabeza.

Ella pestañó varias veces buscando en los ojos de George alguna señal de broma. Al no encontrarla, colocó sus manos sobre su boca y las dejó allí, totalmente paralizada.

—La madre de Peter se casó con Ferit cuando él tenía 26 años de edad. Para ese entonces, él ya trabajaba en inteligencia. Peter es policía.

Lenis no movió un ápice de su cuerpo. Las palabras de George entraban en su sistema, colocando un peso enorme sobre su anatomía, desde adentro, algo que le hacía sentir como si se inclinara hacia un lado por culpa de ese mismo peso, como una rama endeble siendo escalada por un gigante.

—La madre de Peter ya falleció. Murió por causas naturales —continuó él—. Ella y Turgut se conocieron en París. —«Ella y Turgut se conocieron en París», hizo eco la mente de Lenis—. La señora era de familia pudiente, por lo que a Ferit le interesó, utilizando lo mejor que sabe usar, la palabra, para enamorarla, como ha hecho siempre.

«Enamorarla… La palabra… Ferit», se repetía en la cabeza de la secretaria.

George no podía apartar su mirada de ella, el miedo crecía. Lenis no parecía reaccionar ante lo que escuchaba, con la boca aún cubierta por sus manos, sin moverse para nada.

—Ferit ya tenía a Sias, pero Peter no lo conoció nunca en persona hasta… hasta el día de su muerte.

Lenis sintió de pronto que caía en picada desde una altura muy elevada, lejanísima del suelo, una caída sin protección alguna, fatal.

—Cuando Peter tenía treinta años, le iba muy bien. Montó la agencia de seguridad cotizando en bolsa, algo de lo que Turgut quedó maravillado. —«Algo de lo que Turgut quedó maravillado»—. Eso hizo que se volviera loco. Ferit intentó estafar a Peter innumerables veces. Se mezcló con gente mala que lo fortaleció y comenzó a sobornar para conseguir lo que quisiese, extorsionar, amenazar, robar, haciendo negocios a nombre de Peter y de la agencia.

Lenis parpadeó una sola vez y el movimiento exprimió una solitaria lágrima.

George la vio, detalló que la misma le había mojado una de las manos que ella se negaba a mover de su boca.

Tragó pesado y continuó, sintiendo una presión interna que rivalizaba con la adrenalina que le causaba contarlo todo.

—Peter llegó a contarme que, a parte de él, su madre también se enteró de que Turgut la estaba engañando con otra mujer. —George hizo silencio, miró hacia abajo y luego a ella—. Esa mujer era mi madre.

Los ojos de Lenis se abrieron más, la información provocó que se expandieran con desmesura y que detrás de sus palmas, se escuchara cómo se le iba el aliento, al mismo tiempo, que otras lágrimas caían sin remedio.

George acercó una mano a ella, pero Lenis la retiró de inmediato, como si le quemase.

El abogado se detuvo en seco. El rechazo de Lenis a su toque fue contundente y preciso.

La penetró con la mirada y colocó sus manos al frente, en señal de rendición.

—Espera un poco, Lenis, por favor. Deja que te cuente…

—Conocías a Turgut desde un principio —ella susurró, las palabras atropellándose entre sí.

Él tragó grueso.

—Escucha, por favor.

Las manos de Lenis se habían despegado de su boca gracias al rechazo inmediato ante el toque de George, por lo que se habían quedado elevadas, distorsionadas, catatónicas.

—Mi primer bufete era nuevo —retomó George—. Yo apenas tenía veintiocho años. Siendo el novio de mamá y sin saber que estaba casado, decido hacerle caso a su petición de defenderle. — «Decido hacerle caso a su petición de defenderle… defenderle… defenderle»—. Ferit me había dicho que tenía un problema financiero, pero cuando el caso se me presentó ante mis ojos y me di cuenta de todo…

Él se detuvo y apretó la mandíbula al ver cuántas lágrimas caían sobre el rostro de Lenis. Pasó sus manos por la cara, restregándosela, ya no podía esconderse tras la dureza de sus expresiones.  

—Eran estafas grandes, Lenis. Estafas gigantes —continuó—. Yo pertenecía a la defensa, pero Peter y sus abogados hacían muy bien su trabajo. Él investigó todo sobre Turgut, me mostró todas las pruebas aun siendo yo de la defensa, no le importó. Él debía mostrarme, sin importar nada, que Ferit era un perro viejo, un sabueso en estas movidas, y advertirme de la situación para que mi madre se alejara de Turgut de inmediato. Tanto ella como yo.

Lenis, poco a poco, fue dejando sus manos caer sobre su regazo.

—Sabías de mí… Ustedes sabían de mí… —ella susurró, mirándolo, pero viendo más cosas de las existentes allí, viendo cómo George, ante sus ojos, era rodeado por un aura distinta a la de siempre: el aura de la decepción.

—Lenis, mírame, enfócate en mí. —Él acomodó su posición para estar a la par con ella. Comenzaba a sentir urgencia por contarle todo, sintiendo que ella se le escapaba de las manos—. Peter descubrió tantas cosas de él, Lenis… Tenía mujeres regadas por doquier, mujeres de todo tipo. Ese hombre es un desgraciado asqueroso. Yo no tenía mucha experticia y mamá no lo dejaba, ya estaba más que atrapada por él. Entonces, como no me atrevía a tentar al diablo y meterme en esa boca de lobo, seguí siendo su abogado —«seguí siendo su abogado»—, mientras me reunía con Peter cada vez que descubría algo nuevo de él, es decir, lo estaba traicionando, casi con un conflicto de intereses. Peter enfrentaba una lucha en contra de la corte, no tenía nada que perder, debía arriesgarse y más sabiendo que yo era víctima de ese sujeto. Peter… estuvo a punto de ir preso por e****a, y era completamente inocente.

George no sabía qué interpretar de la expresión de Lenis. Ella lloraba, pero su rostro era serio. Debía continuar su relato porque confiaba que al final, ella comprendiese todo.

—Logro sacarle las patas del barro a Ferit, al igual que lo logran los abogados de Peter con él, pero ya sabía qué tipo de persona era cada quién. Ahí fue cuando decidí renunciar a ser el abogado de Turgut. —Él tragó grueso—. Y allí fue cuando cometí el mayor error de mi vida.

La voz de George falseó.

Dejó caer sus antebrazos sobre sus muslos, manos en el medio de sus piernas, la mirada un poco perdida por momentos, recordando, y Lenis quieta.

—Me molesté con mamá. La abandoné —él continuó—. Ella no lo dejaba, Lenis, no dejaba a Ferit. Sabía que la engañaba, pero no se separaba de él. Y yo no comprendía qué rayos le sucedía. Después de todo lo que pasó, de todo lo que tuve que hacer para que esa rata no me fregara, ella aún seguía con él. Ni siquiera Peter lo entendía. —Restregó sus párpados con sus dedos y suspiró—. Vivíamos aquí, en este apartamento —«vivíamos aquí, en este apartamento»— pero yo no podía estar bajo el mismo techo que esa lacra, así que me mudé. Compré el piso que está cerca del nuevo bufete y me alejé de mi madre. No hablaba con ella, no la llamaba, me aparté completamente casi durante un año, un año sin saber nada de ella, hasta que Peter me contactó de nuevo para darme las peores noticias.

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