FAZER LOGINT.C miraba a Lenis por el retrovisor y enviaba mensajes por su teléfono.
Afuera llovía, por lo que Lenis prefirió esperar que escampara un poco para salir del vehículo.
Desde su asiento en la parte de atrás, la secretaria observaba el edificio donde el abogado George J. Miller tenía su bufete.
Recordó su historia. Esa era la segunda oficina que montaba, gracias a que su padrastro, siendo también el de él, lo había arruinado todo.
Solo pensó en esa misma parte de lo que George le había contado y ella negó con la cabeza, colocando la yema de sus dedos sobre el tabique, suspirando… Comprendía todo, sabía que tanto él como Peter, junto al jefe de la corporación, eran víctimas de Turgut. Entendía por qué ellos lo buscaban, por qué deseaban que aquel infame ser pagara por todo lo que hizo. Ella, hasta podía entender, el porqué aquellos tres jefes habían desconfiado de ella, era lógico, lo comprendía. Aún así, se le estaba haciendo una árdua tarea perdonarlos por no haberles dicho nada desde un principio, por —al menos— no permitirle a ella optar por el beneficio de defensa y recurrir al de la duda, encarándola, haciéndola partícipe de algún modo en el famoso plan.
Lenis Evans quería dejar de ser ella por un instante, transportarse a otro lugar, un sitio lejano donde nadie la conociera; porque, a parte de las dolorosas consecuencias de la manera en la que aquellos hombres habían operado, existía la desazón para ella de darse cuenta que terceros la conocían mejor de cómo lo hacía consigo misma.
Colocó la mano en la manilla.
—Seamos Lisa por unas horas —susurró para sí.
T.C la escuchó, puesto que aquella camioneta insonorizaba un poco el ruido exterior, por lo que la caída de la lluvia no suponía un problema para escucharse bien entre unos y otros.
Lenis abrió la puerta y el guardaespalda se apresuró a ayudarla, colocando un paraguas color negro sobre su cabeza y caminar junto a ella, tomándola de las manos, hacia el lobby del edificio.
T.C ya había gestionado los pases de visitantes que únicamente se requerían para la sala de audiencias, ya que cada piso sostenía su propio protocolo de seguridad. Lo único monitoreado por la seguridad general de aquella moderna construcción, eran las entrevistas o encuentros legales, donde una jueza o juez hacía acto de presencia.
La secretaria leyó el pase. Su nombre decía «Lisa Díaz» y sintió de súbito un hueco en el pecho y la piel erizarse, tal cual pudiese sentir cómo se regresaba el tiempo, cómo su cabello negro se desteñía y el cielo gris de afuera se trasladaba al interior, cubriendo sus pasos.
Al bajar del asensor en el piso del bufete, lo primero que ella vio fue a George y la respiración se le paralizó.
Donde antes hubo un hueco profundo lleno de feas sensaciones, se rellenó de una algarabía violenta y todo era tan extraño para ella, una mujer con otro nombre, dejándolo en la cartera para regresar a sus raíces y así defenderlas.
Pasado y presente. El pasado que se había convertido esa mañana en la alfombra roja, y el presente, él, George, siendo más actual que nunca.
Lenis se detuvo y miró el suelo, no sabía muy bien cómo llevar todo eso.
T.C lo notó. Iba detrás de ella y vio cómo la mujer, en vez de seguir caminando hacia adelante, se desvió para sentarse en una pequeña sala de espera ubicada a la derecha.
—¿Lenis? —preguntó George, alarmado, caminando hacia ella.
T.C y él se miraron, mientras ambos acudían a su encuentro.
—Trae un poco de agua —mandó el abogado a su secretaria, quien, al salir de la sala de juntas para recibir a los recién llegados, se dio cuenta que algo sucedía.
No hizo falta que ella dijera alguna cosa. Saltó en busca del adorado líquido y en cuestión de segundos, lo trajo, sentándose a su lado y ayudándola a tomar sorbo a sorbo.
T.C dio unos pasos hacia atrás, sabía que, ya viendo que la asistente de Miller lo tenía todo controlado, lo mejor era darle a Lenis el mayor espacio posible, muy al contrario de George, quien se había colocado de cuclillas y no dejaba de mirarla con semblante de alarma.
—Lenis, mírame —decía el abogado. Su asistente los miraba, entristecida—. Si no puedes hacer esto, exigiré un aplazamiento. Solo tienes que decírmelo…
—No, no, no hagas eso —pudo ella decir. Ya se había tomado medio vaso de agua. Miró a la secretaria de su abogado y asintió con la cabeza, devolviéndole el cristal—. Muchas gracias.
—Para lo que necesite —dijo la linda mujer rubia, cabello lleno de reflejos y de baja estatura que la había asistido, mientras compartía miradas con T.C, al parecer, estando silenciosamente ambos de acuerdo de que el tema que los circundaba y que concernía al señor Miller y a la señorita Evans era más delicado de lo que pensaban.
—Lenis... —dijo George, intentando tocar sus manos, sin éxito: ella ya las había quitado.
La secretaria de Maximiliano cerró los ojos, inhaló y exhaló bastante aire y despegó sus párpados lentamente, econtrándose con las claras y alertas retinas del abogado, pendiente de cada movimiento o detalle referente a ella.
Entonces George, aún de cuclillas, vio algo extraordinario que no previno, tonto de él; si tardaba en analizarlo, no le encontraría mayor lógica de la evidente.
Miller pudo ser testigo de cómo esa mujer dejaba atrás su congoja con el mayor de sus esfuerzos para traer de nuevo a su vida, así sea de manera momentánea, a Lisa.
El abogado entonces pudo quedarse un poco más tranquilo, ella estaría bien, por lo que su cara de póker también fue activada.
Se puso de pie, ayudando a su cliente a que hiciera lo mismo, con toda la galantería que una dama se merecía.
Caminaron a la sala de juntas, la cual estaba cubierta por ventanales de vidrio de lado y lado y de piso a techo, mostrando una ciudad que imponía desde allí, casi de la misma manera que lo hacían las vistas desde el consorcio. Lisa pensó en lo necesaria que era mostrar un entorno así para trabajos como aquel, pensando también en la estrategia de mantener contento y relajado a todo aquel que tenía el don de la defensa.
Los presentes se sentaron, pero no tardó demasiado en llegar la jueza, Margareth Bader, una mujer de más de cincuenta años de edad, cabello largo, enrulado y frondoso, teñidos de canas mostradas con mucho orgullo; un cabello al extremo de boscoso.
La misma mujer de piel clara y ojos negros asintió a los presentes, junto a un educado saludo, mientras se sentaba.
Otros minutos más tarde, unos «Buenos días» fueron lanzados dentro del recinto.
George se puso de pie por cortesía, pero la demandante no logró hacerlo. Su piel parecía haberse apretado, como aprieta una ropa de talla pequeña sobre cualquier cuerpo gigante.
«Ha llegado el momento, querida Lisa. Tú puedes hacerlo», se dijo mentalmente, mientras giraba la cabeza y lograba observar a su contrincante en esa pelea por la libertad.
—Abogados, señor Smith, ya pueden tomar asiento —dijo Bader, quien encendió una cámara montada en un pequeño trípode y la apuntó hacia ella, leyendo un acta la cual estipulaba el comienzo de la reunión con fecha y hora establecida.
Lisa miró directo a Smith, quien tampoco le quitaba ojos de encima, mientras George lo veía todo: a ellos dos compartiendo la mirada, a la jueza mientras se grababa y al abogado de Smith que tampoco le quitaba ojos de encima a Lisa, serio, con una expresión demudada que evidentemente intentaba ocultar.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







