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Capítulo 44 segunda parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-04-05 05:51:37

La jueza terminó de leer el acta protococar y giró la cámara, apuntando a los presentes.

—Señor Miller —nombró Bader—, proceda, por favor.

—Muchas gracias, buenos días. Señoría… —saludó, junto a un asentimiento de cabeza—. Para efectos de grabación, mi nombre es George James Miller —Lisa lo miró—, con registro de colegiatura, número… —los presentes escuchaban atentamente—, abogado de la señora Lisa Díaz, con número de indentificación... —Jeferson aún no despegaba la mirada de ella—, ciudadana de este país. —George miró a los presentes, enfocado mayormente en la jueza—. La demanda propone un acuerdo judicial entre las partes en base a la petición de divorcio emitida por la demandante, con efecto inmediato a partir del día de hoy, con dos requerimientos taxativos especificados en el acta oficial de demanda que exponemos ante esta audiciencia. —George entregó a la jueza y al abogado de la defensa los documentos pertinentes.

La jueza Bader abrió y asintió, mostrando y entregando el contenido de los folios a su asistente (un joven que acababa de ascender en dicho puesto y quien la había acompañado esa mañana), al igual que a Coney, quien hizo exactamente lo mismo: leyó los documentos y los revisó, corroborando lo que previamente él había recabado con los anteriores abogados, ya que los requerimientos de Lisa ya estaban expuestos en los documentos que su cliente había recibido en un principio.

—Puntos categóricos entre las exigencias a acordar —continuó Miller—. Uno: la demandante Lisa Diaz cede todos los activos y pasivos adquiridos dentro del matrimonio con vigencia a partir de la firma de este documento, al señor Jefferson Smith, parte demandada, incluyendo en la misiva cualquier propiedad o inmueble, sin petición de manutención ni indemnización alguna por parte de ambas partes y sin derecho a cambios en el presente acuerdo en vigencia o posterior a la firma.

»Dos: la demandante Lisa Diaz exige oficializar separación de cuerpos ante los estatutos de la Ley de Protección a la Mujer. Dicha petición va anclada a la orden de alejamiento emitida en el documento adjunto al acta principal de divorcio, sin derecho a cambios en el presente acuerdo durante su vigencia o posterior a ella. —Lenis tragó grueso, intentando no emitir lectura alguna a través de su cara, pero sin perderse las expresiones de Smith, quien parecía querer decirle mil cosas a la vez, pero de igual manera, igual que ella, intentando que nada se notase a través de su rostro.

Hubo un silencio en la sala gracias a la rápida revisión a los documentos por la jueza encargada de dirigir la audiencia, sobre todo el último folio que recibió de las manos del abogado George J. Miller con la orden de restricción, avocada en la denuncia por acoso, un tema que sería tocado en otra audiciencia, pero que estratégicamente el abogado de la demanda había logrado introducir.

—Recibidos los documentos. La defensa tiene la palabra.

—Muchas gracias, buenos días. Señoría… —saludó de la misma manera protocolar el abogado de Smith, Adam Coney, presentando su nombre y número de colegiatura, así como a su cliente y su DNI, corroborando su ciudadanía—. El demandado, Jefferson Smith, presente en esta sala y en cumplimiento con lo exigido en ley, acepta —miró a su cliente y de vuelta a los presentes— los requerimientos exigidos por la demanda en todos sus puntos, acordando la firma del acta de divorcio de forma inmediata y entrando en vigencia y rigor desde el momento de la rúbrica.

Lisa sintió que la piel se le erizaba al completo y tal parecía despertar de un letargo embadurnado de dudas y miedos.

Ella quiso llorar, no podía creer que se estaba divorciando de ese hombre por fin y que legalmente se alejaría de él sin necesidad de escape. Quería estampar su nombre verdadero en esos papeles definitivamente, ya, pero debía tener paciencia, la audiencia aún no había terminado.

—Como abogado de la defensa, me permito agregar requerimientos en dicha acta, redactados previamente y presentados en el siguiente folio que entrego a la juridiscción y a la demanda para ser leídos y revisados por todas las partes involucradas —agregó Coney y Lisa entró en alerta total. Miró a su abogado, él no mostraba ambsolutamente nada en su mirada—. El señor Smith propone una sola condición que entraría en vigencia justo luego de la firma. —El abogado de su futuro ex esposo hablaba, pero para la secretaria, parecía que era el mismo Smith quien exponía las palabras—. En pro de colaborar a la investigación pertinente a relaizar proveniente de la denuncia por acoso de la demanda, el demandado Jefferson Smith, anclándose en su enmienda de defensa estipulada por la ley de protección civil, pide a la jurisdicción permitirle mantener una conversación con la demandada…

—Objeción —interrumpió George, con una voz mecánica y gruesa, pero a la vez, un poco teñida de algo desconocido para los presentes, pero no para Lisa, quién ya tenía acelerado el corazón.

—¿Bases? —interrogó la jueza.

—Ninguna ley permite a una posible víctima de acoso mediar con su acosador para ningún fin, y mucho menos si existe de por medio una investigación formal, más una demanda —le dijo a la jueza con toda la seriedad posible que encontró.

Y esa misma mirada que dirigió a la jueza Bader, la dirigió luego al demandado, quien aún no quitaba ojos de encima a su clienta.

George mantuvo entonces la ecuanimidad que lo caracterizaba como excelente en su área y miró al abogado defensor.

—Mi clienta ha expuestos dos requerimientos que le aseguran a su cliente el tránsito libre entre provincias y estados, y uno de ellos, repito, es la nula posibilidad de cambios en su forma. Como defensa, permitimos entonces adelantar la audiciencia por el tema de acoso en esta misma sala a la fecha actual, así mostrar las pruebas pertinentes que han llevado a la señora Lisa Díaz, no solo a pedir la anulación de su matrimonio, también a emitir su denuncia por maltrato y acoso «sexual» —declaró el abogado de la secretaria, afincándose en la última palabra.

—Permito la palabra ante cualquier toma de deciciones por la jurisdicción —pidió Coney.

Bader era una jueza versada en este tipo de dramas de divorcios, sin embargo, estaba atendiendo un caso delicado, siendo Smith el asesor político del gobernador del estado en el que ella ejercía su cargo desde hace años.

Ella les diría que detuvieran el circo que sabía que empezaría a continuación, sin embargo, prefirió cederle la palabra a Coney.

—Adelante la defensa.

Coney asintió.

—Muchas gracias. Señoría… —Volvió a asentir. Lisa se estaba empezando a marear con tanta formalidad—. El señor Smith pide una simple conversación con la señora Lisa Diaz posterior a la firma de divorcio, en un ambiente controlado, donde ambas partes no se sientan comprometidos a futuras demandas. —Coney miró a su cliente y de vuelta a la mesa, enfocando su vista en Lisa—. Señora Díaz, entendemos su deseo por no acercarse al señor Smith, pero como la ley también ampara a mi cliente mientras sea inocente y antes que alguna investigación, en el caso hipotético que eso llegue a ocurrir, demuestre lo contrario, él tiene el derecho de pedir legalmente y ante la juridiscción de este país acercarse un tiempo determinado a usted antes de entrar en vigencia la petición de alejamiento.

—No contestes —le pidió George en voz baja, pero no susurrado, porque todos debían escucharlo.

La jueza Bader permitió que Coney se dirigiera directamente a la señora Diaz anclándose a no existir ningún inconveniente que lo impidiera y leyendo su expresión, claramente entendiendo que la dama demandante no quería nada de aquello, pudo también leer en ella que cargaba curiosidad, así que dejó que esa agua corriera.

Lisa miró al abogado de su esposo y a Jefferson, quien cargaba su cuerpo erguido y bien sentado en la silla frente al gran escritorio que ponía distancia entre ellos y se preguntó por qué él no la había demandado a ella de vuelta por abandono de hogar o cualquier otra argucia suya, sino que además había aceptado todos sus requerimientos sin chistar y solalemte pedía… hablar.

—Acepto —dijo Lisa y George se giró hacia ella con rostro de alerta.

—¡¿Qué haces?! —Esta vez sí susurró.

Lisa y él se miraron directo a los ojos, y ella intentó meterse entre esa miel que suplicaba una respuesta.

Luego, la señora Díaz giró la cara hacia la jueza.

—Señoría, disculpe… Quisiera pedir unas palabras con mi abogado, por favor.

Bader suspiró y asintió.

—Tienen dos minutos. Abogado, señora Díaz… —acordó la mujer líder de la audiciencia, señalando hacia la puerta.

George se levantó y salió de inmediato de la sala de juntas.

Afuera, se volteó para encarar a Lisa.

—¡No! —ladró él por lo bajo.

Ella pudo ver detrás de su abogado, a Peter y Maximiliano mirarlos con extrañeza. Max se levantó del sillón monoplaza en el que se encontraba y Peter, quien ya estaba de pie y recostado a una pared, irguió su cuerpo ante lo que veía.

Ambos jefes, incluídos T.C y la secretaria de George, detuvieron todos sus movimientos dándose cuenta que algo pasaba.

Lisa mantuvo su rostro serio. Ella había tomado una decisión, no quería convencer a su abogado de eso.

—Lenis, ese desgraciado solo quiere convencerte de retirar la denuncia y salir airado de todo…

—No retiraré la denuncia…

—Y lo quiere hacer legal, ¡dándonos una bofetada en la cara!

—No retiraré la denuncia por acoso.

—Te dije que si no te defendías a ti misma, no te iba a defender.

La mujer endureció el rostro.

—¿Vas a renunciar? —le preguntó, retadora, mirándolo a los ojos—. ¿Vas a renunciar?

George negó con la cabeza de manera incrédula, liberó una risa carente de gracia y puso los brazos en jarra, abriendo más su chaqueta del traje y mostrando su chaleco siendo una de las tres piezas de su atuendo.

—Ese imbécil quiere estar a solas contigo, llevarte a cenar o no se qué m****a para envolverte…

—He aceptado hablar con él, pero pondré como condición hacerlo aquí —interrumpió ella y George se detuvo para prestarle atención. Su respiración estaba agitada por la desesperación que sentía. No le gustaba que las cosas se escaparan de su control—. Si él quiere decirme algo, va a tener que hacerlo aquí. Puede que lo haga en una sala a solas conmigo, pero todos ustedes estarán acá. —Miró a Peter y luego a su abogado—. Dile a tu gente que se arme con la vigilancia esa de siempre, si así te quedas más tranquilo —lanzó ella con amargura, caminando de vuelta a la sala de juntas—. Entremos, señor Miller, ya han acabado los dos minutos permitidos por la jueza.

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