INICIAR SESIÓNLenis se levantó de la cama, claramente aletargada, sin embargo, despierta desde hace minutos.
Se dirigió al tocador y cerró la puerta tras de sí con lentitud. Se quitó el pijama que Maximiliano le había prestado y se bañó completa, colocando su rostro bajo el fuerte chorro de la ducha. Sabía que afuera la esperaba George. Sus ganas la motivaban a no querer verlo. Ni a él ni a nadie más. De hecho, había pensado en toma de decisiones, por lo que regresaría en ella, inevitablemente, esa manera de ver la vida, calculándola con cabeza fría y buenas estrategias que funcionasen a su entero favor, siempre con la idea de protegerse. Se colocó un albornoz y salió del tocador, con el único propósito de buscar las prendas que se colocaría. George, al ver que la puerta se abría, se levantó del sillón. —Lenis…Ella no prestó atención. Él definió que le estaba aplicando la ley del hielo, pero nada a la ligera; sintió miedo de nuevo, su comprensión de todo, de la forma de ser de ella, más sus vivencias y lo que él le había hecho, le explicaban claramente que Lenis era quien se adueñaría de la palabra.Pero tal vez el miedo más grande para él no era hacia ella o lo que pudiese hacer con él. El terror, porque así mismo lo sentía, era perderla, sí, pero también el que se volviese loco de repente, sin poder controlar el cero aguante: ya se le estaba haciendo difícil no imponerse ante la situación. Lenis se vistió. Le habían traído cosas del apartamento de George, en una maleta de cuero blanco que el mismo abogado le había regalado. Ella no emitió juicio alguno por eso. Estaba determinada a que nada le afectase; al menos, a no demostrarlo. Con su jean de tubo color azul claro, sus bailarinas negras y una camisa blanca de manga tres cuartas, dejó su cabello suelto y se maquilló como siempre, sencilla, sin tantos aditivos, echándose encima su fragancia favorita dejando estela del olor por donde pasaba. Salió de nuevo y vio que George la esperaba de pie muy cerca de la puerta. Ella lo miró por unos cortísimos segundos y apartó la mirada para llevar la maleta hacia un rincón del armario. El abogado apretó los labios, colocándolos en una fina línea, sonriendo triste, porque ella se veía bellísima, como siempre, sin embargo, como si fuese la primera y única vez. Lenis sentía un leve dolor de cabeza. Ella sabía que todo estaba siendo muy abrumador, pero nada como los días anteriores. Tanto tiempo sin sentirse mal, perdida y derrotada, sin embargo, esto que ella estaba experimentando llevaba consigo mucho más peso, quería de nuevo dormir, también huir de inmediato, al mismo tiempo (y lo pensó volteándose hacia él), besarlo. Ambos se miraron. George a la expectativa de lo que ella diría, con los ojos entrecerrados, pero serio. Ella pensaba que si lo besaba, lo mataría. La rabia era dañina. Se enderezó y habló. La cama estaba de por medio, la distancia era mucha, y sabía que el día de mañana debía estar a su lado, más cerca, pero todo bien fuese por un fin benévolo, que la ayudase a resolver una parte de sus problemas. Debía reconocer que él era buen abogado, no le quedaba de otra. Era tan buen abogado, que la había engañado con esas artimañas suyas que —ella estaba segura— él aplicaba en la profesión. Lenis estaba profundamente dolida, pero no era tonta, tampoco mentirosa, así que intentaría ser lo más transparente posible. —Sé a lo que viniste —le dijo ella. Él negó con la cabeza, a penas un ligero movimiento. —No lo creo —dijo, rascándose un costado de su nariz y suspirando. Se acercó a ella Lenis puso una mano en alto, deteniéndolo en seco. —No intentes nada conmigo, George. Para nadie es un secreto que has tenido mucho poder sobre mí, pero eso se acabó. —Él luchó por no demostrar que las palabras de Lenis le dolían y le molestaban—. Sé que viniste a informarme que no lograste aplazar la audiencia. Te doy las gracias por pensar que necesitaba unos días más para ir, pero ya no es necesario, vamos mañana. Terminemos con esto de una vez. Él quedó totalmente extrañado: por lo dicho, por el tono en que lo dijo…, por la tranquilidad y la rápida aceptación, también, por la nula argumentación, adueñándose celosamente de una inusual resignación… El cuerpo de George se enderezó. La veía resuelta, casi podía ver soluciones matemáticas flotando en su cabeza.—Lenis —él se acercó, sin prestarle atención a la mano elevada o a la tensión que ella ganó con tales movimientos—, no vine por eso y tú lo sabes —susurró, cada vez más cerca, mirándola directo al rostro. Quería destaparla y ver por dentro qué tramaba.—Sí, viniste por eso, George. Para los dos, es mejor que hayas venido por eso y nada más. No hay tiempo para cambiarme de abogado, reconozco que eres bueno y quiero de una vez por todas despegarme, por lo menos de manera legal, de mi esposo. Él apretó la mandíbula. Ciertamente, esa sentencia le molestaba sobremanera. Todo le estaba sacando de quicio.Suspiró. Ya no importaba. El día de mañana estaba cerca, ese hombre ya no tendría ese horroroso título con ella, pero antes, debía agregarle más información a “su motivo” para ir a verla, debía decirle lo que estaba pasando.—No vine solamente a informarte sobre eso…—No hace falta que me digas más nada…—Espérate, déjame hablar, por favor. —Ella asintió, con evidente molestia, casi fastidio; o al menos, eso le demostraba—. Smith cambió de abogado.—¿Qué?George quiso sonreír, pero no era momento para bromas. Asintió y la sangre volvió a correr por sus venas. N0 eran buenas noticias, pero él sabía que la intriga tiene color: Lenis parecía haber abandonado su preocupante tristeza por la curiosidad, algo que la encendió de nuevo por un momento, haciendo arder su mirada y otorgándole sonrojo a sus mejillas.—Su nuevo abogado se llama Adam Coney…Ella se quedó pensando por un momento. Sus ojos lo veían, pero no lo estaban mirando. —No lo conozco —dijo ella suavemente, pensativa—. Solo conozco al de siempre…—Sí —le interrumpió él—, lo supuse. —¿Y esto… es algo malo?George suspiró. —¿Por qué no mejor nos sentamos y te cuento?Ella echó un paso hacia atrás y emitió un levísimo gemido de queja. Su cara de tristeza estaba volviendo por pedazos a su cara.«¡No, no, no, no!»—Es un cuento corto, lo prometo, será rápido —dijo él con premura, no quería perder esa atención que milagrosamente ella ponía en él.Lenis se cruzó de brazos y sin darse cuenta, la mano derecha ya estaba empuñada y se resguardaba bajo su antebrazo izquierdo. George no pudo ver aquello, pero pudo sentir la tensión arroparla.Y él no se quedaba atrás, parecía que Lenis se le iba de las manos. Estaba desesperado, a esas alturas, la paciencia sería una de las virtudes más relevantes de su vida. Ya sentados, él quiso comenzar a explicar, pero no pudo hacerlo, ella se veía tan presionada, como obligada, pero bien notaba él que todo eso escondía mil cosas más. —Coney trabajó en mi primer bufete, fue uno de los pocos que conformaban mi equipo de trabajo. No es… Es muy buen abogado, pero no es… No debemos confiar en él. Ella movió las cejas y se mordió un carrillo para evitar sacar de su sistema lo que se le vino a la mente justo después de escuchar eso; la palabra «confianza» rebotó contra sus sienes. —Jefferson te investigó —resolvió ella decir.—Así es, hizo su tarea. Contratar a última hora a Adam Coney es una jugada maestra. El idiota me conoce demasiado, así que lo mejor es… —mordió su labio inferior— mantenernos bajo perfil. Ella sonrió por nada que le causara gracia. —Ya entiendo: no es bueno que sepa que tú y yo tuvimos algo —aclaró ella mejor las coordenadas que el propio George no quería decir. El abogado la miró a consciencia. Un desvergonzado cabello negro ondulado pretendía hacerle sombra a una de esas grises y hermosas piedras. Alzó la mano y le apartó el mechón. Lenis dejó de respirar. La mano de George no regresó a su puesto, se quedó allí, acariciando la mejilla derecha de ella, luego el cuello… Lenis se levantó. —Bueno, creo que lo mejor sería que siga descansando, mañana será un día duro…George se quedó en vilo, su mano había quedado colgada en el aire. Reunía paciencia de donde no podía tan siquiera existir. La sacaba desde su interior, desde lo más profundo, para poder sobrevivir al esperado rechazo.Pero George J. Miller no era un hombre a quien le gustase mucho que le rechazaran, bien sabía él que todo tenía un límite. En la cabeza del abogado, las palabras de Lenis, las mismas que intentaban sacarlo de la habitación, carecían de importancia, su volumen era bajo. Él se levantó, en dos zancadas llegó hasta ella, la tomó de la cintura y la besó. La rabia que sintió Lenis al verse sorprendida y atrapada fue descomunal. Tenía que resistirse, ella no sería nunca más la muñeca de nadie. Pero George tenía poder, dominando el beso y su boca como el experto que era. La fuerza de los movimientos los empujó hacia una pared y al chocar contra ella, los labios se separaron.Lenis, sin mucho pensarlo, le cruzó la cara de un bofetón. George mostró los dientes del ardor que le quedó. Las respiraciones de ambos iban tan veloces, que ninguno pudo hablar de inmediato. —No te equivoques, J. Miller. No tienes ningún derecho sobre mí…—¡No te equivoques tú conmigo! —sentenció con fuerza y gruñidos en la voz, sosteniéndole la cara con ambas manos, arrinconándola más en la pared—. He cometido un grave error y te pido perdón, pero no soy ningún trapo sucio como para que vengas a maltratarme. —Las miradas embonadas y clavadas dolorosamente—. Quiero que te grabes en la cabeza una cosa, Lenis Evans: yo estoy en tu vida y tú en la mía, no hay vuelta atrás, así que no hagas ninguna tontería, porque aunque no lo veas ahora, aunque te cueste comprenderlo, el daño que te haces a ti misma, me lo haces a mí. —La soltó como si ella le quemara y caminó hacia la puerta. —¡No puedes amenazarme, no eres nadie!El grito detuvo por un instante la salida de George de la habitación. —Nos vemos mañana en la audiencia —dijo él sin mirarla, cerrando la puerta tras de sí. Lenis cubrió su boca con ambas manos, liberando un llanto que creía ya superado. Recordando una y otra vez las palabras del abogado, se dejó caer al suelo arrastrando su cuerpo contra la pared, sintiéndose más eufórica que nunca.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







