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Capítulo 45 tercera parte

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-04-08 12:00:00

Maximiliano pudo darse cuenta que Lenis necesitaba aquello mucho antes de la audiencia. Drenar, sacar cada gota, dejar de ser fuerte por un momento…

No sabía si era algo malo o bueno ser testigo de aquello. Admiraba demasiado a Lenis Evans y no se sentía particularmente orgulloso de haber desconfiado de ella en un principio. No podía culparse dadas todas las circunstancias, pero aún así, viéndola llorar con esa forma tan vibrante y liberadora, recordando su historia, la forma cómo sus únicos familiares la habían tratado, ser joven y haber tenido que vivir todo eso, más el amor…, ese amor que ella sentía por su abogado…, por su amigo…

Él tragó grueso. Recordó también la imagen de una Lenis con la cara moreteada y ensangrentada, bajo el reflector de un lente forense dentro de un cuarto impersonal y grisáceo. Sentía ahora más que nunca que la injusticia estaba presente en todos lados, que nadie quedaba exento de ella.

Lenis limpió su cara por enésima vez e intentó respirar a través de la raspadura de su garganta por el esfuerzo y por ver por medio de sus pestañas aún cargadas de agua. Sentía la cara hinchada y en efecto, así la tenía, más los ojos rojos, al igual que la nariz; rasgos físicos que Maximiliano podía ver en primera fila.

Él se levantó al verla más calmada, no quiso dejarla sola durante aquel fuerte desahogo. Se dirigió a la cocina y sin decirle nada a los presentes (Gladis, una chica de la cocina y el jardinero, quienes se habían reunido allí para el almuerzo), abrió la nevera, tomó un vaso helado, lo recargó de agua y se devolvió a la sala, sentándose de nuevo a al lado de su asistente.

—Ten —dijo suavemente, cediéndole el vaso, el cual Lenis aceptó dándole las gracias con la voz pastosa por el llanto.

Ella tomó poco a poco, pero vaciando casi todo el contenido.

Se sentó mejor en el sillón blanco y suspiró, girando el rostro a su izquierda, donde se econtraba su jefe.

Ella negó con la cabeza, suspiró varias veces, tuvo su momento de silencio antes de poder emitir palabra.

—Siento mucho todo este show mío —dijo ella, ya recuperando su suave y femenina voz.

Él sonrió triste. Colocó un brazo a lo largo del espaldar, sentándose de lado para mirarla mejor, incluso, poniéndose más cómodo de alguna manera, subiendo un poco su pierna derecha al sillón.

—Lenis…, ¿qué haces aquí en mi casa?

La secretaria se extrañó por la pregunta.

—Ehh…

—¿Por qué estás aquí y no con George?

Ella quedó en vilo luego de aquellas palabras, su corazón volvía a celerarse.

Maximiliano había preguntado aquello con una cara de seriedad que ella no le había visto desde hace tiempo. Ella recordaba que esa misma cara la tenía él cuando ella le contó que era hijastra de Ferit Turgut: como si ocultara algo más allá de lo que estaba diciendo. Sin embargo, esta vez ella podía percibir más claridad que la vez anterior  y ese detalle la empezó a incomodar, asustar, entre otros sentimientos que rellenaban su corazón y mente de curiosidad.

—Maximiliano, no sé qué me quieres decir.

Él asintió y se enderezó en el asiento, colocando sus antebrazos sobre sus muslos y entrelazando las manos entre sus rodillas.

—Hace unas pocas horas, en menos de una hora, creo, estabas abrazándolo. Él te estaba consolando. Estuviste a punto de herir a tu ex esposo dentro de un bufete de abogados, con una orden temporal de acercamiento, la cual solo duraba el tiempo de conversa establecido entre ustedes. Jefferson se trevió a tocarte de nuevo. El mismo hombre que te maltrató, se atrevió, después de divorciarse de ti, a tocarte de manera soez e íntima y tú te defendiste quizás como ya llevabas tiempo no lo hacías. Todo eso, aunando a la emoción resistente de separarte por fin de él… Es lógico que sientas tantas cosas, Lenis. ¿Y quién estuvo para ti, para sostenerte tras aquel atropello de adrenalina? —Ella tragó grueso—. George J. Miller. —Se hizo el silencio, ambos casi golpeándose con sus miradas—. Pero no solo cuento eso, sino que días antes estaba sumida en una profunda tristeza. Culpa nuestra.  Y vaya que le dije a él que cuando te dijese toda la verdad, confesara primero lo que sentía por ti y que te lo asegurara, para que al menos tú supieras lo mucho, lo muchísimo que te quiere.

Lenis no podía mover un solo músculo.

—Lógicamente, Lenis —continuó Max—, pensaba que luego de aquel abrazo en el bufete, tú saldrías junto a él, que volverían, que lo perdonarías, porque no vas a mentirme con esto, sabes que él siente algo muy fuerte por ti. Entonces, te lo vuelvo a preguntar, ¿qué haces aquí, en mi casa, celebrando el divorcio conmigo y no con él? Y oye, agradezco que me consideraras para tal celebración, pero uno no puede estar tan lejos de lo que se ama.

Lenis alzó las cejas y sonrió sin mucha gracia.

—¿Ama? ¿Amor? —Puso cara de circunstancias, pero todo era una pantalla para ocultar sus sentimientos—. Lo siento, Maximiliano, pero… ¿amor?

—¿Qué? ¿No es eso lo que ustedes dos se dieron en ese abrazo? —preguntó él con la vista entrecerrada, un poco retador, sin dejarla de inspeccionar. Ella solo negaba con la cabeza de manera incrédula—. ¿No es eso lo que ustedes dos se regalaron mientras vivían juntos? —lanzó aquella interrogante de una forma más directa, suave, precisa.

El jefe de Lenis restregó sus párpados y suspiró al no obtener respuesta, algo que le decía que tenía razón en todo y que la contestación a sus preguntas era afirmativa.

—Tal vez me arrepienta de esto que te diré, porque estaría rompiendo un protocolo importantísimo. Tal vez, estaré cruzando una frontera indebida. —Él miró las delicadas manos de Lenis y se atrevió a tomarlas y encerrarlas dentro de ambas palmas. Luego, la miró y Lenis pudo ver un brillo distinto en aquellos ojos marrón oscuro, mientras sostenía la repiración—. Tú me gustas mucho, Lenis.

Ella separó los labios tan solo un poco por el asombro de tal confesión.

—Te pido sinceramente disculpas por todo lo malo que te causé y me atrevo a pedirte disculpas por mis amigos, porque la vida nos ha maltratado de diferentes maneras y vinimos a pagarla con la persona menos indicada —continuó él—. Siento mucho todo, te lo digo desde el fondo de mi corazón. —Él apretó sus manos, la seguía mirando directo a los ojos—. Pensé en conquistarte —confesó, sonriendo triste.

Lenis, a pesar de haber sentido algo, un ápice de gusto entre ella y él en algún momento desde que se conocieron, se sorprendía de la seriedad que cargaba consigo aquella revelación.

—Pensé hacerlo, pero entre todas las cosas que estaban sucediendo, entre la desconfianza y el deber, nuestro rol, la posición de ambos, el respeto que te tengo y que fue creciendo cada vez que veía lo bien que trabajas, entre darme cuenta que no tenía posibilidad contigo gracias a ese amigo mío que te llevó junto a él para protegerte, se me hizo un claro imposible emprender alguna conquista, ni siquiera pensé que podía decirte esto.

Ella intentó sonreír, pero solo dentro de sí. Lo único que pudo lograr dejar ver, fueron unas extrañas arrugas de cejas, como lamentos.

—Lenis, George está completamente loco por ti. Y esto es demasiado para decir al respecto de un hombre que no tenía fundamento en las… artes amatorias.

Ella movió sus cejas e intentó no exhalar de tajo.

Maximiliano alzó las manos de Lenis, que aún sostenía entre sus palmas y besó el dorso de cada una, haciendo que las mejillas de la secretaria se colorearan por la incomodidad que estaba sintiendo con todo aquello.

Max nuevamente sonrió triste y la soltó.

—Puedes tomarte el tiempo que desees, pero te doy un consejo: pedona a George. Perdónalo y vete con él, vivan su momento. Él es un hombre que ha pasado por mucho. Tal vez las mujeres en su vida han sido una manera de retar al tiempo, pero tú viniste a tumbar todos esos muros. Si pudiera hablar con él en este momento le diría que no ceda, que no se rinda, pero él no está aquí, está allá en su apartamento, quizás, pensando en ti, estoy seguro, y tú estás aquí, incorrectamente, te lo digo, pensando en él y desahogando toda una vida con tu jefe. —Por primera vez en muchos días, Lenis sonrió—. Ve con él —dijo él, serio—. Cuando estés lista, ve con él. Hablen, arreglen lo que tengan que arreglar y ya lo demás se verá.

Max carraspeó con la mirada y se levantó, cambiando el tono de voz a uno más normal, nada bajo y jocoso:

—Si te quedas hoy, bienvenida de nuevo. Te puedes quedar todo el tiempo que desees, esta es tu casa. No vayas a malinterpretar esto que te dije y pienses que todo es una treta para botarte. —Ambos rieron un poco—. Pero si… decides irte hoy, te daré el día libre mañana. —Le guiñó un ojo luego de decirle aquello—. Bueno, me retiro un momento para pedirle a Gladis que nos coloque el almuerzo. Imagino que debes tener hambre. Debemos hablar también del consorcio. Me acompañarás, ¿verdad?

Ella asintió con una sonrisa de agradecimiento y empatía, y se levantó para irse al área del comedor.

***

George estaba sentado en una de las mesas del restaurante de siempre, donde en varias ocasiones se había reunido con Peter y Maximiliano.

Abandonó el bufete con un sabor amargo en la boca y un vacío en el estómago, por no mencionar que el estrés que cargaba desde que Lenis huyó de su apartamento le estaba destozando la espalda y no había dormido bien.

Necesitaba comer y no quería hacerlo solo en su oficina y mucho menos solo en su piso, donde los recuerdos le golpeaban la cara como piedras cayendo del cielo.

—Tráigame la escalopa de carne, por favor —dijo él al mesonero, devolviéndole la carta—. Y una copa de vino tinto, si es tan amable.

—¿Con la comida, señor?

—Que sean dos copas. Una ahora y otra con la comida. Gracias.

—Enseguida, señor —dijo el joven empleado, de piel morena clara, de cabellos rapados y vestido con un uniforme elegante de color negro, junto a un delantal blanco colocado en la cintura con las siglas del famoso sitio, retirándose para cumplir con la orden del abogado, quien era un cliente habitual; de allí el excelente trato, la preferencia y el haber encontrado mesa sin esfuerzo alguno.

George tomó un sorbo de agua y cerró los ojos por un instante. Más allá del cansancio, esa mañana había sido una de éxito y fracaso, así la había sentido. Sobre todo cuando, después de calmar a Lenis posterior a lo que estaba sucediendo en la oficina que él mismo prestó para aquel desastre con el asesor del gobernador, ella se había separado de él como si quemara y le había dicho que tenía que irse al tocador.

Sabía que recuperar la confianza de Lenis sería una de las tareas más difíciles de su vida, pero no se detendría. Además, a pesar de que ella le había vuelto a rechazar, durante ese abrazo, sintió que tenía grandes posibilidades de reconquistarla.

El latir de su corazón, la relajación que emanó de su cuerpo al momento de apretarla contra su pecho… La tuvo entre sus brazos numerosas veces, pero eran pocas al final, no podía decir que la conocía a cabalidad. Sin embargo, si le preguntaban qué aspecto conocía de Lenis Evans, uno de ellos era el no poder camuflar sus propios sentimientos. George sabía que ella era transparente, por eso ella no se aguantó y tuvo que contarle a su jefe quién era, su verdadera identidad, porque ella era así, sincera…, mentir no era lo suyo. De esa misma manera sucedía con sus sentimientos. Cuando eran fuertes, ella no sabía ocultarlos, por más esfuerzo que pusiera. Y él estaba seguro que estaba enamorada.

«Pero lo he jodido todo», lamentó mentalmente, negando con la cabeza.

—¿A quién le niegas? ¿Hablando solo, Miller? —escuchó él decir con una voz femenina que se le hizo conocida.

El abogado alzó la cara y vio de quién se trataba.

—¿Cindy?

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