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Capítulo 46

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-04-08 12:00:00

Cindy D'Vigo, una hermosa mujer de piel clara, aunque evidentemente tostada por el sol, con cabello marrón claro y ojos del color del café, pequeños, pero siempre despiertos y afilados, brillosos y contentos, alta estatura y esbelto cuerpo, había llegado al restaurante acompañada de dos amigas suyas y no se perdió el espectáculo de ver llegar a George J. Miller al sitio.

Ella se quedó paralizada, pensaba no verlo tan rápido.

Para la fémina, George estaba como el vino. Calculó que debía tener casi sus cuarenta años y se veía «ultra espectacular», como dijeron las chicas en su mesa, con ese traje de tres piezas de tela oscura y su cabello bien cortado, impoluto, como siempre.

Sin embargo, cuando ella —después de consultarlo con sus amigas— decidió levantarse para ir a saludarlo, percibió su preocupación y no lo recordaba de ese modo: casi hablando solo, pensativo..., un semblante que solo le había visto en el pasado, una sola vez, cuando ellos escribieron una historia juntos.

George se levantó de la silla, se acercó a ella y le dio un abrazo, el cual duró —como mucho— un par de segundos. Ciertamente, a ella el gesto le fascinó, mientras él solo se preguntaba, asombrado: qué hacía ella allí.

—Pensé que no vendrías más al país —le dijo George con un tono irónico, pero palabras llenas de mucha realidad.

La mujer sonrió y se encogió de hombros.

—Tuve que volver para la venta de mi piso —explicó, con su voz fallando al final. La compra de aquel apartamento cargaba historia encima.

El abogado arrugó las cejas. Generalmente, a él le solían avisar el estatus de algún piso de su edificio, ya que tanto Peter como él habían invertido en la seguridad de todo el complejo habitacional. Él sabía que el apartamento de Cindy estuvo en venta una vez desde que ella decidió no habitarlo hace un par de años, sin embargo, nada se concretó y ella canceló la venta.

—¿Desde cuándo decidiste venderlo?

—Desde hace un mes. Estuve haciéndolo online. Como ya apareció un potencial cliente, pues, me vine.

George entró en alerta.

—¿La administración del complejo sabe de esto? ¿Ellos saben que lo posteaste en Intenet? ¿Y en qué página?

—Oye, ¿qué pasa? ¿Por qué tantas preguntas? —indagó ella, con una sonrisa extraña.

George se dio cuenta que debía bajarle dos a sus interrogantes.

En ese momento, llegó su almuerzo en las manos del mesonero.

—¿Señor?

George asintió.

—Muchas gracias.

—¿Otra copa de vino, señor? —preguntó el joven, enseñándole la botella con su etiqueta al frente, la misma que ya se estaba bebiendo.

El abogado vio la marca, el nombre y el tipo de vino.

—Llena mi copa, sí, está bueno. —George giró su rostro de nuevo hacia la mujer—. Si me disculpas...

—Claro, cómo no.

Ella se quedó muy extrañada con la escueta despedida por parte de George. Estaba casi segura que él le diría algo más, que habría querido al menos saber cuándo se podían ver de nuevo. Además, él ni siquiera estaba acompañado, comería solo y no parecía esperar a nadie. Ella sabía lo mucho que él trabajaba, pero le extrañó no verlo al menos con sus amigos o... con alguna mujer. Cindy sintió una gran decepción y se arrepintió de haberse acercado a él para saludarle.

«No debí haberle hecho caso a las chicas», se regañó mentalmente.

—Te dejo entonces, George. Que tengas buen provecho —le dijo, luego de ver que él ya se había sentado y hasta se había acomodado la servilleta en el regazo. Luego se giró antes de irse—. Pensé que... —Ella estaba molesta y dolida, casi ofendida por aquella falta de cortesía después de su historia juntos. Estuvo a punto de reclamárselo, pero decidió no darle pie a que la ignorara un poco más.

Se dio media vuelta y se devolvió a la mesa que compartía con sus amigas, a quienes mentiría para no evidenciar su malestar hacia lo ocurrido.

George vio por una esquina de su ojo a Cindy D'Vigo alejarse de su mesa, sintiendo un poco, nada mas que un poco de culpa por la grosería hacia ella.

Cuando ya la dama estaba lo bastante alejada de él, sacó su teléfono celular y marcó a Peter.

Al cabo de dos repiques, aquel contestó:

—¿Qué sucede?

—Voy a decirte algo, pero no te vayas a volver loco.

—Habla... —Peter esperó, pero George no le dijo nada—. ¿Qué? No me volveré más loco de lo que ya estoy, Miller, habla.

El abogado suspiró, intentando mirar de una forma muy disimulada —como la vida misma le había enseñado a hacer— hacia la mesa donde se encontraba la chica acompañada de otras jóvenes damas.

—Cindi D'Vigo está en la ciudad. Me dijo que vino a vender su piso.

Peter hizo silencio, capturando cada palabra de aquella información en su memoria.

—Espérate un momento… ¿Ella es con la que tú...?

—Ella misma —respondió el abogado.

—¿Y cuál piso quiere vender? Creo que entendí aquella vez que tiene varios, ¿no es así?

—No, solamente es propietaria de uno solo. Uno al lado del mío. Vino al país solamente a vender el único apartamento que tiene en el complejo —dejó dicho, ahorrándose una explicación que las mismas palabras daban por sentada.

—Joder… —exhaló Peter—. ¿Confías en ella?

—Tiene un par de años fuera, es imposible que esté involucrada en nada turbio.

—Investigaré.

—La administración no informó a nadie de esa venta, ella la ha colocado online y ya tiene comprador. Me temo que tal vez conozcamos a ese comprador.

—Averigüaré quién está jodiendo desde adentro...

—Pero no te vuelvas loco.

—¡Ya deja de regañarme, coño! —Y colgó la llamada.

George dejó su teléfono celular a un lado de su plato y comenzó a comer; necesitaba hacerlo, sí, pero el acto de engullir sus alimentos llegaba con la intención de darle a entender a la gente a su al rededor que él estaba bien, que nada malo pasaba. Y sobre todo, darle a entender a Cindy y a sus amigas (quienes miraban de vez en cuando a su mesa) que él no estaba interesado en absolutamente nada que tuviese que ver con ellas.

***

Tarde esa noche, Lenis no podía conciliar el sueño.

Había orado largo rato, estuvo hablando con Dios casi por una hora, como si de un amigo allí presente se tratase, en voz alta, desahogándose y pidiendo por ella, por George, Max, Peter, por el bienestar de su madre, elevando una oración al cielo por Sias, como ya otras veces había hecho, pero también agradecía por estar viva, sana y salva, por el divorcio exitoso, por conservar su trabajo a pesar de todo lo ocurrido y por esa cama en la que estaba.

Sin embargo, las sábanas encima y debajo de ella le incomodaban, no podía negarlo. El sentimiento era muy parecido al que experimentó los primeros días en el apartamento de George, quitando de en medio el estupor y el miedo que la envolvían.

Lenis anhelaba recuperar esa independencia que tuvo por un año entero. Deseaba tener un nuevo sitio donde vivir, preferiblemente propio, con todas sus cosas adquiridas por ella misma, nada de techos prestados, por mucho que los agradeciera.

Suspiró, porque tenía bastante por lo que pensar: en su conversación pendiente con Peter, la cual, por su depresión post noticia no se había concretado. Ella era consciente de la ayuda que él le proporcionó. La sacó debajo de un cuerpo inerte que le hizo daño y que estuvo a punto de lastimarla de peor manera. La sacó en brazos como un súper héroe y durante su entrega a la tristeza, luego de enterarse quiénes eran ellos, supo que él siempre estuvo cerca y pendiente de su bienestar.

Esos tres hombres, siempre…, esos tres jefes, en todo momento, habían estado cerca de ella y ella lo sabía.

Sobre todo George: siempre cerca, ¡siempre cerca!

Lenis tenía cabeza esa noche para los demás, pero gran parte de sus pensamientos se dirigían hacia el abogado. Cada vez que se acordaba de su confesión en el apartamento, de cómo jugó con ella y cómo planificó hacerlo desde un principio, sentía como si la golpeasen desde adentro de su cuerpo. Le dolía todo eso, pero también recordaba su rostro cuando ella decidió marcharse, el terror que él sintió cuando ella quiso enfrentar a su ex esposo frente al edificio donde se ubica su trabajo y todo el trato posterior a la audiencia.

«Los celos que George siente por Jefferson...», pensó.

Para ella, ese abrazo que se dieron fue perfecto, pero Lenis aún tenía muchas reservas y dudas con respecto a él, a creerle todo...

Los consejos de Maximiliano daban vueltas —como estrellas— sobre su cabeza, pero ellos dos eran amigos con una vida enlazada por un mismo hilo.

—Y esa misma cuerda me ata a mí —reflexionó.

«Ellos quieren encontrar a Turgut», analizó.

—En cierto modo, yo también —susurró.

«Ese deseo los mueve», pensó. «¿Qué sería de ellos de no existir tal conexión? ¿Qué sería de mí?»

Lenis aún no creía del todo que su llegada al consorcio fuese una absoluta casualidad.

Exhaló una buena cantidad de aire y se colocó de lado, acomodando la almohada bajo su cabeza con la idea de estar más cómoda. Ya no quería pensar en nada más.

Justo cerrando los ojos para intentar descansar, escuchó el motor de un carro encenderse.

La casa era enorme y estaba rodeada de jardines, áreas recreacionales, caminería y estacionamientos. Ese vehículo era encendido dentro de las inmediaciones y se escuchaba potente, nuevo, un motor poderoso. Estiró el brazo y vio la hora. Eran las 00:00 horas, le pareció extraño.

Se levantó y corriendo un poco la cortina que cubría su ventana, pudo asomarse —apenas— a través del vidrio.

Alzó las cejas, y si tenía un poco de sueño, se había esfumado mientras veía uno de los vehículos deportivos de Maximiliano salir en retroceso del apacarmaniento y girar para escapar de la propiedad.

Lenis se retiró de la ventana. No pensaba que su jefe tuviese vida nocturna. Ella quiso saber a qué tipo de sitios iría un hombre de negocios, guapo, de cuarenta años, en su vehículo del año, un viernes por la noche y que en su cotidianidad demostrase, a parte de compromiso y seriedad, parecer casi aburrido.

***

Max tenía que olvidar a Lenis. Sabía que no se trataba de un enamoramiento, pero algo provocaba que sintiera una especie de apego hacia ella. Una situación errada, según él.

Lenis Evans no le pertenecía a nadie, pero de ser así, su lugar estaba junto a George: así pensaba Max.

El CEO llevaba tiempo sin salir a disfrutar de sus noches únicas. Él era un inversionista inteligente, la corporación y el mundo de la hotelería no era en lo único en lo que él había invertido.

Las mujeres no eran cosas para él, pero sí un centro de inversión, no podía negarlo. Ya había enviado sus mensajes esa noche y su "amiga" de juerga le había contestado con un OK que lo catapultó fuera de casa sin importar la hora.

"Estoy afuera", escribió él por mensajería de texto. Para este tipo de salidas, evitaba el chat; recomendación de su jefe de seguridad.

Extrañado de no recibir respuesta inmediata, decidió hacer una llamada.

Al cabo de tres repiques, una mujer que claramente no era a quien había ido a buscar, y menos a quien había llamado, contestó.

—Buenas noches —dijo él, mirando la pantalla de su celular para corroborar que no se hubiese equivocado—. Disculpe, ¿este es el número de Claudia?

Se escuchó una risa al fondo y reconoció a la mujer que había ido a buscar. El ceño de Max se frunció mucho más, pero una leve sonrisa divertida también se asomó en sus facciones—. Ella está arreglándose todavía, si puede espe...

—¿Max? —interrumpió la dueña de la línea telefónica, aparentemente arrancando su móvil de las manos de la chica que había contestado. Se escuchaba bulla de fondo, pero Claudia parecía alejarse de ella para poder hablar mejor—. Ha llegado visita de última hora a mi casa, disculpa. Creo que hoy no podré salir. A menos que...

—Invítala, no hay ningún problema.

Se hizo un silencio y un carraspeo risorio se le escapó a alguien por detrás. Ya Max se estaba divirtiendo mucho más con la situación.

—Mejor, ¿por qué no te estacionas y aquí cuadramos? Afuera es peligroso, mete tu carro al garaje. Te lo abriré, ¿está bien?

Max sonrió y negó con la cabeza, porque sospechaba que su cita de esa noche se llevaba algo entre manos.

Giró el volante y se estacionó frente a un gran portón de madera pintado de impoluto blanco; pintura lavable de la mejor calidad, la cual cubría la gran puerta eléctrica.

Eventualmente, el motor de la puerta del garaje se encendió y se fue deslizando hacia arriba, dejando visible un espacio para él poder introducir su Audi TT RS color azul sin problema alguno, como si estuviesen esperándolo desde un principio.

Adentro, con el portón ya bien cerrado detrás de su carro, Maximiliano descendió del deportivo, cerró las puertas del mismo, activando la alarma, introduciendo su teléfono celular en el bolsillo interno de su chaqueta de cuero color marrón.

Subió unos cortos escalones con sus botas Adidas Raleigh 9tis Black, combinadas con un jean totalmente negro y un suéter manga larga cuello cerrado del mismo color que, bajo la chaqueta de cuero, lo hacía lucir mucho más joven e impresionante.

Al entrar por un costado de la cocina de aquel hogar, ambas damas lo miraron, detallaron su atuendo el cual, según ellas, le hacía ver como un hombre listo para emprender cualquiera de sus batallas nocturnas.

Maximiliano siguió caminando, atravesando el área de cocina hasta llegar a una acogedora sala de estar donde se encontraban dos mujeres altas que parecían modelos de revista, una más impresionante que la otra. Claudia, con sus cabellos lisos y tintados, de reflejos rubios, tacones finos y altos, mini falda negra, blusa pegada al cuerpo color plateado con un prominente escote que dejaba ver un busto apetecible para él. La otra chica, de cabellos un tanto cortos, pero bien risado y de color marrón claro, piel tostada, tacones negros de infarto y un vestido corto del mismo color del calzado. Esta segunda dama parecía más jóven de lo que a él le hubiese gustado elegir, pero aquellas largas y torneadas piernas, su busto siendo enseñado con un precioso escote corazón y ese rostro de porcelana que se gastaba, hicieron que olvidara cualquier queja interna que tuviese.

—¡Cariño! —Claudia corrió a su encuentro, abrazándolo con mucha empatía—. Estás guapísimo.

—Y tú estás maravillosa.

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    Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera

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