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Capítulo 45 segunda parte

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-04-07 12:00:51

Lenis sintió que la piel volvía a apretarse alrededor de ella. Podía estar verdaderamente molesta con los tres jefes, pero jamás los dejaría en evidencia. Ella tenía, una vez más, que fingir, así dijese una verdad a medias que pudiese comprometer todo, pero con Jefferson no se las podía jugar baja, tenía que ir con cuidado a pesar de la osadía, y el único modo de lograrlo era haciendo que él creyera todo lo que le decía.

—No supe de la existencia de ellos hasta que Sias me lo contó, por eso viajé hasta acá. Gracias a ti no tengo familia cercana, Jefferson, ¿qué creías, que no iba a buscar ayuda después de la vida desastrosa que me diste durante nuestro matrimonio?

Jeferson no movió músculo alguno intentando dar lectura al lenguaje corporal de Lenis.

Él volvió a inclinarse hacia delante para hablarle con mayor confidencia.

—Si fui yo quien te cambió, te pido disculpas. Es en serio. —Lenis sonrió sin nada de gracia, negando con la cabeza una vez más—. No te conocía como alguien mentirosa, Lisa. —Los pulmones de la secretaria parecían trabajar con dificultad.

—Oh… Jefferson Smith me vuelve a insultar. Qué maravilloso —dijo con un sarcasmo que no era propio de ella.

—¿Fue el estúpido de Sias quien te ayudó a entrar a ese consorcio de pacotilla?

Lenis negó, a modo de incredulidad.

—¿Cómo te atreves a tan siquiera hablar de mi hermano?

—Tu hermanastro —interrumpió el rubio, cambiando su risa sardónica por una seriedad con tintes molesto.

—Era mi hermano, el único familiar que me quedaba y que tú, imbécil de m****a, también me quitó.

Jefferson se echó para atrás, hasta recostar su cuerpo al espaldar del asiento, y se echó a reír.

—¿Yo hice qué? —Seguía riéndose, un sonido que a Lenis casi la hace vomitar. De repente, el rubio recuperó la seriedad, inclinándose todo lo que pudo hacia delante, hasta colocar su rostro bien cerca del de Lenis, quien entró en tensión de nuevo. Ella no podía dejar que el miedo la venciera—. ¿Y qué tienes tú que decir sobre de mi guardaespaldas? ¿Ah? ¿No recuerdas a Carl? —Jefferson osó con estirar una de sus grandes manos y tocar la pierna de Lenis con dos de sus largos dedos.

De pronto, Lenis atrapó la mano de su ex esposo con todas sus fuerzas, apretándola en su muñeca con toda la presión que encontró, sorprendiendo sobremanera a ese hombre que pretendió tocarla de forma íntima.

Ella colocó, sobre los dedos que habían rozado la piel de su muslo (el mismo que podía verse bajo aquel vestido blanco de tela gruesa), un cortapapeles que había guardado en su bolsillo derecho sin que nadie lo notara durante los minutos que tardó la conversación con el policía de la jurisdicción.

Jefferson abrió los ojos y apretó la mandíbula, sin quitar la mirada de su mano. Luego, la penetró a ella, con la misma mirada de terror, aparentemente impresionado por el atrevimiento de su ex mujer, y aturdido por su mirada enloquecida.

—Si sigues tocándome así —susurró ella—, no serán solo dos dedos los que perderás, Jefferson Smith. —Lenis alejó de su cuerpo, como si se tratara de un trapo sucio, la mano de aquel sujeto—. ¡No te atrevas a ponerme de nuevo una mano encima!

En ese instante, la puerta de la pequeña oficna se abrió de golpe.

—Señor Smith, es mejor que salga ahora mismo de este edificio —ladró Peter, con un número de gente detrás, con la chaqueta de siempre abierta de par en par y una mano preparada sobre su arma.

El rubio asesor, riéndose, alzó las manos en defensa, al mismo tiempo que se levantaba y se acercaba a la puerta, seguido siempre por el agente que irrumpió el lugar con sus ojos inyectados en alerta.

George entró de inmediado a la oficina y vio a Lenis aún sentada en el asiento frente al escitorio, respirando aceleradamente.

La secretaria colocó el abrecartas sobre la mesa con un golpe seco.

—Dile a tu secretaria que me disculpe, he tomado esto de su escritorio allá afuera.

El abogado miró el cortapapeles, no dijo nada, solo vio cómo Lenis tragó, inhaló aire y exhaló profuso, intentando calmar los rápidos latidos de su corazón.

Estático, con los pies bien anclados al suelo y sus manos a ambos lados de su cuerpo, George habló:

—¿Estás bien? —solo pudo preguntarle, porque no la veía bien, nada bien.

Ella abrió los ojos y lo miró.

Lo miró por largos segundos, tragando varias veces ese enorme nudo que parecía querer atravesarle la garganta. Ella intentaba contestar, pero no podía.

Él no esperó que lo hiciera. Se acercó de súbito a ella y sin nigún tipo de esfuerzo, la alzó de la silla y la atrajó hacia su pecho para envolverla en un apretado abrazo.

Lenis no lloró. Solo un ligero temblor se dejó ver a través de sus manos, las cuales, durante el abrazo, se habían metido juntas y casi entrelazadas entre el musculoso esternón de George y sus pechos.

Cuando la secretaria percibió las manos de su abogado acariciarle toda la espalda, se sintió excelentemente aliviada, como en casa, protegida por un caballero de notable armadura.

Fue en ese momento donde George dejó de ser su abogado para convertirse en la persona de quien ella se había enamorado, demostrando que el sentimiento parecía recíproco.

Maximiliano no se había ido, había escuchado cada palabra que Lenis y su ex esposo habían compartido en esa oficina, por lo menos, desde que ella decidió llamar a Peter para que éste último grabara la llamada y fuese testigo de lo que estaba sucediendo.

En el momento que se esuchó un extraño silencio y la amenaza de Lenis se filtró a través de la bocina del celular, a él no le dio tiempo levantarse para ayudarla, ya que George, su gran amigo y abogado George J. Miller ya había saltado de su silla para atravesar todo el piso y sacarla de allí, sin embargo, Peter lo detuvo tocándole el hombro justo en frente de la puerta cerrada, se abrió la chaqueta y entró.

El CEO jefe de Lenis Evans se quedó de pie mirándolos en aquel abrazo, estando seguro que ni ellos se estaban dando cuenta de cómo se veían, de lo que ambos parecían.

—Todo está bien, no tienes por qué sentir nervios. Quédate tranquila, estarás bien, ya todo pasó… —fueron las palabras que Max escuchó que George le decía a Lenis.

Metió las manos en los bolsillos de su pantalón de oficina y se giró hacia T.C.

—Llevarás a Lenis a dónde ella quiera que vaya —Max comandó al moreno y musculoso guardaespaldas que los tres jefes habían contratado para ella.

T.C asintió y esperó de pie cerca de los asensores, compartiendo una mirada con la secretaria de George, quien se había quedado de piedra al ver a Peter Embert prácticamente sacar al asesor del gobernador del edificio.

***

—¡¿Dónde diablos estabas?! —gritó Smith al hombre corpulento, alto y de cabello rapado de Donald, su actual guardaespaldas, quien manejaba el Maserati, alejándose del edificio donde se encontraba el bufete—. ¡Quedamos que lograrías subir! ¿Qué carajos te pasó? Esos imbéciles nos encerraron en una habitación con cámaras. Estoy seguro que quedó grabada toda la conversación, ¿qué m****a te pasó? Al desgraciado de Embert solo le faltó apuntarme con su arma, ¡¿qué te hiciste?! Te saqué de aquel pueblo de pacotilla, te ofrecí el mismo sueldo de tu padre y el mismo trato que le confería a él, hasta el mismo cargo, ¿y me abandonas dentro de la boca del lobo? —Golpeó la parte trasera del asiento donde se encontraba Donald—. ¡Habla de una vez!

El hombre apretó el volante con ambas manos y trató de respirar profundo mientras apretaba su mandíbula.

—Le pido disculpas, tío, por favor, perdóneme. No logré introducir el arma en el edificio, es una fortaleza. Ese Embert se las trae, ha logrado que todos los lugares donde se encuentra su gente, sobre todo, la señora Díaz, estén altamente resguardados.

—¡A la m****a la fortaleza! Se supone que eres uno de mis mejores hombres. Además, me debes mucho. Que esto no vuelva a suceder. Averígüale la brecha a esa gente, la perfección no existe, no sé por qué no lo entiendes. ¿A caso no te fijaste cómo ese imberbe de Sias logró matar como si nada a tu padre? Nadie es perfección, a veces ganamos, a veces no, ¡pero estoy harto de perder! Ya esa perra consiguió el divorcio y ahora se cree la súper heroína con esa grosería de trato hacia a mí, ¡hacia mí! —gruñó, empuñando una mano, señalándose el pecho con amargura mientras el vehículo seguía rodando—. Yo, que le di la mejor opción después de que su madre la abandonara y se fuera con ese maldito… ¡Con ese hijo de la gran…! Grrrggg… Estuve a punto de lograr… a punto de lograr entrar de nuevo en la mente de esa mujer. Le di lo que quería… Ya le di lo que quería —terminó diciendo, bajando la voz y repitiendo para sí mismo, tocándose las sienes, el tabique, cerrando los ojos y suspirando.

—Tío, disculpe, tengo que decirle: la señorita Lugano ya le espera en su habitación del hotel.

El rubio abrió los ojos de súbito y se quedó mirando a Donald con quietud y premeditación.

—Muy bien —le dijo, alzando las cejas—. Llévame entonces directo para allá. Al menos podré distraerme un rato de este… desastre de día.

***

Lenis entró a la gran casa de Maximiliano y la señora Gladis corrió a recibirla, quitarle el abrigo negro y su pequeño bolso de las manos.

—Por favor, permítame…

—No hace falta, Gladis.

—No, disculpe usted. Es mi trabajo y es un placer atenderla, señorita Evans. Por favor, pase a la sala y siéntese, que le llevó ahora mismo un buen café.

Lenis sonrió apenas y aceptó la excelente educación de aquella señora, complaciéndola al dirigirse a la sala de estar.

Al llegar al tope del corto escalón, Leni se extrañó de ver a Maximiliano en casa, pensaba que luego de la audiencia se iría directo al consorcio, sintiendo entonces —al recordar su trabajo— pena por haberlo abandonado los últimos días.

El CEO se encontraba de espaldas a ella, manipulando algo que la secretaria no lograba divisar desde allí.

Lenis bajó los escalones y se acercó a él.

—Hola —saludó Lenis. Maximiliano miró hacia atrás sin voltearse del todo y le sonrió, aunque Lenis notara que la sonrisa no llegara a sus ojos—. No te volví a ver en el bufete, pensé que te habías ido al consorcio. Quiero discul… ¿Max?

Él se volteó y le entregó una copa de un cristal grabado con una forma elegante y hermosa, el cual levaba dentro con algo parecido a champán.

—¿Qué es esto?

Él sonrió y luego de ver que Lenis aceptaba la copa, chocó la suya con la de ella.

—Esto es un brindis por este día —le dijo mirándola a los ojos, los mismos que le observaban extrañados y curiosos—. Por un divorcio exitoso. —Volvió a chocar, viendo cómo las facciones de Lenis iban cambiando a una de sorpresa—. Por ti —dijo, con un último choque, antes de darle un sorbo a su copa sin dejar de mirar a la secretaria.

Lenis fijó su vista en Maximiliano por un instante, sintiendo cómo las palabras y los motivos para brindar entraban a su sistema.

Y como cosa extraña en ella, Lenis no pudo evitar que una lágrima rodara sobre su mejilla.

Max apretó la mandíbula, pero no corrió a abrazarla. Quiso contemplar cómo ella se liberaba, por muy tenue que fuese aquella apertura de su alma.

Lenis limpió la lágrima sin mucho remedio, ya que luego de secar una gota, salía otra.

Bebió también de aquel dorado y burbujeante líquido, sintiendo cómo se le erizaba la piel por el fuerte sabor.

La secretaria exhaló aire por la boca, casi un bufido. Esnifó el agua en su nariz provocada por las lágrimas y siguió limpiándose la cara, sintiendo pena por dejarse ver así.  

Ella no pudo beber más. Lo que no había podido llorar durante todo el día, brotaba justo en ese momento, delante de su jefe, en su propia casa.

Dio unos pasos en retroceso hasta sentarse en uno de los muebles del gran salón y cubrió su cara con ambas manos luego de colocar la copa en una de las pequeñas mesas ubicada a cada lado del sillón color blanco perla.

Gladis llegó en ese momento con una taza de café y la sonrisa se le borró de la cara cuando vio a su jefe alzar una mano en silencio y hacerle señas para que esperara en la entrega de ese café.

La señora asintió y se retiró, no sin antes mirar a Lenis con ojos de asombro y darse cuenta que lloraba desconsolada, a pesar de darle la espalda.

El dueño de aquella casa se sentó al lado de Lenis sin decir nada. Terminó de beberse el champán, colocó la copa en otra de las pequeñas mesas aledañas y la miró, cruzándose de piernas, simplemente dándole tiempo a ella de que sacara todo de su sistema.

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