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Capítulo 53

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-04-16 06:26:35

Era la 01:00 de la mañana cuando Lenis revisaba su email institucional (el único que poseía, ya que tuvo que cerrar el suyo por recomendación de Sias), viendo algunos asuntos pendientes a realizar.

Ya era viernes, tres días transcurrieron desde la audiencia.

Uno de los correos electrónicos llamó su atención. Provenía de una organización benéfica y de inmediato la secretaria supo de quién se trataba.

George se daba una ducha. Ambos tenían el reloj mental cambiado. Por culpa de haber dormido hasta tarde, la cena se convirtió en una vista de películas en la habitación, algo de sexo después y eventualmente, ambos se habían dedicado —casi sin planificarlo— a atender varias tareas pendientes.

El abogado se instaló temprano en su despacho a trabajar en su computadora de mesa, mientras le prestó su laptop a Lenis para que revisara su bandeja de entrada.

La secretaria abrió el correo y vio cómo se le desplegaba una invitación pintorezca que le hizo elevar las cejas casi hasta la línea de su cabello.

En ese momento, George salió del baño con una toalla en la cintura y otra en una mano, con la cual secaba su cabeza. A Lenis se le olvidó de momento lo que iba a decirle, siendo controlada por las vistas que tenía delante.

George se dirigió a su armario y comenzó a colocarse un bóxer y un pantalón de pillama. También sacó un peine y lo pasó por su cabello, acomodando un poco el reguero que la sacudida con la toalla había dejado con sus mechones negros.

Lenis lo siguió mirando, intentando no sonreír.

—¿Qué? —preguntó él, aplicándose desodorante en spray.

Ella negó con la cabeza y dirigió su mirada de nuevo a su pantalla.

Él guardó el tubo del desodorante, cerró el placard y se acercó a la cama, montádose en ella hasta acercar su cara a la de Lenis.

Entonces, él como pudo, por encima de la laptop, dejó un beso sonoro sobre los labios, lo que dejó un leve picor en todo el cuerpo de la mujer.

George se retiró y se dirigió a su lado de la cama, el izquierdo. Alzó el edredón blanco y se acostó, arropándose y acomodando su cabeza sobre un par de almohadas.

—¿Tienes mucho sueño? —le preguntó ella.

—No —respondió él, teniendo los ojos cerrados.

Ella sonrió.

—Bueno, no te quitaré mucho tiempo, pero tengo que enseñarte esto —le dijo, pasándole la laptop.

Él se acomodó de tal modo que pudiese ver la pantalla sin tener que sentarse del todo.

—¿Lo ves? —indagó ella.

—Sí. ¿Qué sucede con eso?

Lenis se quedó en silencio por un momento.

—¿Cómo que qué sucede con eso? —Ella preguntó con una risa de incredulidad—. George, es la fiesta benéfica de la madre de mi jefe, con la que aún no he conversado, pero no quita mi responsabilidad…

—¿Responsabilidad ante qué? —interrumpió él.

Ella arrugó las cejas y mantuvo la sonrisa extraña y carente de gracia.

—Debo ir, George —aseguró, mirándolo en su posición, sentada a su lado, mientras él tenía que alzar la cara, girarla y mirar hacia arriba, ya que seguía recostado sobre las almohadas.

Se hizo un momentáneo silencio que George rompió:

—¿Max te ordenó ir a esa celebración?

Ella se quedó quieta.

—No —respondió, con la boca pequeña, dándose cuenta que su querido jefe salía a relucir de nuevo entre los dos.

Él la siguió observando, puramente callado, pensando…

—Pero, espérate… ¿No sabías de esa fiesta? Tenía entendido que sí —habló él.

—Claro que sabía. Seda, personalmente me invitó. Lo hizo en el restaurante donde se hospedaba Jefferson. El del hotel, ¿lo recuerdas?

Él asintió, suspirando.

El abogado se irguió, colocando sus pies en el suelo, sentándose y acomodando sus manos a cada lado de sus muslos, en el borde del colchón.

Desde esa posición, Lenis pudo ver cómo se marcaban los músculos en los brazos del abogado, adorando nuevamente su espalda.

Sintiendo piquiña en sus palmas por querer tocarlo, cerró la laptop, colocándola sobre la mesa de noche en su lado de la cama.

Gateó por el colchón y se acercó a él, rodeando su cuello con sus brazos, lentamente, apoyando sus labios en su cuello.

Él suspiró y tomó sus brazos en el momento en el que ella los colocó frente a él para abrazarlo al completo. Luego, Lenis rodeó su cintura con las piernas, sentándose en forma de flor, haciendo que él se dedicara a acariciarle los pies con una mano y con la otra, entrelazara sus dedos con los de ella.

Ella se había colocado una bata de tela suave y transparentosa a medio muslo, la misma que usó los días que estuvo allí junto a él.

Acariciándole las palmas con ambas manos, pasando su pulgar por una de ellas, como si necesitara leer las líneas marcadas allí, él preguntó:

—¿Pasó algo entre tú y Max?

Luego, dirigió su rostro hacia ella, doblando el cuello, esperando la respuesta sin dejar de tocar el interior de su palma.

La respiración de Lenis se detuvo. Tragó grueso.

—¿Por qué preguntas algo así?

George arrugó un poco sus cejas, sonrió sin reírse.

Se safó suavemente de su abrazo y se giró para verla mejor.

—Llámalo y pregúntale si él requiere que vayas a la fiesta de Seda.

—¿Qué? ¿Te volviste loco? —Ella se quedó de piedra sobre la cama.

Él acomodó un codo sobre su muslo, se inclinó hacia adelante y con los dedos de ese brazo, acarició sus propios labios.

—Pasó algo —aseguró él, con esa misma extraña sonrisa.

Ella bufó y reviró los ojos.

—Por Dios, George… —Se movió, se levantó de la cama y se dirigió al baño.

Él se quedó sentado, viéndola caminar hacia allá.

Lenis regresó y se acomodó en su cama, lista para arroparse y echarse a dormir.

Él no movió un solo músculo. Rascó su cuello y negó con la cabeza, suspirando para calmar la molestia y restregó sus párpados, pasando —al final— su palma sobre el rostro.

—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó él en un susurro, mirando a la nada, dándole la espalda a ella, con los antebrazos sobre sus muslos, inclinado hacia adelante y esperando la respuesta.

—Dime por qué lo preguntas...

—No, Lenis, basta ya. —Él se enderezó y se acomodó para mirarla—. Deja de evadadir el maldito tema, te lo estoy preguntando directamente. Eres demasiado transparente, no sabes cómo mantener una mentira y eso lo sabemos muy bien. Sé que estás molesta con Seda, pero te conozco lo suficiente como para saber que aún la respetas. Max sabía de esta celebración, no te lo recordó y tú no vas a llamarlo para corroborar tu asistencia…

—¡¿Cómo lo voy a llamar a esta hora, George?!

—Estoy segurísimo que hoy viernes, a esta hora, sigue despierto. —Ella movió sus cejas para arriba, e hizo una mueca que a George le incomodó—. ¿Qué? ¿Te extraña que Maximiliano Bastidas tenga vida nocturna?

—No, no me sorprende. De hecho, yo sé que tiene vida nocturna.

George se levantó y la encaró, queriendo decirle algo, retractándose y bufando bastante aire, colocando sus manos en jarras.

—¿Y eso por qué lo sabes?

Ella puso los ojos en blanco y tomó una almohada, colocándola sobre su pecho y manejándola de manera tosca.

—Soy su asistente personal, conozco su agenda, es obvio que lo sé.

George se echó a reír.

—Lenis, ¿crees que soy estúpido? —preguntó, gesticulando con una mano, señalándose el pecho.

Ella metió la lengua entre las muelas por no saber bien cómo responder.

—¿Qué pasó entre ustedes? —reiteró el abogado.

Lenis supo que ya no había salida. Se mordió un carrillo y tragando pesado, respondió:

—Me besó. —Casi no lo dice.

—¿Ah?

Ella, sin mover su cara, giró sus ojos, lo observó brevemente, devolviendo su mirada al frente.

—Lenis...

—Me besó —reiteró, respondiendo ahora más contundente, procunciando bien ambas palabras.

Después, giró su rostro lentamente para encontrarse con el de él, que parecía congelado, algo descolocado, con un evidente cerebro trabajando a toda marcha, ojos escudriñadores, penetrantes, rabiosos.

George asintió. Se dio media vuelta y salió de la habitación.

—¿George? ¡George!

Lenis se levantó también y lo persiguió, encontrándolo en el pasillo de habitaciones, a punto de entrar al despacho.

—Déjame solo, Lenis, por favor.

—No. —Ella entró también y no dejó que avanzara, deteniéndolo en medio del lugar alfombrado y silencioso—. ¿Qué vas a hacer? ¿Te vas a quedar pensando una y otra vez en algo que no tiene importancia?

—¿Que no tiene importancia?

—No la tiene.

Él negó con la cabeza, se zafó de su agarre y siguió con su plan de sentarse en su gran silla tras su escritorio, pero Lenis volvió a detenerlo, tomándolo del brazo, moviendo rápidamente la mano hasta encontrar la de él y entrelazar los dedos con los suyos, llevando la mano a su pecho.

—Te juro, George, te lo juro, que esto no tiene importancia. Sí, imagino que debes estar sintiendo celos —él endureció la mirada y apretó la mandíbula—, pero estoy aquí contigo, no con él. Y es así, porque te quiero… Mírame —tomó su cara para que le mirase bien—, te quiero, George. —Besó sus labios, pero él se soltó, exhalando bastante aire por la nariz, con un rostro doloroso y molesto.

—Sé muy bien eso, Lenis, lo sé —espetó—. Sé que tú no sientes nada por él, lo sé. Tal vez tengas un respeto, admiración, es tu jefe, qué sé yo, pero aún sabiendo que no es importante para ti, entiende: él es mi amigo —explicó, gesticulando con las manos—. Mi amigo, Lenis. No debió haberte tocado ni un solo pelo, y mucho menos cuando él sabe perfecto lo que yo siento por ti. —Se creó una pausa—. Por favor, Lenis, vete al cuarto, yo te alcanzo ahora…

—¿Qué vas a hacer aquí solo? ¿Lo vas a llamar? —Él bufó y apretó los párpados, tocándose el tabique—. ¿Para qué te quieres quedar aquí?

—Lenis, déjame solo, por favor, no hagas que te lo repita.

Ella detuvo todos sus intentos de llevárselo o convencerlo de que aquel beso no fue nada, pero era evidente que él no cedería a nada en ese instante.

Ella tragó un leve nudo en su garganta, también respiró profundo porque sentía presión en su pecho. Asintió y salió del despacho, rumbo a la cama.

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