LOGINGeorge entró y vio a Lenis arropada, acostada de lado, en posición casi fetal, dándole la espalda a la puerta. Claramente no quería enfrentarlo en el momento que él entrase. Aquello lo hizo tensarse.
Fue sigiloso al entrar de lleno a su recámara y al sentarse sobre el colchón también. Estuvo tentado a dormir en la sala, o en el cuarto que había sido de Lenis cuando la llevó a ese apartamento por primera vez aquel fatídico día, pero pensó mejor las cosas: él no estaba molesto con ella, ni siquiera estaba molesto con Maximiliano por haberla besado. Cuando la frase “me besó” salió de la boca de la secretaria, de «su mujer», como él ya lo tenía definido, sintió férreas ganas de castigarse a sí mismo porque pensaba que dicho beso había sido culpa suya y de nadie más. Si él hubiese sido sincero desde un principio con ella, al menos, desde que Lenis decidió contarle todo sobre su vida con la intensión de que la defendiera ante su ex esposo, ella no hubiese terminado en la casa de Maximiliano Bastidas y menos en sus brazos.
George suspiró profundo. Se acostó y se arropó, mirando el techo. Sabía que le costaría conciliar el sueño, pero estaba claro en su cabeza que todo lo que sentía debía estarle sucediendo, que debía pasar por ello; un castigo, al fin y al cabo, él estaba convencido y nadie lo haría cambiar de parecer.
Volteó su rostro hacia la derecha, donde ella se encontraba. Estiró la mano y acaricio levemente la cabeza de Lenis, su hermoso cabello… Él no tenía que acercarse a ella para percibir lo bien que olía, con esa escencia en splash que ella solía usar todo el tiempo, un olor suave y aguerrido, el aroma de una dama completa, inteligente y majestuosa. Lenis le había dicho que iría a la fiesta de Seda y así ocuriría, tajante, él sabía que no podía prohibírselo.
Hace un par de horas, llamó a Peter para informarle de ese deseo y casi decisión de Lenis de ir a la celebración de beneficencia. El agente le aseguró que no corrían peligro; por ahora. La agencia de seguridad había comprobado la estadía de Jefferson en la capital y todos sus hombres junto a él allá también arrojaron datos revalidados. El rubio asesor del gobernador no buscaba amedrentar en contra de nadie. Tal parecía que su «abogodado estrella», su mismo defensor en la audiencia, había viajado hasta allá para reunirse con el político, imaginando Peter que el motivo de tal viaje a la capital era preparar a Smith para lo que se le venía encima, gracias al reporte del desaparecimiento de la hija del contratista. Cuando George pidió que se le ampliara información sobre ese tema, Peter le indicó que la mujer joven y hermosa que cenaba con Jefferson y los empresarios en el hotel, aún no había dado señales de vida, no aparecía. Su cuerpo seguía perdido, vivo o muerto, y lo más impresionante de todo era que su padre había contactado a la misma agencia para ayudarlo a buscarla.
Peter le comentó al abogado que vio a un padre desesperado, dispuesto a todo por encontrar a su hija, como era lógico que sucediera, por lo que prefirió no contarle quién era el principal sospechoso de la desaparición, ya que estaba seguro que si le informaba de aquello, tal vez podía explotar una denuncia mediática con las peores repercusiones.
Allí George estuvo totalmente de acuerdo con esa movida. Si el contratista, por su severo dolor y rabia, decidía denunciar públicamente al asesor del gobernador por la desaparición de su hija, los medios de comunicación enloquecerían, empezando una casería de brujas sobre el pasado del rubio, dirigiendo a todos hacia Lenis, llevándola al ojo del huracán, lo que vendría resultando fatal para todo el mundo: para la secretaria, quien no la estaba pasando precisamente bien con todo el tema del divorcio, además de lo negativo que sería revelar su cambio de nombre y tal vez, saldría a la luz pública la muerte del hijo consanguíneo de Turgut. Muchos sospecharían de ella en algún perjudicial sentido, así Lenis no tuviese nada que ver con ningún asunto, todo eso, solo ser la hijastra de un estafador como el Ferit. Tal vez provocarían la ira de Smith, haciendo que él terminase huyendo o enfrentando la justicia con movimientos corruptos, liberándose de todo y arremetiendo en contra de Lenis Evans, de George J. Miller, de la agencia de seguridad, la cual trabajaba de incognito, o hasta del propio Maximiliano Bastidas y su consorcio.
En definitiva, y casi que en consenso entre Peter y el abogado, se decidió no contarle nada al contratista de las manos metidas de Jefferon en lo ocurrido; no, mientras existiese una carencia de pruebas de ello, a pesar de las imágenes de las cámaras. Ambos hombres sentían lamentable que el dolido progenitor no tuviese derecho a tal información, pero no quería decir que nunca pudiese acceder a ella, simplemente no la dejarían en libertad a unos ojos así. No de inmediato.
El agente le recomendó al abogado que fuera a la fiesta sin problemas y que esperara recibir las indicaciones sobre el protocolo de seguridad. T.C ya se hospedaba en el edificio donde vivían Lenis y George, como era lo habitual, por lo que a primera hora se encontrarían en el apartamento, por si Lenis tendría que ir de compras para la ocasión.
Peter también, aprovechó para invitarle a almorzar juntos en su casa y le dijo que llamaría a Max para convidarlo de igual forma. George sugirió su restaurante de siempre, a pesar de que el agente se negó en rotundo. El abogado al final terminó convenciéndolo, lo necesitó así, porque le pareció estupenda la idea de almorzar junto a él y su «gran amigo» Maximiliano.
Con todo acordado, fue entonces cuando regresó a la habitación y ahí estaba, tocando a Lenis en la mejilla, oliendo su escencia perfecta, sintiéndose tan bien con ella a su lado, en su propia cama, bajo su protección. Analizó internamente cómo podría sentirse si ella fuese oficialmente su mujer, se imaginó cómo se pondría ella si se lo propusiera, la expresión en su rostro, el brillo en sus ojos y sobre todo, pensó en si ella aceptaría. Aunque esperaría para lanzar sobre la mesa algo así de magnífico, ya que ella podía estar molesta con él por haber ordenado que se fuera a la habitación como si fuese una niña y no, él sabía muy bien que ella no era ninguna niña a la que tratar de ese modo. Entendía que así no debió haberla tratado.
Lenis se removió al sentir la caricia sobre su mejilla, congelando la mano de George en el aire.
—¿Te desperté? —le susurró él la pregunta.
Ella suspiró, sonmolienta, y se giró hasta colocarse frente a él, acostada de lado.
Lenis negó con la cabeza.
—Discúlpame —pidió ella—. No debí insistir hace rato, debí dejarte tranquilo.
Él se quedó quieto entendiendo una vez más cómo era Lenis: ella se disculpaba cuando era él quien tenía que ponerse de rodillas.
—No, hermosa —acarició su cara, apartando un mechón de cabello ondulado frente a su rostro—, no hagas eso, no te disculpes por algo que no has hecho. —Se tomó una pausa—. Yo no debí tratarte así, te pido que me perdones.
Se hizo el silencio.
—No quiero que discutas con Maximiliano —dijo ella con la voz chiquita.
George suspiró profundo.
—Lenis, te confieso que me dan muchos celos e imagino ese beso… —Él apretó los párpados y ella arrugó su cara, angustiosa, acariciando el pecho de él—, pero sé que… sé que es normal que sucediera y… —él tragó grueso— él no es mi enemigo, no es un mal sujeto, sé que en este momento se debe estar sintiendo mal o peor que yo. —George evitó arrugar un poco sus cejas para no dejar en evidencia lo poco que se creyó a sí mismo aquellas últimas palabras. Estaba seguro que Max podía sentirse mal por ese beso, pero no por arrepentimiento o porque Lenis fuese actualmente pareja de su abogado, sino porque no la tenía consigo, y que al mismo tiempo, seguía siendo su asistente personal. George conocía a Max, sabía de sus escarseos amorosos y hasta ahora no le conocía un amor tórrido y menos un despecho, tampoco un comportamiento de ese tipo. George comprendió que el empresario tenía verdaderos sentimientos por Lenis Evans.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







