FAZER LOGINLenis se despertó sintiendo un cansancio que parecía irreparable. Sin embargo, en cuando abrió los ojos y enfocó la visión sin tan siquiera mover la cabeza y divisó a quién tenía al lado suyo, su cuerpo empezó a cobrar vida.
Ella sonrió, mientras George la estaba contemplando.
Él alzó la mano y tocó su nariz, haciendo que ella apretara los párpados y cubriera un poco su cara con la sábana, como si de repente sintiera una pena gigante.
El abogado le descubrió el rostro con delicadeza.
—No hagas eso, quiero verte. —Ambos se quedaron mirando. Él de lado, ella boca abajo con la cabeza ladeada—. Aún no creo que estés aquí —susurró.
Lenis cerró y abrió los ojos, junto a una sonrisa, manteniéndola somnolienta.
—Por alguna razón, sentía que volveríamos. Muy dentro de mí, a pesar de todo, sentía que regresaría a ti.
Él tragó grueso, abosorbiendo aquellas palabras con una emoción muy profunda y novedosa.
—No te creí perdida, Lenis. Quizás porque he estado seguro de nuestros sentimientos, pero por un momento pensé que… —Se tomó una pausa, suspirando un poco para calmar todo lo que estaba sintiendo al hablarle así—. No, de hecho, aún lo pienso… Pienso que no te merezco.
Ella se puso seria, absorbiendo también todo lo que él decía.
—Estamo jodidos, J. Miller —casi bromeó ella, sonriendo y haciéndolo sonreír.
Él acercó su cara y la besó, tenue, despacio, varios besos en su boca, en su frente, mejillas, sobre sus párpados.
—¿Por qué piensas eso? —preguntó él, beso tras beso.
Ella seguía sonriendo, disfrutando a plenitud cada uno de sus toques y todas las caricias que él le regalaba con sus labios.
—Porque estamos enamorados, J. Miller, ¿por qué otra cosa lo diría?
Él se detuvo por completo y Lenis se puso seria de nuevo, extrañada, pensando que había sido un error lo que acababa de decir.
Él la miró, escrudiñó sus ojos con esa cara de juego que ya Lenis comenzaba a envidiar.
Luego, la tomó en brazos y como todo un maestro, la subió encima de su cuerpo, haciendo que de manera automática, ella abriera las piernas, se colocara a horcajadas sobre él y apoyara sus manos sobre su musculoso pecho.
George acomodó el largo cabello de Lenis tras las orejas y la sostuvo de la nuca con una mano, la otra sobre la espalda baja, muy cerca de la pequeña cintura.
—Eres demasiado preciosa, Lenis —susurró, sintiéndose excitado y demostrándoselo allá debajo, moviéndose hasta acomodarse y entrar, lentamente entrar, haciendo que ella abriera su boca para tomar aire y jadeara y exhalara por las sensaciones tan deliciosas que esa penetración provocaba en su centro de placer, por consiguiente en su piel, luego en su cerebro, hasta llegar a su corazón.
Lenis lamió sus propios labios con la lengua de manera sensual y George se volvió loco al ver aquello, empujando duro su miembro, dando una estocada, como si clavara una estaca.
—¡Ahhh! —gritó Lenis, dejando caer la cabeza hacia delante, haciendo que su cabello se dsparramara todo sobre el pecho de él.
Pero cuando el abogado estuvo a punto de apartar los rizos nuevamente detrás de sus orejas o de su cuello para verle mejor, ella comenzó a rotar sus caderas y como si ganara electricidad, ella echó toda su melena hacia atrás, como un sirena saliendo del agua, y empezó una faena de movimientos pélvicos con ojos cerrados, labios separados, rotaciones expertas, con la clara intención de hacerle gozar a él y alcanzar su propio placer también.
George entonces se dejó hacer de todo por ella, contemplando cómo los senos de esa hembra, que parecía estar en celo, se bamboleaban, sudados, frente a sus ojos, mientras la tocaba por todos lados, dándose mutuamente más fuerte, lento, lento, fuertísimo, cambiando luego de posición, dominando él después, dejándose dominar por ella nuevamente posterior a todo, vuelta a empezar, hasta sucumbir al deseo acabando los dos al mismo tiempo con sus cuerpos mojados y desparramados, junto a sonrisas traviesas y la mente fresca como una flor en primavera, saciados por completo.
Durmieron por media hora más, la tarde cubriendo cada zona de aquel rincón del mundo, pasando de largo la hora de almuerzo y ellos aún seguían juntos sobre el colchón.
Ya entrando la noche, Lenis y George decidieron darse una ducha, donde se regalaron todo tipo de caricias y besos bajo el agua, disfrutando del eco de jadeos y risas chocando contra los mojados azulejos.
Envueltos en un albornoz color blanco cada uno, se trasladaron a la cocina, junto a sus dispositivos móviles porque, mientras preparaban la cena, revisaban las notificaciones de chats, llamadas perdidas y mensajerías de textos que ambos tenían acumulados; aunque George era el más solicitado de los dos, ya que Lenis solo tenía su trabajo y claramente estaba de permiso.
Ella colocó música mientras cocinaba algo de carne para acompañar con pan largo, aderezo y para comerse todo con unos tragos de cerveza negra bien fría.
Cuando la carne estaba cocinándose dentro de la sartén y los panes casi a su punto dentro del horno, mientras Lenis trituraba las hortalizas y verduras para el aderezo con el procesador, George la abrazó por detrás y respiró profundamente en su cuello, regocijado por del olor a jabón de la ducha y su exquisito perfume.
Lenis sonrió porque era demasiado agradable la sensación, sin dejar de picar cebollas, ramas verdes, ajo, entre otras cosas.
—Mmm, eso ya huele delicioso —opinó él, con voz gruesa y narcotizada de placer.
Ella asintió, estando de acuerdo con él, intentando que su piel erizada por una nueva excitación no le distrayese de su labor como cocinera.
—Es una receta que me enseñó mamá. —Él movió las cejas para arriba al escuchar ese detalle y asintió, con una mueca de labios, apartándose un poco de ella, recostándose a la encimera, mientras la seguía mirando picar todo.
El horno sonó con una campana, anunciando que los panes ya estaban listos.
—Ay, amor, ¿me puedes ayudar con eso?
Él se quedó de hielo, clavado en el suelo, al escuchar cómo ella lo había llamado, sin mostrar nada en su rostro, absolutamente nada de la explosión emocional que le causó lo que ella había dicho.
Todo ese arsenal explosivo solo duró un par de segundos, pero él pensó que lo dicho se había escuchado tan bien salir de aquellos sensuales labios, que casi no lo pudo creer.
—Sí, claro —accedió él, con voz neutral, caminando hasta el horno, sin demostrar que por dentro, moría de la emoción.
Al voltearse, sonrió abiertamente, mostrando los dientes. Ella obviamente, no lo vio.
George abrió y sacó los panes con un guante de cocina y colocó la bandeja a un lado, sobre una tabla de madera colocada allí para tal propósito.
—Creo que sí están listos, se ven demasiado deliciosos —dijo él.
Ella volteó y miró desde su posición los panes finos y largos que ella había amasado, concordando con la opinión de George.
—Sí, estás perfectos. Ese horno es estupendo, me encanta.
—Es todo tuyo —fue el comentario que él le regaló y que ella dejó entrar en su psiquis, poniéndola muy contenta.
El celular de George vibró y él suspiró. De verdad, estaba considerando muy en serio eliminar la opción de vibrar en su móvil.
El abogado puso los ojos en blanco y tomó el aparato.
—Creo que lo apagaré —comentó, pensando hacer algo más radical que desactivar una vibración.
—¿Y qué esperas? Eres un hombre muy solicitado en este mundo de negocios, J. Miller —dijo ella en broma, haciéndolo sonreír, apenas—. Estamos en medio de días laborales, el mundo entero debe estar buscándote.
Peter le había enviado un texto con un enlace. George presionó y lo redirigió a la app que los tres jefes usaban para pasarse información privada.
Dentro, un mensaje:
“Ya el padre de Fedora Lugano ha denunciado la desaparición de su hija”.
George miró, sin cambiar sus muecas, y dejó su celular nuevamente sobre la encimera luego de cerrar de nuevo la aplicación, la cual se camuflaba apareciendo en la pantalla como un aparente juego de palabras.
—¿Y Max? —preguntó él.
Ella lo miró.
—¿Qué pasa con él? —Lenis se volteó, conectó la procesadora de alimentos de nuevo, echó otros ingredientes y la encendió.
Él frunció el ceño, recostó su trasero sobre la encimera, se cruzó de brazos y la miró, con los ojos entrecerrados.
Ella dejó de licuar y vació todo, ayudada de una paleta de madera, echándolo dentro de un pequeño plato hondo de cristal, atreviéndose a chupar un rastro de aderezo que había quedado en su dedo pulgar.
—Prueba —invitó ella, acercándose a él, con un poco de aderezo en su cuchara grande de madera.
Él le hizo caso y alzó las cejas.
—Wow…, está divino.
Ella asintió, moviendo las cejas para arriba y para abajo.
—Sí, es una receta estupenda, la verdad. —La cocinera revisó el guiso de carne y apagó la hornilla—. Esto ya está…
—¿Y Max? —interrumpió él, terco en su pregunta.
Ella no dijo nada de inmediado.
—¿Qué pasa con él? —volvió a responder.
—Es raro que no te haya llamado, faltaste hoy al trabajo y tenía entendido que te ibas a reincorporar.
Ella se mordió un carrillo, casi la comisura entera de sus labios.
—Bueno, la verdad es que él y yo hablamos y… —George se quedó quieto, bien atento a lo que ella diría— él me recomendó… perdonarte —concluyó, con un ligerísimo mohín de labios.
George arrugó mucho la cara.
—¿Qué te recomendó? —preguntó él, totalmente extrañado.
—¿Por qué te extraña que él me haya aconsejado perdonarte?
—Porque… no sé, es raro. Me parece raro.
—¿Por qué? —indagó ella, un poco más seria, emplatando la cena al mismo tiempo.
George suspiró.
—Porque tú le gustas, porque estabas durmiendo en su casa…
Lenis negó con la cabeza y se volteó hacia él.
—Max me dijo que si me decidía venir, él me daría libre el día siguiente. Yo solo obedezco órdenes —terminó explicando con un poco de broma, ironía, intentando desviar aquella indagación.
—¿Que qué? —exhaló George.
Ella puso los ojos en blanco y regresó a su labor de acomodar la cena en los platos y embellecerlo todo.
—Esto está listo, vamos a comer, no queremos que se enfríe.
«Ok», pensó George, quien entendió que el tema estaba zanjado, así que no siguió preguntando.
Al cabo de un rato, sentados en el suelo frente a la mesa baja de la sala, ubicada ante las puertas de vidrio cerradas, con las cortinas abiertas permitiendo tener de vista la terraza y la noche, ya con la media cena en sus estómagos, George habló:
—Lenis, no he querido preguntarte nada, porque sé que es bastante privado, pero… —Él se encogió de hombros.
—Has la pregunta —accedió ella, con su voz suave.
Él le dio un trago a su botella de cerveza, del así mismo como se la tomaba ella.
—¿Por qué se alargó tanto la conversación entre Peter y tú ayer? Salí, llegué de nuevo, y aún ustedes seguían conversando en la sala. No quise interrumpir, pero me quedé preocupado.
Ella torció el labio hacia un lado luego de terminarse un trozo de pan y carne. Limpió su boca con una servilleta y también le dio un trago a su cerveza negra.
—Bueno… —Lenis se acomodó mejor sobre la alfombra, la cual era un recuadro que iba justo debajo de la mesa y un poco más, casi llegando a las patas de los sillones; plana, casi piso—. Pensé que no me lo preguntarías, la verdad.
—Pues, ¿no pensaste que Peter me lo contaría?
—¿Y te contó algo?
George negó con la cabeza.
Lenis asintió y continuó:
—Hablamos de lo que supones: tema «engaño» —enfatizó ella la palabra, haciendo que George torciera un poco la boca, metiendo la lengua detrás de sus muelas y mirando momentáneamente para otro lado—. También hablamos de mi padrastro. —George la miró—. De nuestro padrastro —recalcó.
Él la observó con ojos interrogadores.
Ella continuó:
—He pensado mucho, lo hice durante mi estancia en casa de Maximiliano. Pude darme cuenta que ustedes tres, Peter, mi jefe y tú, junto a mí, compartimos intereses. —George sintió que su respiración se detenía—. ¿Recuedas que te dije que quería encontrar a mi madre? —Él asintió levemente, a tientas—. Pues, si encuentran a Ferit, la encuentran a ella, ¿no es así?
George entrecerró los ojos y se dio el tiempo para pensar bien sus palabras antes de decirlas.
—Ok, en eso estamos claros, Lenis. Es obvio, ¿no? —Él lamentó preguntar lo evidente, pero prefirió hablar claro—. Sin embargo, a estas alturas del partido, estamos seguros, Peter, Max y yo, que la cosa es al revés: encontrando a tu madre, lo hayamos a él. Y… si todo sale exitosamente, probablemente ambos pagen condena.
La mirada de Lenis se perdió por un instante, luego la enfocó de nuevo en él.
—Lo sé —dijo, bajando y subiendo los párpados lentamente, afirmando sus palabras— y no me meteré en ese protocolo, yo solo quiero verla. No te olvides lo que te dije una vez: quiero que ella sea testigo de haber logrado salir de la vida de Jefferson… viva.
George y ella se miraron con un semblante extraño, calculador.
El abogado alzó su cerveza y la chocó contra la de ella, la cual aún no había sido levantada de la mesa.
—Entonces, hagámoslo —le dijo él—. Encontremos a ese par. Juntos debe ser mejor, ¿o no?
Ella sonrió, levantando por fin la cerveza, chocándola entonces y continuando la cena, devorándola, hablando de cosas banales, mientras él seguía dándole vueltas y vueltas a lo que ella había accedido hacer junto a él.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







