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Capítulo 54 segunda parte

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-04-17 03:45:38

La mujer acarició el pecho de George, un hombro, la cara, haciendo que aquel cerrara los párpados por un momento.

Entonces, tomó una mano y entrelazó sus dedos, llevándose esa mano a su pecho.

—Mírame bien, George. —Él obedeció, penetrando su mirada. No hacía falta encender la luz, aquellos ojos grises podían iluminar la estancia—. Tengo algo que confesarte, pero también tengo un propósito para hacerlo. Escucha todo lo que tengo que decirte. Y no me interrumpas hasta que termine.

El abogado asintió, frunciendo el ceño, con el pecho un poco apretado por la curiosidad.

Ella comenzó, así, una nueva confesión:

—Al comienzo de mi matrimonio, incluso, antes de casarnos Jefferson y yo, estuve convencida de estar muy enamorada de ese hombre —las cejas de George casi llegan al borde de su cabello negro—, pero cada vez que me hacía una visita, durante el corto noviazgo, muy dentro de mí siempre me sentía insegura, como si forzara sentir algo por él, pero desde el subsconciente, no sé si me doy a entender. Ahora… Ahora puedo decir que fue desde la inocencia. —Ella sonrió triste. Él no hizo nada más que escucharla—. Cuando explotó la bomba de mi padrastro, a la semana o un poco más de ocurrir aquello, él me pidió matrimonio. Lo pensé, porque no teníamos nada de habernos conocido. —Ella se quedó pensando en aquellos días y dejó que sus recuerdos la abdujeran y la llevasen hacia un lugar lejano, recordando…—. Jefferson parecía ser un hombre muy atento, muy galante… Entonces, de repente, todo se puso tenso en nuestro matrimonio. Mi trabajo era temporal en aquel tiempo. En ese momento, yo suplía a una amiga en la asistencia personal del gerente de un banco pequeñito en la capital. Sabía que no duraría demasiado en ese cargo, necesitaba generar dinero urgente. Mamá ya se había gastado más de la mitad de lo que mi padre nos había dejado y Ferit, más ella misma, por supuesto, me aconsejaban una y otra vez que aceptara la propuesta de casamiento, que tendría libertad de ver que, si no era feliz en el matrimonio, podía divorciarme. Me convencieron de que Jefferson era lo mejor que podía pasarme. Aún recuerdo el rostro de mamá intentando convencerme. De hecho, no lo olvido. —Hizo una pausa un poco larga—. Nos casamos y fue el mismo día de mi boda que pensé que tal vez me había equivocado. Sin embargo… —Lenis miró a George—, Jefferson logró celebrar su noche de bodas por todo lo alto —susurró, apenada, bajando la mirada, sintiendo fuertes ganas de llorar.

George la observó por un segundo para luego levantar su rostro con un dedo. No le dijo nada, solo dejó alineadas las miradas.

Ella tragó grueso sintiendo calar sobre sí, el poder de los ojos grises de ese caballero, calmando el nudo en su garganta y la enorme vergüenza en su interior. De ese modo, prosiguió:

—Un día después de haberle entregado mi cuerpo como su esposa, de él y yo haber vivido una experiencia de marido y mujer sobre la cama, sin sospechas ni rarezas, él cambió. Súbitamente. Y fue cuando me percaté que no estaba en el lugar correcto. Un tiempo después, ya me encontraba encerrada dentro de uno de los peores matrimonios de la historia. —Lenis se apartó de George y se sentó, el edredón cayendo sobre su regazo, ella agarrando la almohada y abrazándola.

George no se levantó porque sentió algo que se lo impedía, como un peso muerto que parecía congelarlo en el sitio: no era otra cosa que los kilos de la información que ella le dejaba.

Él entendía que no debía sentirse mal por nada de lo que estaba escuchando, que el hecho de que Lenis y Smith hubiesen tenido una vida marital no era tan relevante, que era algo normal, pero lo estaba sintiendo dentro de sus venas, mezclado con la sangre, bombeándola severa…, sentía un sabor amargo en su boca que parecía revolver su estómago al completo.

Ella continuó, dándole la espalda, sin dejar de abrazar la almohada.

—Intenté complacerle —exhaló, tapando su cara con la almohada y ahogando momentáneamente las palabras—. ¡Intenté complacerle como una guarra! Porque en ese momento, cuando él me rechazaba, sentía que yo era la culpable, que había hecho algo malo para molestarle. Y es así, sé que es así como cosas parecidas nos hacen sentir, es lamentable: si un hombre nos pide pasar el resto de su vida con una y luego de hacer el amor, nos rechaza, ¿qué es lo que debemos pensar? ¿Lo entiendes? Yo estaba segura que lo había decepcionado, que había decepcionado a mi marido, que yo era una mala esposa, e hice todo el intento por complacerlo y… luego, los rechazos se convirtieron de súbito en obligaciones. Me obligaba, me forzaba, hasta que todo empezó a subir de todo, saliéndose de control. —Lenis pareció temblar y el tono de su voz aummentó, lo que hizo que el cuerpo de George se descongelara.

Inmediatamente, él se sentó y la abrazó.

—Hey… —susurró George, atrayéndola hacia sí.

Lenis enterró su cara en el cuello de él, tapando la pena con su piel, mientras le procuraba caricias por doquier.

—Te mentí —dijo ella, con la voz ahogada por mantener el rostro pegado al cuello de George—. Mi matrimonio siempre fue un infierno, sí, pero al principio, las vivencias fueron consensuadas, yo las permití. De hecho, las creé —decía, ya con la cara libre y mirándolo. De ser otra, ella dejaría que sus lágrimas cayeran, pero era Lenis Evans; después de haber llorado tanto, no lo haría, así la confesión fuese un cortedad dolorosa.

—Hey —volvió a decir él, colocando ambas manos alrededor de la cara de Lenis—, no me has mentido en nada, ustedes eran un matrimonio —le costó decir, pero lo hizo— y no eres ni la primera ni la única mujer que pensó que todo iría color de rosas junto a su esposo.

Ella bajó la cara y él se la subió, penetránola con la mirada nuevamente. Él sabía que ella tenía ganas de llorar y que aun así, no se dejaría. La admiraba…, la amaba.

Estrelló sus labios, abrió su boca con la lengua y ella, chocada y dulcemente sorpendida, dejó que sus lenguas se mezclaran en un apasionao beso por lo que les pareció bastante rato.

Ella se subió a su regazo y a horcajadas, separaron sus bocas para admirarse el rostro un rato más.

—Lenis —él susurró—, gracias por contarme esto —dijo, sin sentirlo tan certeramente. Sentía agradecimiento de que ella fuese sincera, pero ese tipo de verdades no podían gustarle nada—. Quiero que… Quiero que empieces a ir a terapia, Lenis. —La expresión de ella era una mezcla de incertidumbre y escepticismo—. ¿Recuerdas que te lo recomendé? —Ella asintió—. La jueza no lo pidió en la audiencia, porque esto solo fue por el divorcio, pero cuando te llamen a declarar en contra de tu ex esposo, cuando el tema maltrato sea el principal, tal vez Coney se afinque en una versión espantosa de que tú no estás apta para declarar. Puede suceder que eso te ayude, como puede suceder que no. De igual manera, si la jueza sabe que tú te estás ayudando a ti misma, que vas a grupos de ayuda y estás tratando de sentirte bien con tus experiencias en los grupos, nadie va a dudar de tu palabra y todo será ventaja porque, además de ser bueno, judicialmente hablando, también será bueno para ti en salud. —Se creó una pausa en el discurso—. No quiero que sigas sufriendo, Lenis. —Exhaló bastante aire, mientras la abrazaba y la acariciaba con sus labios por el rostro, el cuello… —Quiero que te sientas bien, que no te sientas culpabe de nada. Sabes lo que viví con mamá. Aún me culpo porque sé que lo hice mal, que la abandoné…

—No, no la abandonaste, no es tu culpa —atajó ella, ahora rodeándole la cara con las delicadas manos. No dijeron nada por un par de segundos—. Eres un hombre maravilloso, Miller. —Él no supo qué decir—. Iré a terapia —aceptó—. Quiero ir, he querido ir. Por eso también deseo asistir a la fiesta. —Ella fingió quitar una pelusa del hombro de George, algo que casi lo hace sonreír—. Sabes cuál es el motivo de la recaudación, debería estar ahí.

Él sonrió por fin, una sonrisa de labios cerrados y un poco ladeada.

—Ya cuadré con Peter la seguridad y T.C te viene a buscar a primera hora para llevarte de copras. —La miró de reojo tras la información.  

Ella detuvo todos sus movimientos y sonrió.

—¿Es en serio, George?

—Claro que sí. Mañana saldré a cumplir con una diligencia de trabajo en horas de almuerzo, tal vez no podamos comer juntos, pero aprovecha el tiempo para distraerte. Has pasado días duros, Lenis. Mañana, el día es tuyo.

Lenis se abalanzó a él toda risa y alegría.

—¡Gracias, gracias, gracias! —Lo llenó de besos en la cara, haciendo que él se riera un poco por el arrebato. De repente, ella se detuvo—. Hey, pero ya va, espérate, J. Miller… No pienses que me vas a comprar todo, ¿eh? Ni se te ocurra.

—¿Qué? ¿Por qué no? Yo invito, normal.

—No, no, no, así no. Si el día es mío, pago yo.

George suspiró. Él había visto eso antes, pero al revés: si el día era de ellas, ellos pagaban las cuentas. Para él, Lenis en definitiva, era un regalo del cielo.

—Como mi hermosa, preciosa y estupenda novia quiera —accedió ante cada halago, junto a una ardiente caricia de sus manos sobre las piernas de ella, las cuales ya rodeaban su cintura. Caricias sobre su trasero, el cual estaba al alcance de él, fácil para ser adorado durante horas, si se lo proponía.

Ella pegó un gritico y lo besó de nuevo, haciendo que el movimiento y la algarabía lo tumbara hacia atrás y él la llevara consigo en el abrazo, a vivir un nuevo asalto amoroso hasta que el agotamiento los arrojara a los brazos de Morfeo.

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